¿Por qué leemos?

Por: alumnos del Profesorado en Lenguaje y Ciencias Sociales, y de la Licenciatura en Lengua y Literatura (*)

Libro y libre son palabras que juntas llevan una basta carga simbólica. Provienen del mismo vocablo y sólo una letra las distingue. Al respecto, el escritor Sergio Pitol dijo: «El libro es uno de los instrumentos creados por el hombre para hacernos libres». A partir de la lectura encontramos diversas voces que explican el mundo. Las letras, además, son poderosas armas para combatir la ignorancia, el aburrimiento.

En su obra La República, Platón criticó a los poetas porque los textos se enfocan en las musas y no en una intención educativa. En ese sentido, valdría la pena preguntarse también, ¿para qué leemos?

Así como el escritor, el poeta, el artista, el soñador y el pensador tomaron su pluma y plasmaron en el papel sus deseos de dar, de cambiar,  aportar, los lectores pueden descubrirse en un libro.

Además se  ha dicho que un pueblo lector progresa y es libre. Y es que la existencia vital de un libro no se basa en su contenido por sí solo, sino en la sinergia que se crea entre lector-autor.

Imágenes, relatos, información. Todo es amalgama. ¿Por qué leemos? ¿Para qué leer? Al leer acumulamos conocimiento y el conocimiento es poder. Pero un acto que a simple vista podría resultar sencillo e irrelevante, va más allá  de acumular saberes y lo que estos otorgan a quien los posee.

Decodificar un texto siempre dejará un legado. Por mínimo que este sea. La realidad se abre a partir de lo que plasma, por ejemplo, un naturalista cuando retrata con crudeza la vida, o bien un crítico que luego intenta indagar en los porqués.

Por si estas razones no bastaran, seamos niños o no, leer aumentará nuestra capacidad de análisis, comprensión, y argumentación.

En cuanto a qué método es el adecuado para leer, se considera importante anotar que debería hacerse una combinación de todos los conocidos. Decroly, por ejemplo, propone que las actividades básicas son las que han de vertebrar todo aprendizaje, a partir de la observación, asociación y  expresión.

En el placer también hay conocimiento. Y en el conocimiento puede existir placer. Descubrimos, aprendemos. Leemos porque vivimos.

 

DÍA DEL LIBRO

De las muchas herramientas de las cuales el hombre ha hecho uso, solo una de ellas, el libro, le ha permitido lograr un acceso universal a la cultura y al progreso, mientras fortalece los cimientos de la comprensión de la historia y el mundo, así como los valores sociales que se dinamizan en su entorno.

El 23 de abril es la fecha simbólica para celebrar la literatura universal, coincidiendo con la muerte de dos grandes de la literatura, Cervantes y Shakespeare, estableciendo de forma acertada un homenaje al libro y sus autores.  ¿Por qué un Día del Libro? A pesar de los avances tecnológicos que en algunos casos han hecho perder popularidad al libro como representante de la cultura, es innegable la relevancia que este ha tenido a través de la historia. Se ha dicho que un pueblo que lee progresa, pero también un pueblo que lee es un pueblo libre. Un libro es capaz de contener tanta libertad como la conciencia misma del hombre que lo lee.  La existencia vital de un libro no se basa en su contenido por sí solo, sino en la sinergia que se crea junto a su lector.

Las generaciones actuales han sido seducidas hasta ser sumergidas en un mundo social virtual, en donde el número de seguidores determina la popularidad y el éxito, más no su trascendencia.  No vislumbro a un youtuber trascender como Góngora, Calderón de la Barca, Pío Baroja, entre otros, si su profesión se basa en modas e influencias juveniles que no llenan el vacío que la literatura se ha encargado de llenar por siglos.  El mundo –o por lo menos gran parte de él–, no ha notado la importancia de la lectura y por ende, la importancia de su libertad. Gracias a los libros conocemos el drama, el romance, el suspenso y la fantasía; con ellos sentimos, lloramos, reímos, gritamos, suspiramos y soñamos.  Es por  la lectura que aprendemos a ser libres, libres de pensar, libres de ser y pertenecer, libres de crear e imaginar y, sobre todo, de alcanzar una conciencia de libertad.

 

¡Feliz Día del Libro!

 

(*) Carmelita Elizabeth Arbizú Lázaro, Armando David Dieguez Mérida, Camila Fernández Juárez, Luis Mario Martínez Balcárcel, Jimena María Mosquera Calderón, María Alejandra Pazos Vindas, Noemí Peña Lezana, Luis Adolfo Alvarez Rodas, José Raúl Barrios Pernillo, Lily Jeannette Dávila de León, Emilio Alfonso Pacay Aguilar, Claudia Lorena Sequeira García.

