El Quijote, anotaciones de un lector 11

Capítulos 28, 29, 30, 31

Más relatos novelescos.  Digo novelescos en el difundido sentido de las telenovelas del siglo XXI.  Intrigas, deshonras, traiciones, amores y desamores.  En escena vemos a Dorotea, casada con el traidor Fernando, huida a los bosques para sobrellevar las sucesivas traiciones de marido y guardianes amigos. El Roto se ha logrado mantener cuerdo un buen tiempo y aliados al barbero y al cura marchan engañando al hidalgo.  Nada raro, puesto que tratan de salvarlo de su locura. Sin embargo, Sucede algo extraordinario: Sancho, el simple, también camina engañado.  Sabe que sacan a su señor de las montañas, pero cree que lo llevan a la lucha caballeresca que, según él, debe terminar con la conquista del reino nicómino y el ansiado nombramiento de su escudero en alguna alcaldía.  Sancho y don Quijote marchan hermanados por la locura.  El primero a pie, el segundo en Rocinante.

Se equivoca Pessoa cuando dice que se puede no ser prisionero de nada.  Hasta don Quijote lo es del pasado que vuelve para sonrojarlo.  El indiscreto Sancho contó que el hidalgo había, por error, liberado a unos convictos. El Caballero de la Triste Figura calla, pero luego monta en cólera hasta que su promesa a la reina de Micomicón lo obliga a estar quieto.  El cura se salva de la ira de don Quijote.

Aparte.  Sancho es interrogado por don Quijote.  Todos sabemos, menos el hidalgo, que no hubo entrevista entre el escudero y la sin par Dulcinea.  Don Quijote da pistas respecto de la conducta de la dama.  Chistosamente Sancho replica.  Nada hace que la dignidad y altura de la señora se rebajen. Es un amor verdadero.  Es un amor subjetivo. El objeto no interesa.  El sujeto lo es todo.

Histriónica y sin necesidad de apuntador, Dorotea presenta su inventado relato cuyos destinatarios son todos: Cardenio (el Roto), el barbero, el cura, Sancho y don Quijote; pero que solo creen cierto el caballero y su escudero.

Bache. O descanso en el devenir novelesco. Marchan Sancho y don Quijote.  Con ellos, los presuntos salvadores cura y barbero, y los amantes sontos, Dorotea y Cardenio. Circulan. Vuelven a la venta donde mantearon a Sancho.  Ahí están todos.  El ventero es tan aficionado a las novelas de caballería que se tiene el temor de que haga la segunda parte del Quijote.  Se cuentan historias. Se cuentan historias.

El Quijote, anotaciones de un lector 10

Jorge Luis Contreras

Capítulos 26 y 27…

Don Quijote es un hombre libre porque puede elegir entre una forma de locura u otra, según el héroe caballeresco que sirva de modelo para llevarlo a la exageración del penitente que reza un millón de avemarías. El hombre ordinario que ha decidido subir se queda a sufrir su destino mientras Sancho, mensajero, desanda la ruta buscando el Toboso. Los fantasmas del pasado asechan en la forma del barbero y el cura que intentan salvar al Caballero de la Triste Figura que no necesita redención. Recuerdo un viejo poema mío.  Este:

DEFENSA DE LA LIBERTAD

Defender la libertad.

De los lobos y de

los que hacen concesiones;

de los que sólo sueñan

y de los que anhelan nada.

Defender la libertad.

De los que la niegan,

de los que la ofrecen a sorbos

con mil condiciones,

de los que creen no necesitarla,

de los que se atreven a perderla.

Defender la libertad

de los que la ponen en venta

y de los que se creen compradores, de los timoratos,

de los temerarios.

Defender, por principio, la libertad

de ser, de soñar, de errar y rectificar.

Defenderla de los absolutos

y de los relativistas.

De los simplistas

y de los, hasta el infinito, complicados.

Barbero y cura disfrazados, consiguen arrancar al Roto el final de una historia de traición y de amor que quedara inconclusa en capítulos anteriores. Lo de siempre: un poderoso que quita al inferior la única oveja que poseía.  Solo que esta vez la oveja parece haber querido el rapto. A los que hemos pensado en  la imposibilidad de que Cervantes haya escrito las sencillas Novelas ejemplares y el extraordinario don Quijote nos viene un punto en contra: este incrustado relato parece de novela ejemplar.

