Eleázar Adolfo Molina, premiado en el concurso interuniversitario Juan Fernando Cifuentes 2016

Eleázar Adolfo Molina (Quetzaltenango, 1990)

Eleázar Adolfo MolinaEstudiante de la Licenciatura en Lengua y Literatura, Departamento de Educación, Universidad Francisco Marroquín. Ha escrito un libro de poesía titulado Pesadillas de un espantapájaros. Actualmente trabaja para la Asociación para la Creatividad y el Desarrollo en Guatemala, administra su librería Owls en la ciudad de Quetzaltenango. Miembro fundador del colectivo literario Testosterona Literaria. Ha dado conferencias en colegios y universidades del país. Gestor cultural en la ciudad de Quetzaltenango. En el ambito de la literatura, escribe su primer novela y publica en su blog personal.

Eleázar participó en el concurso interuniversitario “Juan Fernando Cifuentes 2016”, organizado por la Universidad Rafael Landívar y obtuvo Mención Especial en la rama cuento, categoría estudiantes. Será premiado el lunes 7 de noviembre por el cuento Amatitlán, que les compartimos a continuación. Esta es la segunda ocasión en la que Eleázar es reconocido, pues en el año 2011 fue premiado en la rama de poesía por el mismo concurso.

Atitlán

«Y Él le dijo: ¿Qué has hecho? La voz de la sangre
de tu hermano clama a mí desde la tierra».
Génesis 4:10.

-¡Corre hijo, corre!-

Llegó sudando hasta la cima de la montaña, desde donde se miraba el lago por la parte baja, era azul como el cielo; pero él recordaba que aquella madrugada lo había visto teñido de rojo sangre.

-¡Nunca te detengas! ¡Por el amor del cielo!-

Abrió la pequeña caja que llevaba al hombro, le quitó los lazos negros y empezó a desempacar los paquetes forrados de papel periódico; las candelas ordenadas religiosamente y por color; cada paquete de media libra estaba atado por un lazo.

Colocó las candelas en ese orden sobre el papel periódico extendido en el piso, las separaba del tanate y las colocaba en orden secuencial: del color rojo, al azul, negro, verde, blanco y amarillo. Luego organizo el copal, cuilco, los aromas; buscó la azúcar blanca y le quitó los pétalos a los claveles.

-¡Sigue y no voltees a ver!-

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Un experto

Jorge Luis Contreras Molina

DespedidasConozco la noche. Nadie sabe más que yo de silencio, de negación, de oscuridad impermeable y perenne, de reflexiones absurdas, del motor que imagina nublado por ciegos seres. Me quedan veintinueve días.  Esto si aplico la inteligencia, la ley de los promedios y algo de la teoría de la probabilidad a las escuetas palabras del eminente doctor que hablaba de los plazos fatales como si viera llover. Pérdidas. De la memoria, graduales de ciertas funciones, repentinas de otras. Evadía la predicción. Si la dieta, si el clima, si los medicamentos, si el sistema inmunológico. Por fin acudió a cierta valentía que había olvidado. Entre uno y seis meses.

Sé mucho de laberintos. Nadie conoce mejor que yo la renuncia disfrazada, la esperanza poblada de inmoral rebeldía, el ir y venir montado en el péndulo de lo que quise, de lo que pude, de lo que debí ser. Hacer algo por la vida. Dejar el mundo mejor que como lo hallé cuando agosto en Totonicapán, dijo Felipe. Sucedió con cierta alegría. Varón, el primero, largo y fuerte, de piel clara, igualito a la imagen del abuelo que era casi un mito de la familia.

Memoria sensorial. Recuerdo tibias lágrimas viajeras, nobles brazos llevados al límite para resistir el embate hostil de alguna fiera imaginaria, pies perfectos deformados por el peso implacable de una labor destinada a las bestias, música feliz de un tiempo que se agosta hasta dejar de ser.

Aprendí a descifrar la vida. No toda. Solo ciertos fragmentos elegantes que conseguí en la tienda de sueños donde el porvenir se ofrece en cien cómodas cuotas. Cierto día de marzo recibí el beso que me marcó. Uno puede llevar este signo incluso cuando arrugas prematuras y parásitos hambrientos de vida han afeado un rostro que merecía un mejor destino.

Veintinueve. Ojalá no supiera contar. Ojalá soñara. Ojalá el mareo que produce ver y no al horizonte cotidiano fuera únicamente uno más de esos días informes que moldean las vidas. Quizá no nací en agosto, quizá ella no me besó, quizá los cien estudios y tratamientos falsos fueron un mal sueño, quizá tenga tiempo de visitar otra vez al que mira la lluvia, quizá este grito es un sordo reflejo que el espejo de los sonidos deforma con cierta malicia.

