Cuando las palabras matan

Ana Marcos, El País

Acompañado por su profesor de juventud y maestro de vida, el filósofo Emilio Lledó, Juan Cruz presentó ayer por la tarde en el Círculo de Bellas Artes un pequeño alegato contra lo que considera un tipo de asesinato encubierto por su uso habitual y generalizado: la injuria, el desprecio.

La fría tarde comenzaba así cargada de utopías que en palabras del filósofo Lledó parecían casi alcanzables, aunque la realidad, con su particular habilidad para poner palos en la rueda, se empeñara en interrumpir la charla de estos dos amigos. «No quiero resignarme a una sociedad del insulto en la que a fuerza de manejar la violencia verbal contra los otros uno se acaba convirtiendo en mentira, agresividad, violencia, en la nada», manifestaba el filósofo. «La lucha por la cultura, por la filantropía tiene que mantenerse».

Contra el insulto argumenta con nombres y apellidos la montura del caballo de batalla que la ciudadanía debería ensillar antes de prestarse al juego de la violencia verbal. El doctor Luis Montes del hospital de Leganés al que un exsecretario de Estado calificó de nazi en televisión; Pilar Miró, denostada de manera reiterada durante su etapa al frente de la televisión pública; y Eduardo Bautista, director general de la SGAE, son tres de los ejemplos que Juan Cruz esgrime en su libro. Algunos de estos insultados han charlado con el autor sobre la impunidad, las campañas de terror y demonización que han sufrido. «El que tiene la verdad es el insultado, el que está en el error es el insultador», afirmaba con contundencia Lledó. El filósofo, recuperando textos de filosofía y retrotrayéndose a la etimología de las palabras, ha perfilado el origen del vocablo: «Se relaciona con saltar, hacer piruetas y subirte encima o contra el otro, también con las palabras».

En muchos casos, aquellos que están en el uso y amplificación de la palabra son responsables, para estos dos autores, de la extensión y aceptación del insulto. «Los que tenemos la máquina de decir cosas, a veces nos creemos que podemos decir cualquier cosa. La raíz de este malentendido está en la creencia de que la libertad de expresión puede equivaler a la libertad de insultar», decía Juan Cruz. «Lo que tenemos que tener es libertad de saber pensar, entender, sentir, querer. Nos convertimos en enemigos de nosotros mismos por las frases hechas que nos han caído, que conocemos desde la escuela», continuaba Lledó.

La cuestionable habilidad de algunos medios audiovisuales para enarbolar la bandera de la libertad de expresión con vacuidad y sinvergonzonería ha confundido, en palabras de Cruz, «la palabra audiencia con la palabra interés». Para el escritor, se abreva al público haciéndole creer que «si una persona decide que su inteligencia le permite segregar el insulto, los demás deben aceptarlo porque está impreso o grabado».

Lo que muchos no parecen tener en cuenta es el grito que Lledó y Cruz han dado esta tarde una y otra vez, con el ánimo de concienciar y no de alarmar: «Mentir, calumniar, ofender son formas de matar». «Una manera de provocar el asesinato real de las personas es insultándolas, previamente», decía Lledó. «Y Lorca es el ejemplo de esto». «Algo habrá hecho», apostillaba Cruz con la esperanza y la ironía de dos amigos que aún confían en mirarse hacia dentro antes de apuntar.