Todo pasa en Tirso de Molina

Martín Fernández-Ordoñez

Hoy, como cada mañana, salí muy temprano de casa rumbo al trabajo. Como finalmente el clima empezó a refrescar después de un despiadado verano, es un verdadero placer caminar y respirar el aire del otoño.

Cómo me gusta la calle Argumosa con sus frondosos árboles, calle sui generis en el centro de Madrid, donde todos los domingos se transforma completamente el panorama urbano y de barrio residencial se convierte en mercado de pulgas, punto de reunión de los alternativos, anticuario y venta de cachibaches costosos.

Atravieso la plaza del Cascorro con su poco gloriosa estatua del, en España considerado héroe, en Cuba considerado villano. Me encanta vivir en la frontera entre dos de los barrios más interesantes de Madrid, La Latina y Lavapiés.

Algunos días tomo la calle de Juanelo, estrecha y repleta de tiendas chinas de ropa, todas exactamente iguales, vendiendo repetidamente lo mismo. Son los primeros en abrir y los primeros en cerrar. En las aceras juegan los niños chinitos y desde los mostradores los vigilan sus jóvenes padres.

Otros días me gusta cortar por la calle del Duque de Alba y pasar frente a su palacio castizo abandonado, contemplar al otro lado de la calle el hermoso edificio de fachada italianizante convertido en centro comercial de tiendas chinas y antes de llegar a la plaza de Tirso de Molina, pasar frente al elegante palacete estilo francés que alberga un cine pornográfico. Pocas ciudades tienen tantos contrastes y curiosidades que Madrid, sólo hay que irlas descubriendo.

Quizás uno de los momentos que más disfruto de mis días es cuando atravieso, de ida y de regreso, la plaza Tirso de Molina. El hace muy poco centro de acogida para jonkies y delincuentes, después de su poco afortunada remodelación, al menos recuperó su función social de plaza y ha llegado a convertirse en un muy interesante punto de encuentro para la gente del barrio.

Cuando paso saludo a algunos de los sudamericanos dueños de los puestos de flores, quienes desde muy temprano están ya arreglando ramos de flores variadas y frescas. Sentados en los arriates de la plaza se reúnen siempre dos grupos principales de emigrantes: cerca de una de las entradas del metro, los africanos, quienes discuten siempre apasionadamente en idiomas musicales e indescifrables, y más cerca de la fuente, el grupo de rumanos que desde muy temprano empiezan a tomar. A la hora que yo paso por la mañana, ya están montadas las mesas y pueden verse turistas desayunando, los diligentes meseritos entrando y saliendo de las cafeterías llevando cafés y napolitanas.

Poco a poco, conforme voy atravesando la plaza, me gusta pasar revisando la vitrina de la papelería donde venden todo tipo de cajas, bolsas de papel y papeles para empacar regalos. Algunos de ellos son traídos de Italia, con sus elegantes y nostálgicos diseños renacentistas. Me recuerdan a las cartolerie cercanas al Duomo de Florencia. Sigue leyendo

El Quijote, anotaciones de un lector 9

Jorge Luis Contreras

Capítulos 23, 24 y 25…

Ahora los grandes temas de la literatura desfilan. Los de abajo deben callar: don Quijote ordena al escudero que guarde silencio hasta que se le permita hablar. Esa grave sentencia se puede evadir con algo de ingenio.  La Literatura dentro de la Literatura: una historia de amor se nos relata.  Como buena novela moderna, el cuento queda inconcluso. Es algo de ciertos amores que en sueños don Quijote creyó tener con cierta doncella que pretendía usurpar el lugar de Dulcinea.  El destino: otra vez los golpes. Como siempre don Quijote los sufre; pero esta vez hay un cambio de enfoque. El hidalgo promete que escuchará a su escudero. Al que antes ordenó callar, lo asciende a consejero. Es por cuestiones legales. Sancho cree que la Santa Hermandad les ha puesto el ojo. Deben esconderse. Bellamente replica don Quijote, pero obedece. El arte al servicio del amor: el Caballero de la Triste Figura y el Roto sostienen un diálogo que se interrumpe por desacuerdos caballerescos. El Roto, loco eventual, es poeta. Los caballeros lo son. La solidaridad: don Quijote propone buscar una cura para el Roto. Si no la hay, propone llorar con él. La soledad del héroe: Sancho va con él, pero don Quijote está solo. Algo en el mundo no funciona bien.

