Fallece en México el escritor boliviano Renato Prada Oropeza

Los Tiempos

Renato Prada Oropeza, filósofo, semiótico y escritor potosino, falleció el pasado viernes 9 en la ciudad de Puebla, México a la edad de 73 años tras sufrir afecciones en el riñón, según informaron medios internacionales.

Prada, es considerado uno de los semiólogos más importantes de México y Sudamérica. Vivió en Cochabamba donde enseñaba filosofía en la Normal Superior, después se trasladó a Roma y Bélgica donde desarrolló su pensamiento semiótico.

Renato pasó sus últimos años en la comunidad de Dos Ríos, Veracruz, desde donde viajaba a la ciudad de Puebla para desempeñarse como profesor-investigador de tiempo completo de la Universidad Autónoma de Puebla.

Prada nació en Potosí el 17 de octubre de 1937. Realizó estudios en la Universidad de La Sapienza (Roma), y en Lingüística, en la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica. Fue miembro del Sistema Nacional de Investigadores de México Nivel III, así como director fundador de la revistas Semiosis, Morphé y Amoxcalli.

Se casó con la historiadora del arte Elda Rojas Aldunate; su primogénito Ingmar Prada se dedica a la física, su hijo Fabrizio Prada es cineasta e Ixchel Prada es diseñadora y escenografista.

Entre sus obras literarias destacan «Los fundadores del alba», la obra maestra de la literatura boliviana; El lenguaje narrativo, Prolegómenos para una semiótica narrativa, Poética y liberación en la narrativa de Onelio Jorge Cardoso, Los sentidos del símbolo I, El lenguaje narrativo, La narrativa de Sergio Pitol: los cuentos, Hermenéutica. Símbolo y conjetura y La narrativa de la Revolución mexicana. Primer periodo, entre otros.

Sus obras literarias han sido traducidas a varias lenguas y es considerado uno de los semiólogos mexicanos y latinoamericanos más reconocidos.

De entre los premios que le fueron otorgados destacan el Casa de las Américas, el de Ciencia y Tecnología de México, Premio Nacional de Cuento Edmundo Camargo en Cochabamba, El Premio nacional de Novela Erich Guttentag y Franja de Oro de la Ciudad de La Paz.

La novela latinoamericana, testimonio de una época

A continuación transcribimos la Conferencia Nobel pronunciada el 12 de diciembre de 1967 por Miguel Angel Asturias – Nobel de Literatura 1967.

Hubiera querido que a este encuentro no se le llamara conferencia sino coloquio, diálogo de dudas y afirmaciones sobre el tema que nos ocupa. Empezaremos analizando los antecedentes de la literatura latinoamericana en general, deteniendo nuestra atención en aquellos que más atingencia tienen con la novela. Vamos a remontar las fuentes hasta los orígenes milenarios de la literatura indígena, en sus tres grandes momentos: Maya, Azteca e Incaica.

Surge como primera cuestión la siguiente pregunta: ¿Existió un género parecido a la novela entre los indígenas? Creo que sí. La historia en las culturas autóctonas tiene más de lo que nosotros occidentales llamamos novela, que de historia. Hay que pensar que estos libros de su historia, sus novelas, diríamos ahora, eran pintados entre los Aztecas y Mayas y guardados en formas figurativas aún no conocidas en el incanato. Presupone esto el uso de pinacogramas, de los que, la voz del lector, – los indígenas no distinguen entre leer y contar, para ellos es la misma cosa -, sacaba el texto que en forma de canto iba relatando a sus oyentes.

