La casa de cristal

Martín Fernández-Ordóñez

La casa de cristal, el invernadero, son lo contrario de la madriguera, un mundo protegido pero en el que todo es visible, transparente, el sueño de una situación en que la madriguera ya no fuese necesaria.  Jean Frèmon (Fragmento de “Louise Bourgeois, Mujer Casa”)

El no tiene nombre, lo olvidó en una de las esquinas de las múltiples habitaciones de la casa de cristal. Tal vez lo dejó por descuido sobre una mesa antigua, o quizás este se haya deslizado por la bolsa de su camisa mientras buscaba frenéticamente en alguno de los baúles. De haber sido así, queda poco por hacer. A través de las paredes transparentes logra divisar el intrincado corredor que distribuye las varias estancias, pero se encuentra muy cansado para recorrerlo. Se sienta en el suelo empolvado, ve hacia arriba y a través del techo transparente cree reconocer unos inmensos ojos que lo observan con terror. No soporta la espeluznante visión, se agarra la cabeza con las manos y trata de protegerse metiéndola entre las rodillas. En posición fetal.

Ahora es un niño, ha cambiado su semblante pero el lugar es el mismo. De las paredes de cristal cuelgan cuadros con figuras indefinidas, podrían ser paisajes, manchas abstractas o fotografías borradas. Ninguna de las dos primeras opciones tendría importancia alguna pero la tercera sí. ¿Y si realmente se tratara de imágenes borradas? ¿Y si éstas fueran tan sólo las sombras de momentos vividos que ya no puede recordar? ¿Significaría aquello que de sus recuerdos solamente puede conservar imágenes nubladas, indefinidas? Se pone de pie y observa una a una las obras contenidas dentro de aquellos barrocos marcos dorados. Va con desesperación de una a otra, con una ansiedad que aumenta cada vez que reconfirma, que lo único que logra distinguir en ellas son sombras de sus recuerdos. Memorias que un día estuvieron allí, momentos que podía recrear y vivir nuevamente cada vez que deseara pasearse por la inmensa galería de su pasado. Pero ahora se han ido. Se le han escapado. Lo han dejado solo.

A través de la pared puede verse un jardín rodeado por un muro de altos arbustos. Tiene ganas de salir, necesita respirar aire puro para tranquilizarse y pensar con calma. Quizás ha pasado demasiado tiempo encerrado dentro de la casa, dedicándole demasiado tiempo a su ímpetu de recuperarse a sí mismo. Podría ser que en el jardín encontrara alguna pista, eso sería muy reconfortante. Decide salir de la galería de los cuadros de sombras y accidentalmente pasa frente al salón con su inmensa chimenea de mármol. ¿Es posible que el fuego todavía no se haya extinguido? ¿Pero en dónde están los muebles que daban a esta habitación su carácter de cómoda y exquisita elegancia? El suelo es de mármol blanco y está casi alfombrado de hojas secas y ramas. La puerta principal está abierta y por ella entra un viento fuerte. ¿Es que había alguien más en la casa y al salir olvidó dejar la puerta cerrada con pasador como era la costumbre?

Sin pensarlo dos veces corrió hacia el vestíbulo adornado por un viejo chandelier y amueblado por una amplia escalera curva y doble de cristal. Se dirige hacia el jardín. El jardín, ahí puede que se encuentre la chiave di volta. Camina a paso ligero alrededor de la casa y mirando hacia adentro distingue el desorden que ha provocado con su búsqueda. El jardín es un laberinto como los que se mandaban construir los reyes franceses del barroco. Se adentra entre uno de los corredores verdes y luego de un par de vueltas ya está perdido. Mientras más camina más angostos se hacen los pasillos y más tupida se hace la vegetación. Le invade una sensación de claustrofobia. Adentro de la casa de cristal sentía mucho frío y ahora, adentro de este laberinto vegetal se descubre bañado de sudor. Muerto del cansancio cae el suelo y no puede dejar de preguntarse por qué no consigue apagar la bulla de su cabeza, accionar el botón del silencio eterno y soñar en blanco. Pero sabe que tiene que seguir, siente urgencia por encontrar alguna salida del laberinto.