El General Plutarco Bowen en Guatemala

Rodrigo Fernández Ordóñez

“Aquellos que tienen el poder pueden maldecirte para toda la vida con tan solo un escupitajo en la cabeza.” – Plutarco Bowen

 

Este breve ensayo fue preparado originalmente con la intención de remitirle toda la información bibliográfica encontrada en Guatemala sobre el General Plutarco Bowen a su pariente Daniel Bowen García, residente en Guayaquil; pero luego se fue convirtiendo en un diálogo e intercambio de información sobre tan singular personaje. De una simple referencia a su nombre, hecha de paso por el siniestro Adrián Vidaurre en sus memorias, fue surgiendo la interesante figura de un militar joven, inquieto, que prestó su espada en luchas por toda Centroamérica y para llevar al éxito la revolución liberal en su patria, Ecuador.  Agradezco a Daniel Bowen la información que me ha proporcionado y por darme una excusa para  revisitar libros y archivos en busca de pistas sobre la vida de su familiar.

I. Antecedentes.

La llamada Revolución Liberal que entró triunfante en ciudad de Guatemala el 30 de junio de 1871, puso fin a cuatro décadas de dominio conservador en la vida política del país. Esta

General Plutarco Bowen

revolución puso en el poder a García Granados, quien gobernó de 1871 hasta 1873, año en que renunció argumentando su avanzada edad, siendo sustituido por el general Barrios quien gobernaría hasta su muerte en la batalla de Chalchuapa, en la vecina república de El Salvador en abril de 1885 en un intento de forzar la unión centroamericana.

A la muerte del “Patrón”, como se le llamaba a Barrios, le sustituyó al frente del gobierno, Alejandro M. Sinibaldi, primer designado a la presidencia, puesto que no existía la figura de la vice presidencia. Sinibaldi gobernó tres días, entregándole el poder al segundo designado, general Manuel Lisandro Barillas, quien había luchado en las filas de la revolución y ejercido desde entonces varios puestos políticos y quien se impuso en el poder durante el sepelio del general Barrios, amenazando con tomar la ciudad con unas tropas que supuestamente estaban acampadas en las afueras de la capital. Sobra decir que las fuerzas no existían y que su argucia, arriesgada, le generó frutos.

El general Barillas reformó la Constitución Política vigente desde 1879, modificando el período presidencial, ampliándolo a seis años. Se postuló para candidato en las elecciones de 1886 y sin mucha sorpresa resultó electo para el cargo de presidente de la república. Culminó su período el 15 de marzo de 1892 luego de una gestión desastrosa según los críticos, en materia económica.

Le sustituyó el general José María Reina Barrios, sobrino del general Justo Rufino Barrios un hombre progresista que sin embargo, al acercarse el final de su gestión se resolvió a disolver la Asamblea Legislativa el 1 de junio de 1897 y convocó a una Asamblea Constituyente. El período para el que había sido electo originalmente, iniciaba el 15 de marzo de 1892 y debía finalizar el 15 de marzo de 1898. Con este golpe de Estado logró prorrogar su mandato, pues la Constitución prohibía la reelección. La Asamblea Constituyente, reunida en el mes de agosto de 1887 decretó: “El período constitucional del Señor General don José María Reina Barrios terminará el 15 de marzo de 1902.”[1] Sigue leyendo

Medals and Tears: The Only Takeaways from the Olympics?

María Inés Flores

Since July 27th, I have watched as much television as I can.  I normally don’t watch a lot of tv, but this phenomena occurs every four years:  during the summer Olympic Games.

If you are a college professor, researcher, or staff member, perhaps you have not followed the Olympics news closely nor made it a priority to watch Michael Phelps, Gabby Douglas, Usain Bolt, and other world-class athletes perform.  The other Olympic athletes – the ones who perform well but do not contend medals – have probably not grabbed much of your time at all.

But don’t worry, this is not meant to be an accusation of any kind. To most people, it makes sense that many academics limit the amount of time they spend watching Olympic sports, since they have a busy schedule and derive no concrete takeaways to enrich their work.  True? False!  Watching and discussing the Olympic Games can be a wonderful learning tool, applicable to many subjects and in many different ways.

Let us consider Francisco Marroquín University in Guatemala City, whose mission is the teaching and spreading of the ethical, legal, and economic principles of a society of free and responsible people.  How are the Olympic Games relevant to this important mission?  A good example lies in how performance is evaluated and rewarded in non-racing and other sports where the results are not obvious or measured by technology.

