Saber redactar

Antón A. Toursinov

El lenguaje es la capacidad única del ser humano que nos permite comunicarnos con precisión y coherencia. La capacidad de interacción verbal entre los seres humanos ha permitido avanzar en la historia, a llegar al progreso, a avanzar en la ciencia. Sin esta capacidad es imposible el desarrollo personal, la educación, la formación intelectual.

Es sabido que no es lo mismo hablar que escribir. La escritura obedece ciertas reglas lógicas y lingüísticas que deben ayudar a llevar la información precisa a los lectores. El lenguaje escrito es en el que más solemos fallar. Por consiguiente, los errores de redacción no solo pueden llevar a los malentendidos sino a los resultados mucho más desastrosos.

En nuestro sistema de educación la correcta redacción es parte del proceso de aprendizaje. En la mayoría de las carreras universitarias los trabajos escritos (ensayos, artículos, monografías, resúmenes, síntesis y otros) son cosa habitual. Muchas veces tenemos unas ideas novedosas y frescas a presentar en los trabajos escritos, pero no lo logramos por causa de la mala o insuficiente redacción. Es por eso que hemos decidido dedicar este espacio a unos consejos básicos sobre una buena redacción que, aunque son sencillos y lógicos, no se toman en cuenta y, al final, no obtenemos los resultados esperados de nuestros trabajos escritos en la Universidad.

En primer lugar, no hay que olvidar que la comunicación –sobre todo escrita– sirve para entendernos, para comunicar nuestra ideas con la mayor precisión posible. Por ello, es necesario tomar en cuenta el consejo más básico y a la vez más importante de la redacción: presentar las ideas con palabras concisas y coherentes para así evitar  ambigüedades. Existen muchas palabras ambiguas e imprecisas en español cuyo significado puede entenderse por el contexto, sin embargo, es preferible no dejar su comprensión al criterio del lector sino expresarse con claridad. Algunas de estas palabras son: “apuntar” (escribir y señalar), “palabra” (promesa y conjunto de sonidos con significado), “contar” (narrar y calcular) y una larga lista. Lo mismo puede pasar con las frases enteras creadas sin cuidado. Un ejemplo clásico es una frase como “otra vez quiero ir a París”. El que la dice, ¿quiere otra vez porque ya ha querido antes o ya ha ido antes?

Otra regla que hay que recordar se basa en nuestra necesidad de mostrar que de verdad sabemos y somos inteligentes. Se recomienda evitar las palabras inexistentes  y rebuscadas.No obstante, esta necesidad en muchos casos se convierte en una obsesión y con ella se demuestra todo lo contrario. La mostramos utilizando las palabras rebuscadas o inventadas que parecen sonar “inteligentes”. El caso típico son las palabras inexistentes en español pero ampliamente utilizadas –lo que no demuestra más que la ignorancia de la gente que las usa: “aperturar” (en vez de una palabra tan normal como “abrir”), recepcionar (“recibir”). Lo mismo con las palabras rebuscadas que sí existen pero pertenecen a otros registros de la lengua (oficial, arcaico, vulgar, etc.): “progenitor” (en vez del “padre”, sirve para cualquier contexto y registro), “retoño” (“hijo”), dadivoso (“generoso”) y otras tantas.

Un gran problema nos causan los gerundios (los verbos que terminan en “–ando” y –yendo”) que tienen, por regla, el uso bastante estricto pero nos confunden a menudo en los trabajos escritos. Ejemplos de este uso incorrecto son: “Se busca administrador hablando inglés”, “Entró sentándose…”, “Los estudiantes habiendo aprobado todas sus materias podrán ir de vacaciones”, etc. Es de recordar que el gerundio se subordina al verbo principal de la oración y expresa una acción anterior o simultánea a la del verbo principal: “Solo trabajando duro se puede progresar en la vida”.

Causan problemas en los trabajos escritos algunas reglas de ortografía y puntuación que, en realidad, en español no son complicadas y bastante lógicas. De hecho, pocas lenguas del mundo pueden presumir de una ortografía tan esbelta y coherente como la española. La coma, que es el signo de puntuación más “abusado”, tiene solo 5 reglas sencillas pero no respetadas. En primer lugar, la coma separa las oraciones simples dentro de una oración compuesta si esas no se unen por conjunciones (“Juan trabaja, Pedro estudia” pero “Juan trabaja y Pedro estudia). La coma se usa para introducir siguientes palabras y expresiones. Estas frases pueden ser eliminadas sin que se pierda el sentido de la oración: “La Ciudad de Guatemala, capital del país, fue fundada en el 1776”. Asimismo, las comas separan siempre las siguientes palabras y expresiones, independientemente de su ubicación dentro de la oración: asimismo, es decir, o sea, en fin, por último, por consiguiente, sin embargo, no obstante, además, en tal caso, por lo tanto, en cambio, en primer lugar, etc.

La comas aíslan los vocativos – los nombres, pronombres apelativos, apodos, títulos: “Disculpe, licenciado, tengo una pregunta”, “Y ustedes, ¿qué piensan?”. Y por último, la coma se usa para sustituir un verbo en una oración compuesta: “María prefiere venir en carro y José, en taxi”. Y no se puede olvidar que la coma nunca se coloca entre un sujeto y un predicado (verbo) cuando estos están juntos. Quizá sea la regla que más se viola en los escritos. Es incorrecto escribir “El ingeniero, trabaja toda la tarde” sino “El ingeniero trabaja toda la tarde”. No se debe escribir “Fulano, piensa que…” sino “Fulano piensa que…”.