Se pone de pie y se sacude la tierra de sus pantalones blancos. Caminando con un poco de más calma llega hasta el que pareciera ser el centro del jardín, en el cual desembocan ocho salidas/entradas del laberinto. Se encuentra en un espacio rectangular parecido a una plaza y en el centro luce impecable una maqueta exactamente igual a su casa de cristal. Están reproducidos todos sus detalles: la puerta principal con su marco labrado, las ventanas con sus sillares neoclásicos, los techos a dos aguas, las balaustradas de las terrazas. Se acerca lentamente y desde el techo trata de ver hacia adentro. Limpia con la manga de su camisa de lino el vaho de su respiración y de pronto lo invade un escalofrío cuando reconoce en el interior a una figura pequeñita vestida de blanco, acuclillada en una esquina, que de pronto mira hacia arriba y lo observa con similar terror.

Bicentenario de Charles Dickens, un genio clásico que sigue vigente

Clarín

Retrató, en novelas complejas y al mismo tiempo populares, la miseria y la pobreza.

En una fábrica de betún para calzado, cerca de la que hoy es la estación de trenes Charing Cross, de Londres, Charles Dickens comenzó a trabajar. Pegaba etiquetas en las latas por 6 monedas a la semana. Aunque era un hijo de la clase media, su padre se pasó la vida de deuda en deuda, hasta que por la época en que Dickens comenzó a trabajar, a los 12 años, estaba preso justamente por éso: por no pagar sus deudas.

Dickens nació en Landport, Portsmouth, el 7 de febrero de 1812, hace exactamente 200 años. Su padre trabajaba en una dependencia naval y él era el menor de ocho hermanos. En 1817 la familia comenzó un largo periplo, hasta que en 1822 llegaron a Londres, la neblinosa ciudad en la que John, su padre, termina en la cárcel de Marshalsea. Charles se mantenía con lo que ganaba en la fábrica y además ayudaba a su familia, que vivía en la cárcel junto al padre.

Hasta los 9 años, Dickens no había recibido ninguna educación formal, fue casi un autodidacta, si se exceptúa su paso por una escuela privada, pero pasaba el tiempo leyendo: fue un lector voraz, especialmente de libros como Robinson CrusoeDon Quijote .

Las cosas parecieron comenzar a mejorar cuando su abuela materna murió y dejó una herencia de 250 libras. Pero Elizabeth, su madre, pretendía que Charles continuara con su trabajo en esa fábrica de betún. Es decir, en condiciones de humillación, de casi esclavitud. Era la vida miserable que podía esperarse de esa sociedad victoriana de comienzos del siglo XIX.

En 1827 comenzó a escribir crónicas judiciales, aprendió taquigrafía y consiguió su primer empleo como cronista parlamentario. Dickens tuvo una leve tentación por el teatro, pero finalmente lo ganó, de manera contundente, la escritura. Fue reconocido en Londres como un gran cronista y por esos años publicó las primeras entregas de “Los papeles póstumos del club Pickwick”. En 1836 se casó con Catherine Thompson, con la que tuvo diez hijos. Se separó de ella después de 20 años de matrimonio, con un enorme escándalo.

Pero mucho antes, la fama de Dickens traspasaba las fronteras. Tuvo, entre otras habilidades, la de hacer que sus novelas, complejas, fuera populares. La publicación por entregas en medios gráficos de Oliver Twist, con esa enorme descripción de la pobreza y los suburbios de Londres, el relato de un niño huérfano con la brutalidad como único horizonte, fueron claves. Después llegaron Nicholas NickelbyEl almacen de antigüedades, en la que la protagonista es una niña rodeada de gente siniestra. Dickens comenzó a viajar –a Estados Unidos, entre otros países– y poco después escribió Cuentos de Navidad. Entre 1849 y 1850, publicó David Copperfield.

El mundo celebra los 200 años de su nacimiento. Dickens, que murió el 9 de junio de 1870, sigue siendo uno de los escritores de lengua inglesa más leídos. Entre los homenajes, uno de los que más hay que festejar es la reedición de Dickens. El observador solitario , de Peter Ackroyd, que Edhasa publicará en marzo.

