El Quijote, anotaciones de un lector 3

Jorge Luis Contreras

Capítulos 8 y 9…


Cervantes ha escrito una novela moderna.  Melville, Borges, Tito Monterroso… han jugado a contarnos que sus creaciones les fueron dictadas, o que las hallaron en sitios extraños, o que les llegaron de misteriosas fuentes.  Ellos solo nos trasladan lo recibido.  Resulta que Cide Hamete Benengeli es el creador de la historia que El Manco de Lepanto transmite.

Ocurrente, con la creatividad vivísima, se nos cuenta otro “error de apreciación” del héroe manchego. Esta vez, entre el final del capítulo 8, y el 9 se nos revive una fiera batalla entre un escudero y don Quijote.  Expectación, inusitada animación, valentía, temeridad, arengas, revelaciones…  Todo para que el hidalgo venza en combate singular al vizcaíno que salva la vida por la intervención de su ama que promete enviar al derrotado luchador a ofrecer sus respetos a la bella Dulcinea.

El que lee el Quijote se atreve a todo.  Aventuro unos versos.  Estos:

Yo quisiera decir

Un nombre

En medio de la sombra

En medio de la noche

Cerca de la bruma

Cerca de la espesura

Del tiempo carcelero

Cerca del nublado paraíso

Cerca de la rumba del porvenir

El santo y seña

Del que sabe su destino

Y no lo evade…

Lo escucha susurrar

Y se pone en marcha

Con su rocín y su Sancho.

Steve Jobs 1955 – 2011

«No te dejes atrapar por los dogmas.  No permitas que el ruido de las opiniones ajenas ahogue tu voz interior, y, lo más importante, ten el coraje de seguir tus impulsos e intuiciones porque, de alguna manera, saben lo que quieres ser.» – Steve Jobs

En el enlace que aparece a continuación, compartimos un tributo a la vida de Steve Jobs.  ¡Que lo disfruten!

El Quijote, anotaciones de un lector 2

Jorge Luis Contreras

Capítulos del 5 al 7 y medio…

Un feliz don Quijote camina de regreso a su casa.  No imagina otra vida, no es para él otra vida.  Su destino es la caballería.  Regresa solo para que sus bártulos estén completos y pueda volver a los campos.  Necesita dinero y, sobre todo, un escudero. Sancho Panza ha sido elegido.

El cura, el barbero, la sobrina y la criada se conjuran para salvar al hidalgo de su locura. Piensan que al destruir los libros se arrancará de raíz el problema.  Aquellos juegan a censores. Este sí, este no; y en la prisa las joyas de la literatura de caballería van a la hoguera.  Algunos poemarios sobreviven, además de la obra de un tal Cervantes, y la novela germen del género.  Más nada.

Don Quijote había vuelto molido por unos indignos que lo atacaron en un confuso incidente después de poner en duda la belleza de la sin par Dulcinea.  Ha sido llevado (penosamente) por un hombre que se espanta de la locura del vecino.

Cuando despierta semicurado busca sus libros.  Estos ya no están, pero en su lugar está una pared que fue levantada por un encantador enemigo del Quijote.  Original historia inventada por los censores y creída por el héroe.

Una noche don Quijote y Sancho Panza parten hacia la aventura.  No avisan a familiar alguno.  Ya están lejos cuando su huida se percibe.  Se ha iniciado la segunda (más célebre que la primera) salida.

Yo sé quién soy. Yo sé quién soy se cansaba don Quijote de decirle al vecino que lo había llevado maltrecho de vuelta a casa cuando termina malamente su primera salida.  Yo sé quién soy piensa, quizá, el ingenioso hidalgo cuando embiste a los molinos.  Frestón, el mago enemigo que le robó sus libros es sin duda el mismo que convierte a los molinos en gigantes y a los gigantes en enemigos de concreto cuyas aspas derriban al caballero.  Sancho no pudo impedirlo.  Sancho sólo vio molinos y ahora acude a ver a su caído señor.

La historia es también de amor.  Don Quijote no tendría suficiente aliento para ir contra los gigantes si no tuviera a la señora de sus pensamientos, la sin par Dulcinea.  A ella se encomienda y entonces ataca.  Ella, que no es, se vuelve más real que el día, cuando su amado la invoca desde el corazón.

Los caballeros andantes no pueden quejarse, es contra su naturaleza.  Ni de la caída, ni de la falta de lanza (se hizo pedazos con el molino).  Habrá una encina y de ella una rama se hará lanza testigo de las muchas hazañas que a los compañeros les esperan en el Puerto Lápice.

Los molinos ya son historia.

El Quijote, anotaciones de un lector

Jorge Luis Contreras

Capítulos del 1 al 4…

El artilugio, amazonkindle; la propuesta, una lectura (por placer) del Quijote.  Me salto los permisos y las dedicatorias.  Si pudiera escribiría «a lo Borges»; pero bien sé que estas anotaciones ven la luz, más bien, como fragmentos.

Ya don Quijote se nos ha presentado, ya sabemos que está seco del cuerpo y del cerebro.  Entendemos que las novelas de caballería hicieron su efecto, pero (ahora aventuro) él tenía, pienso, un espíritu predispuesto.  El libro (los libros) solo halló al hombre adecuado.

Ya se autonombra, ya bautiza lo que de aquí en adelante serán sus preciosos bienes espirituales y materiales. Y va, asustado (los locos también se asustan), a buscar su destino.

El primer equívoco, la fortaleza con alcaide, música, truchas, candeal y doncellas; que no es más que una venta con ventero, silbato de castrador de cerdos, abadejo, pan y rameras.

Don Quijote come.  Come.  Grotesco (o tierno) no tiene peto ni espaldar; pero conserva la gola y la celada (no se la pueden quitar y así debe comer y descansar).

No hay cordura capaz de tanto honor, no hay sensatez que pueda ser tan constante, que pueda persistir tanto. Ahora nuestro hidalgo se ha empeñado en lograr que se le ordene caballero.  Si al principio se le sigue la corriente, el acto se apresura luego cuando la locura se vuelve peligrosa para los otros huéspedes de la posada que se acercan al bebedero donde don Quijote vela sus armas.  Se abrevian las cosas.  Media vela basta y ya el ventero y sus ayudantes hacen el ritual.  Don Quijote es caballero.  Yo quisiera saber qué sintió cuando su gallardía y honor adquirieron legalidad.

Ya parte de la venta.  El destino le da su primera tarea caballeresca.  El niño golpeado vilmente es solo aparentemente salvado por el hidalgo.  Los hombres no tienen honor, son avaros, mentirosos, ventajistas… Don Quijote parte con la idea de que ha hecho bien su tarea (niño salvado, Dulcinea honrada, hombre escarmentado… Todo en su sitio).

Maestro Efraín Recinos, 1928-2011

Como homenaje al gran Maestro de las artes plásticas, Efraín Recinos, publicamos el enlace al vídeo en el que el Maestro nos guía durante una visita al Conservatorio Nacional de Música, después de la remodelación que estuvo a su cargo.

Su legado y amor a Guatemala lo convierten en un ser inmortal.

Sigan el enlace al vídeo: Efraín Recinos, Difusores Acústicos

Feliz encuentro de dos genios: Goethe y Schiller

Luis Fernando Moreno Claros

Rüdiger Safranski traza una intensa narración de la relación entre Goethe y Schiller, basada en el afecto y la excelencia

La amistad entre Goethe y Schiller fue tal vez una de las más proverbiales y fecundas de la historia de la literatura. A Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832), el célebre autor de Las penas del joven Werther y genio reconocido de las letras alemanas desde su juventud, le costó trabar conocimiento con otro genio incipiente: Johann Christoph Friedrich Schiller (1759-1805), diez años menor que él, y asimismo famoso por su sorprendente tragedia primeriza Los bandidos. Tampoco a Schiller le agradaba la actitud prepotente del «olímpico Goethe», pues le parecía orgulloso y distante. Sin embargo, sucedió lo que parecía imposible: aquellos dos hombres se hicieron amigos. Dejaron atrás sus temores y, superando celos literarios y diferencias de carácter, decidieron cooperar en pro del arte y del mutuo enriquecimiento personal.

Schiller afirmó que «ante la excelencia no cabe más que el amor», y así actúo con Goethe, que enseguida se sintió agasajado y correspondió como debía. La amistad de ambos se cimentó sobre las firmes columnas de la paridad y la confianza recíproca. Si de ellos uno se hubiese creído superior y hubiera hecho gala de necia vanidad, sin atender a los consejos del otro por considerarlo inferior en inteligencia, nada habría crecido entre ambos salvo espinas. Orgullosos de sí mismos y de su arte, cada uno a su manera, idiosincrásicos y distintos, supieron ser colaboradores y complementarios. «Cada uno de nosotros podía proporcionar al otro algo que le faltaba y recibir algo a cambio», diría Goethe; y cuando murió Schiller: «He perdido a un amigo y con él, la mitad de mi existencia».

El famoso biógrafo y filósofo alemán Rüdiger Safranski (1945) dedica este su último libro a detallar la historia de lo que Goethe calificó de «feliz acontecimiento», aquella amistad que comenzó en 1794 y que sólo concluiría con la muerte de Schiller. La obra es tan intensa e informativa como todas las de Safranski. Desde su primera biografía de E.T.A. Hoffmann (sin traducir al castellano) hasta sus libros sobre el Romanticismo y los que dedica a Schopenhauer, Heidegger, Nietzsche y Schiller (todos en Tusquets), Safranski ha desarrollado un estilo propio que podrá encantar al lector o saturarlo en ocasiones, ya que se basa en la acumulación de testimonios que sostienen una narración que avanza entre meandros; multiplica las citas literales, y lo mismo se explaya sobre un problema filosófico universal que sobre una anécdota particular. La información es desbordante y los detalles a veces obvian aspectos de carácter más general, por ejemplo, ¿cómo eran realmente las respectivas personalidades de Goethe y Schiller? El lector debe extraer esta información tan relevante a partir de los testimonios y las anécdotas, ensamblar un gran puzle con pequeñas piezas doradas.

Francisco Pérez de Antón: Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias 2011

Les compartimos el enlace a la entrevista que Luis Figueroa, Departamento de Relaciones Públicas de la UFM, realizó el 14 de septiembre de 2011 a Francisco Pérez de Antón, Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias 2011.

Francisco Pérez de Antón: Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias 2011

Rüdiger Safranski: «La información ya no se transforma en experiencia»

La Vanguardia

¿Puede aún un filósofo llenar un auditorio para hablar Sobre el tiempo? El pensador alemán Rüdiger Safranski, autor de prestigiosas biografías de Nietzsche y Schopenhauer (ambas editadas por Tusquets), sí, y lo demostró este jueves cuando, en una de las aulas del Centre de Cultura Contemporànea de Barcelona (CCCB), intentó responder durante prácticamente dos horas a las complejas preguntas: ¿Cuánta aceleración puede soportar el ser humano? ¿Cómo puede lograrse una relación más razonable con el tiempo?

Safranski, que acaba de presentar su nuevo libro Goethe y Schiller. Historia de una amistad (Tusquets, 2011), comenzó haciendo un repaso histórico a la cuestión del tiempo, una «categoría filosófica» recurrente en la religión, la literatura y el pensamiento. Así, San Agustín decía saber qué era «pero no explicarlo si me lo preguntan».

El autor fue presentado por la ensayista y traductora Rosa Sala Rose que, además de elogiar la capacidad del pensador alemán para enfrentarse a los campos más complejos, destacó uno de los muchísimos premios que ha recibido a lo largo de su trayectoria: el de un prestigioso club de fumadores de pipa. Más allá de la divertida anécdota, nos dice Sala, ese galardón sirve de metáfora de lo que quería decir Safranski. No en vano, el fumador de pipa es un fumador diferente a los demás, que vive el tiempo desde otra perspectiva. Así pues, ¿qué es el tiempo y cómo repensarlo desde nuestra cosmovisión?

Para Safranski, «el tiempo sólo tiene una dirección, no es como el espacio».  Se trata de un flujo irreversible. Sin embargo, nosotros vivimos la dicotomía entre el tiempo presente («siempre hay un ahora») y el tiempo imaginado (por el que viajamos al pasado o al futuro).  Nos desplazamos, pero desde nuestra creatividad.

De este modo, el filósofo explica que se suele entender el tiempo como «aquello que miden los relojes», pero en realidad eso no es más que una convención. «Se confunde el tiempo con sus instrumentos para medirlo», asegura. Y es que, según sus palabras, «el tiempo no avanza, sino que fluye», y sólo se puede hablar de tiempo si pasa alguna cosa, si podemos reconocer ciertos hechos o acontecimientos ocurridos entre un espacio temporal y otro.

Después de esta breve introducción en la idea ontológica del tiempo, Rüdiger Safranski quiso dedicar la conferencia a lo que denomina «socialibilización del tiempo«, que viene con la industrialización de la sociedad moderna, cuando se normalizan los grandes relojes en iglesias y fábricas… Hay una «mecanización» que, a partir de ese momento, dirige nuestro comportamiento. Somos proveedores de tiempo.

En nuestros días, el aumento de la «presión temporal» es brutal, y se habla de la «escasez del tiempo«. Para el autor alemán no se puede utilizar este término, ya que algo sólo puede ser «escaso» en relación a otra cosa, y no es una característica intrínseca del concepto. Siempre nos quejamos de que «tenemos poco tiempo», que tenemos que «ganar tiempo», porque lo vemos ya como un producto por el que pagamos o cobramos en plazos bien delimitados (sueldos, cuotas, préstamos, etcétera). La relación entre tiempo y economía es, en este sentido, fundamental. Mientras el que está dentro de la rueda laboral no tiene tiempo para nada, el que está fuera, el que la sociedad ha excluido, no sabe qué hacer con él.

Con la «aceleración» de nuestros días, en gran parte provocada por los nuevos sistemas de información, lo que se busca es, prioritariamente, el consumo. Así, nos dice Safranski, «los créditos no son creación de valor, sino que se compra el futuro, hipotecándonos». Para el pensador, la especulación es eso, «basura que aún no hemos consumido» y, por ello, el problema fundamental radica en una falta de sincronización entre el tiempo financiero y el tiempo vital. Son dos trenes incompatibles, nos explica, que quieren convivir siendo uno de Alta Velocidad y otro de Cercanías.

Se cree que la aceleración – hacer cosas constantemente – ayuda a no pensar en la muerte. El filósofo no puede estar más en desacuerdo, ya que lo que se consigue es que, viviendo de esta forma, «la experiencia vital ya no tiene valor». Vivimos en una «patología del tiempo» que nos lleva, irremediablemente, al horror vacui. ¿Por qué, después de mirar durante horas la televisión, al poco rato ya no recordamos nada de lo que hemos visto?

Rüdiger Safranski defiende que hoy «la información no se transforma en experiencia» y el exceso de estímulos provoca «un ataque del presente al resto del tiempo». Si sólo estamos pendientes de lo inmediato, si no hay espacio para «lo mediado», el conocimiento no es posible. «Necesitamos una revolución del tiempo social», asegura.

¿Por dónde comenzamos? El pensador, que está trabajando en un nuevo libro sobre el tema, parece tenerlo claro: «La filosofía es un primer paso hacia la desaceleración».

Fallece en México el escritor boliviano Renato Prada Oropeza

Los Tiempos

Renato Prada Oropeza, filósofo, semiótico y escritor potosino, falleció el pasado viernes 9 en la ciudad de Puebla, México a la edad de 73 años tras sufrir afecciones en el riñón, según informaron medios internacionales.

Prada, es considerado uno de los semiólogos más importantes de México y Sudamérica. Vivió en Cochabamba donde enseñaba filosofía en la Normal Superior, después se trasladó a Roma y Bélgica donde desarrolló su pensamiento semiótico.

Renato pasó sus últimos años en la comunidad de Dos Ríos, Veracruz, desde donde viajaba a la ciudad de Puebla para desempeñarse como profesor-investigador de tiempo completo de la Universidad Autónoma de Puebla.

Prada nació en Potosí el 17 de octubre de 1937. Realizó estudios en la Universidad de La Sapienza (Roma), y en Lingüística, en la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica. Fue miembro del Sistema Nacional de Investigadores de México Nivel III, así como director fundador de la revistas Semiosis, Morphé y Amoxcalli.

Se casó con la historiadora del arte Elda Rojas Aldunate; su primogénito Ingmar Prada se dedica a la física, su hijo Fabrizio Prada es cineasta e Ixchel Prada es diseñadora y escenografista.

Entre sus obras literarias destacan «Los fundadores del alba», la obra maestra de la literatura boliviana; El lenguaje narrativo, Prolegómenos para una semiótica narrativa, Poética y liberación en la narrativa de Onelio Jorge Cardoso, Los sentidos del símbolo I, El lenguaje narrativo, La narrativa de Sergio Pitol: los cuentos, Hermenéutica. Símbolo y conjetura y La narrativa de la Revolución mexicana. Primer periodo, entre otros.

Sus obras literarias han sido traducidas a varias lenguas y es considerado uno de los semiólogos mexicanos y latinoamericanos más reconocidos.

De entre los premios que le fueron otorgados destacan el Casa de las Américas, el de Ciencia y Tecnología de México, Premio Nacional de Cuento Edmundo Camargo en Cochabamba, El Premio nacional de Novela Erich Guttentag y Franja de Oro de la Ciudad de La Paz.

La novela latinoamericana, testimonio de una época

A continuación transcribimos la Conferencia Nobel pronunciada el 12 de diciembre de 1967 por Miguel Angel Asturias – Nobel de Literatura 1967.

Hubiera querido que a este encuentro no se le llamara conferencia sino coloquio, diálogo de dudas y afirmaciones sobre el tema que nos ocupa. Empezaremos analizando los antecedentes de la literatura latinoamericana en general, deteniendo nuestra atención en aquellos que más atingencia tienen con la novela. Vamos a remontar las fuentes hasta los orígenes milenarios de la literatura indígena, en sus tres grandes momentos: Maya, Azteca e Incaica.

Surge como primera cuestión la siguiente pregunta: ¿Existió un género parecido a la novela entre los indígenas? Creo que sí. La historia en las culturas autóctonas tiene más de lo que nosotros occidentales llamamos novela, que de historia. Hay que pensar que estos libros de su historia, sus novelas, diríamos ahora, eran pintados entre los Aztecas y Mayas y guardados en formas figurativas aún no conocidas en el incanato. Presupone esto el uso de pinacogramas, de los que, la voz del lector, – los indígenas no distinguen entre leer y contar, para ellos es la misma cosa -, sacaba el texto que en forma de canto iba relatando a sus oyentes.

El lector, contador de cuentos cantados, o «gran lengua», único conocedor de lo que los pinacogramas decían, realizaba una interpretación de los mismos recreándolos, para regalo de los que le escuchaban. Más tarde, estas historias pintadas se fijan en la memoria de los oyentes y pasan en forma oral, de generación en generación, hasta que el alfabeto traído por los españoles las fija en sus lenguas nativas con caracteres latinos o directamente en castellano. Es así como llegan a nuestro conocimiento textos indígenas poco expuestos a la contaminación occidental. La lectura de estos documentos es lo que nos ha permitido afirmar que entre los americanos la historia tenía más de novela que de historia. Son narraciones en las que la realidad queda abolida al tornarse fantasía, leyenda, revestimiento de belleza, y en las que la fantasía a fuerza de detallar todo lo real que hay en ella termina recreando una realidad que podríamos llamar surrealista. A esta característica de la anulación de la realidad por la fantasía y de la recreación de una superrealidad, se agrega una constante anulación del tiempo y el espacio, y algo más importante y característico: el uso y abuso de la palabra en estilo paralelístico, o sea el empleo paralelo de diferentes vocablos para señalar el mismo objeto, dar la misma idea, expresar los mismos sentimientos. Insisto en esto, el paralelismo en los textos indígenas es un juego de matices que para nosotros occidentales no tiene valor, pero que indudablemente permitían una gradación poética imponderable, destinada a provocar ciertos estados de conciencia que se tomaban por magia.

Volviendo al tema del origen de un género literario similar a la novela, entre los primitivos pueblos de América, cabría emparentar el nacimiento de la forma novelesca con la epopeya. La leyenda heroica, superando las posibilidades de la historia ficción, va en labios de los rapsodas, grandes lenguas de las tribus o «cuicanimes» que recorrían las ciudades recitando los textos, para que circulara entre los pueblos la belleza de sus cantos, como la sangre dorada de sus dioses.

Estos cantos épicos, tan abundantes en la literatura americana indígena, y tan poco conocidos, poseen eso que nosotros llamamos «intriga novelesca», y que los frailes y doctrineros españoles designaban con el nombre de «embustes».

Estos relatos novelados que en sus orígenes eran testimonio de su antigüedad, memoria y fama de las cosas grandes que en oyéndolas otros querían hacer, esta literatura de realidad y fantasía-realidad, se quiebra en el instante de avasallamiento, y queda corno una de las tantas vasijas rotas de aquellas grandes civilizaciones. Va a seguir, sin embargo, en esta misma forma documental no ya el testimonio de la grandeza, sino de la miseria, no ya el testimonio de la libertad, sino el de la esclavitud, no ya el testimonio de los señores, sino el de los vasallos, y una nueva literatura americana, naciente, intentará llenar los vacíos silencios de una época. Pero los géneros literarios que florecían en la península Ibérica no arraigan eri América, tal el caso de la novela realista y el teatro. Por el contrario es el borbotón indígena, savia y sangre, río, mar y miraje, lo que incide sobre la mentalidad del primer español que va a escribir la primera gran novela americana, «novela» como debe llamarse a la «Verdadera Historia de los Sucesos de la Conquista de Nueva España» por Bernal Díaz del Castillo. ¿Será atrevimiento llamar «novela» a lo que el soldado aquél llamó no historia sino «verdadera historia»? ¡Cuántas veces las novelas son la verdadera historia! Pero pregunto: ¿Será atrevimiento dar el nombre de novela a la obra del insigne cronista? Al que esto crea, a quien me llame atrevido, lo invitaría a internarse en la prosa trotona y anhelante de este hombre de infantería y de todas armas y advertirá que insensiblemente al entrar en ella, irá olvidando que lo que le sucedió era realidad y más le parecerá obra de pura fantasía. ¡Si hasta el mismo Bernal lo dice, próximo a los muros cíe Tenochtitlán: «que parecía las cosas de encantamiento que cuentan en el Libro de Amadís»! Pero este libro es español, se nos dirá, aunque de español sólo tiene el haber sido escrito por un peninsular avecindado en Santiago de los Caballeros de Guatemala, donde conservamos el glorioso manuscrito, y el haber sido trazado en la vieja lengua de Castilla, aunque más participa de ese disfracismo propio de la literatura indígena. Al mismo Don Marcelino Menéndez y Pelayo, versadísimo en letras clásicas hispánicas, le parece raro el sabor de esa prosa y le sorprende que haya sido escrita por un soldado. No para mientes el gran polígrafo en que Bernal a sus ochenta años no sólo había oído muchos textos de la literatura indígena, influenciándose con ella, sirio que por ósmosis se había absorbido América y ya era americano. Sigue leyendo