Las etapas de Juan Ramón Jiménez

Armando Diéguez Mérida (*)

juanramonjimenez2La crítica especializada ha afirmado que la obra de Juan Ramón Jiménez se divide en tres etapas que marcaron la evolución del poeta y su poesía. Al repasarlas surge la posibilidad de plantear una premisa, más una hipótesis, o si no al menos, una forma de interpretar el paso del poeta de un estadio al siguiente. Parece claro que Juan Ramón desfiló las transiciones clásicas de la vida del hombre en general, que en él por ser un poeta, y de gran talla, se acentúan, y hacen que surja la posibilidad de asistir como testigo a ellas para contemplarlas, para verlas plasmadas y así meditar en torno a ellas de una manera más bella que si las viviésemos en carne propia. Esas etapas son las de la juventud, en las que el modernismo por ejemplo simboliza esa soberbia del joven que cree saberlo todo, y que si se admite la analogía, esta encarnada por el uso de adjetivos ornamentales y grandilocuentes, y de una poesía muy personalista enfocada en el amor, en la mujer, que se expresa con el arrojo y el vigor propio de los jóvenes.

Una etapa intelectual, en la que esa transición hace que el hombre se convierta en un ser más serio, que se toma su tiempo y que está interesado en el conocimiento, en asumir retos y lecturas más complejas. En la poesía ello se manifiesta cuando se opta por leer a poetas “intelectuales”, y en la fabricación de una poesía pura, más elaborada. Y finalmente una etapa suficiente o verdadera, que apunta a un conocimiento que podría denominarse espiritual o metafísico, en el que el hombre busca entender su condición y prepararse para lo que vendrá, la muerte, y en esa preparación gira hacia Dios. La idea de Dios y la creación comienza a ser central, y en la poesía podría manifestarse en la exploración de lo divino, en la introspección del poeta, en un individualismo que dista mucho de tener las mismas motivaciones que tuvo en la primera etapa. De manera que con este atrevimiento en mente, el presente ensayo procurará describir de manera breve algunos de los rasgos que caracterizaron cada una de las etapas de la poesía de Juan Ramón Jiménez.

La etapa sensitiva es una fase marcada por la afición al modernismo, por una influencia innegable tanto de Rubén Darío, como de Gustavo Adolfo Bécquer. En los poemas de esta época son evidentes también los rasgos del simbolismo y el romanticismo que permean la poesía de Juan Ramón Jiménez. Predomina en su poesía el amor, la mujer, la sensualidad y la muerte, pero todos ellos como un desafío. Ejemplo de esta etapa es el poema de Jardines galantes y su obra en prosa, Platero y yo.

En ambas se utiliza un lenguaje modernista en el que se valora la naturaleza, y en el que el ánimo del poeta se proyecta en lo natural, el paisaje y los colores reflejan fielmente los sentimientos del yo poético. En cuanto a los aspectos formales, podría decirse que es una poesía muy rígida, en el sentido de que se utilizan estructuras específicas, como el verso corto, el romance o la copla.

La etapa intelectual esta inmediatamente influida por su primer viaje a América y por su matrimonio con Zenobia Camprubí Aymar, quien lo introduce a los poetas de habla inglesa, entre los que predominan Yeats, Keats, Whitman y Shelley. Se le ha acercado también en esta etapa al novecentismo, movimiento literario y estético español que se relaciona con las vanguardias tan influyentes durante el siglo XX, y cuyo principal exponente en España fue José Ortega y Gasset. Es en esta etapa en la que el poeta fija al mar como motivo de su obra, un devenir continuo y eterno que está siempre presente. Con esta etapa comienza evidentemente, el tránsito hacia esa evolución metafísica que concretará más adelante. La obra cumbre de esta fase la constituye el Diario de un poeta recién casado, obra ya despojada de todo resabio modernista. Es una poesía mucho más reflexiva que se estructura además en verso libre, o bien en prosa. Es decir que se deja lo formal y se apunta más a concepciones profundas de reflexión.

Y finalmente se llega a la etapa suficiente o verdadera. Un Juan Ramón ya exiliado y que ha sido testigo de la Guerra Civil Española. Lleno de profunda tristeza por lo que acontece en su país, una cruenta guerra y una dictadura franquista que llegará hasta mucho más allá de su fallecimiento. Además hacia el final de esta etapa vivirá la muerte de Zenobia, cuestión que lo marcará mucho más que haber sido galardonado con el Premio Nobel, noticia que le comunicó precisamente Zenobia en su lecho de muerte. En esta fase Juan Ramón escribe poesía mística que busca tanto a Dios como a lo absoluto. De esta época es Espacio, en la que escribe un poema en prosa de gran longitud sin que predomine un tema central, caracterizado por un análisis introspectivo del yo como conciencia y del yo como parte constitutiva de la historia.