El lector, contador de cuentos cantados, o «gran lengua», único conocedor de lo que los pinacogramas decían, realizaba una interpretación de los mismos recreándolos, para regalo de los que le escuchaban. Más tarde, estas historias pintadas se fijan en la memoria de los oyentes y pasan en forma oral, de generación en generación, hasta que el alfabeto traído por los españoles las fija en sus lenguas nativas con caracteres latinos o directamente en castellano. Es así como llegan a nuestro conocimiento textos indígenas poco expuestos a la contaminación occidental. La lectura de estos documentos es lo que nos ha permitido afirmar que entre los americanos la historia tenía más de novela que de historia. Son narraciones en las que la realidad queda abolida al tornarse fantasía, leyenda, revestimiento de belleza, y en las que la fantasía a fuerza de detallar todo lo real que hay en ella termina recreando una realidad que podríamos llamar surrealista. A esta característica de la anulación de la realidad por la fantasía y de la recreación de una superrealidad, se agrega una constante anulación del tiempo y el espacio, y algo más importante y característico: el uso y abuso de la palabra en estilo paralelístico, o sea el empleo paralelo de diferentes vocablos para señalar el mismo objeto, dar la misma idea, expresar los mismos sentimientos. Insisto en esto, el paralelismo en los textos indígenas es un juego de matices que para nosotros occidentales no tiene valor, pero que indudablemente permitían una gradación poética imponderable, destinada a provocar ciertos estados de conciencia que se tomaban por magia.

Volviendo al tema del origen de un género literario similar a la novela, entre los primitivos pueblos de América, cabría emparentar el nacimiento de la forma novelesca con la epopeya. La leyenda heroica, superando las posibilidades de la historia ficción, va en labios de los rapsodas, grandes lenguas de las tribus o «cuicanimes» que recorrían las ciudades recitando los textos, para que circulara entre los pueblos la belleza de sus cantos, como la sangre dorada de sus dioses.

Estos cantos épicos, tan abundantes en la literatura americana indígena, y tan poco conocidos, poseen eso que nosotros llamamos «intriga novelesca», y que los frailes y doctrineros españoles designaban con el nombre de «embustes».

Estos relatos novelados que en sus orígenes eran testimonio de su antigüedad, memoria y fama de las cosas grandes que en oyéndolas otros querían hacer, esta literatura de realidad y fantasía-realidad, se quiebra en el instante de avasallamiento, y queda corno una de las tantas vasijas rotas de aquellas grandes civilizaciones. Va a seguir, sin embargo, en esta misma forma documental no ya el testimonio de la grandeza, sino de la miseria, no ya el testimonio de la libertad, sino el de la esclavitud, no ya el testimonio de los señores, sino el de los vasallos, y una nueva literatura americana, naciente, intentará llenar los vacíos silencios de una época. Pero los géneros literarios que florecían en la península Ibérica no arraigan eri América, tal el caso de la novela realista y el teatro. Por el contrario es el borbotón indígena, savia y sangre, río, mar y miraje, lo que incide sobre la mentalidad del primer español que va a escribir la primera gran novela americana, «novela» como debe llamarse a la «Verdadera Historia de los Sucesos de la Conquista de Nueva España» por Bernal Díaz del Castillo. ¿Será atrevimiento llamar «novela» a lo que el soldado aquél llamó no historia sino «verdadera historia»? ¡Cuántas veces las novelas son la verdadera historia! Pero pregunto: ¿Será atrevimiento dar el nombre de novela a la obra del insigne cronista? Al que esto crea, a quien me llame atrevido, lo invitaría a internarse en la prosa trotona y anhelante de este hombre de infantería y de todas armas y advertirá que insensiblemente al entrar en ella, irá olvidando que lo que le sucedió era realidad y más le parecerá obra de pura fantasía. ¡Si hasta el mismo Bernal lo dice, próximo a los muros cíe Tenochtitlán: «que parecía las cosas de encantamiento que cuentan en el Libro de Amadís»! Pero este libro es español, se nos dirá, aunque de español sólo tiene el haber sido escrito por un peninsular avecindado en Santiago de los Caballeros de Guatemala, donde conservamos el glorioso manuscrito, y el haber sido trazado en la vieja lengua de Castilla, aunque más participa de ese disfracismo propio de la literatura indígena. Al mismo Don Marcelino Menéndez y Pelayo, versadísimo en letras clásicas hispánicas, le parece raro el sabor de esa prosa y le sorprende que haya sido escrita por un soldado. No para mientes el gran polígrafo en que Bernal a sus ochenta años no sólo había oído muchos textos de la literatura indígena, influenciándose con ella, sirio que por ósmosis se había absorbido América y ya era americano. Sigue leyendo

Umberto Eco publica ‘Confesiones de un joven novelista’, a sus casi 80 años

La Vanguardia

¿Inspiración o trabajo? ¿Talento o esfuerzo? Estas cuestiones, eternas a la hora de hablar de la creación artística, se las plantea también el escritor y semiólogo italiano Umberto Eco en su nuevo libro, Confesiones de un joven novelista, una reflexión de cómo pasó de ensayista a novelista.

