Mi lectura del Quijote, segunda parte 19 y 20

Jorge Luis Contreras

degrain-da-munoz-don-quixote-and-sancho-panza-discuss-the-combat-with-the-windmillsNo puede nadie sustraerse del embrujo quijotesco.  Cuatro lo ven, y cuatro reciben en el espíritu la enigmática noticia de que enfrente tienen un esqueleto de alma robusta, a un austero derrochador de sueños, a un pobre que reparte liberal su amable mirada, profunda, total.

Los cuatro van a una boda.  El hidalgo es ahora otro invitado del evento singular que reúne a la más bella de la región y al más rico.  Dos seres sencillos que han escalado a la cima en las categorías que valen para esta unión, o mejor aún, dos de tres implicados en un dibujo amoroso perenne y prosaicamente predecible.

Mientras caminan los seis hablan cuestiones estériles.  Sancho y sus refranes, don Quijote con sus correcciones y puritanismos, el bachiller y el licenciado semienfrentados por semánticas pueriles.  De repente el debate deviene en contienda.  Como siempre se pasa de las palabras a las espadas. Las discusiones por religión o política han sido siempre promotoras en los mundos poco diplomáticos de rencillas elevadas que se incrustan en vehículos simples. En fin, dos amigos pelean; dos amigos se reconcilian; dos son más amigos porque pelearon. Hicieron esto solo para darle razones a Sancho que se hará más refranero.

En las vísperas de la boda: las amenazas eternas.  Don Quijote está atento a los gritos melifluos de ignorantes que anuncian belleza mayor que la de su Dulcinea. El impertérrito no lo es tanto.  Pero hay comida.  Mucha.  Sancho calla y come.

Se danza.  Se teatraliza.  Se está alegre.  Quijote y Sancho ven, como lo hacemos todos, según nuestra noble o vulgar condición.  Hay poesía, amor, interés.  Todos  parlantes de un drama tenso que gana la liberalidad.

Sancho va por el vencedor.  Esto es: no por Basilio, el débil del triángulo.

Una vez más el hidalgo conmina a Sancho a que calle.  Solo lo logra con la comida que proviene de la generosidad del novio.

Aventuras victorianas para leer tumbado en una hamaca

Rodrigo Fernández Ordóñez

hondurasEn mi última incursión a las librerías del Centro Histórico me topé con un ejemplar a mi juicio excepcional: Un viaje por Honduras, de Mary Lester. Para quien gusta de la literatura de viajes el libro es insuperable. La historia permite echar un vistazo a ese momento fascinante e irrepetible en que la región trataba de insertarse en el concierto de las naciones modernas, bajo el lema liberal de “Orden y Progreso”.  Mary Lester le pone voz a los hechos que tuve el privilegio de discutir innumerables veces con el entrañable amigo y maestro, el hondureño Julio Rendón Cano, quien me regaló una visión crítica de la reforma liberal en nuestros países y a quien dedico esta reseña. 

La autora Mary Lester o María Soltera, como se hace llamar también en el relato de sus peripecias, era una mujer británica, que había viajado a Australia para trabajar como institutriz en Sydney y Melbourne, y luego en las islas Fiji. En éste último destino escucha que la remota república centroamericana de Honduras había abierto sus brazos a la inmigración extranjera y que estaba otorgando subsidios a aquellos ciudadanos europeos o norteamericanos que desearan establecerse en el país como colonos, asignándoles sumas en metálico y concesiones de tierra. Es el año de 1881, y el presidente hondureño Marco Aurelio Soto trata de enfilar a su país en la senda del progreso. Soto, que había trabajado al lado de Justo Rufino Barrios en Guatemala en los planes de desarrollo de la Reforma Liberal, llega a su país con las ideas de modernidad imperantes en la época: industrialización agrícola e inmigración extranjera. Lester se embarca en Sydney rumbo a San Francisco, California, en donde inicia su relato, para tomar el vapor que la lleve al puerto hondureño de Amapala, en el Golfo de Fonseca. La intención de Lester es llegar hasta San Pedro Sula para encargarse de la escuela de niños extranjeros de la ciudad. El gobierno le ha ofrecido una subvención temporal y una parcela para su explotación.