How do you we know whether Phelps or Le Clos won the men’s 200m butterfly? That’s easy: there’s an electronic scoreboard, which is connected to highly sensitive touch pads, which tells us.  And how do we know who won the men’s high jump?  Simple:  Ivan Ukhov jumped 2.38 meters, which was 5 centimeters more than the closest competitor.  There are no opinions, there’s no confusion or controversy.  But how do we know whether the best female gymnast in the world is American Gabby Douglas, or the Russian Victoria Komova, whose beautiful and difficult floor exercise routine was expected by many to earn the 15.40 score she needed to surpass Douglas?  Even for the few of us who can identify slight performance mistakes, Komova’s floor routine was nearly perfect, her score was too low.  As good as Douglas is, Komova’s performance was superior on that event, that particular day, therefore she should have won the All-Around gold medal.

But rules mandate that the scores be awarded by the people who have chosen to be the judges.  These judges, in turn, spend years studying the Gymnastics Code of Points and building their careers, often starting at beginner level competitions and escalating until they reach Olympic level judging.  Finally, the rules delineate the amount of bonus points awarded for each skill based on its level of difficulty, as well as the points to be deducted for each type of mistake.  So theoretically, at least, there shouldn’t be confusion or controversy here, either, but since people are deciding which athletes stand on the podium instead of the height of a bar or an electronic scoreboard, reality is, of course, a bit different. Judges are biased, have personal and political interests, and can err.  On that day, many people felt that the rightful All-Around champion was Komova, but it was not our job to decide.

In sports like gymnastics and diving, are the scores always fair? Probably not, but there is a set of regulations in place, and these ought to be followed. There is a system whereby some people make (and change) rules, other people interpret rules, and others enforce rules. This is how a law professor introduces a lecture to his students, how it happens every day in court, and how it happens or at least should happen, at the Games in London right now.

In gymnastics competition, as in life, we may often root for the underdog, whether it is the first Chilean gymnast to ever qualify for event finals, or the employee charged with falsifying information and fired just two years away from retirement. For many reasons, it would be inspiring and wonderful for the Chilean gymnast to receive a medal for his great performance, but by the judges’ evaluation, he did not earn one of the top three spots. Therefor, there was no medal for him.  Law professors would state that the rule of law applies.  Likewise, we may sympathize with the 54-year-old supervisor who inadvertently did not report information on the manufacturing plant’s problems and lost his job, with no severance package and a sickly wife, but since he was contractually obligated to disclose all relevant information to management and failed to do so, immediate termination was the outcome.  Once again, the rule of law applies … in the Olympic Games, in labor law, in life.

Another important takeaway from the Olympic Games is the International Olympic Committee’s  sanction of the athletes who lost on purpose.  Chinese, South Korean, and Indonesian badminton doubles players were losing on purpose, in order to compete with the desired team in the following match.  Despite being booed by the audience and receiving a warning from the referee, the players continued with this behavior, until they were disqualified. [i]Olympic athletes who are representing their countries are obligated to put in their best effort… but is it a legal obligation as well as a moral one?  We do know that athletes are sworn in by their home country’s Olympic Committee before departing for the Games, and everyone agrees that at minimum, this was poor sportsmanship, conduct unbecoming of the Olympic values.  The IOC has mentioned the possibility of reimbursing the spectators who paid good money to see real badminton matches. In addition, both the Badminton World Federation and the IOC have committed to investigating the matter and taking further action, since they have declared that this is a very serious matter.  I’m sure that my friends in academia will agree that this case, and many others throughout the Olympic Games, can help to teach the ethical and legal principles of a society of free and responsible people.

My favorite 2012 Olympics moments so far have been Kirani James trading name tags with legendary Oscar Pistorious, Aly Reisman putting her gold medal around her coach’s neck in symbol of their victory, Félix Sanchez sobbing on the podium as the national anthem of Dominican Republic played, and the most special of all, Eric Barrondo’s second place finish in the men’s 20 km Walk, which made him the first Guatemalan athlete in history to win an Olympic medal.

I don’t need to justify watching the Olympic Games… I simply love doing it!  But medals and tears are not the only takeaways.  I invite the super smart people in the academic world to consider watching, too: they could take away important lessons as well as contribute to passionate classroom discussion and learning!

Guatemala City, August 7th, 2012


[i] http://aol.sportingnews.com/olympics/story/2012-08-01/olympics-2012-badminton-players-lose-on-purpose-throw-the-game-kicked-out

Freedom and Responsibility: What Schools are Teaching Our Kids… and What They’re Not

María Inés Flores

For those of us who sit down to do social studies homework with our children, it’s often hard to refrain from tearing up the textbook. Thank goodness we feel compelled to set an example of maturity and self-control for the little ones, otherwise the pages could end up torn and we would have a difficult time explaining to them that the book they’re reading is full of misconceptions.