Publicado por Lumen, Confesiones de un joven novelista está este mes en la calle para deleite de los muchos incondicionales del viejo profesor italiano, que, a punto de cumplir los 80 años, se considera «un novelista muy joven, ciertamente prometedor, que hasta el momento ha publicado unas cuantas novelas y que publicará muchas más en los próximos cincuenta años».

Así lo expresa en este libro, donde reflexiona sobre su forma de escribir.»Prestaré más atención a la ficción que a los ensayos -dice-, porque, aunque me considero académico de profesión, como novelista no soy más que un aficionado», subraya Eco, que debutó como novelista con El nombre de la rosa, en 1980.

Una novela que abrió su fama al gran público; un éxito internacional que luego crearía escuela en otros autores al mezclar hechos históricos con la intriga y el misterio.

Entre algunas de sus reflexiones, el autor de El péndulo de Foucault sostiene que, cuando llegó a la cincuentena, no se sintió, «como les pasa a muchos alumnos», escribe, frustrado por el hecho de que su escritura no fuera «creativa».

«Nunca he entendido por qué a Homero se le considera un escritor creativo y a Platón no. ¿Por qué un mal poeta es un escritor creativo y un buen ensayista creativo no lo es?», precisa.

Según el semiólogo, con el ensayo teórico se pretende demostrar una tesis determinada o dar una respuesta a un problema concreto, mientras que, con un poema o una novela, lo que se pretende es representar la vida con todas sus contradicciones.

«Los escritores creativos piden a sus lectores que traten de encontrar una solución», argumenta. Por ese motivo, Eco explica que, en las charlas que ofreció tras la publicación de El nombre de la rosa, explicaba que un novelista puede decir cosas que no puede decir un filósofo.

Umberto Eco explica también que «inspiración» es una mala palabra que los autores tramposos utilizan para parecer intelectualmente respetables. «Como dice el viejo refrán, el genio es un diez por ciento inspiración y en un noventa por ciento transpiración», recalca.

Para el escritor italiano, la narrativa es, en primer lugar y principalmente, un asunto cosmológico. Para narrar algo, uno empieza con una suerte de demiurgo que crea un mundo, un mundo que debe ser lo más exacto posible de manera que pueda moverse en él con absoluta confianza».

Y, como Kapuscinski cuando afirma que para escribir una página hay que haber devorado una biblioteca, Eco asegura que, por ejemplo, para contar en El péndulo de Foucault que las editoriales Manuzio y Garamond están en dos edificios adyacentes entre los cuales se ha construido pasaje, se pasó mucho tiempo dibujando varios planos e imaginándose el aspecto de ese pasaje.

«En la novela menciono brevemente los escalones, y el lector pasa por ellos con paso largo, sin, creo, fijarse demasiado en ellos. Pero para mí eran cruciales y, de no haberlos dibujado, hubiera sido incapaz de continuar con mi historia», advierte.

Llorando por Ana Karenina es otro de los muchos y ricos apartados del libro y, en él, Eco habla de la diferencia que existe entre llorar por la muerte de un ser querido y llorar por la muerte de Ana Karenina.

Otra de las preguntas y reflexiones que se hace el pensador está relacionada con la verdad que existe en la ficción. «Y por qué cuando Goethe publicó en el siglo XIX Las tribulaciones del joven Werther, donde su héroe homónimo se suicida por amor, muchos jóvenes románticos de la época hicieron los mismo?», se plantea.

Las cábalas y reflexiones de este «joven novelista» acaban con una larga lista («como tuve una educación católica, me acostumbré a recitar y a escuchar letanías, dice) sobre otros autores que también analiza.