En suma son estas tres las etapas que configuran al hombre y que se expresan en la voz del poeta. Juan Ramón Jiménez obtuvo el Premio Nobel en su edición de 1956, pero no fue por ello que se convirtió en una notable influencia en muchos jóvenes poetas, especialmente en los que conformaron la denominada generación del 27. Su estela sigue siendo importante en el estudio de la literatura en general, y de la poesía en particular, y se ha dicho que su obra se puede estudiar o dividir de distintas formas, no sólo en las aquí descritas, si bien son las más extendidas y aceptadas por la crítica.

 

Fuente: Rocío Fernández Barrocal. Etapas de la obra de Juan Ramón Jiménez.

(*) Alumno de la Licenciatura en Lengua y Literatura, Departamento de Educación, UFM.

El lenguaje de la clase obrera: artistas de los años 40

María José Prado Marroquín (*)

El pensamiento social de la Revolución de 1944, activó un camino que auguraba un proceso de cambio. Despertaron sentimientos nacionalistas, se extendieron diferentes ideologías, se produjeron avances científicos y tecnológicos y hubo, sobre todo, un gran desarrollo cultural y artístico.[1]

 

Rafael Yela Günther (Quetzaltenango, 28 de septiembre de 1888 – Ciudad de Guatemala, 17 de abril de 1942).

Rafael Yela Günther (Quetzaltenango, 28 de septiembre de 1888 – Ciudad de Guatemala, 17 de abril de 1942).

Yela Günther, Galeotti Torres, Grajeda Mena y Franco. Estos cuatro son los nombres de los artistas guatemaltecos que dominaron y definieron el impulso y rumbo de la ideología que inspiró la revolución del 44 dentro del mundo de las artes en esta tierra. De una u otra manera, cada uno de estos contribuyó a uno de los grandes ideales intelectuales de esta época –ideales reaccionarios al ambiente opresivo de toda una serie de represivas dictaduras previas–: la revitalización de la cultura en el país; en concreto, la apertura, la accesibilidad de la cultura, de la cultura nacional, local, de la tierra, a la clase media, la clase obrera.

 

Rodolfo Galeotti Torres (Quetzaltenango, 4 de marzo de 1912 – Ciudad de Guatemala, 22 de mayo de 1988).

Rodolfo Galeotti Torres (Quetzaltenango, 4 de marzo de 1912 – Ciudad de Guatemala, 22 de mayo de 1988).

Características comunes a estos cuatro artistas son su contacto con el muralismo mexicano, opción alineada al interés por el arte público, como el monumento a la marimba en Xela (Galeotti Torres), o el monumento al trabajo (Yela Günther) en la zona 5, etc. Es interesante destacar cómo buena parte de estos artistas trabajaron la escultura, que es un arte fuerte y sólido, adecuado para expresar tanto la fuerza del trabajador como la fuerza de la nación ante los imperialismos y diversas formas de opresión (por ejemplo, la resistencia a la opresión indígena que puede verse en los bustos de Galeotti Torres). Todos se destacaron por una fuerte militancia política, pues de un modo u otro se involucraron en la propuesta y dirección de instituciones culturales en el país.

Los elementos mencionados previamente confluyen en lo que será un lenguaje

Guillermo Grajeda Mena (Guatemala, 1 de octubre de 1918 – 5 de junio de 1995).

Guillermo Grajeda Mena (Guatemala, 1 de octubre de 1918 – 5 de junio de 1995).

artístico de realismo social: una preferencia por los temas nacionales, por la confluencia de lo regional y lo indígena, los temas de la tierra, incluso el estilo prehispánico (considerar particularmente la obra de Grajeda Mena en este aspecto), con un interés férreo por lo moderno: las vanguardias –se manifiestan con mayor claridad, ya a nivel social y a gran escala, las ideas del cubismo, el expresionismo, el abstraccionismo, etc.–, y la industria en cuanto representación del trabajador (Yela Günther se formó en varias técnicas escultóricas complejas, como la fundición en bronce, y se interesó por los motivos formales, geométricos, del art decó, que es un estilizado arte estructural que ensalza, casi mitifica lo industrial). Esta visión hacia la modernidad es una manifiestación de un anhelo, un optimismo por el progreso. Sus obras, sean murales, esculturas o pinturas, suelen representar una gruesa corporeidad de la figura humana (notar, en particular, la pintura de Franco y de Galeotti Torres) como símbolo de la fuerza nacional u obrera. En conclusión, es un lenguaje que abre y conecta a Guatemala, en su aspecto público, con las tendencias mundiales contemporáneas.