Diario de invierno, de Paul Auster

Javier Aparicio Maydeu, El País

Siguiendo la estela elegíaca o nostálgica de otras aventuras otoñales de grandes narradores contemporáneos en busca de la propia identidad y liberados a través de la confesión ficcional, —Pelando la cebolla o La caja de los deseos de Günter Grass, Hombre lento de Coetzee, Elegía de Philip Roth, Se está haciendo cada vez más tarde de Tabucchi, Calle de las tiendas oscuras de Modiano—, Diario de invierno completa, con impudor, ironía e introspección elevada a la enésima potencia las tentativas autobiográficas que Paul Auster inició con El cuaderno rojo (1993) y A salto de mata. Crónica de un fracaso precoz (1997) y que trazan la vida de este chico judío y cosmopolita pero sumamente americano que, como Nabokov, Henry Roth o Richard Ford, quiso también compartir con sus lectores una versión novelada de su verdadera vida, una historia verdadera como la que proclamaba en El cuaderno rojo.

La sofisticada retórica de la segunda persona elegida por el autor de Leviatán controla un discurso monológico que formalmente quiere presentarse, literalmente (y literariamente), como un diálogo de Auster consigo mismo, pieza teatral en un acto en el que Mr. Auster recuerda a Paul desde su tierna infancia en Nueva Jersey hasta su vida feliz con Siri Hustvedt en su residencia de Brooklyn, un desdoblamiento al parecer inevitable a juzgar por lo que el propio Auster escribió en Experimentos con la verdad, a saber, que “en el proceso de escribir o pensar sobre uno mismo, uno se convierte en otro”.

Y Diario de invierno, su esmerado autorretrato con retoques, como los de Beckmann, Hockney o Lucian Freud, en ocasiones un diario personal consigo mismo por persona interpuesta y por momentos unas memorias en toda regla, podría verse con las mismas lentes con las que Auster observó que su novela La invención de la soledad no respondía a una autobiografía propiamente dicha, sino a “una reflexión sobre ciertas cuestiones, conmigo como personaje central”. ¿Qué cuestiones son las que se abordan aquí? Su condición judía, su condición cosmopolita (un trotamundos de Nueva York a Nueva York con escalas en medio mundo y años de trasterrado en París como un rezagado escritor bohemio de la Generación Perdida de Dos Passos), su condición humana (la sexualidad adolescente, retratada aquí de forma convencional, sin que el talento venza al tópico; la pertenencia a un árbol genealógico de cuyas ramas cuelga un asesinato; la tristeza por la pérdida de los progenitores; su educación sentimental, la felicidad conyugal y paterna, la conciencia de la decrepitud física), su condición de inquilino de veintiuna sedes inmobiliarias listadas y descritas à la mode de Perec, como especies de espacios, y su condición de escritor, esto es, de lector, que ya avanzó en A salto de mata y en su novela alegórica Viajes por el Scriptorium, y que se encarna en su máquina de escribir Olimpia, su tesis con Edward Said o sus novelas de éxito. Al fondo se percibe su condición política, de izquierdas, of course (lo que sea que signifique eso para el Tío Sam).

Bienvenidos al paraíso de la memoria afectiva de la mano de esa bendita impostura literaria que juega a las cartas con la verdad y acaba siempre venciéndola. Diario de invierno (o ¿Quién soy yo? Segunda parte. Crónica de un éxito atroz) es un puzle sentimental que alterna algunas páginas anodinas con episodios de alta graduación emocional y evocaciones soberbias, capaces de enaltecer cualquier momento insignificante de la vida cotidiana. Es el libro de las ilusiones y los desengaños. Es el libro de la vida de un hombre, pero admitamos que es sobre todo el libro de la vida de un escritor, capaz de crear un mundo entero de sensaciones alrededor de un retrete atascado o del cuerpo de una madre muerta, el libro de una persona “precaria y dolida, un hombre que lleva una herida en su interior desde el principio mismo, ¿por qué, si no, te has pasado toda tu vida adulta vertiendo palabras como sangre en una hoja de papel?”.

Ahora “has entrado en el invierno de tu vida”, Paul, se dice Mr. Auster. Por eso te inquieta esa herida y rastreas aquí su origen.

El Quijote, anotaciones de un lector 13

Jorge Luis Contreras Molina

Capítulos 36, 37 y 38

En La montaña mágica, casi al final, se evoca al soldado inexperto que marcha sin queja hacia su destino: “¡Adiós! ¡Vas a vivir o a caer! Tienes pocas perspectivas; esa danza terrible a la que te has visto arrastrado durará todavía unos cortos años criminales…”.