El tiempo entre costuras de María Dueñas

Ana Silvia Del Valle

Este libro lo  había visto muchas veces cuando llegaba a revisar las novedades en la librería. Ese día buscaba un libro con desesperación, tenía que leer algo, pues no hay cosa peor que llegar a mi cama en la noche y no encontrar ningún libro en mi mesita. Pero, la verdad, este no me llamaba la atención ya que la costura no es mi fuerte. Sin embargo, un día lo estaba hojeando y me dice una señora, madura como yo, léalo, ¡es buenísimo! ¿De verdad? le pregunté. Aunque no muy convencida pues muchas personas te recomiendan libros y resultan ser como los de Paulo Cohelo. En fin, lo compré, y esa noche no hubiera querido dormir pues la aventura es fascinante. La autora que nos lleva al norte de África, Madrid y la Lisboa cosmopolita. Su protagonista, Sira Quiroga, una joven modista, se deja llevar por un amor desmedido, esos amores que en más de alguna ocasión nos hemos topado. Sira abandona a su madre y prometido y huye con un hombre que la engaña y luego la abandona con deudas, sin un solo centavo y en un lugar extraño. Al encontrarse sola en Tetuán, capital de Marruecos, no tiene más que luchar por subsistir a su tragedia, abriendo un centro de costura que se convertirá en un famoso y exitoso atelier. El lenguaje del libro es maravilloso, es tan descriptivo, que nos hace sentir los olores y sabores de Tetuán. Narra una historia en la que interviene una serie de personajes históricos, incluyendo al conocido Juan Luis Beigbeder quien iba a llegar a ocupar el cargo de ministro de exteriores del régimen franquista y a su amante Rosalinda Fox, así como los personajes ficticios como Candelaria la dueña de la pensión. En uno de los capítulos la describe tan bien, que el lector se la puede imaginar perfectamente. Un personaje encantador que le da un toque de humor a la novela. El tiempo entre costuras es apasionante, 638 páginas que se leen fácilmente. Es un libro recomendable, ¡no cabe duda! la española María Dueñas nos invita a esperar con ansias su próxima historia.

El Quijote, anotaciones de un lector 7

Jorge Luis Contreras

Capítulos 17, 18, 19 y 20…

La construcción del héroe que todos sabemos reconocer, aunque no hayamos leído a Cervantes, continúa. Raya en la perfección. Se nos muestran brebajes que solo hacen buen efecto en caballeros andantes, más no en escuderos. Es decir que hasta la naturaleza sabe reconocer al hidalgo y distinguirlo de los seres humanos corrientes.  Éstos se atreven, incluso, a cobrarle en metálico los servicios prestados al caballero. Lógico: el ingenioso hidalgo huye con donaire y sin pagar un centavo. Todos deben a los caballeros y ellos, a nadie. Como Sancho no es tan hidalgo es obligado a pagar con una burla multitudinaria. Lo lanzan y reciben en una manta hasta que la risa equivale al resarcimiento. También le quitan la comida.

Yo me pregunto: ¿qué busca don Quijote? Descubro: busca trascender. Que en el futuro se hable de él.  Se parece a nosotros. ¿Qué busca Sancho? Descubro: busca comer, disfrutar el momento… es un hombre del presente. Se parece a nosotros.

Los libros de caballería, que están sometidos a una revisión genial en la novela, son para don Quijote más verdad que la verdad (historias ciertísimas), y para Sancho, elaboradas mentiras.

Don Quijote es excomulgado. Ni esto lo hace tambalear. La virtud del caballero está más allá de la religión. Es un hombre de convicciones. Confundió a ciertos religiosos que conducían un funeral. Vapuleó a los caravaneros: golpes, piernas rotas… Antes de huir le anuncian, en latín, su condición de separado.

Sancho bautiza a su señor. El hidalgo ya tiene un segundo y glorioso nombre: “El caballero de la triste figura”. Don Quijote quiere un escudo donde se retrate esta condición. El escudero lo considera innecesario: su señor es un ejemplo vivo de figura triste.

Sancho engaña a su señor para evitar que se vaya a batallar y lo deje a merced de su miedo.  Amarra a Rocinante.  El hidalgo, una y otra vez acepta su destino: pelear cuando amanezca.

El Quijote, anotaciones de un lector 6

Jorge Luis Contreras

Capítulos 14, 15 y 16…

Ahora se lee la canción desesperada del malogrado Grisóstomo.  Marcela, la amada del muerto, hace una apología de su virtud y su inocencia.  Todos quedan conformes. Se recuerda al lector que hay hermosuras que alegran la vista, pero no rinden la voluntad.  Aparecen los traumas psicológicos que tanto material van a dar a novelas y películas.  Grisóstomo se alejó intencionalmente de Marcela para sentir celos y luego poder morir de amor.  Un círculo de cobardes que se verá mucho en las letras universales.

Otra venta, otro ventero. Otra vez el Hidalgo llega deshojado, molido a golpes. La esposa del falso castellano lo cura junto con una bella hija y una fea criada. Cuatro tablas lisas  y ya se tiene cama para el hidalgo. Sancho, herido también, pide curación, mientras miente y vuelve a mentir respecto de las razones del molimiento de ambos. Sancho alaba a don Quijote. Lo anuncia caballero que hoy está en desdicha, pero mañana será emperador y algo ganará el Escudero. Maritornes, la criada se ha ofrecido al arriero que duerme en el mismo ambiente que don Quijote y Sancho. Aparece en la noche y se topa con el insomnio del Hidalgo que no puede aceptar sus favores sexuales porque está preso de Dulcinea. Todos contra todos en lucha muy chistosa.