Una revelación.  El amor es una decisión.  Sí. Don Quijote ya sabe que Dulcinea es una aldeana hombruna iletrada.  Siempre lo supo.  Entonces… decidió amarla y nombrarla señora de sus pensamientos.  Su amor es, según nos dice él mismo, platónico.  Ahora el hidalgo, decide emular a los caballeros sufrientes.  Se aislará haciéndose pasar por loco hasta que Sancho vaya, vea a Dulcinea, le lea una carta, reciba respuesta y regrese.  Si las noticias son buenas, el hidalgo saldrá del trance. Hay un chiste al final del 25.  Sancho no quería ver loco a su amo, pero antes de partir pide una probadita de locura.  Don Quijote se desnuda y hace una pirueta.

El poeta chileno Nicanor Parra, premio Cervantes

Con información del Diario El País

De 97 años y creador de la corriente llamada ‘antipoesía’, es el autor más veterano en ganar el galardón más importante de las letras hispanas, dotado con 125.000 euros

Parra es el superviviente del trío más famoso de poetas chilenos, junto a Pablo Neruda y Vicente Huidobro. Además de sus textos, tiene una obra de poesía visual, realizada conjuntamente, entre otros, con Joan Brossa. Después de publicar en 1937 Cancionero sin nombre, muy influido por el popularismo de García Lorca, llegó en 1954 el libro que marca su obra y parte de la poesía latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX, Poemas y antipoemas.  Posteriormente, Versos de salón (1962) incluyó un poema en el que afirmaba: Durante medio siglo / la poesía fue / el paraíso del tonto solemne. / Hasta que vine yo / y me instalé con mi montaña rusa. / Suban, si les parece. / Claro que yo no respondo si bajan / echando sangre por boca y narices.

Desde 1948, en una poética (una introducción teórica) para una antología, ya acuñó los términos a los que ha permanecido fiel en su obra: «Busco una poesía a base de hechos y no de combinaciones o figuras literarias. Estoy en contra de la forma afectada del lenguaje tradicional poético».

En 1977 vio la luz Sermones y prédicas del Cristo de Elqui, sobre un visionario místico que predicaba por las minas del norte de Chile. Antes del Cervantes, ya tenía los premios más importantes de la lengua española, el Juan Rulfo, en 1991 y 10 años después el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.

Tras conocerse el premio, el fundador y director de la editorial Anagrama, Jorge Herralde, desde Guadalajara, donde se celebra la feria internacional del libro más importante del mundo hispano (la FIL), ha dicho sobre Parra: «es uno de los mejores premios Cervantes que se han dado y debería haberlo ganado antes. Le descubrí hace mucho en Oxford, leyendo sus Poemas y Antipoemas, ha recordado Herralde, según informa Winston Manrique.

A continuación compartimos un archivo de audio en el que el poeta recita «Hay un día feliz».

Nicanor Parra recita \’Hay un día feliz\’

La muerte ha de ser como un sueño sin sueños

El País

Discurso de Fernando Vallejo al recibir el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances

Como este acto se encamina a su final y ya queda poco tiempo, les diré brevemente que me siento muy honrado por el premio que me dan; que no pienso que lo merezca; que este diploma lo guardaré en mi casa con orgullo; y que los ciento cincuenta mil dólares que lo acompañan se los doy, por partes iguales, a dos asociaciones caritativas de México: los «Amigos de los Animales», de la señora Martha Alarcón de la ciudad de Jalapa; y los «Animales Desamparados», de la señora Patricia Rico de la ciudad de México. En mi encuentro del lunes con los jóvenes universitarios que tendrá lugar en esta misma sala, se los entregaré a las señoras.

