Breve historia del teatro

Antón A. Toursinov

Para hablar del teatro es necesario, ante todo, tener en cuenta sus dos facetas: la literaria y la escénica. No obstante, hay que considerar que es uno de los géneros artísticos más antiguos y más impactantes en la historia de la humanidad. El término teatro (del griego theatron – observo), como concepto genérico, nace para designar los lugares de espectáculos e incluye diferentes tipos, tales como el drama[1], la opera, el ballet, la pantomima, etc., todos unidos por su peculiaridad que hace las obras únicas, imposible en otros tipos de arte, es decir, su naturaleza sintética capaz de incluir con facilidad otras artes: literatura, música, artes plásticas, escultura, canto, danza, incluso artes visuales como el cine.

Moliere, escultura ubicada en la Comédie Française, París.

Moliere, escultura ubicada en la Comédie Française, París.

Moliere dijo en una ocasión que el teatro se aprovecha de todo lo que encuentra en su camino, así pues, la historia y el desarrollo de las civilizaciones humanas, en sus más diversas manifestaciones, son incluidas en el teatro; por ejemplo, los logros de la psicología forman base de la maestría de los directores y actores, la semiótica, lingüística y hasta la medicina permiten perfeccionar la interpretación y las técnicas vocálicas en la escena; la tecnología se aprovecha para subir a otro nivel la utilería del escenario, para crear los efectos especiales en la obra, etc.

De aquí viene el concepto de la creación colectiva del teatro, sin embargo, no se trata únicamente de la participación del conjunto teatral en una obra, sino, más que nada, de la participación del espectador quien es, en realidad, uno de los coautores más importantes y significativos, cuya percepción corrige y transforma el espectáculo, llegando a veces a cambiar el significado, el sentido y la idea de la presentación. La obra teatral es imposible sin la participación del espectador (el propio nombre, teatro, se refiere al lugar de observación), por eso la percepción teatral es una labor creativa, sin importar si el propio espectador esté o no consiente de ello.

La siguiente particularidad del arte teatral, una de las esenciales, es su carácter momentáneo; cada obra existe solamente en el momento de la presentación. Tal vez, cada presentación de la misma obra es cada vez otra obra, cada director y cada actor interpretan a su manera las mismas piezas. Por eso sólo las puestas en escena más originales, más adecuadas en el aspecto temporal y cultural se convierten en los éxitos teatrales.

El teatro griego.

El teatro griego.

Las raíces del arte teatral se ubican en los ritos paganos relacionados con la vida de las sociedades primitivas. Los fenómenos de la naturaleza y su personificación buscaban maneras de dialogar con los dioses, cuando en los ritos, en las danzas, en las presentaciones ingenuas teatrales se manifestaba la importancia social de los acontecimientos. En estas primeras presentaciones, al parecer, no había espectadores, todos participaban en la creación, era verdaderamente masiva la interpretación, sin embargo, el espectador se suponía en dioses, para ellos se realizaban estas obras. Así, poco a poco, se ha creado la aspiración de llegar a la cima de la espiritualidad en el teatro que se conserva hasta hoy en las mejores obras de este arte.

Así surgió la conciencia de la profesionalización del teatro ya que se requería el talento para hablar con los dioses; quizá esa fue la razón de que los primeros actores profesionales fueron los chamanes y los sacerdotes, más tarde su lugar ocuparon los cantadores, danzadores, cantantes profesionales que glorificaban los dioses antiguos: Sol, Saturno, Júpiter, Waal, Astarta y muchos otros.

De todo esto nace la función más importante del teatro – ideológica – con el objetivo de formar la opinión pública adecuada para aproximarse a los dioses. El grado elevado de la inclusión emocional de los participantes de los ritos (más tarde de los espectadores) permite influir con más precisión en la sociedad. Esta característica siempre ha permitido hablar del teatro como de la tribuna de la propaganda de las ideas políticas, religiosas, éticas y morales de la sociedad.

La segunda función social del teatro, que se conserva en la actualidad, es de entretener, que a menudo se ha tomado como distraer de los problemas más agudos de la sociedad. Recordemos la exigencia del vulgo romano de la época del imperio: ¡Pan y circo! (lat. Panem et circenses!). Por eso tendrá razón Wright al aseverar que “nos pueden entretener una tragedia, una pieza teatral moderna de teatro de tesis, o bien Shakespeare, o la farsa más intrascendente o superficial, o una comedia musical. ¡Lo que esperamos del teatro es que nos entretenga! También esperamos que los artistas comuniquen cualquier cosa que quieran decir. Mediante esta combinación – expresión – y entretenimiento, podemos disfrutar de una amplia variedad de sensaciones o experiencias, tales como: reacciones emocionales substitutivas; una exaltación del espíritu; la confirmación de nuestras propias convicciones o prejuicios personales; un análisis de un concepto social, filosófico, político o religioso; la dramatización de historias o relatos parecidos o bien completamente distintos en cuanto al tiempo y el espacio, de los nuestros; o una breve escapatoria de nuestra existencia cotidiana mediante una tarifa poco costosa, que nos ayuda a olvidar por unos momentos la realidad que nos rodea”[2].