El libro tiene un tono suave e inteligente, sin pretensiones. La autora es una hábil narradora que inevitablemente a ratos desprende un poco de displicencia (normal en la época victoriana) de la persona que se sabe perteneciente a una civilización superior y que llega a un país como vanguardia de la modernidad. Sin embargo, y pese a otros libros de viajeros contemporáneos, sus juicios son benevolentes en su mayoría. Se torna más crítica con los europeos radicados en Centroamérica que con los pobladores nativos, a los que ve con cierto aire de paternalismo. Sin embargo, el gran personaje es el paisaje y las penurias del viaje (incluyendo bandidos y merodeadores), con todas sus particularidades, que le inspiran párrafos memorables para reconstruir una época apasionante:

“La navegación es particularmente peligrosa a lo largo de esa costa [la Centroamericana], y en algunos lugares el agua es muy poco profunda y abundan los bancos de arena. Los vapores siempre atracan a la noche. El viaje hacia el sur va a ser muy tedioso, y encontrará que el calor es terrible (…) No se asuste por los rayos. Alarman mucho a los desconocidos, pero pronto se acostumbrará a ellos. Esta es la estación de los rayos.”

Mary Lester pertenece a esa reducida raza de mujeres viajeras de la época victoriana a la que Cristina Morató le ha dedicado varios libros, mujeres que se buscan la vida en sitios peligrosos y remotos, dominados en su mayoría por hombres. Dos mujeres coinciden casi exactamente con su viaje y las cuales también nos heredaron sus fabulosos libros de impresiones: Caroline Salvin (A Pocket Eden) y Helen Sanborn (Un invierno en Guatemala y México), intrépidas viajeras que buscaron destinos en Guatemala durante los proyectos de la Reforma Liberal. Pero Lester se distingue porque viaja sola. Las anteriores viajaron en compañía de sus esposos. Lester, en cambio, es una mujer soltera, que trabaja de institutriz, esa peculiar institución educativa británica a la que nos hemos acostumbrado las generaciones que hemos visto Mary Poppins o Nanny McFee, o cualquiera que haya leído a Jane Austen u otro libro de la misma época. Para su defensa lleva un pequeño revólver, que le regala un compatriota a bordo del vapor que recala en la bahía de Acapulco.

Durante su viaje esta singular viajera se topa con otros personajes no menos interesantes: extranjeros perdidos en las costas o montañas de Centroamérica, que han respondido al llamado del progreso y la modernización. Estadounidenses capataces de minas en las montañas guatemaltecas y hondureñas, ingenieros que trazan las rutas por las que han de correr los ferrocarriles, capitanes de vapores británicos que hacen la ruta de San Francisco hasta el infierno de paludismo que es el Panamá de las obras de Lesseps, chinos camareros de vapores que recorren las costas desoladas, beliceños y otros caribeños que trabajan en la estiba de barcos de puertos tan dispares como Acapulco o La Unión, los sempiternos cónsules británicos estacionados en las más remotas e insalubres posiciones, avanzadilla del Imperio Británico que no duerme ni de día ni de noche, un doctor italiano que la recibe en Goascorán, un español que la ayuda a organizar el viaje en Amapala, etcétera, son reflejo maravilloso de una época de un romanticismo que se nos antoja color sepia.

Es la época en que los países centroamericanos buscan dejar atrás el legado colonial y saltar al escenario mundial. Todos sueñan con progreso, llámese el presidente Justo Rufino Barrios o Marco Aurelio Soto, y es que, del relato de Lester se nos va formando una imagen de países pobres, atrasados, carentes de infraestructura, en los que nacionales y extranjeros luchan en contra de la naturaleza y la carencia de recursos para construir Naciones modernas.

“Como la mayoría de los lugares de esta costa, La Unión parecía ser un conjunto de techos de tejas rojas construidos en grupos, y espacios llenos de matas enanas, verdes, y de cuando en cuando una alta palmera y una playa baja y arenosa, que parecía como si estuviera lista a saltar al mar a la menor provocación. Sin embargo, este es un lugar de cierta magnitud, construido con más regularidad en el interior. Aquí se comercia bastante; La Unión tiene la reputación de ser un pueblo en vías de desarrollo y progresista.