Confesiones de Walter Benjamin a su amigo místico Gershom Sholem

Tulio Demicheli, ABC

La editorial Trotta vuelve a reunir las cartas de una profunda amistad en los tiempos del ascenso nazi en Alemania

Walter Benjamin y Gershom Scholem. Nada haría pensar que dos pensadores muy distintos pudieran llegar a mantener una amistad tan humanamente entrañable e intelectualmente fructífera. Walter Benjamin (1892-1940) era un marxista sui generis entre cuyas principales preocupaciones se encontraban la filosofía del lenguaje, el arte y la literatura; cuya obra es más fragmentaria que unitaria, debido a las penurias económicas que arrostró en su obligada trashumancia (Italia, Ibiza, Dinamarca, París) durante el ascenso y apogeo del nacionalsocialismo; y cuya influencia fue muy póstuma y debida, quizás, al éxito durante los años 60 y 70 de la Escuela de Fráncfort (Adorno, Horkheimer, Lukács, Marcuse, Habermas, Pollock), de la que más bien solo fue un contemporáneo afín pero excéntrico.

Por su parte, Gershom Scholem (1897-1982) fue un convencido sionista que emigra a Palestina en 1923 y que dedica su magisterio al estudio de la Cábala y… a la defensa de su gran amigo, cuya obra se truncó prematuramente cuando se suicidó en Port-Bou huyendo de la Gestapo. Si el éxito póstumo de Benjamin obedece a la apoteosis de aquella escuela, este nunca hubiera sido posible si Scholem no hubiera salvaguardado su legado intelectual como un preciadísimo tesoro, pues, aunque Horkheimer le ayudara a sostenerse económicamente, quien habrá de reivindicarlo es su mejor amigo, pese a que intelectualmente les separara un abismo real, ya que marxismo y sionismo eran agua y aceite. El cemento de su amistad era la mística.

Los lectores de lengua española ya disponían de la obra completa de Benjamin y tienen un acceso muy aceptable a la de Scholem. Tampoco su estrechísima relación les era ajena, pues en 2004 Trotta publicó «Los nombres secretos de Benjamin», Nuevas Ediciones de Bolsillo tradujo «Walter Benjamin: historia de una amistad» en 2007 (libro que Scholem dio a imprenta antes de que se encontraran sus cartas perdidas y que él mismo editó después) y ahora Trotta vuelve a poner en circulación esta nueva edición de «Walter Benjamin-Gershom Scholem. Correspondencia 1933-1940» que había publicado Taurus en 1987, libro hoy imposible de encontrar, de ahí su interés para el actual lector culto y curioso. Sigue leyendo

Francisco Pérez de Antón, Premio Nacional de Literatura Miguel Angel Asturias 2011

El Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias 2011 fue otorgado al gran humanista Francisco Pérez de Antón, Doctor honoris causa en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco Marroquín. Como homenaje a su trayectoria académica, en el enlace compartimos el vídeo de la presentación de su último libro «Veinte plumas y un pincel».

Francisco Pérez de Antón, presentación del libro \»Veinte plumas y un pincel\» el 26 de mayo de 2011

Anna Politkóvskaya, la verdad incómoda

ABC

A punto de cumplirse cinco años de su asesinato, la editorial Debate publica un libro con la recopilación de algunos de los artículos de la periodista rusa, que perdió la vida por defender la verdad

«Sé que la espada de Damocles pende sobre mí constantemente. Lo sé, pero no pienso rendirme». Estas palabras, dichas a su madre poco días antes de morir asesinada en el portal de su casa, retratan el carácter de la periodista Anna Politkóvskaya (el 30 de agosto hubiera celebrado sus 53 años). Un compromiso que cumplió hasta sus últimas consecuencias y hasta su último aliento. Tan solo la muerte, a manos de un pistolero a cara descubierta (como recogieron las cámaras de seguridad del edificio), la desvió el 7 de octubre de 2006 (cumpleaños de Putin) definitivamente de su camino, el de denunciar la violación de derechos humanos que se estaba produciendo en Chechenia, así como la corrupción gubernamental que estaba carcomiendo los pilares de su país.

Cuando están a punto de cumplirse cinco años de su asesinato, coinciden dos lanzamientos que quieren recordar y homenajear la labor de esta mujer que en su último artículo, alojado todavía en la memoria de su ordenador cuando perdió la vida, se preguntaba: «¿De qué soy culpable? Simplemente he informado de lo que he visto, de nada más que la verdad».