Why do we feel this way? This bitter reaction is caused by the fact that most social studies books – and teaching the classroom instructors do- promote ideas of dependence and servitude, which are, unfortunately, extremely easy to engrain in the minds of our innocent, young children. Most textbooks do not champion critical thinking and freedom, therefore, they are ineffective at teaching responsibility. And by allowing this to continue, we are shaping more inert, less disciplined, and less entrepreneurial future generations.

The Social Studies and History textbooks used in most schools, whether public or private, tell a strange version of history. This “strange” version illustrates the country’s founders as leaders with amazing intelligence, profound goodness, and boundless courage… basically, genius-saints that did no wrong and made no mistakes. This picture also implies that leaders such as the Founding Fathers were grand planners: they not only drafted wonderful documents like the Declaration of Independence, but also designed and planned just about everything that we consider important in our society: towns and homes, transportation systems, markets and stores, and of course, the formal schooling or educational system. If we read a commonly-used Social Studies book for eight-year-olds, we will most likely (and unfortunately) arrive at two conclusions: One, there is no spontaneous order –everything and anything that’s good is the result of one or several people planning it, based on their intelligence and knowledge- and two, a good citizen does not question laws or regulations and instead, he happily abides by them, including paying all taxes that are imposed by any government agency, since these taxes are supposedly always used to improve our lives.

Other Countries Share this Dilemma

This unfortunate situation of teaching servitude instead of freedom is also common in countries other than the United States. Take, for example, the social studies workbook that second graders use at a prestigious private school – Colegio Interamericano- in Guatemala City. The book, titled Sociedad y Yo (Society and Me) is published by Editorial Piedrasanta. The authors and editors pride themselves in teaching Guatemalan history and culture, as well as the values and behavior of good citizens. The book is 187 pages

long and its content is organized into five modules, which are My Family, My School Life, My Community, My State, and Citizenship and Culture of Peace. In all fairness, it does include many activities that motivate discussion and participation, as well as many important lessons. However, comments such as We should pay taxes, Our taxes are used for building roads, and The Municipality builds and maintains roads appear six times, sometimes even as questions in the short test at the end of a chapter. The book leaves no room for skepticism or analysis about whether the taxes we pay are indeed making people’s lives better. It is good to pay taxes is portrayed as a universal and permanent truth, regardless of the fact that the children in Guatemala witness the very opposite: decadent or non-existent roads, insecurity and an extremely high crime rate, lack of medical and hospital care for poor people, to name but a few. What this social studies book teaches and what the children see and experience every day are not the same – they are in fact, quite the opposite. Yet most schools continue to deliver the message that it is good to pay taxes, don’t doubt it, and answer this on the test, if you want to get a good grade.

This unfortunate situation of teaching servitude instead of freedom is also common in countries other than the United States. Take, for example, the social studies workbook that second graders use at a prestigious private school – Colegio Interamericano- in Guatemala City. The book, titled Sociedad y Yo (Society and Me) is published by Editorial Piedrasanta. The authors and editors pride themselves in teaching Guatemalan history and culture, as well as the values and behavior of good citizens. The book is 187 pages long and its content is organized into five modules, which are My Family, My School Life, My Community, My State, and Citizenship and Culture of Peace. In all fairness, it does include many activities that motivate discussion and participation, as well as many important lessons. However, comments such as We should pay taxes, Our taxes are used for building roads, and The Municipality builds and maintains roads appear six times, sometimes even as questions in the short test at the end of a chapter. The book leaves no room for skepticism or analysis about whether the taxes we pay are indeed making people’s lives better. It is good to pay taxes is portrayed as a universal and permanent truth, regardless of the fact that the children in Guatemala witness the very opposite: decadent or non-existent roads, insecurity and an extremely high crime rate, lack of medical and hospital care for poor people, to name but a few. What this social studies book teaches and what the children see and experience every day are not the same – they are in fact, quite the opposite. Yet most schools continue to deliver the message that it is good to pay taxes, don’t doubt it, and answer this on the test, if you want to get a good grade.

It’s Up to Parents to Teach Freedom and Responsibility

Let’s face it: our children are susceptible to any and all of the messages they receive, particularly if the source is an authority (such as a schoolteacher) backed by a formal tool (such as a print textbook). This means that a huge responsibility rests on the shoulders of parents and caregivers: not only ensuring that our children are learning the right lessons in life, but also the right lessons in school-taught subjects such as Social Studies and Economics. So how do we go about doing this?

