Un americano: una historia de amor en el tiempo de la Depresión

José María Guelbenzu – Babelia, El País

Narrativa. Después de dar por terminada la tetralogía A merced de una corriente salvaje (Alfaguara, 1999-2002), Henry Roth, cada vez más deteriorado por la artritis, siguió escribiendo con serias dificultades y voluntad de hierro, y dejó tras su muerte una buena cantidad de páginas que han terminado convirtiéndose en esta Un americano. Roth no tuvo tiempo de darle forma, de manera que estamos ante una novela montada con esos materiales, pero hay que decir que la costumbre norteamericana del editing nos permite leer un rescate muy importante. La novela consta de un cuerpo central en el que cuenta la liberación de sus ataduras familiares y personales y se sitúa entre los años 1934, año en que publica su celebrada Llámalo sueño (Alfaguara, 1990), uno de los grandes clásicos de la narrativa americana del siglo XX, y 1938, en que contrae matrimonio con Muriel Parker. Un prólogo y un epílogo enmarcan el libro entre el momento en que conoce a Muriel y el momento en que, cerca de su muerte, recuerda la de su mujer.

Un americano es una historia de amor contada por una de las partes, Ira, el álter ego de Roth, el protagonista inolvidable de Llámalo sueño. Es una historia de amor ligada a las desventuras de Ira en busca de su independencia personal. A lo largo del relato veremos cómo se embarca en una aventura con un camarada, Bill, y su familia, rumbo a la Costa Oeste con la intención de llegar a introducirse en Hollywood para ganarse la vida. Son los años de la Gran Depresión, Bill es un analfabeto y fanático comunista e Ira arrastra una vida miserable. Bill ejerce sobre él la fascinación que el frágil y huidizo Ira siente por alguien fuerte y decidido; pero Bill es un cantamañanas ignorante y de ello ha de darse cuenta Ira y desprenderse de él, lo mismo que ha de hacer con Edith, su mentora y mantenedora, una mujer culta y dominante que lo protege y anima a escribir y a cuyo empuje debe su primera novela de éxito incierto. El problema de Ira es librarse de la dominación y la dependencia y ser alguien por sí mismo y a esa falta de energía atribuye su incapacidad de volver a escribir. En todo este proceso, M. (Muriel) está ausente, entregada, pero en la lejanía, esperando que Ira se encuentre a sí mismo y por sí mismo. De modo que la historia de amor consiste, en realidad, en la lucha de Ira por llegar a ser merecedor de M., pero es una lucha solitaria. La figura de M. actúa como el faro cuya luz guía la travesía de Ira, que es la que verdaderamente se nos cuenta.

La novela, como las anteriores, es autobiográfica. Resulta emocionante ver a Roth escribiendo estas páginas de tributo a la esposa muerta en la figura de Ira y como última huella que desea dejar de su paso por la tierra. Está escrita con el nervio característico del autor y su amor por los detalles, que tanta importancia tienen en su escritura, sigue mostrando el estilo y el brío que caracterizó su obra anterior. Es impresionante también el relato del vagabundeo en los años de la Depresión. Ira, que se fue de casa a los 32 años, se encuentra sin un centavo en el bolsillo, tratando de hacerse como artista, renunciando a todo lo que no sea dedicarse a su arte, pero, por su propia debilidad (que no falta de coraje, pues su viaje hacia la nada para preservar su espíritu artístico requiere tesón y aguante), tardará en desprenderse de sus miedos. Reconoce que posee «sólo una colosal falta de seguridad e incertidumbre». M. va a ser su referencia, el puerto al que pone rumbo, y el libro es el relato de ese rumbo.

Un libro descarnado, valiente y dolorido de un hombre que tras un bloqueo de más de treinta años empieza a recuperar su pulso narrativo cuando la reedición de Llámalo sueño en 1964 le concede el abrumador éxito que no tuvo en 1934. Es un caso extraordinario. Al final de su vida consiguió dejar otra obra maestra (A merced de una corriente salvaje) y su historia personal de amor y superación. Hoy es un grande entre los grandes y la lectura de este libro un auténtico regalo para sus lectores.