Sin embargo, no en todas las culturas el desarrollo del teatro ha venido realizando de la misma manera. Una de las formas más antiguas de este arte, que aún se conserva, es el teatro oriental al que pertenece el teatro tradicional de la India se caracteriza por su tradicionalidad, la carga simbólica y semántica; el teatro japonés en sus varias manifestaciones (Noo, Kabuki, teatro de marionetas); las formas vocálica y de baile del teatro chino; el teatro indonesio Vayang con las manifestaciones religiosas (vayang kulit – teatro de sombras, vayang golek – títeres, vayang topeng – máscaras, vayang orang – de actores); etc. Todas estas manifestaciones teatrales has estado destinadas al espectador sofisticado, dedicado, capaz de decodificar el simbolismo plástico, gesticulaciones y mímica, que se siguen empleando para conversar con los dioses lo que explica el alto nivel social-religioso de los teatros orientales en sus respectivas sociedades.

Teatro Kabuki.

Teatro Kabuki.

El mismo camino ha tenido el teatro africano, donde las religiones y los cultos antiguos permiten guardar las formas ancestrales de expresión, tales como las danzas, cantos, ritmos de tambores, entre otros. Entre los pueblos africanos musulmanes están más desarrolladas las formas teatrales con el uso de los títeres y el arte de los intérpretes-masharabozes (que utilizan la pantomima y las máscaras), tradicional para el Islam.

Pero es el teatro occidental que se considera el más complejo y más trágico por su desarrollo. Se originó en la Grecia Antigua donde tuvo auge con los autores de importancia histórica, como, por ejemplo, Sófocles, Eurípides, Esquilo y muchos otros a los que consideramos fundadores de la tragedia. Todas sus obras están basadas en la mitología griega tan extensa y tan profunda, en la que los dioses son creados a la semejanza del hombre y no al revés, precisamente en la mitología se refleja todo el tragismo del ser humano, en ella se manifiestan y se justifican las razones de nuestra existencia y de la creación de la tragedia como genero teatral.

En su estudio Oswaldo Hernández, con referencias a Heidegger, explica las razones de la tragedia, su necesariedad, temporalidad y la modalidad inauténtica de la existencia: “En este sentido, concebimos la tragedia como una condición espacio-temporal de experiencias desagradables a las que se enfrentan los individuos en momentos concretos que pueden originarse por el encadenamiento sucesivo de circunstancias previas al momento de la situación trágica propiamente dicha, cuyos motivos pueden ser fortuitos, impuestos, previsibles o no previsibles, manipulados o intencionales”[3].

En esta época helenística nacen los trabajos más importantes en cuanto a la teoría de las artes y teoría del teatro. Nos referimos a Aristóteles con su obra “La Poética” y Platón con “La República”, donde ambos filósofos reflexionan sobre el arte verbal y el arte representativo, y sobre los géneros de tragedia y de comedia. Para Aristóteles la comedia es retrato de los peores, no según todos los aspectos del vicio, sino sólo por alguna tacha vergonzosa que sea risible. La tragedia, según el griego, es la representación de una acción memorable y perfecta, de magnitud competente, recitando cada una de las partes por sí separadamente, y que no por modo de narración, sino moviendo a compasión y terror, dispone a la moderación de estas pasiones. Porque, sigue Aristóteles, la tragedia es imitación, no tanto de los hombres cuanto de los hechos y de la vida, y de la ventura y desventura; y la felicidad consiste en acción, así como el fin es una especie de acción y no calidad”[4]. Platón divide las formas de decir en imitación propiamente dicha (mímesis) y simple relato (diégesis)[5]. Los dos filósofos coinciden en que la tragedia (el teatro) es un arte mimético, es decir, de imitación de la realidad.