Una verdad incómoda durante años que puso en jaque al gobierno de Putin y sus acólitos como dejan patente los artículos sobre el conflicto en Chechenia que publicó en la «Novaya Gazeta», ahora recopilados en el volumen «Solo la verdad», editado por Debate y que sale mañana a la venta. Sigue leyendo

Flavia Company publica ‘Trastornos literarios’, un manual lúdico de retórica

La Vanguardia

El libro es un malabarismo literario que la autora argentina ha ido tejiendo desde hace años gracias a los artículos que publicaba

«Aposiopesis«, «homoiosis» o «metalepsis» son algunos nombres de figuras literarias -aunque puedan sonar a enfermedades -que han servido a la escritora argentina Flavia Company para trazar un juego narrativo en su libro de microrrelatos ‘Trastornos literarios‘, un manual lúdico de retórica.

Publicado por Páginas de Espuma, ‘Trastornos literarios’ sale a la calle esta semana, y podría ser todo un tratado para estudiantes nacionales y extranjeros, o para medios de comunicación, pero en realidad es un malabarismo literario que Flavia Company (Buenos Aires, 1963) ha ido tejiendo desde hace años en los artículos que publicaba en El Periódico de Catalunya y en el ABC de los Domingos, también en Catalunya.

Así, en este libro, que se divide en tres partes: «Trastornos literarios», «Frases (muy) hechas» y «La vida en prosa», la autora de títulos imprescindibles como el libro de cuentos ‘Con la soga al cuello‘, y las novelas ‘Dame placer‘ o ‘La isla de la última verdad‘, entre otros, toma como excusa la figura literaria para desarrollar un texto, en la mayoría de los casos hilarante.

«Este interés por las figuras retóricas viene de mi etapa universitaria (estudió filología hispánica), porque siempre me pareció que estos recursos literarios tenían nombre de enfermedad y me sonaban divertidos, pero buscar historias para ellos no ha sido fácil», explica a Efe esta profesora de L’Escola d’Escritura de L’Ateneu Barcelonès, días antes de partir para Brasil, donde participará en la VIII Bienal Internacional del Libro de Pernambuco.

Y es que Company -que vive en Barcelona aunque pasa largas temporadas en Argentina, donde también da clases de literatura y de su especialidad, los microrrelatos, un género en alza que para ella, amante de la síntesis, es «un plato de lujo»- es una de las escritoras más traducidas fuera de España.

Publicada en Francia, Holanda, Brasil, Polonia, Alemania, Italia y Portugal, Flavia Company también va a ser vertida al inglés en Estados Unidos por Europa Editions, con la distribución de Penguin Books. En Alemania, «La isla de la última verdad» va por la tercer edición.

Estos ‘Trastornos literarios’, que salieron en el 2000 en una edición de bolsillo, están revisados y ampliados, y los que corresponden a «La vida en prosa», enriquecidos con muchos inéditos.

«El microrrelato es una de las prácticas que más placer me da. Me gusta la síntesis y la elipsis como parte de la síntesis, y cuando los escribes te sientes altamente recompensado; es como un poema, al que le puedes añadir o quitar pero cuyo eje se hace de una sola sentada -sostiene la autora-. Pero yo agradezco la síntesis en la vida en general y en la literatura en particular», advierte.

Dentro de este juego de figuras, también destaca en el libro su segunda parte, dedicada a «Frases (muy) hechas», donde la autora crea textos de ficción basados en una frase hecha tomada en sentido literal, como «abrigar esperanzas», «buscar las pulgas a alguien», «calentar a uno la cabeza», «dar la cara», «ganar el cielo» o «faltar un pelo», entre otras muchas.

Y la parte final del libro, que se presentará dentro de una semana en Barcelona, está dedicada a los textos que Flavia Company ha ido creando basándose en un titular publicado en la prensa. Todo un juego creativo que constituye una joya literaria que descubrirá a sus lectores algunos significados y significantes poco conocidos.

Un libro de una autora que hace literatura de todo lo que pilla y que, en silencio y a contracorriente como a ella le gusta decir, va llevando la literatura en español fuera de sus fronteras.

