El peligro de la sobrecarga informativa

Antón A. Toursinov

Al destacar una idea concreta de todo el abanico de pensamientos, imágenes visuales, sonidos que rodean nuestra vida, solemos aplicar una de las capacidades más importantes para cualquier persona: la capacidad de análisis. Esta se basa en la división de una idea grande en varias pequeñas. El análisis va de la mano con otro aspecto de suma importancia, con la síntesis, que se basa en la combinación de cierta cantidad de información asentada en algún principio determinado.

A estas alturas de la historia de la humanidad, con el predominio de la tecnología, la dificultad de procesar toda la información obtenida a diario, a cada momento, puede resultar frustrante. Tratamos de categorizarla, priorizarla a partir de nuestra experiencia de vida y de trabajo.

Todas las profesiones que requieren preparación universitaria exigen la capacidad de análisis. Una persona intelectual sabe a qué tiene que prestar atención. Así, el que no está acostumbrado a entrenar su mente, no se fija en los detalles cuando ve un objeto, obvía su importancia. Precisamente los detalles, su clasificación mental a partir de ciertos criterios, su integración y su relación con el objeto de estudio en su totalidad, permiten producir las ideas y, en general, ser productivo.

La pereza mental es un peligro para cualquier persona. Uno de sus efectos es la simplificación y limitación analítica que sustituyen el análisis por el “me gusta” o “no me gusta”. Estos efectos eliminan la verdadera valoración de los objetos, procesos, ideas y no permiten tomar las decisiones justificadas. Una de las causas que llevan a estos efectos es la sobredosis informativa a la que estamos sometidos en las últimas décadas.

Los especialistas psicólogos afirman que cada día es más difícil lidiar con el exceso de la información. El escritor estadounidense Alvin Toffler en su libro Future Shock (1970) predijo este efecto y le puso el término de “sobrecarga informativa”. Resulta que con la gran cantidad de la información que debemos procesar, el cerebro comienza a fallar y a negarse a analizar todos los datos y esto nos dificulta tomar decisiones en general o tomar decisiones correctas y precisas en particular. Aun si la persona logra tomar una decisión, inicia el martirio psicológico de obsesionarse con la idea de si la decisión es correcta o no.

La doctora estadounidense Sheena Iyengar, profesora e investigadora en la Columbia Business School, una de las especialistas en la toma de decisiones de más autoridad en el mundo, en su libro The Art of Choosing, analizó el proceso de la búsqueda del trabajo por los estudiantes universitarios. El resultado comprobó la hipótesis expuesta arriba: cuánta más información procesaban los estudiantes, cuánto más se enteraban sobre la compañía donde querían trabajar, los sueldos, su ambiente corporativo; menos estaban contentos con su elección. La duda carcomía a los postulantes: ¿acaso es un buen trabajo?, ¿qué tal si el trabajo que rechacé para aceptar este habría sido mucho mejor?

Es difícil si no imposible localizar la verdad en este huracán informativo. La situación es semejante a las redes sociales en internet donde cada uno habla de lo que le da la gana, lo que siente, presenta “su verdad”, sus versiones, sus valoraciones, y, sin embargo, es un trabajo mental titánico separar la verdad de lo imaginario, de lo falso o de lo exagerado. Este fenómeno, denominado por los especialistas “twitterización de la cultura” (o “facebookización”), ha revolucionado la mente de millones de las personas en todo el mundo, los ha vuelto adictos a los dispositivos electrónicos móviles para estar al tanto de lo que pasa en la internet casi 24 horas al día. No obstante, reconozcamos que también ha traído bastante beneficio tanto económico (más producción de estos aparatos significa más puestos de trabajo y más impuestos), tanto político (las últimas revoluciones en el mundo árabe, las manifestaciones en varios países, cuando la gente ha sido convocada en pocos minutos, y los demás han podido seguir en vivo estos acontecimientos vía redes sociales), como educativo (a través de la tecnología la educación a todos los niveles ahora es universal, las distancias no existen y la calidad ya no depende solo de qué tan lejos está la escuela o la universidad del “centro de la civilización).

Pero, en este flujo de datos contradictorios perdemos los detalles, perdemos el tiempo tratando de enfocarnos en las cosas de poca importancia y, como resultado, se nos olvida el objetivo de la búsqueda.  En lugar de desarrollar la memoria y las capacidades analíticas, el cerebro trabaja solo para percibir la información y “se recalienta”, absorbiendo más información de la que es capaz de procesar.  Todo ello lleva a las consecuencias cognitivas desastrosas.

La profesora Johanne Cantor, directora del Centro de las Investigaciones de la Comunicación de la Universidad de Wisconsin-Madison, en su libro Conquer CyberOverload: Get More Done, Boost Your Creativity, and Reduce Stress asegura que dejar entrar en la cabeza la información sin cesar crea un exceso que impide el razonamiento.  Según la psicóloga, es preferible salirse de este flujo cibernético y tomar un receso lo que permitirá que el cerebro, a nivel de subconsciente, acepte la nueva información y la integre en los conocimientos ya adquiridos previamente.

Es imposible evitar analizar toda la información que percibimos a cada momento, por eso la única manera de protegernos es aprender a oponernos a los flujos de la información innecesaria.  Basta preguntarnos si en realidad nuestra vida cambiará si dejamos de consultar a cada rato las redes sociales en lugar de pasar más tiempo en compañía de nuestros padres, hijos, amigos, o en lugar de leer un buen libro.

Fuentes:

Cantor, Johanne.  Conquer CyberOverload: Get More Done, Boost Your Creativity, and Reduce Stress. CyberOutlook Press, 2009

Iyengar, Sheena.  The Art of Choosing. Twelve Books, 2010

Toffler, Alvin.  Future Shock. Bantam Books, 1970

Publicado en revista Futuro, edición 189, año XVI, 2012, Guatemala, pp. 8-10

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