Don Quijote discurre.  Lo hace a la manera de Sócrates.  Encomia al soldado.  Lo compara con el hombre de letras.  Aquel es, por supuesto, superior porque se le paga tarde (y su espera se torna épica como la del coronel de García Márquez) o nunca, porque su oficio es peligroso para el cuerpo y para la conciencia, porque se es siempre pobre, porque se enfrenta sin reparos a ministros de la muerte que lo signan, lo eligen, lo matan.

Cervantes alaba su oficio de soldado. El fragmento es autobiográfico.  Ya don Quijote se descubre ante todos como loco.  Antes tenían solo noticias que parecían falsas ante la corrección idiomática y de actos del hidalgo.  Esto a pesar de que hasta el cura le da la razón en cuanto a la superioridad del soldado por sobre el estudiante.

Esa capacidad de autocrítica es propia de la gran literatura y de los grandes autores.  El escritor critica su teórico oficio que se ve superado por la práctica labor del raso que cae y es sustituido en la batalla por el siguiente.

Homenaje a Héctor Gaitán

Como homenaje a Héctor Gaitán, historiador, escritor y periodista guatemalteco, les compartimos el enlace al vídeo que filmara New Media UFM en julio de 2007, durante la participación de este personaje en el Club del Terror: cuentos de miedo de las calles del centro histórico, de la Biblioteca Ludwig von Mises.

Héctor Gaitán Alfaro nació el 25 de enero de 1939 y falleció el día de hoy a la edad de 72 años; fue autor de varios libros sobre la historia de Guatemala.  Su serie más recordada es La calle donde tú vives, con varias ediciones, signadas por la frase Como me lo contaron se lo cuento.

Guatemala tiene diversidad de cuentos e historias sobrenaturales que acontecieron en diferentes épocas.   El escritor guatemalteco Héctor Gaitán, narra algunas de las que sucedieron en el Centro Histórico y Cívico de la ciudad. Sus relatos incluyen a personajes importantes como Jorge Ubico, José María Reyna Barrios, Serapio Cruz, Gabino Gainza, José María Miculax y otros que también forman parte de la tradición guatemalteca. – New Media UFM

Vídeo: El Club del Terror: cuentos de miedo de las calles del centro histórico.

Rubén Darío, 145 aniversario


Rubén Darío fue “el gran renovador de la lengua española, iniciador de todo un movimiento de renovación de las letras y la literatura, que se denominó Modernismo, y cuyo legado aún sigue vigente”, afirmó el jurista, escritor y estudioso de sus obras Carlos Tunnermann.  El 18 de enero, fecha de nacimiento del poeta, iniciaron en Nicaragua las celebraciones que se extenderán durante una semana.  Los festejos se inauguraron con un acto solemne en el Congreso, en Managua, y la colocación de una ofrenda floral en su tumba, en la Catedral de la ciudad de León, por el obispo Bosco Vivas, de acuerdo a lo programado por el Instituto Nicaragüense de Cultura (INC).

Como homenaje les compartimos su poema «Melancolía».

Hermano, tú que tienes la luz, dime la mía.
Soy como un ciego. Voy sin rumbo y ando a tientas.
Voy bajo tempestades y tormentas
ciego de ensueño y loco de armonía.

Ese es mi mal. Soñar. La poesía
es la camisa férrea de mil puntas crüentas
que llevo sobre el alma. Las espinas sangrientas
dejan caer las gotas de mi melancolía.

Y así voy, ciego y loco, por este mundo amargo;
a veces me parece que el camino es muy largo,
ya veces que es muy corto…

Y en este titubeo de aliento y agonía,
cargo lleno de penas lo que apenas soporto.
¿No oyes caer las gotas de mi melancolía?

Historias entre libros: Florencia

Martín Fernández-Ordóñez

Adorada hija:

Seguramente te estarás preguntando qué significa esta carta post mortem. También, conociéndote como te conozco, se que estarás pensando por qué decidí escribirte en lugar de contarte en persona todo lo que leerás a continuación. Por este motivo, antes de que sigas leyendo, quiero pedirte mil veces perdón y que no me juzgues.