Juan Antonio Franco (Guatemala, 1920 – 25 de julio de 1994)

Juan Antonio Franco (Guatemala, 1920 – 25 de julio de 1994)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Joyas Artísticas del Banco de Guatemala, “La Primavera Democrática de 1944”, Marta Regina Rosales de Fahsen, Ediciones Don Quijote, Banco de Guatemala, 2001: p. 47.

(*) María José Prado Marroquín es alumna del Diplomado en Historia del Arte Guatemalteco y Curaduría

Eleázar Adolfo Molina, premiado en el concurso interuniversitario Juan Fernando Cifuentes 2016

Eleázar Adolfo Molina (Quetzaltenango, 1990)

Eleázar Adolfo MolinaEstudiante de la Licenciatura en Lengua y Literatura, Departamento de Educación, Universidad Francisco Marroquín. Ha escrito un libro de poesía titulado Pesadillas de un espantapájaros. Actualmente trabaja para la Asociación para la Creatividad y el Desarrollo en Guatemala, administra su librería Owls en la ciudad de Quetzaltenango. Miembro fundador del colectivo literario Testosterona Literaria. Ha dado conferencias en colegios y universidades del país. Gestor cultural en la ciudad de Quetzaltenango. En el ambito de la literatura, escribe su primer novela y publica en su blog personal.

Eleázar participó en el concurso interuniversitario “Juan Fernando Cifuentes 2016”, organizado por la Universidad Rafael Landívar y obtuvo Mención Especial en la rama cuento, categoría estudiantes. Será premiado el lunes 7 de noviembre por el cuento Amatitlán, que les compartimos a continuación. Esta es la segunda ocasión en la que Eleázar es reconocido, pues en el año 2011 fue premiado en la rama de poesía por el mismo concurso.

Atitlán

«Y Él le dijo: ¿Qué has hecho? La voz de la sangre
de tu hermano clama a mí desde la tierra».
Génesis 4:10.

-¡Corre hijo, corre!-

Llegó sudando hasta la cima de la montaña, desde donde se miraba el lago por la parte baja, era azul como el cielo; pero él recordaba que aquella madrugada lo había visto teñido de rojo sangre.

-¡Nunca te detengas! ¡Por el amor del cielo!-

Abrió la pequeña caja que llevaba al hombro, le quitó los lazos negros y empezó a desempacar los paquetes forrados de papel periódico; las candelas ordenadas religiosamente y por color; cada paquete de media libra estaba atado por un lazo.

Colocó las candelas en ese orden sobre el papel periódico extendido en el piso, las separaba del tanate y las colocaba en orden secuencial: del color rojo, al azul, negro, verde, blanco y amarillo. Luego organizo el copal, cuilco, los aromas; buscó la azúcar blanca y le quitó los pétalos a los claveles.

-¡Sigue y no voltees a ver!-

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Pep Balcárcel (*) presenta su nuevo libro de poesía, “Fragmentos”

Fragmentos de Pep BalcárcelPep Balcárcel (Guatemala, 1993)

Escritor, editor y gestor cultural. Ha escrito para medios de Guatemala, México, Honduras, Nicaragua y Estados Unidos. Estudia Lengua y Literatura en la Universidad Francisco Marroquín. Ha publicado los libros: Obelisco 65 (poesía, Letra Negra, 2012), Canto esquizofrénico (poesía, Chuleta de Cerdo Editorial, 2012), Ángeles de heroína (microrrelatos, Letra Negra, 2012) y Los ojos de lo insano (cuento, Editorial X, 2014). Además, aparece en las antologias LOS 4X4 (poesía, Vueltegato Editores, 2012), ¡Meter goool! (microrrelatos, Letra Negra, 2013) y Deudas de sangre (poesía, Anamá Ediciones, Nicaragua, 2014). Actualmente trabaja para una oenegé, dirige Pato/Lógica Editores y es codirector de Bitviu.

La presentación del nuevo trabajo se realizará el miércoles, 26 de octubre, de 8:00 p.m. a 11 p.m. en Chiribisco Bar (17 Av. 19-70, zona 10 Edificio Torino, local 103.