Borges y Quevedo

Margarita Carrera, Prensa Libre

Para Borges es el más grande escritor español del Siglo de Oro en España. Ello quizá porque Quevedo, en la plenitud de la literatura de su país, es un vivo representante de la mentalidad de la Edad Media europea. Por ello es capaz de decir que los herejes reciban los peores castigos. “Los castigos, todos son justos y todos son pocos”. Es un moralista prepotente, un inquisidor, que desconoce la compasión. Al leerlo, Borges lo defiende diciendo que en Quevedo los apetitos son “vehementes”. Más que el sentimiento amoroso, en él está presente el desengaño, la melancolía; yo agregaría la furia de no ser amado.

Dominado por estos sentimientos, su pluma se convierte en la más temible de su tiempo. Un eterno busca pleitos en lo que escribía y actuaba. Un apasionado. Puede que también sea producto de su era, una era en donde en España hay hambre y miseria a pesar de vivir una época en donde se están dando los más altos talentos de su literatura. Entre los cuales está nada menos que Cervantes.

Quevedo, mucho más difícil de entender, por lo tanto no tan exaltado y reconocido. Frente a Góngora, creador del culteranismo por su lenguaje ampuloso y pleno de metáforas, a Quevedo le fascina la descripción de la fealdad. Conceptista: el pensamiento ha de ser dicho con pocas palabras. Para él todo enseña desengaño, todo expresa caducidad de las cosas. “Las glorias de este mundo/ llaman con luz, para pagar con humo”. Desgarrado, su estilo elíptico contrasta con el estilo perifrástico de Góngora. “La modernidad de Quevedo no está en su admirable retórica, como creía Borges, sino en su dramática conciencia de la caída y en la imposibilidad del rescate”, señala Octavio Paz, otro de sus admiradores.

Otra de sus características es la insolencia y sus constantes alusiones al hambre: “Mandaron los doctores que por nueve días no hablase nadie recio en nuestro aposento, porque como estaban huecos los estómagos, sonaba en ellos el eco de cualquier palabra”.

Borges acusa a Quevedo de ser terrorista. Como tal, observa la intimidación y el ataque directo. El terrorismo o violencia verbal de Quevedo se encamina también en contra de las mujeres. Con todo, su poesía amorosa ya ha traspasado la valla del olvido: “Cerrar podrá mis ojos la postrera/ sombra que me llevare el blanco día,/ y podrá desatar esta alma mía/ hora a su afán ansioso lisonjera;/ mas no de esotra parte en la ribera / dejará la memoria, en donde ardía;/ nadar sabe mi llama el agua fría / y perder el respeto a la ley severa./ Alma a quien todo un Dios prisión ha sido, / venas que humor a tanto fuego han dado / médulas que han gloriosamente ardido,/ su cuerpo dejarán, no su cuidado;/ serán ceniza, más tendrá sentido;/ polvo serán, mas polvo enamorado”.

La prosa y la poesía de Quevedo exige una agilidad mental constante del lector. “Para gustar de Quevedo hay que ser (en acto o en potencia) un hombre de letras; inversamente, nadie que tenga vocación literaria puede no gustar de Quevedo”.

En pocas palabras se necesita de ser muy inteligente y erudito para comprender a este escritor. Quevedo es uno de los más grandes poetas no sólo españoles, sino universales. Razón tiene Borges en considerarlo lo mejor de la literatura española.

Antonio Machado, el poeta republicano

Hemeroteca diario «La Vanguardia»

El maestro andaluz publicó 26 artículos en ‘La Vanguardia’ entre julio de 1937 y enero del 39… un mes después,  falleció

La presencia del gobierno de la República en Barcelona desde que estalló la Guerra Civil y hasta 1939 convierte a  La Vanguardia en su órgano de expresión.  Publican en sus páginas los más destacados intelectuales y escritores que apoyan la causa republicana; entre ellos, Antonio MachadoThomas Mann, Illya Erenburg, André Malraux, Max Aub, Ramón J. Sender, María Zambrano, Manuel Altolaguirre, Carles Riba, José Gaos, José Bergamín, Arturo Serrano Plaja, Corpus Barga, etc…