Habría preferido que esos dólares se los hubiera dado la FIL directamente a ellas sin pasar por mí, porque cuando tomo dinero me tengo que lavar las manos, pero no pudo ser por razones burocráticas. Eso de la lavada de las manos es una manía que me viene de la infancia, de la educación familiar. Cada vez que cogíamos una moneda, mi mamá nos decía: «Vaya lávese las manos m’hijo, que tocó plata». (Allá a los niños les hablan de «usted».) De unos niños educados así, ¿qué se podía esperar? Puros pobres. Me hubieran educado en la escuela del PRI, y hoy estaría millonario. ¡Pero qué iba a haber allá PRI! Medellín era una ciudad encerrada entre montañas, lejos del mundo y sus adelantos. Y mi mamá viendo microbios por todas partes como si fuera bacterióloga. No. Era una señora de su casa entregada a la reproducción como quiere el papa, una santa. ¡Cómo la hicimos sufrir! Muy merecido. ¡Quién la mandó a tener hijos!

De México supe por primera vez de niño, una noche de diciembre próxima a la navidad, lo recuerdo muy bien. Estábamos en el corredor delantero de Santa Anita, la finca de mis abuelos, con mis abuelos, rezando la novena del Niño Dios. Entonces éramos pocos, cinco o seis, aunque después fuimos muchos. Mis papás tenían instalada en Medellín una fábrica de niños: niños carnívoros que alimentaban con costales de salchichas, unos demonios, unas fieras, todos contra todos, mi casa era un manicomio, el pandemónium. El papa, Pío Doce, les mandó de Roma un diploma que un vecino nos compró en la Via della Conciliazione con indulgencia plenaria (que costaban más), para que se fueran los dos derechito al cielo sin pasar por el purgatorio por haber fabricado tanto niño que se les habrían de reunir todos allá a medida que el Señor los fuera llamando. ¡Qué nos iba a llamar! Nos hemos ido yendo de uno en uno a los infiernos y el que nos llamó fue Satanás.

Santa Anita estaba entre los pueblos de Envigado y Sabaneta, en la mitad de la carretera que los une, a ocho kilómetros de Medellín, lejísimos. Hagan de cuenta saliendo de la Ciudad de México camino de Tlanepantla. Teníamos que ir en carro, en el Ford de mi papá. Si no, habríamos podido ir en burro: en la burrita de la canción de Ventura Romero: «Arre que llegando al caminito, achimichú, achimichú. Arre que llegando al caminito, achimichú, achimichú». Tarata tata tara tara tata tata tara tara tata tata tara tata tá. «¡Burra! ¡Burra! Ya vamos llegando a la Mesa de Cacaxtla. ¡Burra! Arre que llegando al caminito, achimichú, achimichú a mi burrita y aunque vaya enojadita porque no le di su alfalfa porque no le di su máiz». ¡Qué raro! También en Antioquia decíamos «máiz»! Antioquia es hagan de cuenta Jalisco. El disco de la burrita lo trajeron mis papás de México esa noche. En setenta y ocho revoluciones que era los que había entonces. Una aguja gruesa iba de surco en surco tocándolos (los surcos que abrían en la tierra las yuntas de bueyes roturando los campos de Sayula hace cien años, cuando pasó por aquí mi paisano el poeta Porfirio Barba Jacob), y de tanto tocarlos uno los discos se rayaban y la aguja se atascaba en el rayón, y seguía tocando lo mismo, lo mismo, lo mismo. «Pobrecita mi burrita ya no quiere caminar, da unos pasos p’adelante, otros pasos para atrás…» El disco me sigue resonando desde entonces, atascado, en mi corazón rayado.