First, by understanding just how deeply liberal thinking is embedded in our children’s classroom and being able to juxtapose, in clear and simple language, what they learned there -or elsewhere- with what we want them to learn. For example, in the previous example of paying taxes so that we can have good roads, we could ask seven-year-old Johnny a couple of questions as we drive on a poorly-maintained street: Do you think that these streets are in good shape? Did you know that the municipal government receives money from 100,000 people in order to fix roads and build new ones? This can help illustrate that it is not a universal truth that the taxes we pay for road building and maintenance are used effectively. Another example could be a conversation on highway tolls, and include questions such as should everyone pay for taxes to maintain roads that only some people use? This will help them generate ideas about individual freedom and justice in a community. Little by little, we can discuss concepts such as progressive and regressive taxation, property rights, free-riders, and many other concepts that, if explained well, are surprisingly easy for young children to understand.

Second, by motivating children to observe and listen, and use their own critical thinking to analyze new situations. I was recently bombarded with questions from my children when we drove through a neighborhood filled with small houses made of foil and cardboard and I pointed out that the people living there were land-grabbers. They had a million questions, some of which were very challenging! It is exciting to see interest spark in children when we treat them with respect and involve them in the discussion of social and economic issues. Once we see more critical thinking and thoughtful decision-making in a child, we can happily say that the seeds of freedom and responsibility have been planted.

Third, by helping children learn to discern what to voice under certain situations or circumstances. For example, when taking a written test, Johnny should probably respond True to the question of whether we should pay taxes. Why? In the first place, because it is the legal thing to do. In the second place, Johnny probably wants to get a good score on the test and knows that this is the answer the teacher is looking for. Furthermore, if we have discussed with Johnny that one of the objectives of taxes is to offer goods and services to a community that are better provided by the government than by people or companies, then he knows that in many ways, it is good to pay taxes. However, Johnny also understands that some forms of taxes are more equitable or effective than others and that in many situations, there are better alternatives to solving social problems. If he develops judgement in applying all of this knowledge, he will know when to answer what on a test, when to contradict a statement, when to remain quiet, etc. He will not only be a free and responsible young person, but also a smart, little diplomat!

That is exactly what we want, isn’t it? We want to guide children so that they will question things, consider different points of view, learn that they are individuals with their very own mind, and most of all, understand that every decision they make, has consequences. If many schools are not teaching these principles well, let us get involved and try to change that, but, at the same time, let’s take on the very important challenge of teaching young children freedom and responsibility!

June 28, 2012

Francisco Pérez de Antón, Premio Nacional de Literatura Miguel Angel Asturias 2011

El Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias 2011 fue otorgado al gran humanista Francisco Pérez de Antón, Doctor honoris causa en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco Marroquín. Como homenaje a su trayectoria académica, en el enlace compartimos el vídeo de la presentación de su último libro “Veinte plumas y un pincel”.

Francisco Pérez de Antón, presentación del libro \”Veinte plumas y un pincel\” el 26 de mayo de 2011

Anna Politkóvskaya, la verdad incómoda

ABC

A punto de cumplirse cinco años de su asesinato, la editorial Debate publica un libro con la recopilación de algunos de los artículos de la periodista rusa, que perdió la vida por defender la verdad

«Sé que la espada de Damocles pende sobre mí constantemente. Lo sé, pero no pienso rendirme». Estas palabras, dichas a su madre poco días antes de morir asesinada en el portal de su casa, retratan el carácter de la periodista Anna Politkóvskaya (el 30 de agosto hubiera celebrado sus 53 años). Un compromiso que cumplió hasta sus últimas consecuencias y hasta su último aliento. Tan solo la muerte, a manos de un pistolero a cara descubierta (como recogieron las cámaras de seguridad del edificio), la desvió el 7 de octubre de 2006 (cumpleaños de Putin) definitivamente de su camino, el de denunciar la violación de derechos humanos que se estaba produciendo en Chechenia, así como la corrupción gubernamental que estaba carcomiendo los pilares de su país.

Cuando están a punto de cumplirse cinco años de su asesinato, coinciden dos lanzamientos que quieren recordar y homenajear la labor de esta mujer que en su último artículo, alojado todavía en la memoria de su ordenador cuando perdió la vida, se preguntaba: «¿De qué soy culpable? Simplemente he informado de lo que he visto, de nada más que la verdad».

Una verdad incómoda durante años que puso en jaque al gobierno de Putin y sus acólitos como dejan patente los artículos sobre el conflicto en Chechenia que publicó en la «Novaya Gazeta», ahora recopilados en el volumen «Solo la verdad», editado por Debate y que sale mañana a la venta. Sigue leyendo

La poesía desde una trinchera

Manuel Morales, El País

Una antología reúne versos de soldados caídos en la I Guerra Mundial

Murieron jóvenes, eran idealistas, apasionados, pero perdieron la vida en los campos de batalla de Europa, entre barro, hambre, ratas y piojos. Vivieron las trincheras de la Primera Guerra Mundial para contarlo.  Compusieron poemas en los que describían el horror de un conflicto que segó nueve millones de vidas.  De la llamada Gran Guerra, Brian Gardner publicó en 1964 en Reino Unido una antología de poemas que los soldados escribieron durante el conflicto, Up the line todeath. Thewarpoets 1914-1918.  La editorial Linteo escogió a 21 de los más de 100 poetas del original y dio a luz Tengo una cita con la muerte.  Poesía de la guerra, poesía de los muertos.

