El diario de un piloto kamikaze japonés revela su deseo de seguir viviendo

Raquel Andrés, La Vanguardia

Akira Otsuka, del distrito Asakusa de Tokio, murió tras la colisión de su avión en Okinawa en 1945, con 22 años

Un joven piloto kamikaze de Japón confesó su deseo de vivir antes de que perdiera la vida en una misión suicida de la Segunda Guerra Mundial, según un diario donado recientemente a un museo de Tokio, donde expone sus pensamientos antes del vuelo final.

La palabra ‘kamikaze’ se refiere a los japoneses que se inmolaban con un avión por la causa imperialista. Kami (dios, en japonés) y Kaze (viento), es decir, «Viento divino», respondía a la percepción de que el emperador Hirohito era un descendiente directo de los dioses, y por lo tanto, Japón era una patria «elegida» y superior. Perdieron la vida más de 2.000 kamikazes japoneses durante la guerra.

Según explica el diario nipón Asahi Shimbun, Akira Otsuka, del distrito Asakusa de Tokio, murió tras la colisión de su avión en Okinawa el 29 de abril de 1945.  Tenía 22 años.  El joven estaba programando entrar en la Universidad de Tohoku y se alistó como voluntario en la Marina Imperial Japonesa.

El diario, escrito en un cuaderno envejecido y amarillento con el paso de los años, se exhibe actualmente en el museo «Voces desde el océano», que cuenta con material de estudiantes que murieron en la guerra.

«¿Es egoísta querer seguir viviendo?»

En el escrito, Otsuka subraya con frecuencia que estaba dispuesto a morir por la nación. «Me dedico todos los días al entrenamiento para hundir portaaviones y aviones enemigos», escribió.

En una entrada del 1 de abril, sin embargo, el joven confesaba que a veces se sentía desesperado, a pesar de que en un principio había aspirado a convertirse en un piloto kamikaze.  Al día siguiente escribía: «Japón, una nación divina, definitivamente tiene que ganar.  Creo que debería ser un buen hijo de la patria y morir por la causa imperial.  Pero, ¿es egoísta querer seguir viviendo y cumplir con mis deberes hacia mis padres?».

Makoto Kumagai, actualmente de 88 años, fue compañero de clase de Otsuka en la escuela de secundaria en Yamagata.  Recibió el diario del joven kamikaze hace unos diez años, cuando visitó a la familia de Otsuka.

Kumagai, residente en Hiratsuka (prefectura de Kanagawa), donó el diario para el museo este mes de junio para que las generaciones más jóvenes pudiesen aprender acerca de los horrores de la guerra.

«En aquellos días, no podíamos decir que queríamos vivir», dijo Kumagai. «Otsuka probablemente escribió en el diario lo que había en su corazón, exponiendo sus sentimientos reprimidos».

En una entrada del 4 de abril, Otsuka describió en su diario la escena donde le explicaba a su familia que había sido seleccionado para ser un piloto kamikaze.

«Mi padre se entristeció al saber que moriré», escribió. «Su rostro se ensombreció por un momento, pero me animó a llevar a cabo mi misión, pensando en la situación del país y mi responsabilidad». Y añadía:  «Dejé a mi familia tras grabar en lo más profundo de mi corazón el rostro de mi padre, madre, hermano y hermana».

El diario concluyó con una entrada el 19 de abril, diez días antes de perder la vida.  Narra cuando abandonó la estación de Ueno, en Tokio, para regresar a su unidad en la prefectura de Ibaraki. «Voy a despegar hacia el cielo de Okinawa para pagar mis obligaciones con mis padres», escribió.

¿Qué tipo de país defendieron los jóvenes?

Su antiguo compañero de clase, Kumagai, ha estado un año recopilando en un libro notas personales y registros de los estudiantes que fueron a la guerra bajo el título La Guerra del Pacífico de los estudiantes (no publicado en España). «¿Qué clase de país trataron de defender los estudiantes?», se pregunta Kumagai.  «Quiero que los jóvenes piensen en ello».

Todavía 66 años después de la guerra, el museo «Voces desde el océano» sigue recibiendo materiales dejados por jóvenes muertos en la guerra.  Muchos de ellos kamikazes, un cuerpo que nunca ha estado exento de polémica. En sus inicios, contó con detractores por lo costoso que resultaba entrenar a un piloto para un único ataque.  Hoy, por lo inhumano de la misión.

Federico García Lorca (junio 1898 – agosto 1936)

Como homenaje al gran poeta universal Federico García Lorca, en el 75 aniversario de su muerte, transcribimos el poema «La Sangre Derramada», que fuera escrito por él en honor al torero Ignacio Sánchez Mejías.