A continuación, como un avance, compartimos con los lectores un poema de su nueva publicación.

1.

manifiesto de ausencias

el tabaco colocado sobre mis labios

me duelen los ojos

pero afuera cae la lluvia y un hombre corre

lo deja la camioneta

alguien gime

en una pantalla

que es el universo

grito

porque tengo miedo

entra el whisky y quema mi garganta

incontables días

silencios

el absurdo perdió significado

Sísifo decidió suicidarse

ayer consumí otra vez LSD

fue para sobrevivir

pero alguien deseaba aniquilarme

y me durrumbé

Peter Pan no existe

querida

y un muerto sonríe

dame unas horas

arrullá mis pesadillas

descifrá la nada entre mis manos

besá mis ojos

en tu pelo queda mi mundo perdido

“la gente se suicida porque está triste”

y el espejo no responde

la vida se encuentra escondida entre tus labios

pero yo

escribo una elegía para todo lo que nunca fui

2.

cuando éramos niños

quisimos ser astronautas

pero el tiempo puto

se encargó de enseñarnos

que las estrellas son una idea

demasiado cursi para nuestras vidas

 

ahora el cielo

llora cada noche

lágrimas ácidas

que nos hacen añorar

algo que nunca fue nuestro

 

vemos el suelo manchado

con nuestra propia miseria

la recogemos

y siempre

la llevamos de la mano

 

(*) Pep Balcárcel es alumno del Departamento de Educación de la UFM.

La rosa no piensa, imagina

Camila Fernández (*)

Rosa-blanco-y-negro-3d-papel-tapiz-de-flores-stereoecopic-wallpaper-papel-parede-mural-wallpaper-Decoraci&oacuteSi pienso no puedo estar loco, si pienso, si pienso, si pienso. Si pienso no puedo estar loco. Si pienso no puedo estar loco. Pero hablo, pero hablo, hablo, hablo, hablo…
Hablar es una cosa, y la otra…
Un proceso que no se detiene, al que nosotros queremos alcanzar, que va siempre delante de nosotros, es la escritura, es la escritura la que siempre va adelante de nosotros. (¿Y si no hablo, y si soy hablado, y si no pienso y si soy pensado?) Los huesos tibios de nuestro esqueleto persiguen al perro de lenguas sueltas e imaginaciones distraídas que no se distraen, no se distraen, traen, traen, traen, las imaginaciones de las lenguas sueltas, las imaginaciones del animal, de lo carnal, de la sangre que fluye. Nos rechinan los dientes, tenemos frío, sufrimos. Pero vamos detrás de la escritura. Vamos a las voces, vamos a las voces, las voces nunca vienen a nosotros. Nosotros vamos a las voces.

Juan Ramón Jiménez escribe un poema que relata su proceso poético.

Vino, primero, pura, vestida de inocencia. Y la amé como un niño.

Luego se fue vistiendo de no sé qué ropajes.
y la fui odiando sin saberlo.

Llegó a ser una reina, fastuosa de tesoros…
¡Qué iracundia de yel y sin sentido!

…Mas se fue desnudando. Y yo le sonreía.

S e quedó con la túnica de su inocencia antigua. Creí de nuevo en e a.

Y se quitó la túnica,
y apareció desnuda toda…
¡Oh pasión de mi vida, poesía desnuda, mía para siempre!

(Eternidades)

La poesía no piensa, no piensa, por más que diga que piensa, no piensa; siente. La poesía está desnuda, siempre está desnuda, porque la poesía son imágenes desnudas, imágenes desnudas, revestidas de una desnudez brillante. La niña amada le pregunta al niño que la ama, “¿por qué te vas?”, y el niño le contesta: “Porque el silencio de estos valles es me amortaja como si estuviera muerto. He sentido que quiere gritar mi pecho, y en estos va es ca ados voy a gritar y no puedo”. ¿Por qué no puede gritar el niño, acaso tiene miedo de espantar a su niña amada, a qué le teme el niño que no grita, a qué le teme el niño si ignora el silencio eterno entre su carne; teme ahuyentar a su niña amada con un grito lunático de su pecho?

Porque es su pecho el que quiere gritar, se siente, se siente, se siente al pecho queriendo gritar. El pecho es el refugio de tantos gritos desnudos, gritos que jamás verán los ojos, gritos hechos para deshacerse entre las manos, para deshacer el aliento y transformar la voz en el olor del asombro. Pero nada de eso, nada, nada. El grito quiere hacerse cuerpo, el grito busca hacerse pecho, hacerse leche.