Venían de México por el camino de entrada de Santa Anita en dos carros, con los faros rompiendo la oscuridad. Pero en el corredor nosotros no estábamos a oscuras, no: iluminados. ¡Cómo íbamos a rezar a oscuras la novena del Niño Dios! Además en Medellín ya había luz eléctrica. Yo seré viejo pero no tanto. Yo soy posterior al radio y al avión. El que sí me tocó ver llegar fue el televisor, la caja estúpida. Estaban también encendidas esa noche las luces del pesebre, el nacimiento, donde nacía en lo alto de una montaña el Niño Dios. Lucecitas verdes, rojas, azules, amarillas, de todos los colores. Nos íbamos ya a dormir cuando llegaron. Venían cargados de juguetes. Maromeros de cuerda que daban volteretas en el aire… Jeeps con llantas de caucho, o sea de hule… Sombreros de charro para niños y para viejos… Una foto de mis papás en La Villa manejando avión. Las trescientas sesenta y cinco iglesias de Cholula. Un tren eléctrico. La Virgen de Guadalupe. Pocas veces he visto brillar tan fuerte, enceguecedora, la felicidad. Y con el disco de Ventura Romero de la burrita traían, en el álbum de las maravillas, a José Alfredo Jiménez y a Rubén Méndez: «Ella», «Pénjamo», y ese «Senderito» que me rompe el alma cantado por Alfredo Pineda, que fue el que amó Medellín. Y al más grande de todos, Fernando Rosas, de Jerónimo de Juárez, Estado de Guerrero, el de la «Carta a Eufemia»: «Cuando recibas esta carta sin razón, Ufemia, ya sabrás que entre nosotros todo terminó, y no la des en recibida por traición, Ufemia, te devuelvo tu palabra, te la vuelvo sin usarla, y que conste en esta carta que acabamos de un jalón». ¡Muy bien dicho, tocayo, a la China con la méndiga! El fraseo perfecto, la dicción perfecta, y eso que mi tocayo era de Guerrero y cuando hablaba no podía pronunciar las eses. Y las trompetas burlonas detrás de él haciendo jua, jua, jua, en el registro bajo, riéndose de mí y del mundo, y detrás de ellas punteando, siguiéndolas como unos gordos cojos, los guitarrones: do, sol; do, sol; do, sol. Tónica, dominante; tónica, dominante; tónica, dominante. Sólo eso van diciendo, pero sin ellos no hay mariachi, como sin muerto no hubo fiesta.

¡Ah se me olvidaba Chava Flórez, el compositor, el genio de los genios, amigo de mi tocayo Fernando Rosas! Juntos echaron a rodar por el mundo «Peso sobre peso», la canción más burlona: «Mira, Bartola, ái te dejo estos dos pesos. Pagas la renta, el teléfono y la luz. De lo que sobre, coges d’iái para tu gasto. Guárdame el resto pa comprarme mi alipús». Ta ra ta ta ta tán. Ésa era la que le cantaba todavía a México el PRI cuando llegué de Nueva York hace cuarenta años. Y se la siguió cantando otros treinta, hasta ajustar setenta, cuando los tumbó mi gallo. ¡Qué noche tan inolvidable aquella cuando lo dijeron por televisión! Tan esplendorosa, o casi, como la de la finca Santa Anita de que les he hablado. Fernando Rosas murió joven, una noche, allá por 1960, en Acapulco. Lo mataron por defender a un borracho al que estaba apaleando la policía. Fernando Rosas, tocayo, paisano, te mató la policía de Acapulco, los esbirros del presidente municipal. La siniestra policía del PRI, semillero de todos los cárteles de México.

Mi gallo era un gallo con botas. No bien subió al poder y se instaló en los Pinos, se infló de vanidad y se transformó en un pavorreal, y el pavorreal en un burro, y la quimera de gallo, pavorreal y burro empezó a rebuznar, a rebuznar, a rebuznar, día y noche sin parar, hasta que ajustó seis años, cuando se le ocurrió, como a Perón con Evita o con Isabelita, que podía seguir rebuznando otros seis a través de su mujer. No se le hizo, no pudo ser. Hoy de vez en cuando rebuzna, pero poco, y lo critican. ¡Por qué! Déjenlo que rebuzne, que se exprese, que él también tiene derecho. Yo soy defensor de los animales. Yo quiero a los burros, a los pavorreales, a los perros, a los gallos. Cuando estoy cerca de ellos se me calma unos instantes el caos de adentro y creo sentir lo que llaman la paz del alma.