“Mi abuelo tenía esta antología y fue un libro que siempre me fascinó”, explica por teléfono Ben Clark, uno de los dos responsables de la traducción y edición del libro.  Clark (Ibiza, 1984), que también es poeta, cuenta que desde hace años proyectaba junto a su amigo Borja Aguiló publicar la obra en castellano.  Su criterio para esta edición bilingüe fue escoger a “los que murieron en combate”, requisito cumplido por todos excepto dos que fallecieron de neumonía y de una sepsis provocada por una picadura de mosquito. De este último poeta, Rupert Brooke, “se recitaban sus versos en las trincheras, era muy popular”, indica Clark. En España, el ejemplo más significativo de poeta soldado y que componía versos en la Guerra Civil fue Miguel Hernández, muerto en 1942 por el tifus y la tuberculosis en una prisión alicantina.

Los intensos versos de Tengo una cita con la muerte -título tomado del inicio de un poema de Alan Seeger- se rescataron de los cadáveres, “estaban entre las ropas, escritos en cuadernos o en hojas sueltas.  A algunos les dio tiempo de enviarlos a sus casas”, agrega Clark, para quien el más significativo de aquellos bardos fue Wilfred Owen, que ya había publicado tres poemas y cuya breve obra no se conoció hasta años después de su muerte. Owen perdió la vida a una semana de que acabara el conflicto, tenía 25 años.  Una cita suya abre la antología:Sobre todo no estoy preocupado por la Poesía / me ocupo de la Guerra, y de la pena de la Guerra./ La Poesía está en la pena.

Tengo una cita con la muerte es poesía que toca a difuntos, pero no todas las composiciones tienen el mismo tono.  Los primeros versos de la guerra eran pasionales y patrióticos, henchidos de idealismo. Sus autores son jóvenes que ignoran el matadero al que se dirigen, sin apenas entrenamiento ni formación militar.  A medida que avanza la contienda las palabras se tornan sombrías, teñidas de desengaño y desilusión.  En ese cambio fue decisiva la batalla del río Somme, una carnicería al norte de Francia en la que murieron, solo el primer día, el 1 de julio de 1916, casi 20.000 británicos. Uno de ellos fue Leslie Coulson, su libro Fromanoutpost and otherpoems vendió 10.000 copias en un año, después de su muerte.  Su poema Desde el Somme finaliza así:Dentro de mi alma siento crecer una música extraña, / vastos cantos de una tragedia demasiado profunda / -demasiado profunda- / para ser pronunciada por mis pobres labios.

Los editores subrayan que el lector no encontrará “poesía escrita por elegantes señores en mansiones inglesas”, sino “voces curtidas en el horror”.  Algunos poetas cargaron contra los que cantaban la grandeza de la guerra mientras permanecían cómodamente en sus casas.  Así ocurre en Reclutamiento, de E. A. Mackinstosh, muerto con 24 años: Id y ayudad a engrosar a engrosar las listas / con los nombres de los muertos. / Id a ayudar a completar una columna / a los malditos periodistas.

Sin embargo, hay un obstáculo lógico para poder apreciar en estos versos la locura de la guerra: la traducción.  La tarea de pasar los poemas originales a esta obra”es frustrante”, como reconocen los autores, y la musicalidad con la que se compusieron (… ) (Loss and failure, pain and death) se pierde, a pesar de que la edición bilingüe lo atempere: (la pérdida y el fracaso; el dolor y la muerte).

En cuanto a los poetas, algunos tenían “cierta bibliografía”, como el galés Edward Thomas, y otros eran principiantes que apenas publicaron algo más que sus poesías de guerra, como Robert Palmer.  Los más jóvenes terminaron su vida con 20 años, el más veterano tenía 45.  Además de ingleses, en la antología hay irlandeses, un canadiense y un estadounidense.

Con la guerra siempre como paisaje, en Tengo una cita… hay escalofriantes poemas premonitorios, como el que escribió William Noel Hodgson el 1 de julio de 1916, dos días antes de caer en la batalla y que acaba así:  Por todos los placeres que voy a perderme, / Ayúdame, Señor, ayúdame a morir.