Es de notar que si en la Grecia Antigua el teatro se consideraba como un asunto de importancia estatal y de primera necesidad, en la Roma Antigua y, posteriormente, en toda la Europa cristiana (hasta la época medieval) el estatus social del arte teatral se denigró significativamente. Las presentaciones públicas se realizaban en otras formas, como las luchas de los gladiadores, el circo, etc., donde se buscaba únicamente distraer al pueblo. Con la llegada del cristianismo, el teatro se deterioró aún más, la reciente religión se hizo la enemiga acérrima de cualquier manifestación de los ritos y presentaciones paganas, sobre todo en así llamada Edad Oscura, que se extendió hasta aproximadamente el siglo IV d.c. Los actores (“los hijos del satanás”) se iban marginando, los teatros fueron cerrados, a los espectadores los llamaron “las almas perdidas”. En general, la persecución oficial del teatro, de los dramaturgos y de los actores continuó durante más de mil años, en el siglo XIV la Inquisición comenzó a ocuparse “oficialmente” de todos quines tenían algo que ver con el teatro y a los actores, al igual que a los suicidas, se les negaba el derecho de ser enterrados en los cementerios y se les “asignaba” el lugar fuera del cielo después de su muerte[6].

La divina comedia.

La divina comedia.

A pesar de esto las presentaciones callejeras continuaban, sobre todo en España y en Italia. Podemos recordar a los juglares y los comediantes ambulantes, cuyo papel social e histórico fue de suma importancia en la vida de estas sociedades: su sobrevivencia en esa época permitió posteriormente, junto con otros géneros artísticos, el renacimiento en las culturas occidentales. Entre las primeras obras del teatro moderno se destacan La divina comedia de Dante (principios del siglo XIV, Italia) y La Celestina de Fernando de Rojas (1500, España) que, lejos de poder ser representadas en el escenario, se convierten en las comedias literarias, dando así el origen de la comedia como género literario.

Posteriormente este género renace y se renueva con las obras de los autores españoles (Cervantes, Lope de Vega, Garcilaso de la Vega, Calderón de la Barca, etc.), ingleses (Sackville, Udall, Shakespeare, Milton, Addison, etc.), franceses (Jodelle y mucho después Moliere) y otros. Lo más curioso de las obras de estos dramaturgos es que todos ellos se manifestaban implícita o explícitamente seguidores de los clásicos romanos, como Virgilio, Séneca, Plutarco, etc., por lo que el período de la creación de muchos de los autores europeos mencionados suele llamarse Renacimiento, en gran medida gracias al resurgimiento del teatro.

Sin embargo, no fue sino hasta el siglo XIX cuando surge el teatro moderno, que, al igual que las demás artes, se revitaliza gracias a las transformaciones cardinales en la vida social y política en el mundo. Las revoluciones industriales, los inventos tecnológicos influyeron en todas las expresiones artísticas. La aparición del cine (y más tarde de la televisión), que desde el principio se consideraban la competencia del teatro, provocaron discusiones sobre la próxima muerte de éste. Aparentemente así fue: las mejores muestras de las artes visuales ya podía ser multiplicadas, más gente obtuvo el acceso a ellas. Es más, se puede volver a ver las películas las veces que uno quiera y pueda, su calidad sigue igual en cada presentación. En toda esta exaltación tecnológica comenzó a olvidarse el principal objetivo del teatro, la interacción entre los actores y los espectadores. No obstante, a pesar de todo el teatro no se rindió sino que supo aprovechar esta competencia a finales del siglo XIX y principio del XX, buscando las formas renovadas.

En este período aparece la nueva profesión teatral, que ahora es la esencial, la del director. Si el teatro anterior al siglo XIX puede ser considerado el teatro de actor, desde los principios del siglo XX comienza la nueva época, la del teatro de director. Surge un concepto totalmente nuevo que consiste en que una simple organización técnica del espectáculo teatral dentro de cualquiera de las tradiciones teatrales no agota las posibilidades de la influencia emocional en el espectador. Ya no es suficiente la ejecución profesional de cada uno de los componentes de la obra (interpretación de los actores, decoración del escenario, efectos especiales, etc.), es necesaria su unidad, su fusión. En este caso el impacto emocional se aumenta varias veces, sin resumirse a simples impresiones de cada componente, sino multiplicando la percepción general de la obra. En caso contrario la obra tiende a segmentarse, tal vez, en las partes dignas por sí mismas, pero contradictorias entre sí. Así entran en la teoría y en la práctica teatral los nuevos conceptos como decisión del director, concepción general de la obra, conjunto de los actores, etc.

