Jorge Luis Contreras
Capítulo 7
Dos planos. Real es el llanto del ama que ve como se precipita su señor hacia la tercera desventura. Real también su razón que ha dado hasta para proveer de la más rigurosa dieta al antes molido señor llegado de la segunda. Sansón es joven y, como el león -piensa, muy al inicio- que podrá con la empresa de impedir la inminente salida del hidalgo.
Imaginación pura es el coloquio de Sancho y don Quijote. Dichos y tergiversaciones empalman la famosísima charla con las posturas sustentadas en los libros del hidalgo y los mil refranes del panzón. Don Quijote no desea negociar. Sancho quiere sueldo, el hidalgo no puede ceder porque eso no está en los textos caballerescos.
Sansón, ahora asesorado por el cura y el barbero tiene preparada la trampa. Ni la sobrina ni el ama sospechan hacia dónde va la labia del bachiller que, en lugar de hacer entrar en razón al loco, lo precipita hacia el viaje que, percibimos, no tendrá regreso. Se habla de testamentos, se anuncian escuderos haciendo fila para pedir el trabajo, se dan abrazos de Judas a mitad de la noche. Ya vemos las sombras caminantes. La rechoncha con la bolsa del dinero, la escuálida y gigante con los ojos enternecidos por la aventura.
Y, otra vez, los salvadores asechan. Esta vez la criada mastica retóricas para que don Quijote desista. El hidalgo, en acto gentil, se baja de su dignidad caballeresca para persuadir a la ingenua. Le hace ver que, andando los caminos con el honor como divisa, él solo cumple su destino.
Don Quijote es un gran vendedor de sueños. Los cuestionables anhelos del hidalgo son ciertísimas realidades para Sancho, y se constituyen en problemas vitales para la señora Panza. Los destinos de la familia del escudero están en discusión. Fábulas, apólogos, alegorías, cuentos didácticos se han multiplicado para hacer que los hombres aterricemos dejando de lado la ilusoria posibilidad cuya sentencia más probable es un no rotundo porque la vida es, más bien, trágica. Esto cuando construimos sobre posibilidades. Aquí el tono de la discusión de los Panza se eleva porque ella quiere para su hija un igual como marido, mientras que el nuevo corredor de aventuras la vislumbra casada con alguno de sangre real.
Capítulo IV
Pulso. Sansón Carrasco, narrador del narrador; Sancho, sufrido ser amigo de verdades; y don Quijote, ingenuo amante de la grandeza; alternan voces para contar, corregir y revisar la vida que no se agosta, más bien anhela que el gigante soñador salga de la modorra de la convalecencia.
Capítulo II
Vencido, enfermo, sin destino cierto, amarillo… el hidalgo fue, por fin, llevado a su aldea, a su casa, al seguro mundo que los otros le preparan diligentes. Ha habido tiempo para una historia más (un cabrero que habla con los animales), para un enemigo más (otras invenciones del hidalgo que terminan en molimientos y magulladuras), para la ignominia del caballero inconsciente trasladado al refugio.
Cacofonías. Y la voz de Sancho es la del inocente ambicioso que se ha ido transformando gracias a la cercanía del hidalgo Quijote. Ya argumenta, ya anuncia que también el caballo está triste porque su amo no quiere entender que no hay encantamiento, que lo llevan a la mala, que le quieren vedar el derecho de ser, que le mueven el destino hacia la cordura indigna.