Los barcos que van y vienen de un puerto al barco son siempre, creo, objeto de interés para los navegantes aún cuando la escena no les concierna más que en forma pasajera…”

Lester nos deleita con detalles que parecen sacadas de películas de Humphrey Bogart, como cuando cuenta:

“Cuando finalmente desembarcamos, estaba muy oscuro. El negro bajó el equipo del bote, vadeando con la carga hasta la playa porque no pudo llegar hasta el desembarcadero mismo. Una vez hecho esto, me levantó como si yo fuese un gato, sin decirme una palabra o hacer un gesto, y de sus fuertes brazos fui depositada sobre Amapala.”

Como la autora es una mujer observadora e inteligente, no se le escapan los detalles más sórdidos del colonialismo británico. Con detalle nos cuenta los trucos y los engaños a los que recurren los ingleses radicados en estos remotos territorios para hacerse ricos y largarse cuanto antes, resaltando el vergonzoso capítulo del ferrocarril interoceánico hondureño, en cuya estafa participaron tanto nacionales como extranjeros, sumiendo a Honduras en la pobreza y en el endeudamiento más absurdo por un tramo útil únicamente entre San Pedro Sula y La Ceiba. Es también, una mujer sensible cuando apunta, conmovida por la pureza de las aguas de los ríos del país:

“Mi deseo ferviente es que Honduras siempre se merezca su nombre. Hondo, se interpreta como laguna o arroyo, y los arroyos de esta hermosa región son tan puros y saludables, que cuando la mano de hierro del progreso penetre, ojalá su misión sea otra que la de corromper, por codicia comercial, la vida de un país.”

El libro se me antoja como un compañero ideal para un sábado por la tarde, cuando luego del almuerzo uno puede tirarse a descansar un rato, en un sillón o en una hamaca. Es definitivamente un libro de hamaca, para leerse a la sombra de un buen corredor antigüeño. También sería buena compañía para leerlo en un lugar fresco, con grama y bajo un árbol mecido por el viento. Un libro para leerse despacio, para estudiar las hermosas fotografías y grabados que acompañan al texto, gozándose la lectura del relato de esta mujer valiente e inteligente, que como si nos estuviera hablando al oído, nos lleva de la mano por empinados caminos de mulas o nos mete hasta la cintura en helados arroyos bajo la sombra de árboles centenarios mientras que en el polvo reverbera el sol centroamericano del medio día. Una lectura sin prisas, para estas vacaciones de fin de año.

Dejo, como último testimonio de su deliciosa lectura, un párrafo más de muestra:

“Los hombres se alejaron un momento para fumar, y yo aproveché la oportunidad para hundir los pies en el hermoso arroyuelo. Me ardían debido a mis botas negras, una parte poco inteligente de la indumentaria y que no debería adoptarse en los países tropicales. Yo tenía una cajita de lata que contenía un pan de jabón; afortunadamente la llevaba en el bolsillo, y escapó así a la devastación causada por la mula del equipaje; agradecida por el bienestar que éste me proporcionó, disfruté el baño de pies en la deliciosa y cristalina agua alfombrada de guijarros…”

El libro: Lester, Mary. Un viaje por Honduras. Editorial Universitaria Centroamericana –EDUCA-. San José, Costa Rica: 1971.

Mi lectura del Quijote, segunda parte 17 y 18

El Quijote23

Jorge Luis Contreras Molina

 

Para don Quijote fueron muchos los días que pocos resultaron para Sancho en los cuales don Diego hizo las veces de anfitrión animoso a efecto de que la luz del Caballero de los Leones iluminara una casa llena de insipientes poemas escritos por el hijo casi pródigo, don Lorenzo.

Sancho comió. Descansó de sus muchos trabajos.  Hasta tuvo quien le sirviera.  Pero la felicidad es efímera.  Llegó la hora de salir hacia la cueva de Montesinos.

La versión que leo tiene un equívoco infame.  Utiliza la palabra derrota para referirse a derrotero. Pinta mal el nuevo viaje.

Habían llegado los héroes a la casa de Diego luego de que se encontraran fortuitamente en el camino. Antes de que huyeran todos en tumulto desconcertado por la inminente liberación de uno de dos leones con el que don Quijote planeaba contender.