Los hay también que cuentan las miserias de cada día, como Cazando piojos, del inglés Isaac Rosenberg, que murió con 28 años:  (…) por una camisa infestada de parásitos / Lanzó aquel soldado de su garganta / Juramentos / Que amedrentarían a un dios, pero no a los piojos.

Unos versos invocan a Dios, otros a la patria; muchos contienen referencias a las aves y la naturaleza, el edén perdido y añorado; los hay belicistas, los hay de hermandad con el enemigo: Cuando haya paz, entonces podremos ver de nuevo / con nuevos ojos, la verdadera forma del otro y su grandeza.

Por último, se suceden los recuerdos a los caídos en combate, como en Los muertos ansiosos, de John McCrae.  Todas estas palabras fueron esfuerzos mentales para sacudirse el miedo a morir. Clark y Aguiló consideran que uno de los grandes momentos del libro está en El vigía, de Owen, que describe cómo fue la gran guerra de trincheras:  El poco aire que permanecía apestaba, viejo, y ácido / con humo de obuses y el olor de hombres / que habían vivido allí años, y que dejaron su maldición / en aquel lugar, / si no sus cadáveres…

‘Hooligans’ ‘versus’ indignados

John Carlin

Si hay una debilidad humana que nos define prácticamente a todos es nuestro apego a las ideas fijas. Buscamos pruebas que las apoyen en los lugares más recónditos o nos negamos ciegamente a aceptar los hechos que las refutan. Caemos todos en ello, los poderosos que deciden nuestros destinos y los que andamos por el mundo haciendo lo que podemos.

Una rígida opinión que yo alimento desde hace tiempo (y siempre que la oportunidad se presenta) es que la sociedad española es más sana que la inglesa. Esta misma semana he encontrado una nueva razón para consolidar mi prejuicio. Me refiero a los disturbios en Londres, que se han extendido por el resto de Inglaterra.

Evidentemente lo que hay de fondo aquí es un descontento social, una insatisfacción con el mundo como es. ¿Cómo responden los ingleses? Pues robando televisores de pantalla plana y zapatillas deportivas, e incendiando coches y casas. ¿Cómo responden los españoles? Pues como han hecho los indignados del movimiento 15-M.

Ahora, di lo que quieras de los indignados -que les falta coherencia, que carecen de propuestas realistas, que son unos quijotes- pero lo que les motiva es el deseo de que tengamos un mundo mejor. Sus impulsos son nobles; sus acciones, claramente políticas. Quieren ocupar la Puerta del Sol, no quemarla y saquear El Corte Inglés. El origen del movimiento está en el desempleo, en la injusticia social, en los grotescos bonus que reciben los primeros responsables de la crisis que sacude el mundo.

El origen de los disturbios ingleses fue la muerte a tiros a manos de la policía de un tipo que, según parece, no disparó antes, pero sí iba armado con pistola, y sí era un pandillero y un matón, y probablemente traficaba con drogas. Como mártires para la causa se me ocurre que debe de haber mejores candidatos. Eso sí, la reacción a su fallecimiento ha sido coherente. Los cabreados ingleses han imitado su ejemplo: violencia, criminalidad, hooliganismo. Pero idealismo político: ni pío.

Igual me equivoco, claro, o estoy siendo deshonestamente selectivo con las pruebas que aporto para apoyar mi tesis. (Por supuesto que hay muchas cosas buenas en Inglaterra: carecen de esa pomposa solemnidad que se da tanto en los españoles, los cultos son muy cultos, la tele es mejor, etcétera). Pero al día de hoy estoy más convencido que nunca de que la generalidad de la sociedad española -la generalidad, insisto- es mucho más civilizada que la generalidad de la inglesa.

Técnica y esencia de la humanidad

J. M. S. R. – El País

El papel de la ciencia, la tecnología, el lenguaje o la inteligencia en el progreso del mundo es analizado por expertos como Ridley, Spier, Mumford y Headrick.

La pregunta de cuál es la esencia de los humanos se encuentra entre las más fundamentales que podemos plantearnos. No hay duda de que somos un eslabón de una larga cadena que no necesita para ser explicada más que de las leyes físico-químicas y de las contingencias de la naturaleza. Somos, en definitiva, el producto, más o menos afortunado, del -recurriendo a la sentencia de Demócrito que Jacques Monod convirtió en título de un libro- azar y de la necesidad; el azar propiciado por las cambiantes circunstancias ambientales y la necesidad de las leyes físico-químicas. Ahora bien, aceptado este punto, que somos un producto evolutivo con una serie de habilidades notables, ¿qué es lo que nos distingue de aquellos seres que aparecieron antes que nosotros y con los que estamos emparentados, especialmente con los demás homínidos?