LA SANGRE DERRAMADA

¡Que no quiero verla!

Dile a la luna que venga,

que no quiero ver la sangre

de Ignacio sobre la arena.

¡Que no quiero verla!

La luna de par en par,

caballo de nubes quietas,

y la plaza gris del sueño

con sauces en las barreras

¡Que no quiero verla!

Que mi recuerdo se quema.

¡Avisad a los jazmines

con su blancura pequeña!

¡Que no quiero verla!

La vaca del viejo mundo

pasaba su triste lengua

sobre un hocico de sangres

derramadas en la arena,

y los toros de Guisando,

casi muerte y casi piedra,

mugieron como dos siglos

hartos de pisar la tierra.

No.

¡Que no quiero verla! Sigue leyendo

Borges en el corazón

Gay Talese

«Ahora, todo el mundo está en mi interior», decía el escritor cuando la ceguera le iba permitiendo aislarse paulatinamente de las interferencias del mundo. A los 25 años de su muerte, el gran cronista estadounidense Gay Talese rememora la entrevista en la que lo conoció en Nueva York.

Lo que sigue es la reproducción del relato que escribí de mi única entrevista con Borges, que tenía entonces 62 años (y su madre, de 85), que llevamos a cabo en un hotel de Nueva York (creo que era el Algonquin, en la Calle 44 Oeste) y se publicó enThe New York Times el 31 de enero de 1962. En aquella época, yo tenía 30 años y era redactor del Times; aquel día mi redactor jefe me ordenó que fuera a entrevistar a Borges, cuya obra conocía por supuesto; me sentí ligeramente nervioso ante la perspectiva de conocer a la gran figura literaria en persona.

Nos encontramos en el vestíbulo del hotel, a la hora acordada, y, aunque yo sabía que era ciego, lo primero que me impresionó fue su aparente estado de alerta, la impresión que daba de enterarse de todo, sentado muy recto en una silla tapizada de respaldo alto, desde donde parecía observar las idas y venidas de docenas de huéspedes que recorrían el ruidoso vestíbulo. Junto a él se sentaba su madre, que, a pesar de tener 85 años, no aparentaba más de 60 y que, podría añadir, era de una belleza asombrosa para tener cualquier edad. Pensé que no podía haber sido más bella ni cuando tenía 25 años; porque, a los 85, irradiaba una vitalidad y una energía intemporales, y la suave piel de su rostro era la de una mujer bien conservada que (no me cabía la menor duda) debía de dedicarse a diario a mantener su atractivo; seguro que pasaba horas delante de un espejo con el fin de satisfacer su deseo de representar la perfección para todas las personas con las que se encontrase. Durante la entrevista que hice a su hijo, no pude evitar mirarla mientras nos escuchaba y, a veces, introducía alguna palabra para subrayar lo que estaba diciendo él.

La entrevista no duró más de media hora; he aquí, reproducido, el artículo que escribí en aquella memorable ocasión, en 1962, cuando conocí a Borges y a su inolvidable madre.

Como su padre y su abuelo, su bisabuelo y su tatarabuelo, Jorge Luis Borges se ha quedado poco a poco ciego. Pero hasta la ceguera, dice, tiene ventajas.

«Antes, el mundo exterior interfería demasiado», me decía este intelectual argentino de 62 años ayer en Nueva York. «Ahora, todo el mundo está en mi interior. Y veo mejor, porque puedo ver todas las cosas que sueño. Fue una ceguera gradual, nada trágica», continuó. «Si uno se queda ciego de pronto, el mundo se le hace añicos. Pero si primero pasa por un crepúsculo, el tiempo fluye de manera diferente. No es preciso hacer nada. Uno puede quedarse sentado. Las personas ciegas tienen mucha dulzura. Las sordas, en cambio, no. Las personas sordas son muy impacientes. A veces, la gente se ríe de los sordos. Nadie se ríe de un ciego».

«El jueves», dijo el doctor Borges, «doy una conferencia en… ¿En? ¿Cómo se llama ese sitio?».

«Yale», dijo su madre.

«Eso es, Yale», siguió él. «Voy a hablar sobre William Henry Hudson, un escritor inglés nacido en Argentina. Y el 6 de febrero, estaré en Harvard. El 12 de febrero, en la Universidad de Columbia. Y el 14 de febrero, en Princeton. Hablaré de clásicos argentinos como el magnífico poema Martín Fierro, que trata de un gaucho y fue escrito en 1872 por Hernández. El gaucho es un personaje realista pero poco romántico; también presentaré al otro gran poeta argentino, Lugones, que tradujo a Homero al español».