El primer grito, como el primer orgasmo, es siempre desnudo, siempre anudado, siempre inundado, nunca inofensivo, siempre empiernado al silencio perpetuo. El grito del pecho asusta al poeta, porque es un grito que desconoce, es un grito que quiere robarle el pecho y él no sabe, es un niño, el poeta es un niño que comienza a jugar con el cuerpo de su madre, de su lengua. ¿Qué es lo que tu voz débil dice al sol de la tarde que sueña dulcemente en la cristalería?, ¿eres, como yo, triste, solitario y cobarde, hermano del silencio y la melancolía?
El niño no sabe que no posee a su cuerpo, el niño no sabe que lo que dice ya fue dicho, que repite, que repite, que es portador del silencio que se deja inundar de voces, el niño no sabe que está vacío, que es un cuerpo de carne buscando encontrarse en la voz inatrapable, en lo indecible; el niño no sabe que el grito de su pecho quiere hacerse carne. El niño no sabe que no habla, solo habla, habla, es hablado. Por eso disfruta desnudando a su madre, porque su juicio está opacado por los placeres de su carne, por las fantasías de los gritos de su pecho, por sus deseos inmediatos, por sus curiosidades intensas, por sus agujeros, por sus abismos. El niño disfruta hablando porque no piensa, no piensa que porque piensa no puede estar loco. Pero después, al poco tiempo, aún en su pubertad, cuando aún desea los pechos de su madre, se entristece, se hace triste, se hace más triste y más triste, comienza a extrañarse. Ahora se extraña, extraña que lo sobrecojan los deseos de su grito, los temblores de su pecho. Y también se extraña, es un extraño para sí mismo, porque habla, más bien, porque no puede parar de hablar. Ya no está enamorado de una niña desnuda, ahora ve a la niña vestirse elegante, se hace llamar señora, se hace llamar la juiciosa de adornos fúnebres, la dama de reuniones sociales, la bella dama de joyas siniestras. ¿Está la niña realmente vestida y adornada o sigue desnuda y son los ojos del poeta los que se han puesto capas, adornos y vestimentas? ¿A dónde se fue esa niña desnuda que no se diferenciaba de las selvas transparentes, que se bañaba sobre su propia lengua, que gemía con las bestias acuáticas en la oscuridad del fondo, en la noche del día? El poeta adolescente se entristece, comienza a odiar sin saberlo.

El viaje definitivo

…Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando;
y se quedará mi huerto, con su verde árbol
y con su pozo blanco.
Todas las tardes, el cielo será azul y plácido;
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.
Se morirán aque os que me amaron;
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado, mi espíritu errará, nostáljico…
Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido…
Y se quedarán los pájaros cantando.

(Poemas agrestes, 1910-11)

Seguirá su travesía el poeta, seguirá adentrándose para avanzar. El poeta seguirá buscando la desnudez primaria de sus ojos, no solo de sus ojos, de sus manos, de sus dientes, de sus pasos. Nada que ver. Sus ojos aprenden a escuchar. Los ropajes de la dama de noche se convierten en espuma, los ropajes asustados de los ojos se convierten en lágrimas. Se llora, se llora plácidamente, se llora desnudo, solo se llora bien si se llora desnudo, solo se llora al desnudo, solo se desnudan los ojos si se llora desvelado, si se llora desnudo.

(Diario de un poeta recién casado)

No sé si el mar es, hoy
–adornado su azul de innumerables espumas–, mi corazón; si mi corazón –hoy adornada su grana de incontables espumas–,
es el mar.

Entran, salen

uno de otro, plenos e infinitos, como dos todos únicos.
A veces, me ahoga el mar el corazón, hasta los cielos mismos.
Mi corazón ahoga el mar, a veces, hasta los mismos cielos.

Tal vez el mar se adorne con la forma única de cada ola, quizás el sol se siente a la mesa con su traje de playa, con su túnica de boda en la playa. Pero los ojos del poeta gozan con la brisa, no se adornan, no se adormecen, se desvelas abiertos, se desvelan cerrados, se desvelan de día, se desvelan de noche.

Se desvelan.
Los ojos des-velándose, callándose, escuchando el grito mudo del pecho. Se sigue escuchando el grito del pecho, se escucha, se escucha, ¡aún se escucha!
No se contiene, no se contiene, no puede contenerse, el grito escapa del pecho, se hace carne, se hace rosa.