Destacan las 26 colaboraciones del gran poeta andaluz Antonio Machado.  En su primer artículo, «El poeta y el pueblo«, del 16 de julio de 1937, el autor reflexiona sobre la relación entre el escritor y sus lectores, el pueblo español.  El último de ellos, del 6 de enero de 1939, constituye una acertada crítica a la política contemporanizadora del premier británico Chamberlain frente a Hitler y las dramáticas consecuencias que ello conlleva para España.  Un mes después de dejar de colaborar en nuestro diario, el poeta fallecía en Colliure.

Estos son los artículos de Antonio Machado publicados en La Vanguardia:

16/07/1937: El poeta y el pueblo

27/03/1938: Notas inactuales, a la manera de Juan de Mairena

06/04/1938: Apuntes del día

03/05/1938: Desde el mirador de la guerra

14/05/1938: Desde el mirador de la guerra II

22/05/1938: Desde el mirador de la guerra III

02/06/1938: Desde el mirador de la guerra IV

12/06/1938: Desde el mirador de la guerra V

25/06/1938: Desde el mirador de la guerra

07/07/1938: Saavedra Fajardo y la guerra total

19/07/1938: En el 19 de julio de 1938

23/07/1938: Para el congreso de la paz

09/08/1938: Desde el mirador de la contienda

16/08/1938: Lo que recuerdo yo de Pablo Iglesias

24/08/1938: Viejas profecías de Juan de Mairena

01/09/1938: Desde el mirador de la guerra

06/10/1938: Desde el mirador de la guerra

21/10/1938: España renaciente. Arturo Serrano Plajá

23/10/1938: Desde el mirador de la guerra

29/10/1938: Unas cuartillas de Machado

10/11/1938: Desde el mirador de la guerra

13/11/1938: Glosario de los 13 fines de guerra

22/11/1938: Una alocución de don Antonio Machado dirigida a todos los españoles

23/11/1938: La gran tolvanera

07/12/1938: Recapitulemos

06/01/1939: Desde el mirador de la guerra

Hemingway, entre el idealismo y el desencanto

Paula Corroto en Público.es

Aniversario. El próximo 2 de julio se cumplen 50 años de la muerte del escritor que hoy nos acerca a los valores de la Generación Perdida

Era una calurosa tarde de julio de 1923. Un veinteañero Ernest Hemingway (Oak Park, Illinois, 1899-Ketchum, Idaho, 1961) se hallaba apostado en la puerta trasera del Hotel Maisonnave de Pamplona, muy cerca de la popular calle Estafeta. Esperaba con ansiedad a que cruzasen los toros del encierro. De repente, un mozo le cogió de la mano y el futuro escritor se asustó. Tanto que intentó agarrarse a todo lo que vio a su alrededor. Tiró un jarrón de leche y cuantas cosas se interpusieron en su camino. Al final, el corredor le soltó y el joven norteamericano, que había acudido a la capital navarra como corresponsal del Toronto Daily Star, acabó en el suelo, atemorizado. El hombre que años después se jactaba de cazar leones en África y de ser uno de los primeros en entrar en París tras el desembarco de Normandía acabó temblando.

La anécdota la cuenta Fernando Hualde, conserje del hotel pamplonés La Perla, en el cual Hemingway se alojaba siempre que acudía a los Sanfermines a partir de los años cincuenta. La historia, que Hualde conoce tras haberse pasado más de media vida en el hotel, muestra el carácter dual del escritor: la pasión y la frustración, el idealismo y el desencanto, la valentía y la furia. Particularidades que muchos años después, el 2 de julio de 1961, le llevaron a pegarse un tiro con su escopeta en su casa de Ketchum. La próxima semana se cumplirán 50 años de esta muerte que, como señala el crítico literario Carlos G. Reigosa, «ya está aceptada como suicidio, a pesar de que su amigo el torero Antonio Ordóñez insistiera en aquella época que un hombre como él jamás acabaría su vida con un disparo. Al contrario, el escritor tenía todas las características para matarse».

