Luis Fernando Moreno Claros – Babelia
Concluye una nueva traducción de una obra de arte: José y sus hermanos. El cuarto tomo de una tetralogía bíblica -escrita entre 1926 y 1943- en la que el Nobel alemán expresa su protesta de la política de su tiempo.
Thomas Mann, Premio Nobel de Literatura 1929, Premio Goethe 1949
Aparece al fin en castellano el cuarto volumen de la tetralogía literaria José y sus hermanos, la saga bíblica que Thomas Mann (1875-1955) inició en 1926. En principio iba a ser una «novela breve» sobre la historia de José, el hijo predilecto del patriarca Jacob, abandonado en el desierto por sus diez hermanos mayores. Pero la narración fue cobrando dimensiones extraordinarias y sólo concluiría en 1943 (cuatro tomos, unas 1.600 páginas). Durante 17 años, Mann se entregó a aquella tarea con el gozo de un contumaz escritor, presto a evadirse de las circunstancias políticas europeas mediante una «fuga literaria» a un Cercano Oriente imaginario.
Fue el gran Goethe quien observó que la historia bíblica de José «era muy bella, pero demasiado corta». Thomas Mann, enamorado asimismo de aquella narración, aceptó el reto de alargarla con peripecias y enriquecerla con matices; la antigua Galilea, dominio de Yahvé -el dios de los judíos-, así como el Egipto de Amenhotep IV le parecían escenarios idóneos a los que trasladarse en espíritu para recrear a su manera mitos fundamentales de la civilización europea. El escritor viajó a Egipto en dos ocasiones y quedó cautivado por el ambiente que tan bien plasmaría más tarde en esta obra singular.
Los dos primeros tomos de la saga, Las historias de Jacob y El joven José, aparecieron en 1933 y 1934 respectivamente; el tercero, José en Egipto,quedó interrumpido durante los años del exilio: Hitler llegó al poder en Alemania y Mann, perseguido por los nazis, se instaló en Estados Unidos; así, la novela vería la luz en 1936, mientras que el último volumen se publicó en 1943.
Este volumen último mantiene el pulso con los anteriores (Ediciones B, 2000, 2003 y 2008): tras el frustrado intento de seducción de José por parte de la mujer de Putifar, peripecia descrita en el tomo precedente, aquél debe exiliarse; pero casi de inmediato vuelve a ganar el favor del Faraón gracias a su interpretación del sueño de las siete vacas gordas y las siete flacas. José salva Egipto de la hambruna (de ahí el nombre de «proveedor»). Armado de gran poder en la corte egipcia urdirá una trampa burlona en la que enredará a sus hermanos mayores. Conseguirá que su padre Jacob y el hijo predilecto del anciano patriarca, Benjamín, viajen a Egipto, y allí tendrá lugar el reencuentro de la familia y el desenlace de la historia. Aunque conozcamos el final de la saga -pues Mann no se separa del relato bíblico- , su genio artístico consigue entretener al lector, de manera que merece la pena la paciencia de la que hay que hacer gala para hincarle el diente a los cuatro tomos de esta grandiosa novela; al igual que Mann en su día, el lector de hoy también se fugará a Egipto para reencontrarse con la actualidad de una obra de arte, en cuyo núcleo la grandeza de lo eterno y primigenio lo ayudarán a olvidar lo común y pasajero.
Esta obra fue acogida con cierta distancia, nada comparable al clamor que habían suscitado Los Buddenbrook o La montaña mágica; las historias del viejo Jacob y del ascenso político de José en la corte del Faraón pasaron casi desapercibidas. La saga quedó dentro de la inmensa producción de Thomas Mann como una excentricidad, pero él se la tomó muy en serio: se documentó hasta la pedantería sobre el mundo mítico hebreo y egipcio; en sus personajes vertió sus propias obsesiones, pero también su gran empresa fue una manera de protestar contra la política de su tiempo. Después de su frustrada apuesta ideológica por el nacionalismo prusiano, hacia 1924, Mann sufrió una crisis espiritual: los valores nacionales individualistas debían dejarse a un lado en favor de convicciones éticas universales, y nada mejor que el recurso a lo mítico y primigenio para sacar estas últimas a la luz.
El autor de El viejo y el mar dedicó su vida literaria a la búsqueda de la emoción a través de una prosa aparentemente sencilla. «Quería escribir como pintaba Cézanne», escribió el Nobel estadounidense. En el cincuentenario de su muerte, se reeditan sus obras.
Porque de alguna manera se lo prometí al propio autor hace unos días, me propongo disertar en corto sobre esta nueva novela póstuma de Roberto Bolaño. El problema (porque lo hay) es que la leí sin en ningún momento pensar que algún día tendría que escribir sobre ella. Es decir, la leí por el puro placer de leerla y sin tratarla como material sobre el cual discurrir/producir. Escribiendo sobre ella, en cierto modo me siento como si lo hiciera sobre un suceso que hubiera visto en la calle y que me hubiese llamado poderosamente la atención, pero sin que diera lugar a reflexión posterior alguna. ¿Qué tipo de suceso? Pues, por ejemplo, cruzarme con una belleza deslumbrante que reforzara el buen humor: no vuelvo a pensar en la causa, sólo queda el efecto. ¿Y cómo era esa beldad? ¿De qué color eran su pelo, sus ojos? ¿Cómo iba vestida? ¿Sonreía? Si he de ser sincero, no me acuerdo, y a partir de aquí no habrá más que una sucesión de errores y malentendidos.
El autor de El proceso no fue un dibujante tímido o dubitativo. Sus dibujos tienen agilidad, intención y nervio. La edición de 41 de ellos, acompañados de fragmentos de sus textos, lo presenta como un precursor de la estética futurista.
No estás deprimido, estás distraído. Distraído de la vida que te puebla, distraído de la vida que te rodea, delfines, bosques, mares, montañas, ríos. No caigas en lo que cayó tu hermano, que sufre por un ser humano, cuando en el mundo hay 5,600 millones.
Narrativa. Después de dar por terminada la tetralogía A merced de una corriente salvaje (Alfaguara, 1999-2002), Henry Roth, cada vez más deteriorado por la artritis, siguió escribiendo con serias dificultades y voluntad de hierro, y dejó tras su muerte una buena cantidad de páginas que han terminado convirtiéndose en esta Un americano. Roth no tuvo tiempo de darle forma, de manera que estamos ante una novela montada con esos materiales, pero hay que decir que la costumbre norteamericana del editing nos permite leer un rescate muy importante. La novela consta de un cuerpo central en el que cuenta la liberación de sus ataduras familiares y personales y se sitúa entre los años 1934, año en que publica su celebrada Llámalo sueño (Alfaguara, 1990), uno de los grandes clásicos de la narrativa americana del siglo XX, y 1938, en que contrae matrimonio con Muriel Parker. Un prólogo y un epílogo enmarcan el libro entre el momento en que conoce a Muriel y el momento en que, cerca de su muerte, recuerda la de su mujer.
Para Borges es el más grande escritor español del Siglo de Oro en España. Ello quizá porque Quevedo, en la plenitud de la literatura de su país, es un vivo representante de la mentalidad de la Edad Media europea. Por ello es capaz de decir que los herejes reciban los peores castigos. “Los castigos, todos son justos y todos son pocos”. Es un moralista prepotente, un inquisidor, que desconoce la compasión. Al leerlo, Borges lo defiende diciendo que en Quevedo los apetitos son “vehementes”. Más que el sentimiento amoroso, en él está presente el desengaño, la melancolía; yo agregaría la furia de no ser amado.