 

(*) Alumna de la Licenciatura en Lengua y Literatura del Departamento de Educación, UFM.

Arte guatemalteco del siglo XX hasta el presente

María José Prado Marroquín (*)

La visión del arte de Roberto González Goyri 

“…toda obra de arte de legítimo valor, la mayoría de las veces, no gusta desde el principio, sino por el contrario, gustarla toma su tiempo (…) He aquí el secreto de toda obra de arte auténtica: una vez que nace como una estrella nueva, su luz jamás se apaga en el firmamento de los grandes valores. Brilla eternamente.[1]

A continuación un breve comentario a tres ideas de Roberto González Goyri (1924-2007) acerca de lo que he interpretado como la maduración de su proceso creativo y su visión del arte.

“…cada nuevo amigo que ganamos en la carrera de la vida, nos perfecciona y enriquece, más aun que por lo que él mismo nos da, por lo que de nosotros mismos nos descubre.”

Roberto González Goyri

Roberto González Goyri

Estas palabras me agradaron mucho, pues refuerzan esa idea de que no podemos vivir –ni aún del arte– completamente a solas, en aislamiento. Aún si dentro de este ámbito muchas veces se radicalizan posiciones que ensalzan “la genialidad propia” de un artista –a nivel de “monomanías”–, me parece ser el resultado de una visión sana y equilibrada esta apertura que González Goyri demuestra en las líneas anteriores: al fin y al cabo, necesitamos ser vistos por otros para completar nuestro conocimiento personal. Y este autoconocimiento es maravilloso y fundamental (creo) en un artista.

“Comprendí que el folklore, al igual que el arte de nuestros antepasados, lo mayas, es terreno muy peligroso en el sentido de convertirse fácilmente en verdaderas jaulas. Pueden ambos, sí, ser punto de partida, fuente de inspiración, pero no para copiar literalmente, sino para hacer una recreación con un lenguaje nuevo y de dimensión mas universal.”

En este texto puedo ver a González Goyri hacer notar un tema delicado: la relación de los artistas contemporáneos con el pasado prehispánico, con el choque de culturas que precedió (quizá sin haber acabado de asentarse del todo) la fundación de nuestra sociedad, tan heterogénea culturalmente como es. González Goyri probablemente quería destacar cómo la relación del artista de hoy con el arte maya –del artista que, quizá ante todo en aquel tiempo, buscaba nuevos lenguajes plásticos– corre siempre el riesgo de caer en lugares comunes, de caer en pretensiones estéticas que, con el afán de romper con los cánones occidentales, no necesariamente serían suelo fértil para una gran obra de arte. La clave, según González Goyri, (y esto es interesante) es la recreación del lenguaje. Ser artista, en otras palabras, es innovar, siempre hacer nuevo hasta lo común, lo folclórico.

“Me imagino que el camino para alcanzar la madurez artística no es igual para todos los artistas.”

Esta idea me parece excelente y personalmente me tomó algún tiempo comprenderla (aún si yo la buscaba más en el plano de la literatura, que tampoco es demasiado ajeno al de la plástica). Muchas veces creemos que un gran artista es mucho más prometedor si se presenta en sociedad como un “joven prodigio”. Pero el arte no se puede forzar, mucho menos “un estilo propio” –concepto que yo identifico con el de “madurez artística”. El arte es algo mucho más parecido a un cultivo que a un horno microondas. La exposición a cierta radiación es, cierto, de gran ayuda, pero al fin y al cabo, el origen de una auténtica voz personal, de un estilo, de una madurez, no se logra sino con trabajo, con paciencia y con tiempo, dejando las semillas (quizá producto de alguna temporada de especial “radiación”) germinen en el suelo de la sensibilidad y el intelecto creativo.

 

[1] Joyas Artísticas del Banco de Guatemala, “La Primavera Democrática de 1944”, Marta Regina Rosales de Fahsen, Ediciones Don Quijote, Banco de Guatemala, 2001: p. 47.

(*) María José Prado Marroquín es alumna del Diplomado en Historia del Arte Guatemalteco y Curaduría

Breve historia del teatro

Antón A. Toursinov

Para hablar del teatro es necesario, ante todo, tener en cuenta sus dos facetas: la literaria y la escénica. No obstante, hay que considerar que es uno de los géneros artísticos más antiguos y más impactantes en la historia de la humanidad. El término teatro (del griego theatron – observo), como concepto genérico, nace para designar los lugares de espectáculos e incluye diferentes tipos, tales como el drama[1], la opera, el ballet, la pantomima, etc., todos unidos por su peculiaridad que hace las obras únicas, imposible en otros tipos de arte, es decir, su naturaleza sintética capaz de incluir con facilidad otras artes: literatura, música, artes plásticas, escultura, canto, danza, incluso artes visuales como el cine.