Perdón por no haber tenido el valor para revelarte mi más íntimo secreto, pero créeme si te digo que lo intenté una y mil veces. Te pido que no me juzgues por haber tenido que callar, por haberte obligado a vivir una vida llena de lagunas, de callejones sin salida, de preguntas sin respuestas. Pero verás, mi adorada Florencia, que nada de lo que hice fue intencional; espero poder transmitirte que todo fue motivado única y exclusivamente por el amor. Por último, espero de todo corazón que al terminar de leer esta carta finalmente llegues a entenderlo todo y que nunca, nunca dejes de amarme.

Algo de siniestro tienen las enfermedades aparte de envenenar tu cuerpo y de acelerar el proceso inevitable hacia la muerte. El estar consciente, hija mía, de que tu fin en este mundo se acerca, hace que te replantees una a una todas las cosas que has hecho en tu vida, ya que te evitas tener que imaginar las que nunca podrás vivir. Para que me entiendas un poco, es un sentimiento parecido, pero aumentado millones de veces, a lo que sientes cada fin de año cuando haces un recuento de lo bueno y lo malo de tu año que termina. La gran diferencia es que en mi caso, no se trata de un recuento para sacar conclusiones y motivaciones para hacerlo todo mejor el año que apenas comienza.
Esta carta, como bien podrás imaginar, la estoy escribiendo en plena posesión de mis facultades mentales, aprovechando un momento de plena lucidez y de un poco de la energía que comienza a abandonarme. Se que muy pronto me será imposible poder llegar a hacerlo, me tiemblan las manos de pensar en el momento en cual ya no podré moverme ni poder expresarme. Me da miedo además saber que mi cerebro se irá nublando poco a poco junto con el resto de mi cuerpo. Pero eso ahora mismo todavía no está pasando y por ello quiero aprovechar lo mejor posible del poco tiempo que me queda.
Florencia, adorada, tu has sido una hija maravillosa. No lo digo solamente por haber sido siempre una niña inmensamente cariñosa y obediente, sino también por haber sabido respetar mi espacio y mis silencios. Recuerdo perfectamente cómo, hará unos 10 años (tú tendrías 8 ó 9 añitos) me preguntaste por primera vez por qué tú no tenías papá. Hasta entonces, yo había vivido con una tensa tranquilidad, algo parecido a un hilo muy delgado tendido por los extremos, el cual sabes que puede romperse en cualquier momento.
Tú tenías todo el derecho del mundo a saber la verdad y comprendo perfectamente la decepción y quizá hasta la rabia que pudiste haber sentido cuando, con la garganta hecha un nudo, la voz quebrada y los ojos llenos de lágrimas, te respondí que la vida no siempre era justa y que en tu caso, solamente te había dado madre. Que siempre habíamos sido sólo tú y yo. Pude leer en tus ojos como la tristeza penetró tu alma como dos puñales envenenados y supe que a partir de ese momento, nuestra relación nunca más volvería a ser la misma. Y de hecho así fue. Seguiste siendo cariñosa y comprensiva, pero algo cambió en tu forma de ser conmigo y desde entonces pude leer en tus ojos, día tras día, una especie de poema al reproche.
Hijita, por más que lo intenté a lo largo de todos estos años, nunca tuve el valor de contarte nada. Cada vez que me disponía a hablar, el maldito nudo volvía a apretar mi garganta impidiéndome hablar y los ojos se me cerraban con un telón de lágrimas. Se que tú siempre lo has negado, pero yo estoy segura de que la noche en que me encontraste desmayada en medio de mi habitación, antes de que me diagnosticaran esta enfermedad incurable, se que revisaste el contenido de la caja de madera que se cayó de mis manos.
Desde que eras muy niña te hablé del “jardín de los secretos”, de ese importantísimo espacio privado en el cual nadie debería entrar, pues le pertenece a uno solamente. Tú sabías que aquella caja de madera con la tapadera decorada en “pietre dure” contenía la llave del jardín de mis secretos. Varias veces, cuando eras todavía una niña, te sorprendí sin que te dieras cuenta contemplando mi caja como si se tratara de un tesoro que se negaba a dejarse abrir por ti.
Aquella caja contenía recuerdos de mi juventud: unos pendientes de brillantes que me regaló mi abuela, unos listones de seda con los que mi madre decoró mi cabellera el día de mi primera comunión, una tacita con su porcelana de cristal y varias fotografías. Florencia mía, no te digo todo esto para que te sientas mal, seguramente yo en tu lugar habría hecho lo mismo. Se que abriste la caja porque yo sabía de memoria la forma en que cada objeto estaba colocado en su interior, como si se tratara de la estudiada museografía de mis recuerdos. Poco después del maldito incidente, comprendí por qué cada vez que llegabas al hospital durante mi larga estadía se te humedecían los ojos y parecía que estabas haciendo un gran esfuerzo por no preguntarme algo que gritaba en tu interior. Y es que hasta en eso fuiste un ángel niña mía, preferiste ahogar ese impulso porque sabías que preguntarme por tu padre me habría causado todavía más dolor.
Imagino que al ver la fotografía del joven sonriente, de frondosa cabellera rubia y grandes ojos azules, supiste inmediatamente que era él, la sombra en tu pasado: tu padre. Adivino la impresión que te ha de haber causado el contemplar aquellos enormes ojos por primera vez y descubrir que son iguales a los tuyos. Porque hija, de mí sacaste el color de piel aceitunado, el cabello rizado castaño obscuro, las orejas pequeñas y la nariz aguileña. Pero de tu padre sacaste la altura, la forma y el color de los ojos más bellos que he visto en mi vida, el sensual dibujo de los labios, la dentadura perfecta y la sonrisa resplandeciente.
Tu padre, como pudiste leer en la dedicatoria de la fotografía, se llamaba Hagen. Tenía exactamente 20 años cuando se la tomaron, la edad que tú tienes ahora mismo. Es de la época en la que nos conocimos, yo estaba presente en el estudio al lado del fotógrafo haciéndole muecas para que se riera y de esa forma saliera su mejor sonrisa.
Hagen nació en Berlín y era de origen noble, hijo de Karl Heindrick Conde de Einsidel y de la princesa veneciana Lucrezia Ricardi – Loredan. Antes de la segunda guerra mundial, los condes vivían en un palacio feudal en una ciudadela del mismo nombre que el apellido familiar, actualmente situada en la parte oriental de Alemania. Con la subida del poder Nazi, la redistribución del territorio y de los bienes privados de los aristócratas, a tus abuelos les fueron decomisadas todas sus pertenencias y sus propiedades. Solamente les quedaron algunas joyas de familia que les sirvió para escapar y un piano de cola que jamás entendí como lograron salvar. Y sí hija mía, es el mismo piano de cola que está en casa, el mismo en el cual tú has aprendido a tocar con admirable habilidad y por el cual siempre has sentido un afecto especial, casi inconsciente. Llegó a mis manos gracias a la ayuda de un fiel amigo de tu padre, quien lo compró secretamente a tu abuelo cuando éste decidió venderlo. Sigue leyendo