Don Quijote, otra vez, se nos ha presentado íntegro, con una ética blindada.  Sancho es más práctico con una moral de conveniencias y puertas falsas.

El país de la eterna primavera

Martín Fernández-Ordóñez

Dieter se despertó esa mañana de muy buen humor. Caroline, su esposa, se había levantado temprano para prepararle un desayuno especial (había tomado a escondidas un curso dedicado a las nuevas amas de casa donde les enseñaban, entre otras cosas, a preparar desayunos gourmet y veloces). Era el cumpleaños número 34 de su esposo y al mismo tiempo su cuarto aniversario de casados.

Se recostó en la cabecera de la amplia cama para contemplar la vista de la que podía gozar desde el ventanal de su habitación. Se deleitó con el color celeste intenso del cielo, la forma triangular casi perfecta del volcán y más cerca, las ramas de los altos árboles del jardín siendo suavemente sacudidos por el viento. El olor a café fresco lo regresó a la realidad y bajó a desayunar. Caroline había preparado hot cakes de chocolate, fresas y moras con queso cottage y leche condensada, smoothie de banano con mora y todo dispuesto en la mesa de la pérgola al aire libre, sobre un mantel de lino de Almagro, usando la vajilla de KPM que les regaló su madre para la boda. Al centro de la mesa, un arreglo con las flores silvestres del jardín. Cuando vio a su esposa cargando a Melanie esperándolo sonriente frente al banquete, no pudo aguantar la emoción de sentirse tan dichoso y las cubrió a ambas con un tierno abrazo.

Juan tuvo que levantarse esa mañana todavía más temprano que de costumbre. Una de las máquinas para hacer pan se había arruinado la noche anterior y tenía que repararla para poder sacar la producción y tener listo el pan a las 6 de la mañana. Violeta dormía profundamente. La pobre, pensó, se había acostado tardísimo preparando unos pasteles de encargo con los que se ayudaban. Él mismo se preparó un café, un par de tortillas con frijoles, crema y recalentó unos huevos con tomate que habían sobrado de la cena. Se sentó a la pequeña mesa de pino cubierta por un mantel con diseño de flores y protegido por un plástico transparente. Se sirvió el desayuno humeante en un plato de peltre.

Al terminar de desayunar y de dejar a la niña de 2 años con la niñera, los esposos subieron discretamente a la habitación e hicieron el amor apasionadamente. Luego Dieter tomó un largo baño en su jettina, se vistió con un par de prendas sport que había comprado en su último viaje a Nueva York y se alistó para comenzar un nuevo día de trabajo. Se subió a su camioneta BMW modelo X3 del año, puso el nuevo CD de U2, abrió el portón eléctrico de su garaje para 4 carros y salió de su idílico hogar tarareando las canciones. Mientras pasaba su tarjeta electrónica para que se abriera el portón del residencial, saludó muy amablemente al policía de la garita y bajó por entre los pinos y encinos de la montaña hacia la ciudad.

Lavó los trastos en la pila exterior y se lamentó de no tener agua caliente para no tener que sentir las manos congeladas a esas horas de la mañana. Ni modo, pensó, a seguir en la lucha. Entró a la otra habitación de la casa donde dormían sus cuatro hijos, bien acomodaditos en una amplia cama. Algún día, se dijo, pronto, les voy a comprar a cada uno su camita y cuando bien nos vaya voy a cambiar el techo de lámina por uno de madera.

Salió bien abrigado de su casa y caminó hacia la esquina para esperar a que pasara el primer ruletero que lo sacaría de la colonia, luego tendría que tomar una camioneta que lo acercaría a la avenida principal y luego caminar un par de cuadras o tomar un taxi, todo dependería de la rapidez con la que pudiera llegar al centro. Mientras caminaba hacia la esquina, rezó pidiéndole a Dios que no anduviera por allí ningún integrante de la mara, ya que desde hacía un par de semanas los veía rondar la colonia y tenía miedo de que volvieran a molestarlo con lo de las extorsiones. Sabía que no era el único, de hecho varios de sus vecinos habían tenido que abandonar sus casas y se habían marchado por causa del miedo. Pero Juan y su familia no tenían otro lugar a donde ir. Sigue leyendo