Galaxia Shakespeare

Ángel Rupérez, El País

En 1609 apareció en Londres un volumen de poemas que contenía 150 sonetos y un largo poema titulado Lamento de un amante. Su autor era el afamado dramaturgo y empresario teatral -además de ocasional actor- William Shakespeare, del que tan poco sabemos. Su destinatario externo era un tal W. H., fuente de interminables conjeturas, pero más importantes son los destinatarios internos de los poemas, un bello joven al comienzo, más tarde sustituido por una enigmática dama. En los dos casos, la obsesión temática de los sonetos es la belleza caduca, el amor frágil y el Tiempo todopoderoso, y cómo vencer a este último monstruo. Solo hay realmente dos métodos: uno, la procreación y legación así al procreado de la belleza caduca del progenitor; dos, la poesía misma, capaz de inmortalizar al elegido por el trabajo inspirado -nunca un regalo- del artista.

Cada cierto tiempo, alguien vuelve a traducir estos sonetos y eso es lo que acaba de hacer R. Gutiérrez en la editorial Visor, que ya tenía en su catálogo los 40 sonetos traducidos por Mújica Laínez in illo tempore. Se trata de una versión métrica y rimada, con el alejandrino como soporte, que revela fidelidad y también seducción rítmica, suficientemente atractiva como para no ceder ante los posibles reproches que formas de traducir como esta -y como todas- puedan plantear.

La traducción métrica y rimada es una de las puestas históricamente en práctica por los traductores de estos sonetos (recordemos García Calvo y más recientemente Pérez Prieto o Ehrenhaus), junto con estas otras tres: trasladar solo el metro, prescindiendo de la rima (Mújica Laínez y más recientemente Law Palacín); prescindir de la rima y de patrones métricos fijos y oscilar entre unos y otros, con cierta libertad (JRJiménez, yo mismo, Gómez Gil) y -actitud prácticamente extinguida- traducir en prosa los pentámetros yámbicos del original, como hizo el gran y venerable Astrana Marín.

Los que se atienen a la métrica rimada deben encajar en sus moldes todas las peculiaridades del original, sacrificando lo necesario para alcanzar ese objetivo, haciendo a veces cabriolas ingeniosas para lograr las rimas, a veces asombrosas y otras veces no tanto (el ridículo acecha). Los que prescinden de todo ese aparato lo tienen en apariencia más fácil pero algo les obliga a dar por perdida esa batalla -¡han leído tantos versos de mala muerte perfectamente medidos y rimados!- y a buscar su verdad en los entresijos de la experiencia y la fuerza de las expresiones e imágenes. Sacrifican el decasílabo con acentos en las sílabas pares del original, sí, pero ¿garantiza el remedo métrico, solo por el hecho de serlo, un verso convincente en español?

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El colombiano Fernando Vallejo gana el premio FIL de Guadalajara 2011

CNN México

Fernando VallejoEl escritor colombiano Fernando Vallejo ganó este lunes el Premio Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) en Lenguas Romances 2011.

Vallejo recibirá el galardón, dotado de 150,000 dólares, el próximo 26 de noviembre en la edición 21 de la FIL de Guadalajara, la feria más importante del sector en el mundo en idioma español.

El escritor fue considerado por el jurado como “una de las voces más personales, controvertidas y exuberantes de la literatura actual en español”.

La obra más conocida de Vallejo es La Virgen de los Sicarios (1994), donde se aborda la dura vida en medio de la violencia de los cárteles de la droga en la ciudad colombiana de Medellín.

Nacido en Medellín en 1942 y naturalizado mexicano en 2007, donde vive desde 1971, Vallejo estudió filosofía y letras en universidades de Bogotá y dirección de cine en el Centro Experimental de Cinematografía de Roma.

Entre sus obras también destacan las novelas Los días azules, El fuego secreto, Los caminos a Roma, Años de indulgencia, Entre fantasmas, El desbarrancadero, Mi hermano el alcalde, La Rambla paralelaEl don de la vida, Logoi, y La puta de Babilonia.