«Con morir, no basta»

Hemingway escribió en El Viejo y el mar (1952) que el hombre podría ser destruido, pero jamás derrotado. En la frase lapidaria de este relato que le valió el Premio Pulitzer en 1953 un año después obtuvo el Nobel de Literatura se halla concentrada su vida y su obra. Dos años antes, en Al otro lado del río y entre los árboles (1950) ya había dejado como epitafio: «Con morir, no basta». «Todo esto es lo que le convierte en un gran clásico. El gran tema de Hemingway es la tragedia de la vida y la lucha por la supervivencia. Y lo que siempre demuestra es una profunda admiración por el ser humano, a pesar de las guerras y las injusticias», apunta el filólogo Gabriel Rodríguez Pazos. Como el mismo Hemingway escribió, el último paso del hombre debe ser la resignación, ya que «es el sentimiento que precede a la aniquilación».

Precisamente, medio siglo después de aquel disparo, ciertos valores que adoptó Hemingway si se pule todo esa estampa casi folclórica del macho alfa y el rifle en las manos pueden ser recuperadas si nos atenemos a las circunstancias actuales. El escritor formó parte de la Generación Perdida, el término acuñado por Gertrude Stein para designar a aquellos escritores veinteañeros a los que la Primera Guerra Mundial les había escamoteado las ilusiones. Fueron también los primeros autores que vieron desmoronarse el sueño americano tras el crack de 1929. John Dos Passos, Francis Scott Fitzgerald, William Faulkner, Ezra Pound, Erskine Cadwell y John Steinbeck vieron cómo se tambalearon los bancos de Rockefeller. Todos ellos llevaron a la literatura sus sensaciones de frustración e intentos de supervivencia rehogados con euforia, alcohol y jazz. El retrato de las miserias del hombre y su desorientación quedaron reflejados en novelas como Manhattan transfer (Dos Passos), El ruido y la furia (Faulkner) o Las uvas de la ira (Steinbeck). Sigue leyendo

Amin Maalouf, elegido miembro de la Academia francesa

El País

El escritor franco-libanés Amin Maalouf ha sido elegido hoy miembro de la Academia francesa, creada por Richelieu en 1635, y cuya primera tarea es velar por el respeto a la lengua francesa y redactar su diccionario. Sucede al antropólogo Claude Lévi-Strauss, fallecido en 2009,  ha anunciado la Academia.

Premio Goncourt en 1993 por La roca de Tanios, Amin Maalouf ha sido elegido en primera vuelta con un escrutinio de 17 votos sobre un total de 24. El filósofo Yves Michaud ha recibido tres sufragios.

Nacido el 25 de febrero de 1949 en Beirut, en el seno de una familia cristiana, Amin Maalouf, que habla árabe y francés, ha consagrado su obra al acercamiento entre civilizaciones. Periodista en el reputado diario de Beirut An-Nahar, partió al exilio en 1976 cuando su país se vio arrasado por la guerra civil.

Los temas del exilio y la identidad ocupan un buena parte de sus ensayos: entre otros Identidades asesinas (1989) y El desajuste del mundo (2009). Maalouf publicó su primer libro en 1983, una obra histórica: Las cruzadas vistas por los árabes. Pero fue su novela León el Africano quien, en 1986, le hizo conocido a ojos del gran público. Ya había sido candidato a la Academia en 2004 y en 2007.  En 2010 ganó el Premio Príncipe de Asturias de las Letras.

Juan José Millás: El futuro de la literatura no está en el papel

Vanguardia

El periodista y escritor Juan José Millás se ha mostrado convencido hoy de que el futuro de los periódicos y de la literatura «no es el papel», lo que aboca a ésta última a fenómenos como la piratería.

En unas declaraciones sobre el mundo de la comunicación, Millás (Valencia, 1946) ha dicho que todo apunta a que la prensa y los libros tienden hacia el mundo digital, si bien admite que ambos formatos «convivirán durante mucho tiempo».

