Patrioterismo, globalidad e individuo

Antón A. Toursinov

El siglo XXI a menudo lleva el nombre de la época de globalización. En efecto, ya no es posible que cada país, cada pueblo o, inclusive, cada persona, vivan aislados del resto de la humanidad, sobre todo cuando de los aspectos académicos, económicos y laborales se trata.

Durante la primera mitad del siglo XIX tanto en las artes como en la política nace un movimiento con fuertes raíces nacionalistas conocido como Romanticismo. Su idea central consistía en la independencia de los pueblos, el rechazo al multiculturalismo y la superioridad de una sola etnia en la composición social de la nación. Este patrioterismo es conocido ahora como chauvinismo. Sin ninguna base lógica se establecía que cada pueblo y cada raza tienen sus propios rasgos que les son característicos y que los diferencian de los demás pueblos y de las demás razas. La idiosincrasia se arraigó de tal manera en estos dos siglos de la historia de la humanidad que hasta ahora una gran parte de la población suele apelar a ella en todo el mundo.

Si es latino, es impuntual; el guatemalteco es trabajador, el gringo es emprendedor, el japonés es reservado, el inglés es prepotente, los franceses son buenos amantes, a los italianos les gusta hablar mucho, los suecos son callados, y un largo etcétera. Todos estos prejuicios no tienen ninguna razón lógica sino se basan o en la autopresentación o en las ideas que dominaron las mentes de muchas personas con poca sabiduría por distintas causas.

En el concepto del patrioterismo solo existe la imagen de lo colectivo, lo general, lo colectivo mientras que el centro de atención debe ser un individuo concreto. No hay que ser psicólogo para deducir que cada persona tiene su carácter diferente de los demás, no existe la tal cultura nacional que, en realidad, está compuesta por las culturas que a cada uno de nosotros nos inculcan primero los padres que nos educan y después los centros de enseñanza con sus maestros. La irresponsabilidad tanto de algunos padres como de algunos maestros es creer que el estado (los políticos) hará este trabajo de convertir a un individuo en la parte de una cultura colectiva. ¡Grave error!

¿Cuántas veces se puede escuchar las frases como “el profesor es un europeo y no entiende nuestra cultura” o “el fulano vino acá y nos impone las normas que son buenas en su país pero acá no funcionan”? Detrás de estas frases se ocultan las autojustificaciones del mal actuar y de la incompetencia real de los que se quejan y se hace creer que el profesor, el jefe o el “extranjero” es mala persona y nos está haciendo la vida imposible solo porque somos diferentes. Con la mentalidad basada en la idiosincrasia no es posible prosperar debido a que se buscan las razones que justifiquen nuestros rasgos negativos y rechacen lo verdadero positivo.

Si ponemos como ejemplo dos países tan lejanos pero a la vez históricamente parecidos como los EE.UU y Australia, veremos que el individuo (y no una etnia o un pueblo predominante) es la base de la sociedad. Eso significa que la educación se centra en la persona y no en lo colectivo. Quizá por eso nunca escucharemos allá sobre “nuestra cultura estadounidense” o “cultura australiana” sino las características individuales de cada persona. Hay quienes refuten diciendo que son estados jóvenes por eso no crearon su cultura y su idiosincrasia, pero es otra idea falsa. 200 años (más que muchas naciones latinoamericanas, africanas y europeas) es más que suficiente para crear la idiosincrasia. No obstante, en lugar de ella lo que se creó allá y les ayudó a prosperar no es la idea de una integración cultural o religiosa sino la integración personal e individual en la sociedad y el valor del individuo.

Es demás recordar el nacismo y el fascismo alemán, italiano, japonés cuyos orígenes no solo están en el Romanticismo europeo sino en complejos personales de sus ideólogos. La idea de la supremacía de una nación en el mundo, de un grupo étnico dentro del propio país, su papel “histórico” en la humanidad y, por ende, sus “derechos” sobre los demás es tan carente del sentido común como enfermizo. Estas pseudoideas estaban destinadas al fracaso desde su concepción.

La era en la que vivimos exige la globalización. No es una elección, es un hecho. Los que se oponen a ella, buscan arraigarse en el pasado. Pero hay que recordar que la historia (en griego “cuestionar”) enseña a no cometer los errores del pasado y progresar. El progreso es marcha adelante, en el tiempo no es posible retroceder, solo queda asumir lo negativo (y lo positivo) y sacar conclusiones para un futuro. Sin embargo, como vemos en la actualidad, esta capacidad de razonamiento no le es dada a todos. Por eso resurgen y renacen las ideas descabelladas del nacismo, del chauvinismo y otras tantas.

Los ámbitos académico y empresarial no pueden existir sin la globalización, sin la universalidad y sin la integración de todos los implicados en ellos, sin importar su origen étnico, racial, cultural y nacional. El conocimiento es universal por naturaleza por ello es sumamente provechosa la globalización para generar las nuevas ideas, los nuevos conocimientos, los nuevos modelos de producción y, al final, los nuevos mercados. Al fin y al cabo todo esto trae beneficio para todos: para cada individuo, para sus países y para la humanidad en general.

No se puede olvidar de que el bien común no es otra cosa sino la suma de los bienes individuales.  Es la razón por la que la idiosincrasia y las ideas nacionalistas son carentes de sentido.  El éxito de un individuo lleva al éxito de una comunidad y no es al revés.  La integración consiste en buscar los nuevos horizontes personales, laborales, académicos para el provecho personal lo que al final significa que será beneficioso para la familia y para la sociedad.  Abogar a las características culturales significa buscar excusas para el retroceso, estancamiento y mediocridad.

Publicado en revista Futuro, edición 196, año XVII, 2013, Guatemala.

Un pensamiento en “Patrioterismo, globalidad e individuo

  1. Se nota claramente que en Guatemala aun nos falta muchísimo camino por recorrer. Balcanizados como nos encontramos en este momento, aparte de una mentalidad heredada no solo del “liberalismo” chapín, sino de la época de la revolución de Octubre, creo que los cambios de mentalidad podrán darse en las nuevas generaciones que han adoptado en algún grado las bondades de la globalización. Sera entonces como todo en la vida, tener algo de paciencia.

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