Incertidumbre

José Luis Pardo y Juan Gelman, Babelia – El País

Un nuevo orden moral aflora en tiempos de crisis mundiales e inseguridad, e invita a repensar sobre el optimismo y la felicidad. El filósofo José Luis Pardo y el poeta Juan Gelman reflexionan para Babelia sobre la dicha y el desastre, dos sentimientos antagónicos por los que nos movemos sin transición

La decepción de nuestros días ha erosionado el contrato social y los compromisos morales Saben aquel que diu…? Se levanta el telón y, en total oscuridad, se escucha una voz profunda que dice: «Soy un optimista nato. Allí donde otros ven riesgos, yo veo oportunidades». El escenario se ilumina poco a poco, hasta que vemos al autor de la declaración: en lo alto de un pico montañoso, se dibuja la siniestra y a la vez esbelta figura de un gran buitre.

De pronto, la psicología parece haber pasado a primer plano. Los hechos, otrora punto de anclaje de una realidad incontrovertible, se han vuelto tan enigmáticos y volubles debido a la fluctuación de los valores financieros que los estados de ánimo se han convertido en una variable independiente: si alguien puede modificar el precio de una mercancía -a veces desde millones de kilómetros de distancia- únicamente con la energía mental de sus expectativas de futuro, ¿por qué no podríamos contribuir a mejorar nuestras propias posibilidades simplemente creyendo muchísimo en ellas? Es una causa basada en nada, como decía Max Stirner, pero, ¿no es en eso mismo -o sea, en nada- en lo que se basaban nuestras esperanzas de crecimiento hace sólo unos años, según hemos descubierto repentinamente en los últimos tiempos? ¿No fue una causa con el mismo fundamento -es decir, ninguno en absoluto- la que hizo grandes a Lehman Brothers y a tantos otros? ¿Por qué no podríamos volver a inflar la burbuja deshinchada de nuestro porvenir con una inyección reforzada de autoestima?

La realidad se nos resiste, sin duda, y quienes nos aseguran ahora que nos dicen la verdad desnuda sobre ella no dejan de constatar nuestra quiebra y nuestro naufragio en todos los órdenes, pero los indicadores de los que se sirven para ello no los pone la terca realidad, que como antaño gusta de ocultarse a nuestros ojos, sino aquellos mismos -los calificadores profesionales del riesgo- que nos aseguraban hasta hace poco que lo real era tan elástico como nuestros deseos y que la verdad dependía estrechamente de nuestra mirada sobre el mundo. Incluso en los peores momentos y ante las más drásticas medidas de reajuste presupuestario, la naturaleza psicológica de las políticas de austeridad parece innegable: se diría que no se toman tales medidas para restaurar la solvencia perdida o para recuperar el equilibrio contable, sino para convencer a nuestros acreedores de que podremos pagarles o para recobrar la credibilidad perdida en los mercados, sin que la cruda realidad parezca tener nada que ver con ello.

Y es incluso así como se calcula (de acuerdo con el efecto psicológico que pueden causar en los inversores) la oportunidad de las convocatorias electorales, las iniciativas parlamentarias, las sentencias judiciales o los titulares de prensa. Llevamos muchos años oyendo que la incertidumbre era el signo mayor de nuestra época, que se jactaba de haber derribado todas las seguridades antes tenidas por inquebrantables, y que debíamos asumir gozosa y festivamente esa inseguridad en lugar de dejarnos arrastrar por el espíritu reaccionario hacia la nostalgia de las firmezas metafísicas del pasado; hemos oído que debíamos olvidarnos felizmente de cosas tales como las newtonianas y pre-cuánticas cadenas de la estabilidad laboral, de la rigidez jurídica del Estado de derecho o de los dogmas atávicos de las ciencias deterministas y mecánicas. Así que la gran decepción de nuestros días ha consistido en descubrir que los promotores de esta doctrina de la incertidumbre gloriosa, los propagandistas de la ilimitada flexibilidad de nuestras vidas, de nuestras moradas, de nuestros empleos, de nuestras familias y de nuestras propiedades, tenían una agenda oculta y un as en la manga: con toda esa defensa de la inconsistencia, de la variabilidad, no buscaban en el fondo más que una sola cosa: seguridad absoluta para sus beneficios. Pero su búsqueda ha sido tan afanosa y desmedida, tan irrestricta, que ha acabado por erosionar aquello mismo que, como ya sabía Hobbes, es la fuente principal de las seguridades humanas -incluida la del retorno de las ganancias esperadas-: el contrato social que nos hacía preferible vivir políticamente vinculados a nuestros semejantes que hacerlo en estado de guerra de todos contra todos. Ahora va a resultar muy difícil convencernos de que renunciemos a nuestros apetitos, porque ellos se han puesto por encima de cualquier otro compromiso moral y civil, incluido el que los gobiernos democráticamente elegidos tenían con sus soberanos legítimos, los ciudadanos.