«Los libros envejecen, las páginas amarillean, se vuelven de yeso, huelen a ácaros porque están llenos de bichos», de modo que si conserva novelas editadas en los 60 es únicamente «por razones sentimentales».

Millás ha dicho que se siente cómodo utilizando dispositivos electrónicos de lectura como el «ebook» o el iPad, que hacen posible que uno se lleve «cuarenta libros» en vacaciones, mientras que «un libro de hace un año resulta inmanejable».

Por ello, aunque todavía resulte imposible predecir el momento preciso en que tanto los periódicos como las novelas abandonarán las páginas de papel -«hace cinco años no podíamos pensar dónde estamos hoy»-, sostiene que «todo tiende» hacia su desaparición.

Estas nuevas pautas están provocado fenómenos como la aparición de la piratería en la literatura, que «ya se está empezando a notar», según ha asegurado Millás, autor de títulos como Dos mujeres en PragaEl mundo, premio Planeta 2007.

En la prensa han generado nuevas rutinas informativas: «Antes la realidad pasaba por la ventanilla del periódico, ahora es el periódico el que va a la ventanilla de la realidad».

¿Qué piensas tú?  ¿Cómo prefieres leer un libro?  ¿Impreso o en pantalla?

Técnica y esencia de la humanidad

J. M. S. R. – El País

El papel de la ciencia, la tecnología, el lenguaje o la inteligencia en el progreso del mundo es analizado por expertos como Ridley, Spier, Mumford y Headrick.

La pregunta de cuál es la esencia de los humanos se encuentra entre las más fundamentales que podemos plantearnos. No hay duda de que somos un eslabón de una larga cadena que no necesita para ser explicada más que de las leyes físico-químicas y de las contingencias de la naturaleza. Somos, en definitiva, el producto, más o menos afortunado, del -recurriendo a la sentencia de Demócrito que Jacques Monod convirtió en título de un libro- azar y de la necesidad; el azar propiciado por las cambiantes circunstancias ambientales y la necesidad de las leyes físico-químicas. Ahora bien, aceptado este punto, que somos un producto evolutivo con una serie de habilidades notables, ¿qué es lo que nos distingue de aquellos seres que aparecieron antes que nosotros y con los que estamos emparentados, especialmente con los demás homínidos?

Varias son las respuestas que se han dado a esta cuestión. Para unos, lo que distingue a nuestra especie es su inteligencia, de ahí el nombre que la hemos adjudicado: homo sapiens. Y esa inteligencia no es sino la consecuencia -se argumenta también- del tamaño de su cerebro: «Probablemente», escribe Fred Spier en El lugar del hombre en el cosmos (un libro que intenta reconstruir la Gran Historia, la historia que va del origen del Universo a la sociedad actual), «no es ninguna coincidencia que hayan sido justamente unos animales provistos a un tiempo de las características de los vegetarianos y de las cualidades de los predadores los que hayan desarrollado el mayor y más complejo cerebro en relación con su masa corporal, y lo mismo cabría decir del hecho de que también ellos sean los que hayan terminado por dominar el mundo».

Otros, sin embargo, hacen hincapié en la habilidad de nuestra especie para fabricar instrumentos (hace más de un siglo, Thomas Carlyle describió al hombre como «un animal que usa herramientas»), y así hubiesen preferido la denominación homo faber, hacedor de instrumentos. A favor de esta línea de pensamiento se encuentra la importancia de la tecnología -la disciplina que trata de la producción y utilización de instrumentos, de máquinas- en la historia de la humanidad. Nada ha sido tan importante para cambiar el mundo como la tecnología, aunque la tecnología no es independiente de la ciencia, una actividad en la que las ideas -y ahí entra en escena el cerebro como órgano creativo más que manipulador- desempeñan un papel central. Siendo cierto esto, no lo es menos que con frecuencia se ha hecho excesivo hincapié en la ciencia como motor de la tecnología, cuando no escasean los ejemplos que muestran que en ocasiones ésta precedió -e impulsó- a aquélla: la máquina de vapor, por ejemplo, fue anterior a la termodinámica, la rama de la física que trata de los intercambios energéticos y caloríficos. «En muchos casos los avances empíricos precedieron en décadas a las explicaciones científicas», señala a propósito de la medicina decimonónica Daniel Headrick en El poder y el imperio, un magnífico texto que describe las relaciones entre la tecnología y el imperialismo desde 1400 hasta la actualidad, en el que se comprueba que, efectivamente, la tecnología ha sido, y es, un elemento central en la historia de la humanidad y la herramienta indispensable en la expansión global, imperialista, de las sociedades occidentales desde el siglo XV hasta el presente.