El león estaba demasiado domesticado. Se había acostumbrado a su jaula.  Al verse libre solo se desperezó, vio timorato la libertad, y se volvió hacia la seguridad de las rejas.

El leonero se hizo escritor.  Inventó un evento de lucha y furor, de amenazas e intimidaciones entre la fiera y el hidalgo.  Al volver los fugados vieron al héroe vencedor fabricado por la mercadotecnia del carcelero.

No puedo dejar de decir que don Quijote encontró evocaciones de su Dulcinea en la casa de don Diego.  Fue feliz.  Más que cuando venció al león y se cambió el apelativo de triste vencedor de fieras.

 

Mi lectura del Quijote, segunda parte 16

Jorge Luis Contreras Molina

 

000427520Tiene Sancho llena la vida de pasados imaginarios que se adueñan del presente.  Sucede que la impresión del vecino y compadre, disfrazado de escudero grotescamente narizón, es ahora la perseguidora imagen que puebla la mente del simple Panza.

Don Quijote también hace remembranzas; pero estas sirven solo para elevar el momento presente que, como diría el Zorro, solo tiene un punto en contra: su Dulcinea sigue encantada.  Ni los palos, ni las piedras, ni las persecuciones, ni los desagradecimientos impactan su triunfante corazón quijote.

Cuerdo y loco se muestra casi a una misma vez el hidalgo ante un viajero que es invitado a hacer el camino con ellos. Habla Quijano del boom que su historia ha representado para la imprenta. El de verde se desconcierta por lo sesudo del contertulio que discurre acerca de la educación de un hijo del viajero que parece no ser tan perfecto como su padre.

Los poetas nacen. La estrella los signa. Pinta de ingenio su camino que, según cantarían algún tiempo después los Beatles, debe dejarse ser. El hidalgo opina que solo es censurable lo nefando en la temática del escritor; pero que si mantiene el decoro puede escribir, aunque fuere, estéril poesía.

La elocuencia del hidalgo impacta.  Siempre sucede. Porque es un hombre de principios, de convicciones, vertical, enamorado, y el portavoz de un Cervantes a quien el éxito ya le hormiguea en el cuerpo.

Mi lectura del Quijote, segunda parte 15

Jorge Luis Contreras

elQuijoteFalló el conjunto de intenciones buenas que en complot infame querían vencer al hidalgo y, en virtud de su código vertical, volverlo a su casa en calidad de preso a merced del mandato de un caballero oscuro inventado para la empresa.

El formidable complot se formuló en el instante mismo en el que Sansón animó a Quijano a seguir sus andanzas.  El razonamiento era simple: sosegar a un don Quijote que vencido aceptaría estar a merced del triunfador de una justa de caballería en la cual el hidalgo nunca podría ganar.  Pero ganó, y al hacerlo se ganó un enemigo de verdad.  Uno más formidable que la inquisición que a ratos se asoma.  Uno dolido por una derrota que por impensable le resulta más difícil de sufrir.

Carrasco despide a su falso escudero y, falso como es, se queda urdiendo una manera nueva de moler a golpes al hidalgo para, secundario fin, llevarlo a casa mientras se consuma una venganza de la que los dos locos compañeros de camino no tienen ni remota noticia.

El surrealismo y la escultura de Picasso

Thelma Muratori de Wyld

Dada la necesidad de identificarlos, se suele ligar a un pintor con un estilo y se tiende a pensar  y reconocerlo solamente de esa manera. Los genios de la pintura eran capaces de pintar anticipándose a estilos que solo siglos después se hicieron populares o rescatando pinceladas de pintores muertos.