Vallejo dirigió las películas Crónica roja —que en 1979 recibió el Premio Ariel de la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas a la Mejor Opera Prima—, y En la tormentaBarrio de campeones. También escribió el guión para la adaptación cinematográfica de La virgen de los sicarios, que se estrenó en 2000, y que fue dirigida por el director francés Barbet Schroeder.

El jurado que le otorgó el galardón a Vallejo estuvo integrado por Juan Cruz Ruiz, de España; Cecilia García Huidobro, de Chile; Calin Mihailescu, de Rumania; Julio Ortega, de Perú; Margarita Valencia, de Colombia; Jorge Volpi, de México, y Michael Wood, de Inglaterra, quienes definieron a Vallejo como una “figura verdaderamente original de la literatura en castellano”.

El gran río de los mitos

William Ospina, Babelia

En las novelas que transcurren en el Amazonas la tierra no es paisaje, sino el personaje más poderoso. A los 500 años del nacimiento de Francisco de Orellana, su descubridor, recorremos su cuenca como inspiración para escritores, pintores, músicos y cineastas

La literatura del mundo amazónico ha sido en cinco siglos un largo diálogo de mitologías. Las que concibieron en centenares de lenguas los diez millones de nativos que habitaban sus orillas a la llegada de los europeos, y las que aportaron el español y el portugués, que se consolidaban entonces y que con la aventura americana se convirtieron en grandes lenguas planetarias. Hay que leer El hablador, de Mario Vargas Llosa, o Macunaíma, de Mario de Andrade, para sentir la complejidad de los mitos indígenas y el modo libre, audaz y conmovedor como la sensibilidad mestiza los interroga y los transforma en inquietantes parábolas de la modernidad. «Una lengua», escribió Jorge Luis Borges, «es una tradición, un modo de sentir la realidad, no un arbitrario repertorio de símbolos». Los mayores idiomas nativos de la región son el ticuna, el shipibo-conibo, el guahibo y el warao, pero, aunque decrecientes en términos demográficos, ahí están el tupí-guaraní, el mbyá, el kaiwá, el pai tavytera, el chiripá, el omagua, el ñengatú, las lenguas boras como el muinane y el miraña, y las huitoto como el ocaina, el nipode, el meneca, el murui, el nonuya y el coixoma.

Innumerables son las recopilaciones que se han hecho de tradiciones, relatos, mitos y sueños indígenas, pero podemos mencionar Los piros,relatos recopilados en el Perú por el sacerdote español Ricardo Álvarez en 1960; los Mitos e historias aguarunas, recopilados por José Jordana Laguna en 1974; La verdadera biblia de los cashinahuas, cuentos recopilados por el antropólogo francés André Marcel d’Ans en 1975, que ha sido llamada «Las mil y una noches del mundo indígena amazónico»; El universo sagrado, recopilado y reelaborado por Luis Urteaga Cabrera, de Cajamarca, quien convivió diez años con los indígenas shipibos; y las recopilaciones Yaunchuck I y II que recoge la literatura oral de los jíbaros huambisa, publicadas en 1994.

En la región brasileña y venezolana, el etnógrafo alemán Koch-Gruneberg recogió las leyendas e historias de los indígenas taulipangues y arecunás, que dieron a conocer un mundo rico de imaginación y de conocimientos e inspiraron en Brasil a Mario de Andrade, en una semana inolvidable de 1928, su novela Macunaíma. Es una rapsodia que mezcla el espíritu de los romances medievales y la atmósfera de las ciudades fantásticas con el ritmo de la novela picaresca para producir una de las grandes fusiones literarias contemporáneas. Su decurso es ejemplar por los rumbos que abre para la imaginación: el héroe Macunaíma, de la tribu de los tapanhumas, vence a Cí, la reina de las amazonas, la convierte en su esposa, y se apodera de la Muiraquitá, la piedra en forma de caimán que da la felicidad. Un traficante de São Paulo, Venceslau Pietro Pietra (que es en realidad el monstruoso gigante Piaimá), roba el talismán y hace que Macunaíma y sus hermanos Maanepe y Jiqué vayan a la ciudad a buscarlo y allí lo derroten. El héroe recupera el talismán, pero al volver no encuentra ya su aldea, que ha sido devastada. Le cuenta toda su historia a un papagayo, antes de convertirse en una de las estrellas de la Osa Mayor, y el narrador confiesa al final que es aquel papagayo quien se la ha contado.