Durante toda su gira de conferencias, el doctor Borges contará con la ayuda de una memoria extraordinaria, casi absoluta -otra consecuencia de la ceguera-, y de su madre, que, a sus 85 años, parece tan dinámica y se conserva tan bien como una de esas atractivas mujeres de 60 años dadas al narcisismo, algo que no parece ser el caso de la señora Borges. La madre de Borges, como su hijo, pasó la mayor parte de sus años prerrevolucionarios en Buenos Aires luchando contra Juan Perón, y en una ocasión pasó una semana en la cárcel por participar en una manifestación contra él.

«Los escritores sufrieron mucho con el dictador», asegura el doctor Borges, aunque igual de mala era la situación en Argentina hace 30 años, «cuando nos leíamos las obras y nos lavábamos la ropa unos a otros». Pero hoy los escritores han progresado, y en especial él. Es autor de 30 libros de ensayo, poesía y relato, y su primera recopilación traducida al inglés saldrá publicada esta primavera en New Directions, bajo el título Labyrinth.

«No creo que Perón supiera que había literatura en su país», opina el doctor Borges. «Nos puso todos los obstáculos posibles, pero lo que más le importaba, en realidad, era agitar a todo el mundo en contra de Estados Unidos y mandar a la gente a la cárcel».

Aunque el doctor Borges no puede adivinar las consecuencias a largo plazo de la última reunión de la Organización de Estados Americanos en Punta del Este, Uruguay, dice que, «por desgracia», Fidel Castro parece afianzado, y «los comunistas son muy listos».

«Los estadounidenses son siempre unos incomprendidos», añade. «Si dan dinero, la gente piensa que es un soborno. Si no lo dan…», reflexiona, «quizá sea mejor».

La madre del doctor Borges miró su reloj y le recordó que tenían una cita en otro lugar unos minutos después. Me puse de pie, les di la mano a los dos y les agradecí que me hubieran dedicado su tiempo. Volví corriendo al edificio de The New York Times, que estaba a solo dos manzanas, con la esperanza de escribir algo que hiciera justicia al rato que había pasado con aquel extraordinario hombre de letras y su madre. También pensé en lo que había dicho sobre las personas ciegas, sobre todo esta frase inolvidable: «Ahora, todo el mundo está en mi interior… Y veo mejor, porque puedo ver todas las cosas que sueño».

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia. Gay Talese (Ocean City, Nueva Jersey, 1932) ha publicado recientemente en España Honrarás a tu padre (traducción de Patricia Torres Londoño. Alfaguara. Madrid, 2011. 640 páginas) y el año pasado Retratos y encuentros(Alfaguara) y La mujer de tu prójimo (Debate).

‘Hooligans’ ‘versus’ indignados

John Carlin

Si hay una debilidad humana que nos define prácticamente a todos es nuestro apego a las ideas fijas. Buscamos pruebas que las apoyen en los lugares más recónditos o nos negamos ciegamente a aceptar los hechos que las refutan. Caemos todos en ello, los poderosos que deciden nuestros destinos y los que andamos por el mundo haciendo lo que podemos.

Una rígida opinión que yo alimento desde hace tiempo (y siempre que la oportunidad se presenta) es que la sociedad española es más sana que la inglesa. Esta misma semana he encontrado una nueva razón para consolidar mi prejuicio. Me refiero a los disturbios en Londres, que se han extendido por el resto de Inglaterra.

Evidentemente lo que hay de fondo aquí es un descontento social, una insatisfacción con el mundo como es. ¿Cómo responden los ingleses? Pues robando televisores de pantalla plana y zapatillas deportivas, e incendiando coches y casas. ¿Cómo responden los españoles? Pues como han hecho los indignados del movimiento 15-M.

Ahora, di lo que quieras de los indignados -que les falta coherencia, que carecen de propuestas realistas, que son unos quijotes- pero lo que les motiva es el deseo de que tengamos un mundo mejor. Sus impulsos son nobles; sus acciones, claramente políticas. Quieren ocupar la Puerta del Sol, no quemarla y saquear El Corte Inglés. El origen del movimiento está en el desempleo, en la injusticia social, en los grotescos bonus que reciben los primeros responsables de la crisis que sacude el mundo.