Matt Ridley, recordado por libros tan magníficos como GenomaQué nos hace humanos (Taurus), se ha unido ahora a esta discusión con otro texto espléndido, El optimista racional, una original y bien documentada exposición de la historia de la humanidad, que defiende la capacidad de progreso de nuestra especie negando la idea de que estamos abocados, cual si se tratase de una maldición divina, a un futuro cada vez más negro. Uno de los argumentos centrales de Ridley tiene que ver precisamente con entender a los humanos más como homo faber que como homo sapiens, aunque en realidad su propuesta es algo diferente, contemplando a los humanos como homo dynamicus.

Su propuesta es que la especie de homínidos a la que pertenecemos no surgió, o mejor, desarrolló las habilidades que la hicieron dominante, impulsada por condicionamientos físicos como el clima, que les llevaba a los desiertos en las décadas lluviosas y los expulsaba de ellos en las sequías, con la consecuencia de hacerlos de esta manera más adaptables, lo que a su vez seleccionó nuevas capacidades. El problema con esta teoría, señala Ridley, es que esas mismas condiciones climatológicas afectaron a otras muchas especies africanas. Tampoco acepta la propuesta de que una mutación genética fortuita hubiese desencadenado un cambio en la conducta humana al alterar sutilmente la construcción del cerebro humano, alteración que les habría dado «capacidades plenas de imaginación, planificación y otras funciones superiores, lo cual a su vez les otorgó la capacidad de fabricar mejores herramientas y encontrar mejores formas de llevar su vida». Existen algunas mutaciones que podrían ser buenas candidatas y que afectan a un gen que es esencial para el habla y el lenguaje tanto en personas como en pájaros cantores: cuando se añaden estas mutaciones a ratones parece que cambia la flexibilidad en el cableado de sus cerebros de un modo aparentemente relacionado con el movimiento rápido de lengua y pulmones asociado al habla. «El problema», señala Ridley, «es que evidencias recientes indican que los neandertales comparten esas mismas mutaciones, lo cual sugiere que el ancestro común de los neandertales y el ser humano moderno, que vivió hace unos 400.000 años, pudo haber tenido ya un lenguaje bastante sofisticado. Si el lenguaje es la clave de la evolución cultural, y los neandertales tenían lenguaje, ¿entonces por qué las herramientas de los neandertales muestran tan poco cambio cultural?». Sigue leyendo

En tres generaciones, el 10% de la población mundial podrá comunicarse en español

Tomado de «El Día E – la fiesta de todos los que hablamos español»

El 18 de junio es el Día del Idioma Español.  Se estima que en 2030 el 7,5 % de la población mundial, un total de 535 millones, será hispanohablante, superando notablemente a lenguas como el ruso (2,2% de la población), el francés (1,4%) y el alemán (1,2%). Solo el chino superará al español en el número de hablantes de lengua materna.

Actualmente el número de hispanohablantes en países en los que el español es lengua oficial asciende a 377 millones.

En aquellos países en los que no es lengua oficial, la cifra es de 64 millones, generando un total de 441 millones de hispanohablantes. Los cálculos sitúan a la lengua española entre las primeras del mundo en cuanto a su número de hablantes. Se estima que en 2050 los hispanohablantes podríamos ser más de 600 millones.

El español es la segunda lengua de comunicación internacional.

Tomada en su conjunto, la comunidad hispánica forma un gran mercado de renta media, delimitado, en el caso de las industrias culturales y de la comunicación, por la existencia de una lengua común. El producto agregado de los países hispanohablantes representa una porción considerable de la economía mundial (5,2%).