Las patrias de Alatriste

Guillermo Altares, El País

Alatriste vuelve, cinco años después de la última novela y 15 después del inicio de la serie literaria de Arturo Pérez-Reverte. Este soldado cansado viaja a la peligrosa Venecia del XVII en El puente de los Asesinos. Pero el telón de fondo es el mismo: la España descarnada y violenta del Siglo de Oro, la época que para bien y para mal nos forjó como país.

Puesto a maltratar y degollar infieles, argumentó, prefería a los que eran capaces de defenderse. Y en eso seguía, azares de la vida, casi veinte años después». En uno de los momentos clave de la serie, al principio de la ya penúltima entrega, Corsarios de Levante, el Capitán Alatriste recuerda los tiempos duros en que, tras más de una década combatiendo en los campos de batalla europeos en el Tercio de Cartagena, acabó participando en la represión de los moriscos españoles. Degollinas, violaciones, saqueos, salvajadas en un universo, el suyo y quizás el nuestro, despiadado. «Todo el mundo tenía asuntos que ajustar en aquella turbulenta frontera mediterránea, encrucijada de razas, lenguas y viejos odios», prosigue el relato. «Como diría mi amigo Élmer Mendoza: ‘Son las reglas», señala Arturo Pérez-Reverte para explicar la amargura y las contradicciones de su personaje. «Era una España muy difícil, muy cruel y muy descarnada, pero incluso en ese escenario todo tiene un límite. Alatriste se mueve por códigos, maneja unas reglas básicas a las que se acoge», prosigue el escritor español para definir un personaje que puede ser, sin remordimientos, a la vez un héroe y un asesino a sueldo.

Tras cinco años de ausencia, el viejo Capitán, el narrador Íñigo Balboa (cada vez más curtido, más alejado de aquel muchacho ingenuo que conocimos en las primeras entregas), Quevedo y un buen puñado de personajes regresan con El puente de los Asesinos, que Alfaguara pone en las librerías el próximo jueves, en un año que además coincide con el decimoquinto aniversario de la primera entrega de la serie. La nueva novela, que transcurre en Venecia, es la séptima y están previstas dos más, La venganza de AlquézarMisión en París, salvo que su autor, o su personaje, rectifiquen y decidan seguir más allá.

Muchas cosas han cambiado -en España, en el mundo, en la literatura e incluso en el pasado- desde aquella última semana de noviembre de 1996, cuando los lectores se toparon por primera vez con la ya mítica frase: «No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente». Una de ellas es que Alatriste pasó de ser la idea disparatada de un escritor, en cuyo éxito no confiaban demasiado ni él ni sus editores (aunque un auténtico novelista no escribe para vender libros, escribe porque tiene que hacerlo) a convertirse en una de las series novelescas más importantes de la literatura en castellano. Y su dimensión no se mide por la cantidad de ejemplares vendidos (monumental), sino por la relación que establece con sus lectores.

«Lo mejor de Alatriste es que me permite volver a mi verdadera patria que, como muy bien explicó Fernando Savater, es la infancia recuperada a través de la literatura, de las grandes novelas de peripecias», explica Alexis Grohmann, profesor de la Universidad de Edimburgo, experto en la narrativa de Pérez-Reverte (está a punto de publicar un ensayo sobre su obra). «Alatriste me permite viajar a través de la narración pura a esa ‘brumosa tierra natal de nuestra alma’, nada menos que a los cimientos de nuestra condición humana. Por eso vuelvo a esa tierra ‘con previo fervor y con una misteriosa lealtad’, que es como Borges dijo que se leen los libros clásicos», prosigue. Estas palabras, expresadas varias veces con ideas similares por personas muy diferentes a lo largo de la preparación de este texto, demuestran que Alatriste es más que un libro. Sigue leyendo

El Quijote, anotaciones de un lector 5

Jorge Luis Contreras

Capítulos 12 y 13…

Los cabreros cuentan (presagios) la historia de un hombre rico que se hizo pastor por el amor de una mujer que rompía muchos corazones.  El novato pastor murió de amor. Don Quijote y Sancho escuchan poemas, y también el relato de Grisóstomo, cuyo entierro será al día siguiente.  Murió de amor.