Un aspecto muy importante que hay que tomar en cuenta es la lógica del lenguaje. Por suerte, el español es una lengua bastante flexible en lo que respecta a su sintaxis (estructura de las oraciones). Sin embargo, esta sencillez y esta lógica suelen poner trampas. A pesar de que el orden de las palabras en nuestra lengua es libre y no está atado a unas reglas fijas, hay que tomar en cuenta que al lector de nuestro escrito le puede provocar una incomodidad, si no arbitrariedad, esta libertad sintáctica. Por eso siempre es recomendable usar el orden de las palabras directo, esto es: sujeto-predicado (verbo)-complementos. Por ejemplo, en vez de “esta investigación la realizaron los autores…” es más lógico escribir “Los autores realizaron esta investigación…”.

Para que el mensaje escrito sea ameno, el estilo juega un papel de suma importancia. Utilizar una misma palabra varias veces en un párrafo (y peor si se usa varias veces en una oración) es uno de los errores estilísticos más recurrentes. Para evitar este abuso y no perder el sentido de las proposiciones, se recomienda tener bajo la mano un diccionario de sinónimos. Por suerte, en esta época tecnológica existen diccionarios en línea: por ejemplo, la página www.wordreference.com/sinonimos podría ser un recurso valioso para tal objetivo.

La falta común que se observa en los escritos de muchas personas es el abuso de los pronombres relativos (el, la) cual, (los, las) cuales y otros. Su uso no es tan extenso como se cree, por lo tanto, en la mayoría de los casos se suele usar mal estos pronombres. Es incorrecta la frase “esta investigación la cual fue realizada…”, el pronombre debe ser sustituido por el “que”: “esta investigación que fue realizada…”. Sin embargo, es correcto su uso con una preposición delante: “La investigación sobre la que se trabaja…” Aun en este caso puede ser sustituida por el pronombre “la que”. Como se ve, los pronombres (el, la) cual, (los, las) cuales pueden ser reemplazados por el “que” en la mayoría de los casos lo que permite alternarlas en un párrafo para que la lectura de nuestro escrito sea más amena.

Gran problema nos causan los acentos gráficos, popularmente llamados “tildes”. No obstante, sus reglas no son tan complicadas como pueden parecer. Mencionaremos algunos casos que presentan mayor dificultad. Las palabras qué, cuál/es, quién/es, cómo, cuán, cuánto/a/os/as, cuándo, dóndey adóndese escriben con acento siempre y cuando tienen el carácter interrogativo –son una pregunta– o introducen una pregunta indirecta en una oración. En los demás casos se escriben sin el acento. Comparemos las siguientes frases. En las preguntas siempre llevan el acento: “¿Cómo estás?”, “¿Qué se puede hacer?”, “¿Quién es el autor?”, “¿Cuántos libros has leído?”, “¿A quién está dirigido tu ensayo?”, etc. O las oraciones: “Ya sabemos quién lo ha hecho” que tiene carácter interrogativo. Lo mismo en las frases “El libro dice cuándo se descubrió el metal”, “El anuncio indica dónde vamos a reunirnos”, etc.

Hasta hace unos años, antes de que saliera la Nueva ortografía de la lengua española, se solía confundir las reglas de la acentuación de las palabras solo, este/a/os/as, ese/a/os/as, aquel/aquella/os/as que en algunas ocasiones debían escribirse con el acento gráfico y en otras, no. Sin embargo, la regla actual es sencilla y suprime las tildes en esta palabras en todas las situaciones. Es decir, se recomienda que nunca se escriban con el acento gráfico.

Para concluir, a continuación presentamos algunas dudas típicas que surgen a la hora de escribir un ensayo, un artículo, una carta u otros escritos. Por ejemplo, el uso masivo del “en donde” (“lugar en donde nos vimos”) no tiene ninguna justificación porque el propio carácter de lugar ya está incluido en el adverbio “donde” (“lugar donde nos vimos”).

La duda sobre la concordancia de número y el verbo también es común en los escritos. ¿Cuál de las dos frases es correcta: “el 27 % de los trabajadores reciben el salario mínimo” o “el 27 % de los trabajadores recibe…”? Las dos son correctas, la regla establece que en este caso el verbo puede concordarse tanto con el número (porcentaje) como con el sustantivo. La excepción es el verbo “ser” en estas frases que se emplea siempre en el plural: “El 27 % de los trabajadores son beneficiarios…”.

El uso (y abuso) de deber de hacercon el significado de obligatoriedad se ha propagado y tampoco tiene justificación. “Debes de trabajar mucho” bajo ninguna circunstancia significa la obligación sino una suposición que equivale a “Tal vez trabajas mucho”. En caso de la obligación tiene que omitirse la preposición “de”: “debes trabajar mucho”.

No se puede olvidar dos frases célebres que deben ser guía a la hora de redactar un escrito. Tenía la razón el famoso escritor inglés George Orwell cuando escribió que “si el pensamiento corrompe el lenguaje, el lenguaje también puede corromper el pensamiento“. O, según el poeta cubano José Martí: “El lenguaje ha de ser matemático, geométrico, escultórico. La idea ha de encajar exactamente en la frase, tan exactamente que no pueda quitarse nada de la frase sin quitar eso mismo de la idea”.

Las personas que no leen, no saben expresarse por escrito. La lectura (de la literatura, de la prensa escrita, de los libros científicos y académicos) es una fuente inagotable no solo de sabiduría, sino también de enriquecimiento de nuestro lenguaje. Es triste escuchar a muchas personas incapaces de transmitir sus ideas de manera coherente por el mal uso de la lengua, por falta de las palabras y simplemente por su ignorancia.

 

(Capítulo del libro “Saber estudiar”,  Guatemala, Editorial Episteme,  2014. Se reproduce con el permiso del autor)

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