El Quijote, anotaciones de un lector 12

Jorge Luis Contreras

Capítulos 32, 33, 34 y 35

Ilustración de Gustave Doré: Lotario corteja a Camila

Don Quijote duerme. Prosigue la lectura que da cuenta del impertinente Anselmo que para probar la entereza de su esposa Camila obliga a su entrañable amigo Lotario a cortejarla. Páginas llenas de razones para el no.  Hasta ejercicios de lógica silogística se ofrecen al desocupado lector. Se sabe que Lotario accede.  Se narra que el amigo traiciona a su incitador y que Camila sucumbe a los pedidos del, ahora, falso amigo.

Mientras esto sucede en el lejano mundo de las historias que se cuentan, en la realidad del dormido don Quijote hay una monumental batalla en la cual logra, luego de titánicos esfuerzos, vencer al gigante que tiene preso el reino micomicón.  Mata al gigante y corta su cabeza que sangrante rueda por el suelo del campo de la singular batalla.

Se establece el nexo.  Sancho que está más despierto que cualquiera, y atento a la llegada de su condado y su título nobiliario, y su mucho dinero, y su mucho poder… ha visto rodar, en la oscuridad del cuartucho donde yace el hidalgo, la cabeza del gigante.  Sancho es testigo.  Vio la sangre.  Vio los giros de la inerte bola. Su razón está nublada por la ambición.

En la realidad del ventero que acude al escuchar el escándalo del hidalgo que, una vez más, destruye su venta, no hay gigante.  La sangre es solo vino y la cabeza caída, odre rota.

