Mi lectura del Quijote, segunda parte 22 y 23

Jorge Luis Contreras Molina

Montesinos es un misterio, una cueva de sucesos, una promesa de aventura, un sitio para ser valiente.  Anuncia que habrá diferencia entre el hombre que arribe y el que logre salir. Miedos, pájaros presagiadores, ruidos quedos e informes, desalientos inminentes. Se ha configurado el escenario.  Cuelgan al hidalgo para que viaje cien brazos de soga.  Va hasta que la cuerda se termina. Luego de minutos inciertos lo hacen volver de un sereno mundo trémulo y onírico del que habría querido no despertar.
Cuenta una historia increíble. Honor y lágrimas. Merlín, el encantador, ha encerrado en mazmorras impenetrables a los concursantes de una leyenda de solidaridad que anuncia que hay otros virtuosos en el mundo.  Estos hablan a don Quijote y lo prodigan su bienhechor y salvador. Hay un muerto.  Hay una promesa cumplida. Un corazón retirado para testimonio de hermandad y respeto.  Todos, cuadros de un mosaico subterráneo y extraño.
Bioy Casares recuperó para su extraordinaria novela una imagen que congelada conjetura una explicación del estado de insignes seres dormidos en una profundidad atemporal fruto de encantos.  Merlín ha fabricado sombras en una cueva.  Solo grandes como don Quijote saben pelear con titanes.  Los viejos se salvan de la ira del hidalgo aunque digan sacrilegios como el que haya bellezas mayores que la de Dulcinea.
El veintitrés se cierra con la fascinante recursión de don Quijote creyendo que ha visto a la Dulcinea que le dibujó a fuerza de mentiras su escudero ingrato. Río al leer que le mandó pedir dinero prestado a su señor.  Cabriolas y frases inconexas dominan el ambiente.