El origen de los disturbios ingleses fue la muerte a tiros a manos de la policía de un tipo que, según parece, no disparó antes, pero sí iba armado con pistola, y sí era un pandillero y un matón, y probablemente traficaba con drogas. Como mártires para la causa se me ocurre que debe de haber mejores candidatos. Eso sí, la reacción a su fallecimiento ha sido coherente. Los cabreados ingleses han imitado su ejemplo: violencia, criminalidad, hooliganismo. Pero idealismo político: ni pío.

Igual me equivoco, claro, o estoy siendo deshonestamente selectivo con las pruebas que aporto para apoyar mi tesis. (Por supuesto que hay muchas cosas buenas en Inglaterra: carecen de esa pomposa solemnidad que se da tanto en los españoles, los cultos son muy cultos, la tele es mejor, etcétera). Pero al día de hoy estoy más convencido que nunca de que la generalidad de la sociedad española -la generalidad, insisto- es mucho más civilizada que la generalidad de la inglesa.

Los días del arcoíris

María José Obiol – Babelia

Narrativa. Los días del arcoíris, de Antonio Skármeta (Antofagasta, Chile, 1940), acoge una propuesta de verosimilitud para sus personajes y sitúa el transcurrir de la narración en 1988, en Chile, en el tiempo del plebiscito nacional para determinar la continuidad en el poder del dictador Pinochet. La novela obtuvo el IV Premio Planeta-Casa de América, y está repleta de «dichas y quebrantos», según su autor. En Gracias a la vida, de Violeta Parra, se escucha: «Así yo distingo dicha de quebranto / los dos materiales que forman mi canto», y es en la manera de administrar esos materiales donde Skármeta obtiene su mayor rédito, porque en Los días del arcoíris, el autor con vital calma, sencillez en las palabras y la cadencia debida, organiza el desconcierto, la tragedia, el descubrimiento y el optimismo. En la novela está tanto el recuerdo de un tiempo duro como los trazos precisos para articular la rutina de quienes caminan sus páginas. Unos personajes desde los cuales se mira al Chile de una época y desde donde, al tiempo que se incorporan movilizaciones sociales y una vaga y aparente apertura política, persiste el oscuro sustrato de las desapariciones. Conviven pues, sin estridencias, los diferentes asuntos, «las dichas y quebrantos» de los personajes, tanto para quienes son protagonistas del cambio como para quienes ofrecen pactos pero ejercen represalias. La novela engarza una vida cotidiana no exenta de tragedias personales ni de opresores falsamente retirados, pero también la euforia creciente entre los partidarios del «no» al plebiscito. El contar calmo del autor chileno facilita la comprensión de esa mirada de apariencia apacible que se vierte en Los días del arcoíris. El arco iris fue el símbolo que utilizaron los opositores a Pinochet durante la campaña del referéndum. Quienes dijeron «no», y ganaron.

Historia de amor perfecta: Verano y amor de William Trevor

Alberto Manguel

El gran escritor irlandés William Trevor otorga a lo nimio una importancia vital hasta formar un complejo y exquisito tapiz en el que cada vida depende y modifica a las otras. Verano y amor es una vasta epopeya en la que el autor desgrana el empeño del carácter irlandés, su sentimentalismo, humor y prejuicios, y la dolorida historia de su país

En alguna de sus novelas, Vladímir Nabokov imaginó que su protagonista podría tratar de animar un cuadro de Brueghel, una de esas minuciosas composiciones en las que los incontables personajes retratados en una aldea flamenca cobrarían de pronto vida propia y ofrecerían, no ya un conjunto de pequeñas escenas diversas, sino una sola gran escena móvil y múltiple. Nabokov intentaba, supongo, resolver de alguna manera uno de los mayores problemas técnicos de la narrativa: cómo contar simultáneamente, no de manera falazmente sucesiva, todos los acontecimientos que ocurren a la misma vez en cada uno de los diversos episodios de un relato. ¿Cómo deshacerse del «mientras tanto»? ¿Cómo contar, por ejemplo, y sin imponer una falsa cronología al episodio, el sueño de Don Quijote, las actividades censorias del cura y el barbero, los chismorreos del ama y de la sobrina, y tantas otras cosas que suceden en ese mismo instante ficticio?

Verano y amor es la respuesta que el gran escritor irlandés William Trevor propone a sus lectores. Desde la publicación de sus primeros cuentos y novelas en los años sesenta, Trevor hizo suyo un tono y una estrategia narrativa particular: contar lo nimio como si fuese de una importancia vital, y dejar que pequeños gestos, palabras apenas dichas, amagos, sospechas e intenciones sirvan para llevar adelante la insinuada acción. En sus últimas novelas (ésta fue publicada en inglés hace dos años) Trevor ha afinado su técnica de manera casi perfecta; la traducción de Victoria Malet respeta escrupulosamente la delicadeza y la falta de énfasis del original.