Varias son las respuestas que se han dado a esta cuestión. Para unos, lo que distingue a nuestra especie es su inteligencia, de ahí el nombre que la hemos adjudicado: homo sapiens. Y esa inteligencia no es sino la consecuencia -se argumenta también- del tamaño de su cerebro: “Probablemente”, escribe Fred Spier en El lugar del hombre en el cosmos (un libro que intenta reconstruir la Gran Historia, la historia que va del origen del Universo a la sociedad actual), “no es ninguna coincidencia que hayan sido justamente unos animales provistos a un tiempo de las características de los vegetarianos y de las cualidades de los predadores los que hayan desarrollado el mayor y más complejo cerebro en relación con su masa corporal, y lo mismo cabría decir del hecho de que también ellos sean los que hayan terminado por dominar el mundo”.

Otros, sin embargo, hacen hincapié en la habilidad de nuestra especie para fabricar instrumentos (hace más de un siglo, Thomas Carlyle describió al hombre como “un animal que usa herramientas”), y así hubiesen preferido la denominación homo faber, hacedor de instrumentos. A favor de esta línea de pensamiento se encuentra la importancia de la tecnología -la disciplina que trata de la producción y utilización de instrumentos, de máquinas- en la historia de la humanidad. Nada ha sido tan importante para cambiar el mundo como la tecnología, aunque la tecnología no es independiente de la ciencia, una actividad en la que las ideas -y ahí entra en escena el cerebro como órgano creativo más que manipulador- desempeñan un papel central. Siendo cierto esto, no lo es menos que con frecuencia se ha hecho excesivo hincapié en la ciencia como motor de la tecnología, cuando no escasean los ejemplos que muestran que en ocasiones ésta precedió -e impulsó- a aquélla: la máquina de vapor, por ejemplo, fue anterior a la termodinámica, la rama de la física que trata de los intercambios energéticos y caloríficos. “En muchos casos los avances empíricos precedieron en décadas a las explicaciones científicas”, señala a propósito de la medicina decimonónica Daniel Headrick en El poder y el imperio, un magnífico texto que describe las relaciones entre la tecnología y el imperialismo desde 1400 hasta la actualidad, en el que se comprueba que, efectivamente, la tecnología ha sido, y es, un elemento central en la historia de la humanidad y la herramienta indispensable en la expansión global, imperialista, de las sociedades occidentales desde el siglo XV hasta el presente.

Matt Ridley, recordado por libros tan magníficos como GenomaQué nos hace humanos (Taurus), se ha unido ahora a esta discusión con otro texto espléndido, El optimista racional, una original y bien documentada exposición de la historia de la humanidad, que defiende la capacidad de progreso de nuestra especie negando la idea de que estamos abocados, cual si se tratase de una maldición divina, a un futuro cada vez más negro. Uno de los argumentos centrales de Ridley tiene que ver precisamente con entender a los humanos más como homo faber que como homo sapiens, aunque en realidad su propuesta es algo diferente, contemplando a los humanos como homo dynamicus.

Su propuesta es que la especie de homínidos a la que pertenecemos no surgió, o mejor, desarrolló las habilidades que la hicieron dominante, impulsada por condicionamientos físicos como el clima, que les llevaba a los desiertos en las décadas lluviosas y los expulsaba de ellos en las sequías, con la consecuencia de hacerlos de esta manera más adaptables, lo que a su vez seleccionó nuevas capacidades. El problema con esta teoría, señala Ridley, es que esas mismas condiciones climatológicas afectaron a otras muchas especies africanas. Tampoco acepta la propuesta de que una mutación genética fortuita hubiese desencadenado un cambio en la conducta humana al alterar sutilmente la construcción del cerebro humano, alteración que les habría dado “capacidades plenas de imaginación, planificación y otras funciones superiores, lo cual a su vez les otorgó la capacidad de fabricar mejores herramientas y encontrar mejores formas de llevar su vida”. Existen algunas mutaciones que podrían ser buenas candidatas y que afectan a un gen que es esencial para el habla y el lenguaje tanto en personas como en pájaros cantores: cuando se añaden estas mutaciones a ratones parece que cambia la flexibilidad en el cableado de sus cerebros de un modo aparentemente relacionado con el movimiento rápido de lengua y pulmones asociado al habla. “El problema”, señala Ridley, “es que evidencias recientes indican que los neandertales comparten esas mismas mutaciones, lo cual sugiere que el ancestro común de los neandertales y el ser humano moderno, que vivió hace unos 400.000 años, pudo haber tenido ya un lenguaje bastante sofisticado. Si el lenguaje es la clave de la evolución cultural, y los neandertales tenían lenguaje, ¿entonces por qué las herramientas de los neandertales muestran tan poco cambio cultural?”. Sigue leyendo