¿Cuál es tu palabra favorita en español?

En el río eterno de Borges

Winston Manrique Sabogal, Papeles Perdidos

Si a uno le preguntan por un escritor que represente o simbolice el libro y el mundo de la literatura es casi seguro que entre los elegidos esté Jorge Luis Borges (1899-1986). Su pensamiento y su creación literaria y su figura pasaron a ser, aún ya en vida, sinónimo de pasión y sabiduría literaria. Sin duda es uno de los autores en español más importantes del siglo XX, y uno de los más queridos por los lectores y más admirado por los propios escritores. La semana pasada Casa de América, de Madrid, la dedicó al autor argentino.

Por eso hoy, cuando se cumplen 25 años de su fallecimiento, quiero rendirle un homenaje, agradecerle los infinitos momentos de placer y enseñanza, e invitar a todos a recordarlo. Yo empecé a leer a Borges por el final. O casi. Fue con el cuento La intrusa, cuando estaba haciendo las prácticas de periodismo en Bogotá. Aunque sabía de su fama, prestigio y querencia por parte de los lectores, aplazaba siempre su lectura porque sabía de qué iban sus relatos y creía que no iba a descubrir mucho. ¡Error! ¡Craso error!. Después de La intrusa desandé el camino borgeano. Y con motivo del centenario de su nacimiento, 24 de agosto de 1899, escribí un reportaje en EL PAÍS titulado La última tarde Borges en Buenos Aires. Fue mi primer homenaje público a quien nos ha legado más qu elibros, historias, las del El AlephFicciones con tanto cuentos maravillosos en todos los sentidos, y tan adelantados para su tiempo que por eso gozan de una luminosidad admirable.

Y aunque me gusta muchísimo el Borges de los relatos, el Borges oral, el Borges de las conferencias con sus teorías y reflexiones sobre la literatura, la vida, la Historia, el tiempo, el espacio o la inmortalidad, Todo él confluye en el Borges poeta. Por eso voy a reproducir uno de sus poemas donde condensa gran parte de su universo siempre en expansión:

Arte poética

Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.

Sentir que la vigilia es otro sueño
que sueña no soñar y que la muerte
que teme nuestra carne es esa muerte
de cada noche, que se llama sueño.

Ver en el día o en el año un símbolo
de los días del hombre y de sus años,
convertir el ultraje de los años
en una música, un rumor y un símbolo,

ver en la muerte el sueño, en el ocaso
un triste oro, tal es la poesía
que es inmortal y pobre. La poesía
vuelve como la aurora y el ocaso.

A veces en las tardes una cara
nos mira desde el fondo de un espejo;
el arte debe ser como ese espejo
que nos revela nuestra propia cara.

Cuentan que Ulises, harto de prodigios,
lloró de amor al divisar su Itaca
verde y humilde. El arte es esa Itaca
de verde eternidad, no de prodigios.

También es como el río interminable
que pasa y queda y es cristal de un mismo
Heráclito inconstante, que es el mismo
y es otro, como el río interminable.

Con estos versos del cosmos borgeano rindo homenaje a ese hombre que escribió que alguien es inmortal mientras se le recuerde: «La inmortalidad está en la memoria de los otros y en la obra que dejamos. (…) Sé muchos poemas anglosajones de memoria. Lo único que no sé es el nombre de los poetas. ¿Pero qué importa eso? ¿ Qué importa si yo, al repetir poemas del siglo IX, estoy sintiendo algo que alguien sintió en ese siglo? Él está viviendo en mí en ese momento, yo no soy ese muerto. Cada uno de nosotros es, de algún modo, todos los hombres que han muerto antes. No sólo los de nuestra sangre».

Poco más que decir. ¿Y tú, con qué verso o poema o idea de Borges quieres hacerlo hoy más inmortal?