Yo venía pues de Nueva York, una ciudad de nadie, un hormiguero promiscuo que nunca quise, y de un país que tampoco, plano, soso, lleno de gringos ventajosos y sin música. Los anglosajones no nacieron para la música: se enmarihuanan y con una guitarra eléctrica y un bombo hacen ruido. Mi primera noche en México, en la plaza Garibaldi, ¡cómo la voy a olvidar! Cien mariachis tocando cada cual por su lado en un caos hermoso. Todo lo que tocaban me lo sabía. Y más. Yo sabía de boleros y rancheras lo que nadie. Entré al Tenampa. ¿La hora? Diez de la noche. Me sentía como un curita de pueblo tercermundista entrando al Vaticano por primera vez, y que se arrodilla para comulgar. Yo también comulgué, pero con tequila. Desde un mural de una pared enmarcado por unos tubos fluorescentes de colores me miraba José Alfredo, y en la noche del Tenampa brillaba el sol de México. «¿Qué más va a tomar, joven?», me preguntó el mesero. «Otro». Entonces sí estaba joven, pero hoy me siguen preguntando igual: «¿Qué va a tomar joven?» ¡Cómo no va a ser maravilloso un país donde la gente ve tan bien!

Y el amanecer, mi primer amanecer, ¡qué amanecer! Había llegado a un hotelito viejo, pobre, del centro, de altos techos, fresco, de otros tiempos, el más hermoso en que haya estado. Me despertaron las campanas y los gallos. ¿Tañido de campanas? ¿Canto de gallos? ¡Claro, los gallos de las azoteas y las campanas de las iglesias, y el sol entrando por mi ventana! ¡Y yo que venía del invierno de Nueva York donde amanecía a las diez y oscurecía a las cuatro y se me achicaba el alma! Salí a la calle, al rumor envolvente de la calle. México vivo, el del pasado más profundo, el eterno, el mío, el que se ha detenido en mi recuerdo, el de siempre, el que no cambia, el que no pasa, el de ayer. «¿En qué estás pensando, México? ¿A quién quieres para quererlo? ¿A quién odias para odiarlo?» Inescrutable. Ni una palabra. Jamás me contestó. Entonces aprendí a callar. Y han pasado cuarenta años desde esa noche en el Tenampa y ese amanecer en ese hotelito de la calle de Isabel la Católica y esa mañana soleada, y me fui quedando, quedando, quedando, y aquí he escrito todos mis libros y hoy me piden que hable, pero como México calla, yo tampoco pienso hablar. Sólo para decirles que me siguen resonando en el alma unas canciones.

Yo digo que la muerte no es tan terrible como se cree. Ha de ser como un sueño sin sueños, del cual simplemente no despertamos. Yo no la pienso llamar. Pero cuando llegue y llame a mi puerta, con gusto le abro.

Nadie tiene la obligación de hacer el bien, todos tenemos la obligación de no hacer el mal. Y diez mandamientos son muchos, con tres basta:

Uno, no te reproduzcas que no tienes derecho, nadie te lo dio; no le hagas a otro el mal que te hicieron a ti sacándote de la paz de la nada, a la que tarde que temprano tendrás que volver, comido por los gusanos o las llamas.

Dos, respeta a los animales que tengan un sistema nervioso complejo, como las vacas y los cerdos, por el cual sienten el hambre, el dolor, la sed, el miedo, el terror cuando los acuchillan en los mataderos, como lo sentirías tú, y que por lo tanto son tu prójimo. Quítate la venda moral que te pusieron en los ojos desde niño y que hoy te impide percibir su tragedia y su dolor. Si Cristo no los vio, si no tuvo ni una palabra de amor por ellos, ni una sola (y búscala en los evangelios a ver si está), despreocúpate de Cristo, que ni siquiera existió. Es un burdo mito. Nadie puede probar su existencia histórica, real. Tal vez aquí el cardenal Sandoval Íñiguez…

Y tres, no votes. No te dejes engañar por los bribones de la democracia, y recuerda siempre que: que no hay servidores públicos sino aprovechadores públicos. Escoger al malo para evitar al peor es inmoral. No alcahuetees a ninguno de estos sinvergüenzas con tu voto. Que el que llegue llegue respaldado por el viento y por el voto de su madre. Y si por la falta de tu voto, porque el día de las elecciones no saliste a votar un tirano se apodera de tu país, ¡mátalo!

A Jorge Volpi le agradezco el dictamen tan generoso que ha leído, y a Juan Cruz sus adjetivos. Querido Juan: ya sé que si hubieras tenido más tiempo me habrías puesto más, siquiera unos quinientos. No importa. Con los que me alcanzaste a dar me conformo.