El marco de la novela es Rathmoye, un pequeño pueblo irlandés del día de hoy. Los personajes son campesinos, comerciantes, amas de casa, jóvenes y ancianos: una solterona que sueña con redimir un pecado de juventud, un granjero que se siente culpable de la accidental muerte de su esposa e hija, un bibliotecario que vive en el pasado de una gran mansión abandonada, un joven desilusionado llamado Florian, y la huérfana Ellie, con quien el granjero viudo se ha casado. En las primeras páginas, Trevor nos muestra pequeños retazos de sus vidas aparentemente individuales y aisladas; luego, con enorme destreza, va entrelazándolos gradualmente hasta formar un complejo y exquisito tapiz en el que cada parte, cada vida, depende y modifica a las otras. La novela apenas excede las doscientas páginas, pero al llegar a la última el lector siente que ha participado en una vasta epopeya cuyas raíces remontan al medioevo celta y cuyas ramificaciones no han acabado de proliferar. La dureza y empeño del carácter irlandés, su sentimentalismo y su humor, el particular uso del idioma inglés, mordaz y poético, la dolorida historia de Irlanda, el desenfreno heredado de sus antepasados prehistóricos y los prejuicios inculcados por la Iglesia católica: todos estos aspectos se entretejen en el relato de Trevor con meticulosa coherencia.

Verano y amor es sobre todo la historia de Florian y de Ellie. Florian ha decidido marcharse de Irlanda después de la muerte de sus padres quienes, artistas ellos mismos, siempre supusieron que su hijo también lo sería. La ambición de sus padres condujo a Florian a una sucesión de frustraciones, y sólo la huida a un país desconocido (Noruega, tierra inmensamente extranjera para un irlandés) parecería ofrecerle la posibilidad de una vida lograda. Pero poco antes de partir, Florian se encuentra con Ellie. Casada, paciente, desamorada, Ellie piensa que la suya es la vida a la cual está destinada, hasta que conoce a Florian. Entonces se dicen unas pocas palabras, logran unos pocos encuentros, y al final del verano, Florian se va. Eso es todo. Podría decirse que nada sucede en esta breve novela, o casi nada, salvo el nacimiento y el obligatorio fin de una pasión amorosa. Sin embargo, eso basta para que, contada en la magistral voz de Trevor, Verano y amor sea una de las más perfectas historias de amor de nuestro tiempo.

Los mejores herederos del Covarrubias

Winston Manrique Sabogal

Seis años tardó Sebastián de Covarrubias Orozco en redactar el que se convertiría en el padre de todos los diccionarios generales del español o castellano. Pero, ¿qué debe tener un buen diccionario? Para José Antonio Pascual, vicedirector de la RAE y responsable del Diccionario histórico de la Academia, este debe cumplir ante todo con dos condiciones: «Tener un buen método, porque un diccionario no lo hace cualquiera y debe incluir aspectos como la semántica o la lexicografía, y debe ofrecer datos fiables». Aunque son muchos los diccionarios generales, solo unos pocos se han convertido en referencia y se pueden considerar como herederos del Covarrubias. Los cuatro primeros son de la RAE y los describe el propio Pascual:

DRAE. «Es el primer diccionario del español, después del Covarrubias, y motivo por el cual se creó la Real Academia en 1713. De allí salió elDiccionario de autoridades, 1726-1739. Desde entonces se han hecho 22 ediciones, la próxima será en 2014. Su función es la de dar al hablante seguridad en el significado de las palabras, permitir elegir las adecuadas, saber con cuáles se combinan unas y otras y en qué situaciones y lugares se utilizan».

Del Estudiante. «Está previsto para lo mismo que el de Autoridades, pero en el caso de una persona de otro nivel que se está formando. Si el DRAE ofrece 80.00 palabras este tiene unas 40.000 y busca suplir unas necesidades concretas».

Panhispánico de dudas. «Al igual que el de dudas de Manuel Seco, es un modelo para resolver casos concretos, qué palabras se pueden emplear en determinada circunstancia; no se busca el hecho del uso sino los problemas para no incumplir la norma».

De americanismos. «Fundamental porque sirve para que nos demos cuenta de que existen usos distintos en diferentes lugares y la variedad americana requiere por su extensión una consideración particular. Nos viene estupendamente para poder entendernos y, lo más importante, afrontar la lectura de los textos de autores de allí».

