Jorge Luis Contreras Molina
Don Quijote, un cura, el novio rico, Sancho, los porristas de uno y otro bando se constituyen en los cómplices de una elaborada mentira que vaciada en recipientes de honor, benevolencia, amor, frágiles legislaciones, futuros incuestionablemente planificados… hará que giren las vidas de los implicados en el feliz final (de los que ya no existen).
El Quijote sigue siendo la primera novela moderna. Esta inocente incrustación nos hace pensar en japoneses con un honor tamaño Himalaya, o en suicidas amigos de morir en grandes locaciones. Basilio, en mancuerna con la novia finge una muerte infausta que por inminente puede pedir cualquier último deseo. Y solicita la mano de Quiteria. Ya que el despechado morirá en minutos, Camacho honrará al mundo casándose con un viuda que solo estuvo unida unos instantes, y a un moribundo. Está armado el teatro.
Todo es mentira. No hay herida mortal. No es timorato el acercamiento de la novia hacia el agonizante. Es un montaje para salir por la puerta de enfrente con la novia de otro secuestrada e irrecuperable.
Hasta don Quijote se pone del lado de los actores que se amaron tanto que hasta despertaron un ingenio que no se da en los olmos.
Sigue la fiesta de Camacho. Ya sin novia. ¡Qué mas da! Se marchan los pobres enamorados. El Caballero de los Leones va con ellos.



Dos planos. Real es el llanto del ama que ve como se precipita su señor hacia la tercera desventura. Real también su razón que ha dado hasta para proveer de la más rigurosa dieta al antes molido señor llegado de la segunda. Sansón es joven y, como el león -piensa, muy al inicio- que podrá con la empresa de impedir la inminente salida del hidalgo.
Y, otra vez, los salvadores asechan. Esta vez la criada mastica retóricas para que don Quijote desista. El hidalgo, en acto gentil, se baja de su dignidad caballeresca para persuadir a la ingenua. Le hace ver que, andando los caminos con el honor como divisa, él solo cumple su destino.
Don Quijote es un gran vendedor de sueños. Los cuestionables anhelos del hidalgo son ciertísimas realidades para Sancho, y se constituyen en problemas vitales para la señora Panza. Los destinos de la familia del escudero están en discusión. Fábulas, apólogos, alegorías, cuentos didácticos se han multiplicado para hacer que los hombres aterricemos dejando de lado la ilusoria posibilidad cuya sentencia más probable es un no rotundo porque la vida es, más bien, trágica. Esto cuando construimos sobre posibilidades. Aquí el tono de la discusión de los Panza se eleva porque ella quiere para su hija un igual como marido, mientras que el nuevo corredor de aventuras la vislumbra casada con alguno de sangre real.
Pulso. Sansón Carrasco, narrador del narrador; Sancho, sufrido ser amigo de verdades; y don Quijote, ingenuo amante de la grandeza; alternan voces para contar, corregir y revisar la vida que no se agosta, más bien anhela que el gigante soñador salga de la modorra de la convalecencia.
Vencido, enfermo, sin destino cierto, amarillo… el hidalgo fue, por fin, llevado a su aldea, a su casa, al seguro mundo que los otros le preparan diligentes. Ha habido tiempo para una historia más (un cabrero que habla con los animales), para un enemigo más (otras invenciones del hidalgo que terminan en molimientos y magulladuras), para la ignominia del caballero inconsciente trasladado al refugio.
Cacofonías. Y la voz de Sancho es la del inocente ambicioso que se ha ido transformando gracias a la cercanía del hidalgo Quijote. Ya argumenta, ya anuncia que también el caballo está triste porque su amo no quiere entender que no hay encantamiento, que lo llevan a la mala, que le quieren vedar el derecho de ser, que le mueven el destino hacia la cordura indigna.