Los surrealistas exigían que el subconsciente fuera la inspiración artística por la que se guiaban, mientras que Picasso con frecuencia se burlaba del lenguaje de sus teóricos. El surrealismo de París, con André Breton a la cabeza, siempre consideró a Picasso uno de los suyos, donde el subconsciente actúa como un motor de la creación, como una subordinación concreta al grupo, a la que, por otra parte, Picasso siempre se resistió.  Picasso opinaba que él permanecía en la realidad y que no era surrealista, porque se esmeraba en no perder de vista la naturaleza, que lo que perseguía era la semejanza, más real que la realidad, para alcanzar lo surreal y que el concepto de surrealismo había sido utilizado de forma distinta.

la danzaPara algunos críticos, parte de la producción de Picasso de 1925 a 1936 corresponde al surrealismo. Como ejemplo se puede citar La danza (1925), que marcó el inicio de una serie de pinturas originales envueltas en un espacio opresivo, distorsionando la anatomía hacia un mundo onírico. La relación con Olga Koklova, cuya mentalidad burguesa chocaba con el carácter de Picasso, generó una agresividad que, enseguida, se tradujo en su pintura.

En 1925 pintó La danza, donde utiliza procedimientos del cubismo sintético dejándose llevar por el frenesí del baile que sugieren una violencia irracional.  La enorme vitalidad de Picasso le lleva a concebir, casi simultáneamente, imágenes de mujer muy distintas: a raíz de su relación con Marie-Therèse Walter, una joven rubia de formas redondeadas, produciendo una  serie de retratos inspirados en ella, con colores muy vivos, en los que concede una especie de vitalidad orgánica autónoma a distintas partes del cuerpo, en una interpretación sensual también afín al surrealismo, como El sueño.el-suec3b1o-una-obra-de-picasso

Por lo tanto, si bien a Picasso se le reconoce, junto con  Braque, como precursores del cubismo, no se le puede  reducir la libertad creativa hacia una visión futurista que más tarde se introduce en un nuevo y reconocido estilo.

Asimismo, Picasso investigó sobre nuevas posibilidades escultóricas. Un esfuerzo considerable le supusieron los diversos proyectos para la humanización del espacio con un Monumento a Apollinaire  (1928), donde trata de definir el espacio mediante perfiles de alambre, como si la escultura fuera una especie de dibujo en el espacio, lograr integrar el material y el espacio a través de formas reales con formas imaginarias dejando espacios abiertos.  Ello supone una inversión absoluta de los valores tradicionales de la escultura como arte, en donde el problema de la escultura de armonía o equilibrio se supera, es decir, la desaparición de la masa y la solidez.

Mi lectura del Quijote, segunda parte 14

Jorge Luis Contreras

quijote_sanchoSustos y consolidaciones. Indignado el Hidalgo ha tenido que sufrir la afrenta de la ligereza con la que el atrevido Señor de los Espejos llamó inferior a su Dulcinea.

Solo queda luchar.  Se azuzan caballos escuálidos que son llevados al límite para que den, en el caso de Rocinante, la única carrera de su vida sedentaria. Aviadas, carreras, estorbos, equívocos, honor. Sancho, medroso; el escudero del de los Espejos, feo y provocador.

Ya arrancan, ya paran los contendientes para auxiliar al gordito y para provocar al destino y signar la derrota del histrión.

El Señor de los Espejos no vio venir el castigo de su embuste.  Un mazazo, un tren, un toro, un género de aplanadora lo desvaneció sin que pudiera invocar ni piedad ni leyes caballerescas.

Sansón disfrazado ha hecho su primer intento.  Ha querido retornar a Quijano.  Esta vez falló y casi muere a manos del Quijote que piensa en los eternos encantadores.

Sancho es más Quijote cada vez.  Imagino a Sansón Carrasco lívido en el suelo de la derrota, y la voz del escudero que sin remilgo alguno baja el pulgar solo para que el número de enemigos imaginarios de su amo se reduzca en una unidad.  Sus ojos de Sancho vieron para otro lado.

La pírrica victoria resuena aun en las cabezas de la singular pareja que enfila hacia Zaragoza.

¡Magnífico!

Rodrigo Fernández Ordóñez

At-the-Fights1Es una publicación especial de la prestigiosa institución editorial, The Library of America.  El libro, como mero objeto, es de por sí, precioso. Un volumen denso, de buen tamaño, pasta semidura, papel blanco que denota mucha calidad y un tipo de letra cómodo y elegante. La sobria portada, negra con letras blancas, recuerda a cualquier obra de Edward Hopper: un cuadrilátero color acqua, completamente vacío brilla bajo los reflectores, y a su alrededor las sillas dispuestas apenas se adivinan entre la sombra. Todo parece preparado para una pelea que va comenzar en instantes. Me recordó inmediatamente al deslucido gimnasio de la zona cinco en el que hace ya un buen par de lustros, hice mis intentos de boxear; espacio de paredes desconchadas, bancas despintadas y un poster inmenso promocionando la pelea del siglo: Alí versus Foreman, a llevarse a cabo en el mismo corazón de África, en Zaire, en 1974.