Encaminado al lugar de la sepultura del amante siniestrado don Quijote enfrenta una prueba de fe.  Uno de los invitados al sepelio lo interroga respecto del linaje de él y de su amada Dulcinea.  Sereno el caballero andante anuncia que  el origen ha de buscarse en los caballeros de Arturo y su Mesa Redonda. En Lanzarote el héroe que se enamora de la reina.  No importa de dónde vienen él o la dueña de su voluntad; importa lo que de ellos se hablará en el futuro.

Sereno el hidalgo escucha que su fe es cuestionada.  Se le critica porque los andantes caballeros no se encomiendan a Dios, lo hacen a su dama.  Incluso en la muerte.

En el entierro, un hecho que sucederá muchas veces en el futuro.  Grisóstomo ha escrito su tragedia. Ordenó que todo fuera destruido.  La discusión se centra en cumplir o no el deseo del muerto.  Se salvan unos documentos.  La canción desesperada que tomará luego Neruda; y se da pie a Kundera que escribirá respecto de la última voluntad no cumplida de Kafka.  Todos estos pensamientos amalgamados en la escena final del capítulo 13.  Sancho entiende muy poco.

Pablo Neruda

El 21 de octubre de 1971, hace 40 años, la Academia sueca concedió el premio Nobel de Literatura al poeta chileno Pablo Neruda, por “ser autor de una poesía que, con la acción de una fuerza elemental, da vida al destino y los sueños de un Continente”.  Como homenaje a Neruda, a continuación transcribimos uno de sus poemas.

Poema 20

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: «La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos.»

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.

El enemigo blanco

Martín Fernández-Ordóñez

The Flame, Jackson Pollock

La noche está fría, cae una suave llovizna y el viento comienza a soplar fuertemente. Es una típica noche de otoño. Salí del asfixiante taller porque necesitaba escapar de ese encierro, las dudas me abrumaban con su insoportable bulla. Decidí tomar un largo paseo, dejar que mis ojos se entretengan con las luces y que el soplo mojado refresque la tensión de mi rostro.

Partí de Norfolk Street en el Lower East Side con destino al Brooklyn Bridge, uno de mis lugares preferidos de Manhattan. Quizás estando allí, frente a la impresionante panorámica de la ciudad de Nueva york, vuelva a mí por fin la inspiración.

Llevaba demasiados días encerrado, dando vueltas en el pequeño taller atiborrado de latas de pintura, pinceles, periódicos, libros, trozos de madera. No podía continuar con esa relación tan hiriente entre la blancura del lienzo y el silencio de mi cabeza. No había diálogo, no lograba transportar al pájaro azul -como diría Rubén Darío- que revoloteaba en la jaula de mi mente, a través de mis torpes dedos hasta la corporeidad del lienzo. Empecé a temerle a los pinceles, era como si de pronto esos instrumentos que una vez me fueron inmensamente útiles y lograron darle vida a las nubes de mi interior, ahora se convertían en armas peligrosas. Recuerdo que comencé a soñar que estaba en el taller, enfrentándome a mi lienzo en blanco cuando de pronto los pinceles se transformaban en cuchillos, saltaban desde las estanterías y se clavaban inmisericordes en mis manos. Me despertaba gritando, sintiendo una profunda angustia, tuve que encender inmediatamente la luz para comprobar que mis manos continuaban completas y sanas.

El lienzo en blanco. El insulto silencioso, el golpe invisible. Estúpido soporte, inútil espacialidad. Odio tu textura, los límites de tus bordes, tu ridícula inclinación sobre el caballete. Maldito caballete que sostienes la nada, un trozo de tela impregnado de yeso y cola, mejilla expuesta esperando recibir el primer beso, la primer caricia. Pero no recibes nada, más que una mirada absorta, incapaz ya de contemplar. Sigue leyendo