María Moliner. Joaquín Dacosta, director del Departamento de Lexicografía de la editorial Gredos y encargado de la dirección del María Moliner desde 1994: «Supuso una alternativa al de la Academia, hecho con otros criterios, mucho más ambicioso al ser menos conservador. Supuso una ruptura al pretender no solo explicar el significado de las palabras sino enseñar a usarlas, y convertirse así en un instrumento del uso del idioma más ajustado a la realidad, sin olvidar ni desdeñar el uso antiguo. Lo más importante del María Moliner es la documentación en uso real con textos y referencias hoy con un método más científico apoyado en los ordenadores. Desde su salida en 1966 se han hecho otras dos ediciones (1998 y 2007)».

Diccionario del español actual, de Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos. «Es el primero que registra el léxico de una época basándose en documentación real de la misma y el segundo diccionario general después del DRAE que se compila a partir de textos del uso real. Recoge el vocabulario de la segunda mitad del siglo XX, presentando por cada palabra y cada acepción testimonios auténticos del uso escrito», según la contraportada.

Diccionario ideológico de la lengua española, de Julio Casares. Su clave y valor radica en que está estructurado a la inversa de los diccionarios convencionales y va a la palabra a partir de su definición. Se publicó en 1942 por primera vez.

Pequeño Larousse. Diccionario enciclopédico de consulta que cumple cien años de su primera edición en español. Primer acercamiento a una obra de estas características por parte del gran público.

El nuevo Premio Formentor, para Carlos Fuentes

J. Rodríguez Marcos, El País

El galardón renace 50 años después de que lo ganaran Borges y Beckett

«Para mí es un honor recibir un premio que hace 50 años, cuando se concedió por primera vez, recayó en Borges y Beckett», dice Carlos Fuentes por teléfono desde su casa de Londres. El escritor mexicano, de 82 años, se refiere al nuevo Premio Formentor de las Letras, que le fue concedido el 1 de agosto, por el conjunto de su obra.

El galardón otorgado al autor de Terra nostra supone la reencarnación del mítico premio que en 1961 impulsó Seix Barral con la colaboración de una decena de editoriales extranjeras, entre ellas Einaudi y Gallimard.  Aquella distinción tenía dos modalidades: el Prix International de Littérature y el Premio Formentor.  Uno reconocía a un escritor de resonancia mundial.  El otro, una novela presentada por alguno de los editores reunidos en el famoso hotel de la península mallorquina y que luego era publicada por todos los demás.  Samuel Beckett, Borges, Uwe Johnson, Saul Bellow y Witold Gombrowicz forman parte del primer palmarés.  Juan García Hortelano, Dacia Maraini, Jorge Semprún y Gisela Elsner, del segundo. Con el tiempo, el premio terminó concediéndose en Corfú, Salzburgo y Túnez hasta languidecer.

Aquella iniciativa, que abrió al mundo la edición española durante la dictadura franquista, no fue el único signo de vitalidad.  En 1959, Carlos Barral y Camilo José Cela habían organizado en el mismo hotel unas conversaciones de escritores no menos legendarias, y en 1962, la propia Seix Barral inauguraba el Premio Biblioteca Breve.  Cinco años más tarde recayó en Carlos Fuentes por Cambio de piel.

Hoy el panorama es muy distinto, en parte porque ya ha germinado la semilla sembrada en Mallorca. «Ya no hay un centro mundial de la edición», afirma Fuentes, que el día 27 recibirá en el hotel Barceló Formento los 50.000 euros del galardón. «Todo está globalizado. Günter Grass, Nadine Gordimer y Juan Goytisolo son alemán, sudafricana y español pero son, sobre todo, novelistas. Antes, los americanos debíamos pasar obligatoriamente por Europa. Ahora son más bien los europeos los que deben pasar por América». Para el Cervantes de 1987, la mundialización incluye a los autores de lo que él bautizó como territorio de La Mancha: «Hace dos años México fue el invitado al Salón del Libro de París.  Acudieron solo escritores traducidos al francés y había 42.  En los años sesenta los latinoamericanos traducidos eran apenas Carpentier y, otra vez, Borges».

Gloria y desaparición del diccionario en la era digital

José Antonio Millán

Los diccionarios son uno de los muchos objetos que han desaparecido de la mesa de trabajo de escritores, estudiantes, investigadores…, junto con bolígrafos, cuadernos y tablas de logaritmos, sustituidos todos por un rectángulo iluminado provisto de teclado. No es que hayan perdido su utilidad, sino que las funciones que cumplían las cubren ahora un conjunto de programas y sitios web.