Algunos amigos vinieron desde muy lejos a Guadalajara a acompañarme. Me siento muy contento de estar hoy con ustedes en esta Feria tan hermosa, que pronto se llenará de niños y de jóvenes, y de haber vuelto a Jalisco, la tierra de Rulfo, donde los muertos hablan.

Nueva cartografía de la literatura de América Latina

Winston Manrique Sabogal, Babelia

En el siglo XXI medio mundo ha vuelto a mirar con expectación a la literatura latinoamericana. Once años en los que se ha sabido de unos 80 escritores poco o nada conocidos que hoy tienen diversos grados de resonancia internacional.  El interés ha renovado y ampliado el mapa literario y demostrado que hay mucha vida más allá del boom.  En el periodo de entre siglos coincidieron dos cuestiones: la atención por lo que se escribía en esos 19 países y que, precisamente, dichos autores estaban unidos por la diferencia como resultado de una convergencia de mestizaje genético, cultural y literario, además de su vocación cosmopolita y estar repartidos por medio mundo. Y con otra novedad: más mujeres en un continente donde no han gozado de mucha presencia.

Este renacer empezó a notarse en ferias del libro como la de Guadalajara y con los premios de editoriales españolas, a finales del XX y comienzos de este, a latinoamericanos.  Como si quisieran forzar un boom ficticio. Aunque sirvió para dar más visibilidad a una literatura eclipsada por los grandes creadores, mientras a la búsqueda de nuevas voces se unieron más editoriales.  A su vez la actividad en Internet fue creciendo. Las fronteras se borraron. La cultura y la literatura hallaron una forma de divulgación e interactividad de la cual carecían.

Un año clave en este proceso de hallazgos e impulsos es 2007. Aparece la primera lista de nuevos valores literarios: una idea del Hay Festival y la capital colombiana, que reunió a los «mejores 39 escritores menores de 40 años».  Una iniciativa que dio resonancia a esos autores, y confirmó a algunos como Jorge Volpi, Andrés Neuman y Santiago Roncagliolo; puso el foco sobre nombres que empezaban a obtener prestigio:  Juan Gabriel Vásquez, Wendy Guerra, Karla Suárez, Iván Thays, Álvaro Enrigue o Alejandro Zambra; y llamó la atención sobre otros que se han ido consolidando:  Ronaldo Menéndez, Antonio Ungar, Eduardo Halfon, Guadalupe Nettel, Gabriela Alemán, Pablo Casacuberta y Pilar Quintana.  Incluso sirvió para hablar de los escritores de origen latinoamericano que viven en Estados Unidos y escriben en inglés:  Daniel Alarcón (colaborador de revistas como The New Yorker y Bazaar) y Junot Díaz (premio Pulitzer).

Tres años más tarde, en 2010, la revista británica Granta hizo su apuesta que ampliaba la anterior: «22 mejores autores en español, menores de 35 años»: seis españoles y 16 latinoamericanos.  Confirmó a algunos (Roncagliolo, Neuman y Zambra), dio más impulso a otros: Patricio Pron y Antonio Ortuño, y llamó la atención sobre otros: Rodrigo Hasbún, Pola Oloixarac, Samantha Schweblin, Lucía Puenzo, Carlos Labbé y Carlos Yushimito.  Al mismo tiempo, las editoriales tradicionales y las nuevas continuaban sus propias búsquedas de donde han surgido autores como William Ospina, Yuri Herrera, Ednodio Quintero y Andrea Jeftanovic.

