Consejos para una buena comunicación y redacción

Antón A. Toursinov

plumaLa comunicación lingüística es una de las capacidades únicas que posee el ser humano. En efecto, la gran parte de nuestras actividades se desarrollan a partir de la comunicación. Ningún ámbito social es posible sin el uso de la palabra. Además, ciertas actividades humanas se basan en la comunicación: la pedagogía y educación, el derecho, el periodismo y, por supuesto, la administración empresarial. La comunicación ayuda a organizar el trabajo; preparar, planificar y realizar distintas actividades. La capacidad de interacción verbal entre los seres humanos ha permitido avanzar en la historia, a llegar al progreso, a avanzar en la ciencia. Sin esta capacidad es imposible el desarrollo personal, la educación, la formación intelectual.

La invención de la escritura facilitó significativamente el proceso de la comunicación al permitir a la humanidad dejar los documentos importantes para las generaciones posteriores, crear la literatura, fundar los medios de comunicación, desarrollar de manera mucho más avanzada las investigaciones científicas. En el ámbito de la educación universitaria el proceso de la comunicación, sobre todo escrita, se convirtió en uno de los motores más potentes de la evolución académica y científica. Nacieron géneros académicos, tales como el ensayo, la reseña, el resumen, la tesis, etc. Y en los últimos años, con el avance de la tecnología, la capacidad de la comunicación se ha hecho primordial gracias a las exigencias de nuestros tiempos: educación a distancia, comunicación vía email y diferentes foros electrónicos educativos, clases on-line. Todo ello a menudo pone en evidencia las faltas de redacción (que en muchos casos llegan a ser bastante peligrosas) y exige el mayor cuidado del estilo de nuestros escritos. No en vano el escritor francés André Bretón dijo que el pensamiento y la palabra son sinónimos.

Es sabido que no es lo mismo hablar que escribir. La escritura obedece ciertas reglas lógicas y lingüísticas que deben ayudar a llevar la información precisa a los lectores. El lenguaje académico posee sus propias características que presentamos a continuación en forma de unos consejos que, esperamos, ayuden a crear los escritos claros, coherentes, y concisos.

Sea buen lector. Las personas que no leen, no saben expresarse por escrito. La lectura (de la literatura, de la prensa escrita, de los libros científicos y académicos) es una fuente inagotable no solo de sabiduría, sino también de enriquecimiento de nuestro lenguaje. Es triste escuchar a muchas personas incapaces de transmitir sus ideas de manera coherente por el mal uso de la lengua, por falta de las palabras y simplemente por su ignorancia.

Conozca a sus lectores. Es importante saber a quién está dirigido el texto escrito. Cuando enviamos una carta, solemos conocer al destinatario, sin embargo, en algunos escritos el lector se convierte en una figura abstracta. ¿A quién va dirigido el ensayo? ¿El artículo? ¿La tesis? No se puede olvidar que un lector especializado en la materia a la que está dedicado el texto posee más conocimientos que un lector que querrá aprender de este texto. En el ámbito académico se supone que el lector va a ser tan conocedor (o más) que el autor y esto nos permite, por ejemplo, evitar las explicaciones innecesarias, utilizar términos precisos, apelar a los datos conocidos por los especialistas.

Elija bien el estilo del escrito. No es el mismo estilo en una carta personal, en un anuncio o en una solicitud que en un ensayo, un artículo o en una tesis. Como ejemplo recordemos el uso de los pronombres que se refieren al autor y al lector. Si en una carta suena perfecto el “yo” y el “vos”, el “usted” o el “tú” (según la persona a la que se dirige), en un texto académico hay que evitar estas referencias. En lugar de “llegué a la conclusión” o “creemos”, es más conveniente el uso de los verbos impersonales (se llegó a la conclusión, se cree, se investigó) debido a que es más abstracto y la acción abarcará tanto al autor como a los posibles lectores y así los argumentos llegarán de manera más sutil a los destinatarios. Está de más recordar que hay que evitar las referencias directas al lector en un texto académico.

Evite las palabras y frases rebuscadas y no existentes. La palabra es el espejo de la acción o, como bien dijo Séneca: “Háblame para que te conozca”. El uso de palabras innecesarias, rebuscadas y hasta cursis no habla muy bien de los que las utilizan. No existe ninguna razón para escribir “me dirijo a su persona” en lugar de “le escribo”; y mucho menos “mi persona” en lugar de “yo”. Es más, estropean la lectura y no permiten entender bien el mensaje. Algunas palabras aparecen porque a alguien se le ocurrió que suenan más inteligentes. Pero el resultado es contrario. Por ejemplo, no existe “aperturar” en lugar de “abrir”, no hay “conversatorios” sino son “charlas”, “mesas redondas” o “coloquios”. Pero tampoco ayuda usar las mismas palabras o construcciones varias veces en una misma oración. Para evitar este error acudamos a los diccionarios: de la Lengua Española, de sinónimos, de antónimos y otros que ahora, incluso, están disponibles en la web. Y, recordando el primer consejo, sea buen lector.

No olvide la ortografía. Las reglas de escritura en español no son capricho de nadie sino fueron creados para facilitar la comunicación y mantener la lengua unida. En el mundo la ortografía española se considera una de las más sencillas, lógicas y amigables y la ponen como ejemplo para muchas lenguas cuyas reglas de redacción no se actualizan desde hace varias décadas si no siglos.

No se puede olvidar de muchos otros principios para que la comunicación sea verdaderamente una ayuda. Tener un buen plan de la estructura del documento puede ser un punto de partida para el éxito a alcanzar, en esto la lógica y el razonamiento son indispensables. Y quizá el consejo más importante de todos: leer nuestros propios trabajos (inclusive las cartas y mensajes electrónicos) antes de enviar o entregar: si uno mismo no entiende lo que escribe, nadie más lo entenderá.

 

Publicado en revista Futuro, edición 189, año XVI, 2012, Guatemala