Los diccionarios han servido para saber el significado de una palabra, cómo se integraba en una frase (los de construcción), con qué otras podía ir (combinatorios), para buscarla en otro idioma (bilingües), localizar equivalentes (de sinónimos), comprobar su escritura (ortográficos), para buscar rimas (inversos), o resolver problemas (de dudas). También han informado no sobre la lengua, sino sobre el mundo (enciclopédicos). A estas categorías históricas habría que añadir una nueva: las obras en colaboración, cuya máxima expresión son la enciclopedia Wikipedia, que ahora cumple diez años, y el diccionario Wikcionario, que han abierto una nueva era de autoría colectiva.

En el contexto digital no hay ni que conocer el orden alfabético: basta pulsar unas teclas, o pronunciar en voz alta en un teléfono la palabra buscada para que aparezca su definición. Numerosas aplicaciones permiten consultar una palabra haciendo clic sobre ella, o tocándola con el dedo (en programas de lectura como Instapaper o traductores en navegadores web). También se puede muchas veces acceder a una palabra desde cualquiera de sus formas, acabando con la tradicional queja de extranjeros y (malos) estudiantes: «¡En este diccionario no viene conduje!». E incluso oír como se pronuncia.

Una función que antaño correspondía a los diccionarios, pero que ahora se oculta en los códigos del teléfono móvil o del procesador de textos, es la comprobación de la escritura (¿ahíncohaínco?) o de la construcción (¿te prevengo quete prevengo de que?). Aunque esta revisión se vuelve molesta cuando el dispositivo las aplica a la redacción de un texto informal, como un SMS. Precisamente una tarea pendiente de estas útiles ayudas digitales es modular su presencia según el tipo de texto.

Cuando sólo existía como libro, el diccionario nada más podía consultarse por la palabra de acceso, pero es absurdo que esto siga ocurriendo en Internet. El diccionario de la Real Academia permite leer sus definiciones en línea, pero no buscar en su interior, aunque esto puede facilitar ciertas consultas: ¿cómo se llama un reloj con música?, ¿y la cadena del reloj de bolsillo? Si pudiéramos ver en qué entradas está presente reloj llegaríamos con facilidad a «carillón» y a «leontina». Por fortuna, ha aparecido el sitio Dirae, que permite hacer estas búsquedas en el diccionario académico. En otra obra en línea, Clave, sí que se puede buscar dentro de las definiciones, o ver qué palabras terminan igual que otra dada (para reloj: bojtroj). Ni en Clave ni en el DRAE en Internet se puede buscar conduje.

Pero muchas personas que hoy crean o leen textos lo hacen digitalmente, conectados a Internet, y no sólo usan obras de consulta incluidas en programas, o diccionarios en línea, sino que han aprendido a sacar partido a los buscadores. Los diccionarios escolares ilustraban palabras infrecuentes, pero hoy los estudiantes saben que para ver cómo es una babirusa basta escribir su nombre en un buscador. Igual que los nombres propios: muchos correctores los incorporan, aunque siempre se puede resolver una duda mediante un «plebiscito Google». ¿Se escribe GutenbergGutemberg?: ¡gana la primera por 26 millones de apariciones frente a 7!

Por lo general los diccionarios tienen una sólida identidad: está «el de la Academia», «el de Seco», etcétera, pero ¿sabemos qué diccionario nos ayudará al hacer clic en un ordenador o teléfono? Muchas veces no. Será el que juzga conveniente el creador del programa, o el más barato… Por otra parte, aún quedan importantes diccionarios que no están en soporte electrónico (el del Español actual, de Manuel Seco, o Redes, de Ignacio Bosque), y otros existen solamente en papel o CD-ROM (como el Oxford English Dictionary). Un estudioso puede acabar con dos o tres tomos abiertos junto al ordenador más un CD en el lector.

El diccionario del futuro desarrollará interfaces de consulta combinadas con análisis contextuales. Habrá, por ejemplo, menús con sinónimos ordenados según aceptabilidad. Haciendo clic sobre harto se desplegará cansado, hasta las narices(marcado como vulgar) y en rojo otras menos aceptables. La aplicación habrá descartado, para ese texto concreto, harto como equivalente a saciado.