Moliere, escultura ubicada en la Comédie Française, París.

Moliere, escultura ubicada en la Comédie Française, París.

Moliere dijo en una ocasión que el teatro se aprovecha de todo lo que encuentra en su camino, así pues, la historia y el desarrollo de las civilizaciones humanas, en sus más diversas manifestaciones, son incluidas en el teatro; por ejemplo, los logros de la psicología forman base de la maestría de los directores y actores, la semiótica, lingüística y hasta la medicina permiten perfeccionar la interpretación y las técnicas vocálicas en la escena; la tecnología se aprovecha para subir a otro nivel la utilería del escenario, para crear los efectos especiales en la obra, etc.

De aquí viene el concepto de la creación colectiva del teatro, sin embargo, no se trata únicamente de la participación del conjunto teatral en una obra, sino, más que nada, de la participación del espectador quien es, en realidad, uno de los coautores más importantes y significativos, cuya percepción corrige y transforma el espectáculo, llegando a veces a cambiar el significado, el sentido y la idea de la presentación. La obra teatral es imposible sin la participación del espectador (el propio nombre, teatro, se refiere al lugar de observación), por eso la percepción teatral es una labor creativa, sin importar si el propio espectador esté o no consiente de ello.

La siguiente particularidad del arte teatral, una de las esenciales, es su carácter momentáneo; cada obra existe solamente en el momento de la presentación. Tal vez, cada presentación de la misma obra es cada vez otra obra, cada director y cada actor interpretan a su manera las mismas piezas. Por eso sólo las puestas en escena más originales, más adecuadas en el aspecto temporal y cultural se convierten en los éxitos teatrales. Sigue leyendo

Cómo se analiza una obra teatral

Antón A. Toursinov

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The Globe Theatre, Londres, Inglaterra

El arte se centra en el mensaje mismo, desde este punto de vista no importa si es literatura, ópera o teatro. Asimismo, una crítica teatral se centra en lo que utiliza el emisor de la obra, que en este caso es el director y el actor. En cualquier caso, el objetivo primordial de la percepción artística es siempre decodificar el mensaje mismo, llegar al fondo de la obra para poder comprender lo objetivo que fue creado y representado en ella. Hay que tener en cuenta que, si en otros géneros literarios (e incluso no literarios, por ejemplo, en el cine) existen múltiples herramientas de crear la ficción, ambientar al lector-espectador en una realidad, mantener el interés en la obra (a través de las descripciones, anacronías, monólogos interiores, etc.), en las obras teatrales estas posibilidades se reducen a los discursos de los personajes y a la escenografía y, en algunas obras, a las formas de interrelaciones entre los actores y espectadores.

Los discursos en el teatro pueden ser en forma de monólogos y de diálogos. La primera forma, el monólogo en la literatura, es la expresión verbal de un personaje en ausencia de otros, es decir, sin un evidente destinatario. Sin embargo, en el teatro el monólogo puede ser expresado también en las escenas donde participan otros personajes y hay uno o más destinatarios. En este caso los enunciados contienen las confesiones, narraciones de los hechos, descripciones personales, etc.

A su vez, el diálogo es el intercambio verbal entre varios personajes dentro de una obra. El contenido de ése son las preguntas y respuestas, discusiones, expresiones de opiniones, incluso una simple conversación (como en la vida real), pero siempre teniendo en cuenta las personalidades de los presentes en la escena, lo que no ocurre en el monólogo. En los dramas antiguos el diálogo siempre se realizaba entre dos personajes (recordemos, por ejemplo, Hamlet de Shakespeare o La vida es sueño de Calderón de la Barca), aunque en el teatro actual es posible entre tres y más (lo veremos en El tigre de Magalí Letona, al igual que en algunas otras obras). Un parlamento extenso dentro de un diálogo limita con el monólogo ya que un discurso interrumpible supone un oyente pasivo y la composición de estos enunciados es semejante al monólogo en el que el flujo de la idea se desarrolla de manera independiente, no se cruzan los motivos expuestos por los participantes en la escena. Sigue leyendo

Soñando con los jardines de Chengdu, parte 1: el encanto y el desencanto

Martín Fernández Ordóñez

JinliStreet1

Vistas de Jinli: pabellones y jardines de Jinli Street, Chengdu.