Ya el nombre del Amazonas logra ser testimonio suficiente de esa tradición de desplazamientos míticos. Que unas mujeres guerreras de Tracia o de Mitilene, que lucharon con Aquiles y con los centauros, hayan terminado dando su nombre al otro lado del mar al mayor río del planeta es indicio suficiente de cómo desde hace cinco siglos se funden nuestros símbolos, de cómo se condensan en nuevos relatos y metáforas las memorias de dos hemisferios incomunicados por treinta mil años.

La selva es un laberinto insondable, pero el río es un camino abierto, una inmensa vía de comunicación que unió desde siempre a los pueblos de la cuenca, y comunicó al mundo del Caribe con las regiones andinas. Las poblaciones y las lenguas del río llegaron del mar, y así lo narran los distintos pueblos en el mito compartido de las grandes anacondas que entraron por la desembocadura y remontaron los cauces de agua.

Esta inmensa cuenca que hoy se reparten ocho países es un gran país en sí misma, el mayor sistema de aguas dulces del planeta, y es comprensible que en el Amazonas todo sea superlativo: sus mil tributarios, su extensión, su caudal, el territorio que abarca y la selva que nutre. La cantidad de agua que mueve es una suerte de océano circulante; porque es una décima parte del mundo que contiene sin embargo la mitad de su patrimonio biológico.

Grandes hechos de la historia suelen ser inesperados y pasar casi inadvertidos. Fray Gaspar de Carvajal no se habría atrevido a compararse con los altos autores del Siglo de Oro español, pero es hoy el símbolo de la curiosidad con que la lengua española registró el descubrimiento del río más largo y caudaloso del mundo y de la selva que lo ciñe. Fray Gaspar no era un literato; sólo su afición a registrar todo lo que ocurría lo convirtió en cronista accidental de una expedición fabulosa, la de Gonzalo Pizarro en busca del País de la Canela más allá de los montes nevados de Quito. Los infinitos caneleros no existían, y en vez de un bosque rojo de una sola especie los viajeros encontraron la selva amazónica, la mayor variedad de plantas del mundo, pero en aquellos tiempos esa no era una buena noticia: necesitaban oro, metálico o vegetal, y lo necesitaban enseguida.

Orellana fue desde entonces uno de los personajes de la literatura amazónica, y su carácter ha oscilado en las letras entre el héroe abnegado y sutil, conocedor de lenguas y gran caudillo de hombres del relato de Carvajal, hasta el villano que premeditadamente traiciona a Pizarro y huye con el barco de la expedición llevándose cien mil pesos de oro, la paga de los soldados, y las piedras preciosas que habían obtenido por las montañas, en crónicas como la Historia del reino de Quito de Juan de Velasco.

Veinte años después del viaje de Orellana vino la expedición al Amazonas de Pedro de Ursúa, que dio origen al ciclo literario de Lope de Aguirre. El navarro Ursúa, quien había guerreado diez años en tierras de lo que hoy es Colombia, intentó en 1561 repetir la aventura de Orellana y buscar el país del hombre de oro, pero cometió dos errores, llevarse en su expedición a la mujer más bella del Perú, la mestiza Inés de Atienza, con sus doncellas, y reclutar, entre otros villanos, a Lope de Aguirre, quien encabezó la sublevación que dio muerte a los dos amantes, se apoderó de la expedición, hizo un viaje sanguinario, y provocó libros como La aventura equinoccialde Lope de Aguirre, de Ramón J. Sender; Lope de Aguirre, príncipe de la libertad, de Miguel Otero Silva; El camino de El Dorado, de Arturo Uslar Pietri; Los marañones de Ciro Bayo, y películas como Aguirre, la cólera de Dios, de Werner Herzog, o El Dorado, de Carlos Saura. Ursúa y Aguirre tuvieron sus cronistas: Francisco Vásquez, Pedrarias de Almesto, Toribio de Ortiguera, Custodio Hernández, Pedro de Munguía y Gonzalo de Zúñiga, quien también escribió un poema, La jornada del Marañón. Sigue leyendo