Konstantín StanislavskiLos nuevos conceptos teatrales no solo han podido sobrevivir, sino se han demostrado capaces de ser aplicables a todas las corrientes estéticas. Sobre todo esto se manifestó en el ejemplo de dos sistemas teatrales alternativos que se desarrollaron en la Rusia de los principios de los años 20. Se trata del teatro realista de Konstantín Stanislavsky y el teatro condicional de Víktor Meyerhold. A pesar de todas las diferencias y hasta contradicciones de los principios estéticos de estos sistemas, el principio de la decisión de director los ha convertido en los básicos y esenciales en todo el teatro contemporáneo. Es más, el papel primordial del director, impuesto por estos sistemas, ayudó a subir a otro nivel el arte de actor en la escena y de la enseñanza de la maestría de interpretación. Con toda la variedad de los enfoques tecnológicos y estéticos de la interpretación (por ejemplo, la escuela de método individualista de Stanislavsky, “supertíteres” de G. Crag, principio de la biomecánica de Meyerhold, principio de abstracción de B. Brecht, etc.), el teatro de director ve en el actor únicamente uno de los componentes, aunque el más importante de todos, de la obra entera. Precisamente este principio ha llevado las interpretaciones de los actores a un nivel inalcanzable para los teatros anteriores. Parece que el teatro actual es el camino único al regreso al arte dramático puro. Además, estos conceptos teatrales (más que nada los de Stanislavsky) se trasladaron al cine, donde la figura del director se convierte en uno de los autores principales de la obra cinematográfica y las interpretaciones de los actores son partes esenciales de la película.

Con todo lo que ocurrió a principios del siglo XX, las ideas teatrales cambiaron significativamente, lo que permite hablar de tres etapas del desarrollo del teatro: el teatro antiguo, el teatro clásico (anterior al siglo XIX) y el teatro contemporáneo o moderno. Si el teatro clásico se basaba en el realismo, en la imitación de la realidad, en la identificación del público a través de los conflictos representados en la escena; el teatro moderno se convierte en ecléctico, es decir, representa una mezcla de tendencias, de estéticas y de ideas, unidas para no reflejar como en el espejo la realidad, no imitarla, sino llamadas a crear realidades independientes. El objetivo del teatro moderno no es la identificación del público, sino la reflexión sobre los conflictos que se plantean.

Cuatro tendencias fundamentales aparecen en este período del teatro contemporáneo. El teatro épico, representado por Bertolt Brecht, pretende lograr el distanciamiento en vez de la identificación donde el público se convierte en un espectador objetivo, capaz de razonar y reflexionar. Este teatro utiliza en sus puestas en escena la música, el verso, el desdoblamiento del actor que es capaz de interpretar varios papeles a la vez, y la incorporación del público en la obra.

El teatro de la crueldad, con su máximo representante Antonin Atraud, incorpora lo surrealista en sus obras, incluso, para recrear la crueldad y la violencia, se introducen los ritos y danzas orientales en el espectáculo. Su objetivo es impactar al público y eso se logra con mayor facilidad a través de la violencia verbal o física.

IonescoEn la Rumanía de posguerra, con las obras de Eugène Ionesko, nace el teatro de absurdo, estrechamente vinculado con el existencialismo en la narrativa francesa. El objetivo de las obras de esta tendencia teatral consiste en demostrar la impotencia humana, el miedo a la muerte, el carácter existencial del hombre; para eso se basa en las ideas psicológicas de Freud y rechaza el realismo en el escenario por medio de lo absurdo de las situaciones, cuando la acción y la reacción no se ajustan, y lo absurdo del lenguaje, en el que las respuestas no corresponden a las preguntas.

Federico García Lorca y Tennessee Williams, dos de los dramaturgos de la tendencia del realismo poético, utilizaba en sus obras las situaciones totalmente realistas, incluso reales, pero representadas con el lenguaje poético. Este teatro supo utilizar la simbología, tanto en los nombres propios de los personajes como en los colores. Se asemeja al realismo mágico en la narrativa por la incorporación en sus obras de los elementos irreales y míticos.

[1] Aquí y adelante el término “drama” se utiliza en su significado tradicional, aceptado en las artes, e incluye el drama propiamente dicho, la tragedia y la comedia.

[2] Wright, Edward A. Para comprender el teatro actual. México, Fondo de Cultura Económica, 1997, p. 17.

[3] Tragedias griegas. Prólogo de Oswaldo Hernández Alas. San Salvador, Editorial Jurídica Salvadoreña. Colección Pensamiento, 2005, p. 6.

[4] Aristóteles. Obras. Madrid, ed. Aguilar, 1964

[5] Platón. Obras completas. Madrid, ed. Aguilar, 1977

[6] Algunos de los datos curiosos sobre el lugar del teatro se presentan en dos tomos “La tradición clásica” de Gilbert Highet, México, Fondo de Cultura Económica, 1956.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *