Jorge Luis Contreras Molina
Para don Quijote fueron muchos los días que pocos resultaron para Sancho en los cuales don Diego hizo las veces de anfitrión animoso a efecto de que la luz del Caballero de los Leones iluminara una casa llena de insipientes poemas escritos por el hijo casi pródigo, don Lorenzo.
Sancho comió. Descansó de sus muchos trabajos. Hasta tuvo quien le sirviera. Pero la felicidad es efímera. Llegó la hora de salir hacia la cueva de Montesinos.
La versión que leo tiene un equívoco infame. Utiliza la palabra derrota para referirse a derrotero. Pinta mal el nuevo viaje.
Habían llegado los héroes a la casa de Diego luego de que se encontraran fortuitamente en el camino. Antes de que huyeran todos en tumulto desconcertado por la inminente liberación de uno de dos leones con el que don Quijote planeaba contender.
El león estaba demasiado domesticado. Se había acostumbrado a su jaula. Al verse libre solo se desperezó, vio timorato la libertad, y se volvió hacia la seguridad de las rejas.
El leonero se hizo escritor. Inventó un evento de lucha y furor, de amenazas e intimidaciones entre la fiera y el hidalgo. Al volver los fugados vieron al héroe vencedor fabricado por la mercadotecnia del carcelero.
No puedo dejar de decir que don Quijote encontró evocaciones de su Dulcinea en la casa de don Diego. Fue feliz. Más que cuando venció al león y se cambió el apelativo de triste a vencedor de fieras.







Escucho la voz del Quijote. Ya no hablamos así. Más bien no hemos sabido nunca hablar así. Es gallardo el decir hidalgo, incuestionable. Sancho topa su palabrería vulgar con el frontón del elevado tono discursivo del gigante enamorado. Van al Toboso.
Y, otra vez, los salvadores asechan. Esta vez la criada mastica retóricas para que don Quijote desista. El hidalgo, en acto gentil, se baja de su dignidad caballeresca para persuadir a la ingenua. Le hace ver que, andando los caminos con el honor como divisa, él solo cumple su destino.