El cansancio de don Quijote es la confirmación de que ha peleado y vencido.  Liberó el reino y cumple la promesa que lo tenía preso de la micomicona. El desconsuelo de Sancho es grande.  Si no hay cabeza sangrante y testiga, no hay condado.  El desconsuelo del ventero es grande.  Pierde, otra vez, su patrimonio.  La decisión de la esposa del ventero es firme.  Nadie puede salir de la venta si antes no se paga lo roto.

Goethe y Werther, su creación, mucho envidiarían el dramático final de la historia del impertinente Locadio. Muerto de amor en una provincia apartada.  Carta de perdón a la refugiada Camila que había huido con su amante.  Muerte del instrumento de la deshonra, Anselmo, en una batalla lejana.

Concluye la larga digresión.

Charles Dickens cumple 200 años

Europapress

Charles Dickens

La editorial Austral ha recuperado dos clásicos de Charles Dickens coincidiendo con el 200 aniversario del nacimiento del autor. Se trata de Los documentos póstumos del Club Pickwick, primera obra del novelista, y David Copperfield, considerada su obra más autobiográfica.

Los documentos póstumos del Club Pickwick catapultó al autor a la fama con sólo veinticuatro años. Publicada por entregas entre 1836 y 1837, las andanzas y despropósitos relatados en esta divertida historia se convirtieron no sólo en una de las más logradas obras del autor, sino también en un mordaz retrato de la época.

Por su parte, el poso autobiográfico que Charles Dickens dejó enDavid Copperfield, una de sus obras más importantes, convirtió este libro en el más cercano a su corazón. David, como Dickens, vivió una infancia feliz leyendo y asistiendo a la escuela, hasta que su suerte cambió. La trasmutación íntima de ambos, protagonista y autor, fue compleja y sutil, y aunque ficción y realidad no siempre coinciden, las desdichas de la niñez, el trabajo en la abogacía, la condición de escritor y varios personajes responden a la experiencia personal de su autor.

Dickens (Portsmuth, 1812 – Gadshill, 1870) ha llegado hasta nosotros como el autor más importante e influyente de la literatura victoriana. Sus obras y su peripecia personal, íntimamente relacionadas, plasmaron no sólo el pulso social de su época, también el terrible estado moral de una sociedad atrapada en la desigualdad y las convenciones.

El autor inglés experimentó la miseria, el éxito popular, la cárcel, el hambre… sólo logró cumplir con el más íntimo de sus anhelos, la libertad, entregándose a la literatura. Serían las críticas entusiastas de George Gissing y G. K. Chesterton las que encumbrarían a Dickens como el autor más importante de la literatura inglesa del siglo XIX.

La Catedral del Mar de Ildefonso Falcones

Ana Silvia Del Valle

La Catedral del Mar, Ildefonso Falcones

Esta novela comencé a leerla dos veces y no lograba pasar del primer capítulo. No sé si al principio no captura el interés del lector, por lo menos conmigo no lo consiguió.  Después de un año de tenerlo en la librera, una amiga me dijo: “léelo, a mí me pasó lo mismo, al principio es un poco aburrido, pero después no quieres que termine”, y es verdad. El libro nos presenta la historia del joven Arnau Stanyol y su hijo, Bernat. Una trama de intriga, violencia, pasión, traición y amor, guerra y peste, pero sobre todo fe, pero marcada por la intolerancia religiosa de la Barcelona del siglo XIV. Un libro que se lee con un gusto y que, a pesar de sus 672 páginas, no quisiéramos que terminara. Falcones, en La catedral del mar, pretende rendir un homenaje a un pueblo capaz de construir en un plazo de cincuenta y cuatro años, el templo más hermoso de la tierra.

La Catedral del Mar es en realidad Santa María del Mar, una iglesia medieval que se hizo famosa desde la publicación del libro. Se trata de la catedral de los marineros y dedicada a su patrona. Se construyó gracias al esfuerzo de una cofradía de marineros, los bastaixos, víctimas de un régimen feudal, que incluso les dictaba como tenían que ser, como debían vestir; pero dejaron de ser esclavos y llegaron a recibir muchos honores de parte de la iglesia.

Es una novela histórica, increíblemente entretenida, descriptiva, tanto que en algunos pasajes nos parece cruda, pero recomendable.