Arturo, el mejor de los caballeros

Ligia Pérez de Pineda

Ser un mito tiene sus ventajas. La principal, que el hombre queda desprovisto de sus defectos y sólo trasciende su grandeza, su carácter épico. Pero no son muchos los que tienen entrada a este mundo donde no cuenta cómo fueron, sino cómo se les recuerda. De hecho, ni siquiera importa si ellos algún día existieron.

Arturo es un personaje moldeado durante siglos de leyendas, canciones y literatura, para acabar conformando un mundo mágico donde el rey es perfecto. ¡Y eso que el personaje parece más héroe de telenovela! La historia podría resumirse así: su padre se enamora de la mujer de otro, a la que seduce disfrazándose de marido con la ayuda de un trotaconventos que va de mago. Fruto de la noche de engaño nace un niño, que es entregado al celestino que favoreció el adulterio y que se encarga de educarlo. El joven, al primer despiste, le hace un bebé a su hermanastra y luego se casa con la más guapa del barrio, quien, para hacerlo más interesante, le es infiel con su mejor amigo. Por último, el protagonista muere tras una pelea con su hijo, que también es su sobrino, y que se quiere quedar con toda la herencia familiar.

A la historia no le falta nada: sexo, adulterio, ambición y falta de escrúpulos;  y aún así el resultado es un panegírico al amor, la amistad y el honor. Porque Arturo, finalmente, simboliza la esperanza de un pueblo por contar con un buen gobernante, hasta el punto que, durante siglos, es esgrimido como excusa por los reyes de Inglaterra para justificar el derecho al trono.

Como podemos ver, Arturo es un personaje legendario, que se va transformando con el devenir de los siglos. De canción en canción, de verso en verso, de novela en novela, de película en película hasta convertirse en lo que conocemos: un mito, que se ha ido adornando de virtudes universales y ha ido dejando de lado todas aquellas cosas que lo harían antipático ante nuestros ojos. El principal de sus adornos es esa vena trágica que le hace perdonar la infidelidad de su esposa, la traición del amigo, el abandono de sus caballeros y el odio de su sobrino – hijo y que causa que en la muerte encuentre una victoria y que la esperanza de su regreso sea la ilusión de un pueblo, que desea el buen gobierno, la paz y la justicia. Puede que no haya otro arquetipo en la historia del hombre que encarne estos ideales tan exactamente. Pero para eso existen los mitos, porque si no fueran necesarios podríamos prescindir de ellos.

Pero seamos justos: los mitos no crecen solos. Hay quienes los riegan, los abonan, los educan, los llevan al colegio, los hacen grandes  luego los dejan hechos unas epopeyas. A Arturo le ocurrió esto. Nace como un personaje real, valiente y con méritos sobrados. Por ello es cantado por bardos e historiadores. Después, un monje tan imaginativo como poco escrupuloso en narrar la historia lo transforma en el símbolo de unos tiempos cambiantes en la historia de Inglaterra: los normandos se habían apropiado de la isla. Luego, los trovadores y los primeros novelistas lo convierten en emblema del cristianismo para colocarlo en el eje de la más simbólica persecución de la cristiandad: la búsqueda del Santo Grial; otro mito. Y luego llega Thomas Malory, quien le da las últimas manos de pintura que dejan plenamente dibujado al héroe y a toda su corte de amigos. Este Arturo, que luego es cantado por poetas y literatos contemporáneos tan eximios como John Steinbeck está, por supuesto, lleno de inexactitudes históricas.

Hemos dicho que hay un fundamento real en Arturo… es, entonces, tarea de los historiadores presentarnos al verdadero personaje. Quizá algún día un galés esté cavando en su jardín y encuentre una tumba, o las pistas que permitan conocer quién fue, cómo se llamó y cuáles fueron los actos del Arturo de la historia real. Pero casi mejor que no, porque entonces igual nos enteramos que fue un hombre como muchos otros, sediento de poder, sin escrúpulos y con la mano ligera para dar muerte a sus semejantes. Mejor no saber nunca quién fue Arturo, que se quede como está. Que Arturo continúe siendo ese mito con ribetes trágicos que se enfrenta solo a su destino. Ahí está la grandeza del mito.