Jorge Luis Contreras
No puede nadie sustraerse del embrujo quijotesco. Cuatro lo ven, y cuatro reciben en el espíritu la enigmática noticia de que enfrente tienen un esqueleto de alma robusta, a un austero derrochador de sueños, a un pobre que reparte liberal su amable mirada, profunda, total.
Los cuatro van a una boda. El hidalgo es ahora otro invitado del evento singular que reúne a la más bella de la región y al más rico. Dos seres sencillos que han escalado a la cima en las categorías que valen para esta unión, o mejor aún, dos de tres implicados en un dibujo amoroso perenne y prosaicamente predecible.
Mientras caminan los seis hablan cuestiones estériles. Sancho y sus refranes, don Quijote con sus correcciones y puritanismos, el bachiller y el licenciado semienfrentados por semánticas pueriles. De repente el debate deviene en contienda. Como siempre se pasa de las palabras a las espadas. Las discusiones por religión o política han sido siempre promotoras en los mundos poco diplomáticos de rencillas elevadas que se incrustan en vehículos simples. En fin, dos amigos pelean; dos amigos se reconcilian; dos son más amigos porque pelearon. Hicieron esto solo para darle razones a Sancho que se hará más refranero.
En las vísperas de la boda: las amenazas eternas. Don Quijote está atento a los gritos melifluos de ignorantes que anuncian belleza mayor que la de su Dulcinea. El impertérrito no lo es tanto. Pero hay comida. Mucha. Sancho calla y come.
Se danza. Se teatraliza. Se está alegre. Quijote y Sancho ven, como lo hacemos todos, según nuestra noble o vulgar condición. Hay poesía, amor, interés. Todos parlantes de un drama tenso que gana la liberalidad.
Sancho va por el vencedor. Esto es: no por Basilio, el débil del triángulo.
Una vez más el hidalgo conmina a Sancho a que calle. Solo lo logra con la comida que proviene de la generosidad del novio.




Escucho la voz del Quijote. Ya no hablamos así. Más bien no hemos sabido nunca hablar así. Es gallardo el decir hidalgo, incuestionable. Sancho topa su palabrería vulgar con el frontón del elevado tono discursivo del gigante enamorado. Van al Toboso.
Dos planos. Real es el llanto del ama que ve como se precipita su señor hacia la tercera desventura. Real también su razón que ha dado hasta para proveer de la más rigurosa dieta al antes molido señor llegado de la segunda. Sansón es joven y, como el león -piensa, muy al inicio- que podrá con la empresa de impedir la inminente salida del hidalgo.
Don Quijote es un gran vendedor de sueños. Los cuestionables anhelos del hidalgo son ciertísimas realidades para Sancho, y se constituyen en problemas vitales para la señora Panza. Los destinos de la familia del escudero están en discusión. Fábulas, apólogos, alegorías, cuentos didácticos se han multiplicado para hacer que los hombres aterricemos dejando de lado la ilusoria posibilidad cuya sentencia más probable es un no rotundo porque la vida es, más bien, trágica. Esto cuando construimos sobre posibilidades. Aquí el tono de la discusión de los Panza se eleva porque ella quiere para su hija un igual como marido, mientras que el nuevo corredor de aventuras la vislumbra casada con alguno de sangre real.
Capítulo IV