Jamás olvidaré esa primera tarde en la cual, finalmente, empecé a conocer la China. Todo era novedad: los detalles de la arquitectura, la forma caótica en la cual conducían los carros y las motos, motoristas sobre la acera y todos, todos bocinando desenfrenadamente. Para llegar del hotel al museo había que atravesar una especie de galería comercial en la cual vendían de todo lo imaginable: souvenirs baratos, ropa occidental y ropa de la India, joyas y objetos de fina plata, diferentes clases de té, tiendas de dulces en las que, además, vendían unas largas piezas de carne deshidratada que según me explicó Elena[1] días después, se trataba de piezas de carne de res que ellos consumen como snacks

Pero fue al llegar a Jinli Street que la verdadera experiencia inició. Supuestamente se trata de una calle comercial ancestral, con un tejido arquitectónico muy variado que compone varias calles y callejones llenos de tiendas, restaurantes, plazas y jardines. Para un primerizo de la China como yo, haberme adentrado en esas calles aquella tarde fue como transportarme en el tiempo y como si poco a poco ese telón de fondo del que hablaba al inicio fuera tomando forma tridimensional. Ingenuamente pensé que efectivamente se trataba de un lugar muy antiguo, ­tan bien armonizados están los edificios, complejos, puentes y recovecos-, pero para conocer poco a poco la China, la primera lección es aprender que la idea occidental de “autenticidad” o de “originalidad” ahí, virtualmente, no existe. Al menos en lo que a la arquitectura patrimonial respecta, cualquier modificación es aceptada, siempre y cuando lo justifique su nuevo uso.

Me llamó la atención cómo los mismos chinos han llevado a cabo una especie de reinterpretación de su propia historia arquitectónica, llegando a una conclusión casi arqueológica. Porque luego de haber visitado Chengdu y Shanghai, parece que la nueva China ve a su propia arquitectura vernácula como los guatemaltecos vemos a las ruinas mayas: majestuosas, sí, hermosas sí, admirables sus virtudes arquitectónicas y estilísticas también, pero todo forma parte de un pasado demasiado lejano y quizás hasta ajeno.

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Soñando con los jardines de Chengdu, parte 1: la belleza china está en los jardines

Martín Fernández-Ordóñez

Regresando a mi descripción del primer paseo que realicé aquella tarde en Chengdu, luego de haberme internado por el bullicio de Jinli Street, desandé el camino y me fui en dirección opuesta buscando un parque que estaba señalado como highlight de la ciudad por exhibir el monumento conmemorativo de una revolución importante. De modo que, interpretando el mapa lo mejor que pude, me sumergí en calles residenciales donde vi a los locales en sus actividades diarias: personas sentadas en sillas sobre la acera, niños jugando en los patios, tiendas de barrio, edificios viejos, sucios y saturados por viejos aparatos de aire acondicionado colgando debajo de cada ventana.

Parque del Pueblo, Chengdu

Parque del Pueblo, Chengdu

Luego de dar una que otra vuelta para orientarme, por fin llegué al Parque del Pueblo y me encontré por primera vez en uno de esos maravillosos recintos de paz, refinamiento y belleza como solo he visto en los jardines de la China. Este parque era hermoso (el primer parque público de la ciudad), compuesto por varios jardines redondos encerrados por bajas murallas a las cuales se accedía por puertas circulares con marcos de piedra tallada. En algunos había pérgolas, árboles y bancas; en unos, bonsais muy cuidados sembrados en macetas de piedra ornamentada; en otros, estanques con lotos flotando y carpas[1] del tamaño de tiburones pequeños. Me llamó la atención que algunos abuelos detenían a sus nietos, mientras estos les daban alguna bebida en pacha que sujetaban con varas de madera a los gigantes peces. ¿Qué tipo de líquido se les da a los peces en pacha?

Parque del Pueblo, Chengdu

Parque del Pueblo, Chengdu

En el parque había un pabellón con varios negocios de té y mesas para sentarse, placitas en las cuales grupos de mujeres practicaban tai-chi, otros en los que grupos de hombres se entretenían con juegos de mesa y por fin, después de un buen rato, llegué al famoso Monumento a los Mártires de la Línea Férrea, que realmente fue lo que menos me impresionó de aquel inesperado complejo de hermosos jardines secretos y amurallados.

 

[1] Tradicionales peces rojos que nadan en los estanques.