At The Fights. American Writers on Boxing, es una antología espectacular para los amantes del boxeo y de la literatura. En una colección de escritos deportivos que van desde la nota periodística hasta el verdadero ensayo literario, comparten espacio plumas tan especiales como la del mítico Jack London, el genial periodista A. J. Liebling, el genial Norman Mailer y la desconcertante Joyce Carol Oates (que por su parte tiene un maravilloso volumen titulado On Boxing, de gran calidad). Por sus páginas desfilan moles legendarias, desde los lejanos Jack Dempsey o Primo Carnera, hasta los actuales, Mike Tyson y Oscar de la Hoya, pasando por el más grande de todos, Cassius Clay, alias Mohammed Alí, y sus peldaños derrotados, Sonny Liston, Floyd Patterson y George Foreman.

Para el escéptico que corre el riesgo de perderse de esta verdadera joya de las letras, quiero apuntalar el párrafo anterior con un poco de más información de algunos de los autores de la antología:

De A. J. Liebling cabe decir que además de un periodista deportivo de altos vuelos, como lo atestiguan sus dos reportajes incluidos en este libro, privilegio que dicho sea de paso sólo se dio a unos pocos de los autores antologados. Fue corresponsal de guerra durante la segunda guerra mundial (sus artículos también han sido recogidos en un volumen especial titulado A. L. Liebling Writings, también de la Library of America y en Reporting World War II, de la misma prestigiosa institución), y como cronista de la vida europea de posguerra, incursionando incluso en el periodismo culinario. Para coronar su carrera periodística, su libro especializado en el boxeo, titulado The Sweet Science, fue declarado por los lectores de la revista Sports Ilustrated, como el mejor libro de deportes de todos los tiempos. Galardón nada despreciable.

Norman Mailer por su parte, es un escritor controversial en los Estados Unidos. Escribió una interesante novela The Naked and the Dead, publicada en 1948 sobre sus experiencias en la guerra del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial, y llevó varios juicios en su país para poder imprimir la palabra Fuck, en su novela (palabra que aparece bastantes veces), y que originalmente la censura había impreso como: F***, distorsionando según él, la esencia del texto. Años después, en 1968, publicaría la novela traducida como Los ejércitos de la noche, denunciando la política represiva del presidente Nixon en contra de los movimientos antibélicos surgidos en rechazo de la guerra de Vietnam, y un libro monumental, titulado The Fight, publicado en 1975, en el que narra el legendario encuentro Alí vrs. Foreman, desde el momento de su anuncio hasta los extenuantes ocho rounds y el desplome final de Foreman luego de un demoledor uppercut de izquierda y un corto recto de derecha. En su reportaje de largo ambiente, viaja a Kinshasa tanto para ser testigo del combate, como para delinear, con su acostumbrado tono crítico, la dictadura del terrible Mobutu Sese Seko que gobernaba con mano de hierro la nación africana. Sigue leyendo

El General Plutarco Bowen en Guatemala

Rodrigo Fernández Ordóñez

“Aquellos que tienen el poder pueden maldecirte para toda la vida con tan solo un escupitajo en la cabeza.” – Plutarco Bowen

 

Este breve ensayo fue preparado originalmente con la intención de remitirle toda la información bibliográfica encontrada en Guatemala sobre el General Plutarco Bowen a su pariente Daniel Bowen García, residente en Guayaquil; pero luego se fue convirtiendo en un diálogo e intercambio de información sobre tan singular personaje. De una simple referencia a su nombre, hecha de paso por el siniestro Adrián Vidaurre en sus memorias, fue surgiendo la interesante figura de un militar joven, inquieto, que prestó su espada en luchas por toda Centroamérica y para llevar al éxito la revolución liberal en su patria, Ecuador.  Agradezco a Daniel Bowen la información que me ha proporcionado y por darme una excusa para  revisitar libros y archivos en busca de pistas sobre la vida de su familiar.