Cotinuando la estela, la XXV Feria Internacional del Libro de Guadalajara ha decidido celebrar sus 25 años con una lista que incluye 25 secretos literarios de América Latina.  Narradores, al margen de edades o generaciones que bien merecen tener más resonancia internacional:  Juan Álvarez (Colombia, 1978), Luis Alberto Bravo (Ecuador, 1979), Andrés Burgos (Colombia, 1973), Fabián Casas (Argentina, 1965), Miguel Antonio Chávez (Ecuador, 1979), Carlos Cortés (Costa Rica, 1962), Francisco Díaz Klaasen (Chile, 1984), Jacinta Escudos (El Salvador, 1961), Nona Fernández (Chile, 1971), Fernanda García Lao (Argentina, 1966), Ulises Juárez Polanco (Nicaragua, 1984), Roberto Martínez Bachrich (Venezuela, 1977), Emiliano Monge (México, 1978), Javier Mosquera (Guatemala, 1961), Diego Muñoz Valenzuela (Chile, 1956), Enrique Planas (Perú, 1970), María Eugenia Ramos (Honduras, 1959), Luis Miguel Rivas (Colombia, 1969), Giovanna Rivero (Bolivia, 1972), Hernán Ronsino (Argentina, 1976), Pablo Soler Frost (México, 1965) Daniela Tarazona (México, 1975), Dani Umpli (Uruguay, 1974), Eduardo Varas (Ecuador, 1979) y Carlos Oriel Wynter Melo (Panamá, 1971).

El Quijote, anotaciones de un lector 8

Jorge Luis Contreras

Capítulos 21 y 22

Bloom es muy valiente, especialmente cuando se atreve a recomendar la lectura del que para él es el mejor relato corto, de la que considera la sobresaliente novela, o de su héroe Shakespeare para mejorarnos como seres humanos.  Los capítulos 21 y 22 nos confirman este poder transformador que la gran literatura tiene.  Y no es que Cervantes haya creado una novela didáctica o moralizante.  Creó una novela realista.  Nunca se nos dice que hay ahí castillos, gigantes, encantadores, Dulcineas.  Más bien se nos anuncia que no los hay en el mundo real; pero que don Quijote se ha inventado un universo propio con sus habitantes y sus normas.  Entonces, y a pesar de eso, soñamos; entonces, y a pesar de eso, respetamos la manera de ser del hidalgo; entonces, y a pesar de eso, comenzamos a ilusionarnos con lograr la rendija que nos permita un mundo nuestro, y nos dé el valor para vivir en él respetando sus normas y a sus habitantes.

En el 21 el hidalgo asalta a un barbero que ha confundido con Mambrino.  Toma lo suyo, un bacín que cree yelmo.  Pequeños ajustes.  El yelmo no está completo.  Todo se puede explicar en este mundo caballeresco. Luce con orgullo su conquista.  Sancho tiene otros problemas.  Resulta que su señor se ha cansado de la cantidad de palabras que por minuto dice su escudero.  Le ha prohibido hablar sin autorización.

En el 22 don Quijote es el clásico redentor que resulta crucificado.  Ve venir una fila de prisioneros encadenados.  Dialoga con los carceleros y con los reos.  Determina que hay una injusticia y actúa.  Libera a los delincuentes.  Cuando estos son conminados por el hidalgo a peregrinar hacia el Toboso para agradecer a Dulcinea llevando sus cadenas como ofrenda, se vuelven contra su redentor y casi lo lapidan.

Reír, llorar, sentir la libertad de una voz privilegiada que sabe decir lo que solo hemos intuido… Es para eso que leemos.

Soldados de Salamina de Javier Cercas

Ana Silvia Del Valle

Siempre he disfrutado las novelas históricas que narran situaciones relacionadas con alguna de las guerras (que por cierto abundan); pero esta narración es muy particular, principiando porque en su temática se habla de perdonar al enemigo en la época de guerra, lo cual ha de ser una decisión difícil, aunque no imposible. El libro de Javier Cercas, en sus 207 páginas, narra la historia de un joven periodista que indaga un hecho a finales de la guerra civil española, cuando se retiraban las tropas republicanas hacia la frontera francesa y se toma la decisión de fusilar a un grupo de presos franquistas, entre los que se encuentra Rafael Sánchez Mazas, miembro de la Falange española, fundada el 29 de octubre de 1933 por José Antonio Primo de Rivera, abogado, hijo del General Miguel Primo de Rivera, dictador español.

Rafael Sánchez Mazas no se escapa del fusilamiento, sino que, un soldado anónimo lo encañona y le perdona la vida. Un hecho que el redimido nunca olvidará. El libro está narrado como una investigación histórica, es muy interesante y totalmente diferente de muchos otros libros de la Guerra Civil Española, que narran historias de perdedores y ganadores.  Esta historia es un gesto de compasión. Como dice Vargas Llosa: «Un libro magnífico…, uno de los mejores que he leído en mucho tiempo.»