También podrá alertarnos sobre peculiaridades regionales. A un mexicano que escriba un correo a una dirección española se le propondrá que sustituya profesionista porprofesional, y a un español escribiendo a Argentina se le ofrecerán alternativas al verbo coger. El típico caso en el que el hablante no encuentra una palabra se resolverá sobre la marcha: escribiendo «querría * una cita» se nos propondrá acordar, concertar…

En el momento en el que los diccionarios se integren del todo en los procesadores y navegadores, olvidando sus antepasados en papel, habrán conseguido su finalidad: ayudar a las personas con dificultades en su lengua o en una ajena. Pero también habrá desaparecido su individualidad, su autoría (corporativa o individual), que figurará, en el mejor de los casos, en la letra pequeña del Aviso Legal de un programa. El usuario que escribe o lee en un teléfono o en un ordenador tendrá una comodísima ayuda para construir una frase, para entender un texto, pero puede que nunca llegue a saber con la autoridad de quién se le brinda, ni cuántas horas de trabajo costó, ni mucho menos a quién agradecer el esfuerzo…

La «batalla de la verdad» en torno al 18 de julio

José Andrés Rojo, El País

Ángel Viñas explora los primeros pasos de Franco como conspirador y golpista y el papel de la diplomacia británica en la trama que llevó a la Guerra Civil

Hay, en la primera parte del último libro de Ángel Viñas, mucho de trabajo detectivesco. El cadáver es el del general Amadeo Balmes. Murió en Las Palmas de Gran Canaria el 16 de julio de 1936: por lo que se dice, de un accidente. Había ido a probar unas armas al campo de tiro, se le encasquilló una de ellas y, según la versión del chófer que lo acompañó, «apoyó el cañón en el vientre para, con la mano derecha, hacer más fuerza y dejar corriente el arma, con tan mala fortuna que se disparó ésta, que es un Astra del 9 largo». No resulta muy sensato ni creíble utilizar semejante procedimiento para resolver ese problema. ¿Qué pasó entonces? Pues que igual al tipo se lo cargaron. Ésa es la hipótesis del detective, y entonces el historiador entra en escena para proceder a la investigación. Como no queda nadie vivo de los que estuvieron cerca del episodio, no hay otra que interrogar a los papeles (documentos, periódicos, libros, correspondencia). Dos días después de la muerte de Balmes, el general Franco sale de Gando en el Dragon Rapide, el avión que los militares rebeldes le han facilitado para que pueda volar hasta Tetuán y tomar el mando de las tropas de África. ¿Hay alguna relación entre una cosa y otra? Viñas sostiene que sí, que la muerte de Balmes facilitó el triunfo de la rebelión en Gran Canaria y que sirvió de coartada a Franco para viajar desde esa isla, y no desde Tenerife (donde residía), para realizar la misión que Mola le había encomendado. Más allá de poder probar que lo de Balmes fue un asesinato (faltan demasiadas piezas, pero muchas pistas confirman la verosimilitud de esa hipótesis), lo revelador del trabajo de Viñas es su reconstrucción del escenario donde Franco dio sus primeros pasos como conspirador y golpista. Y la narración de cuanto rodeó al viaje del avión desde Londres. Unos episodios minúsculos, pero que muestran cómo la trama civil estuvo finamente engarzada con la militar y cómo fueron manejándose los hilos que iban a garantizar el éxito de la rebelión en las islas Canarias, un paso imprescindible para que Franco tuviera el camino abierto para ocuparse de los recursos militares de África.

En la segunda parte del libro, el detective se convierte en un diligente diplomático que revisa los papeles de la embajada y los servicios secretos británicos. Los que planificaban acabar con la República sabían que uno de sus retos mayores era conseguir que Inglaterra se inhibiera cuando las cosas se pusieran en marcha. Tuvieron suerte. En su investigación, Viñas muestra cómo el factor humano tiene en esta historia un peso relevante. En julio de 1935 se jubiló como embajador británico en España sir George Grahame que, hasta entonces, había dado una visión bastante ajustada y acertada de lo que estaba ocurriendo en el seno de la República. Poco antes se había ido, además, el segundo de a bordo. Los que llegaron, nuevos en esta plaza y escorados ideológicamente a la derecha, no tardaron en escuchar cuanto alimentaba su pavor a los comunistas. Viñas desgrana los telegramas enviados al Reino Unido que explican cómo este país terminó abandonando a la República a su suerte. La intoxicación a la que fueron sometidos sus diplomáticos por sectores próximos al golpe les llevó a decir, incluso, que España corría el peligro de convertirse «en una ‘aglomeración de pequeños Estados soviéticos». Viñas vuelve a tomar en la última parte del libro, y en el epílogo, la voz del historiador para reflexionar sobre «la batalla de la verdad», y hacer un apasionado alegato contra las mitificaciones que abundan a la hora de contar la Guerra Civil española. Quizá dos de sus conclusiones sirvan para resumir su posición: fue la política británica la que condenó a la República y la revolución, antes de producirse el golpe, nunca estuvo «en el orden del día».