I. Antecedentes.

La llamada Revolución Liberal que entró triunfante en ciudad de Guatemala el 30 de junio de 1871, puso fin a cuatro décadas de dominio conservador en la vida política del país. Esta

General Plutarco Bowen

revolución puso en el poder a García Granados, quien gobernó de 1871 hasta 1873, año en que renunció argumentando su avanzada edad, siendo sustituido por el general Barrios quien gobernaría hasta su muerte en la batalla de Chalchuapa, en la vecina república de El Salvador en abril de 1885 en un intento de forzar la unión centroamericana.

A la muerte del “Patrón”, como se le llamaba a Barrios, le sustituyó al frente del gobierno, Alejandro M. Sinibaldi, primer designado a la presidencia, puesto que no existía la figura de la vice presidencia. Sinibaldi gobernó tres días, entregándole el poder al segundo designado, general Manuel Lisandro Barillas, quien había luchado en las filas de la revolución y ejercido desde entonces varios puestos políticos y quien se impuso en el poder durante el sepelio del general Barrios, amenazando con tomar la ciudad con unas tropas que supuestamente estaban acampadas en las afueras de la capital. Sobra decir que las fuerzas no existían y que su argucia, arriesgada, le generó frutos.

El general Barillas reformó la Constitución Política vigente desde 1879, modificando el período presidencial, ampliándolo a seis años. Se postuló para candidato en las elecciones de 1886 y sin mucha sorpresa resultó electo para el cargo de presidente de la república. Culminó su período el 15 de marzo de 1892 luego de una gestión desastrosa según los críticos, en materia económica.

Le sustituyó el general José María Reina Barrios, sobrino del general Justo Rufino Barrios un hombre progresista que sin embargo, al acercarse el final de su gestión se resolvió a disolver la Asamblea Legislativa el 1 de junio de 1897 y convocó a una Asamblea Constituyente. El período para el que había sido electo originalmente, iniciaba el 15 de marzo de 1892 y debía finalizar el 15 de marzo de 1898. Con este golpe de Estado logró prorrogar su mandato, pues la Constitución prohibía la reelección. La Asamblea Constituyente, reunida en el mes de agosto de 1887 decretó: “El período constitucional del Señor General don José María Reina Barrios terminará el 15 de marzo de 1902.”[1] Sigue leyendo

Mi lectura del Quijote, segunda parte 13

Jorge Luis Contreras

quijote (1)Pessoa tiene un río que por pertenecer a pocos es más bello que el Tajo.  Pura sencillez trasunta Sancho cuando plantea una tesis similar referida a su jumento.  Y a sus hijos.  Y a su mujer.

Amor puro, afecto que nace del corazón, y una admiración noble ha sabido despertar don Quijote en el sencillo corazón de un tierno Sancho.

En Tortilla Flat Steinbeck hace ingeniosos juegos que son encarnación punzante del risueño pasaje de los escuderos compañeros del vino. Aunque Sancho se topa con un escudero que ha hecho de todo menos votos de pobreza. Don Quijote es un señor austero, comedor frugal, hijo de las privaciones, preconizador del poco equipaje. El que con el hidalgo habla en las sombras del bosque se hace acompañar de un hombre que se da la buena vida.

Sancho aprende pronto.  El campo semántico de algunas palabras pasan de insultos a encomios a través del vino y de la comida gratuita.

Don Quijote se estremece.  Su ímpetu da saltos refrenado por una cierta continencia que ha desarrollado en sus muchas aventuras.  Apenas logra que su contertulio exponga. El caballero del bosque se dice valiente, combatiente sin igual, enamorado de Casildea y, vencedor del Caballero de la Triste Figura.

Noche o día. Igual es para don Quijote. Quiere pelear ahora. No tiene freno. Ha sido afrentado por su homónimo.  La fibra íntima se estremece.  El honor juega entre hidalgos, la imitación entre escuderos.  Titanes preparan argumentos bélicos porque no hay otro camino para que la verdad se sepa.

Ahora la parodia se hace más.  Ahora la burlona novela de caballería teje un episodio epopéyico.  Tiemblo mientras asoma el catorce.