Adiós parcial

Jorge Luis Contreras Molina

 

grandma

Su mirada había aprendido a ser vaga desde hacía mucho tiempo. Seis hijos, dos pérdidas, tres nietos promedio por hijo, cuatro operaciones, algunas enfermedades reales, una voz que siempre fue de mujer, siempre apagada, siempre en sordina.  Cierta clase de vida que pasó de repente de la opresión paterna a la de un falso segundo padre que fue todo lo bien que pudo ser. Un trabajo de medio día, un corre-corre de todo el día, un querer criar, querer vivir, querer trascender de cierta indefinible manera. Una vida normal llena de ruido, llena de pequeños viajes siempre cerca, siempre para conseguir un ocio que la hacía un poco superior a las otras.  Una vida llena de voces cotidianas que sembraban rutina, responsabilidad, acciones mecánicas obligatorias y casi dignas. La mujer se hizo vieja mientras rezaba un Dios bendiga los alimentos.  De repente había canas, pocas energías, muchos prejuicios, y un mundo que se le había escapado.

María está ahora con su mirada vaga de siempre. Espera al nieto número cinco.  Entraron juntos a este restaurante moderno que no sabe de sentimentalismos. Él fue a comprar la comida rápida.  Él recibió una llamada de cierta mujer condenada al ciclo. Él salió sin pensar. Una llanta, un pequeño choque sin trascendencia, un susto menor, un te quiero aquí ahora que estás de vacaciones. Él no lo hizo por maldad porque tiene el alma buena. Solo salió a su compromiso inmediato. Solo olvidó a una vieja de mirada vaga que se dice abuela suya.

 

Sábado de gloria: día de Judas

 

Mario Rodolfo Morales (*)

judasEra sábado de gloria. Ese día hicimos, Romelio y yo, romería desde San Felipe de Jesús hasta el Parque Central. Con curiosidad y socarrona alegría observamos los judas colgados de los postes de madera, que entonces solían usarse, para alumbrado eléctrico, a la orilla de la carretera. Eran unos judas estrafalarios, que se iniciaban con unos sombreros de fieltro, sombríos de media copa y enguatados de satín. La cabeza consistía en una pantimedia de mujer, canela oscura, rellena con aserrín. Un bigote espeso sobresalía en el rostro del judas, y una mirada perdida desdibujaba el intríngulis de los vecinos que apedreaban al judas colgado de una soga, quizás robada de algún tendedero que luego alguna ama de casa reclamaría. Completaba al estrambótico personaje un saco viejo y roto, y unos pantalones, también rellenos de aserrín, que colgados parecían dos salchichones, que remataban en sendos zapatos, viejos y desgastados, que bailaban por el aire a cada pedrada que los chiquillos le lanzaban con vehemente puntería.

Pero lo que más nos llamaba la atención era el afiche pegado a la espalda del judas, que insinuaba las consabidas puyas dirigida a los vecinos que habitaban los alrededores, a quienes señalaban de groseros, malgestos, e iracundos, especialmente con los patojos a los que regañaban durante todo el año cuando estos se ponían a hacer travesuras por las vecindades. Esta era la hora de la venganza, la del “a todo coche le llega su sábado” con la cual disfrutaba la muchachada vecinal.

Cuando llegamos al Manchén, ya nos esperaba, atroz, Bényamin, el Atila de los insulsos de corazón. Sus chantajes, para el sábado de gloria se arreciaban para el nuevo amigo que se unía a la banda. Arreciaban precisamente ese día, que, para Bényamin, parecía ofrecerle disculpas al escarnio, a la chanza, a la burla, a la humillación. ¿La banda?, éramos los de siempre, pero nunca faltaba algún ingenuo que se nos uniera, sin saber a qué atenerse. Ese era el chivo expiatorio, el judas traicionero, al que martirizaba todo el día nuestro enjundioso Bényamin. Esa vez le tocó a Maco, a quien conocí por primera vez ese sábado de gloria. Con aquel calor endemoniado, de pleno verano, Maco exhibía una gorra nueva que le calaba hasta los ojos. En un descuido Bényamin se apoderó de ella y corrió hacia el judas que ya casi a medio caer, se mecía a medio metro del empedrado. Todos rieron a carcajadas, al ver al judas caído, con la gorra medio puesta en la cabeza, ya sin rostro, sin expresión alguna, destripado a fuerza de tanta pedrada.

En la primera intentona, Maco retrocedió sin comprender el ataque directo de que fuera objeto por parte de Bényamin, a quien apenas conocía por su nombre. Amedrentado no estaba. Avispado debía ponerse. No preguntó nada. Solo esperó el próximo ataque, sin demostrarlo, ni siquiera agazapado.

El sol lamía las piedras grises de la calle que lleva a la Merced. Ya Bényamin preparaba la trampa a su prójimo. Muy próximo a la fuente, en la plazoleta atiborrada de gente, que soslaya al frontispicio de la iglesia, yacía otro judas, más energúmeno nos parecía, tuerto, manco, pisoteado con furia, aplastado hasta la inmoralidad, este Iscariote, calumniado, de quien nadie supo si era alto o bajo, gordo o flaco, rubio o negro, embozado o desembozado se convirtió en el proyecto de la disidencia de nuestro querido Bényamin, el más pequeño entre nosotros, el perdonado, a quien le aceptábamos sus más conspicuas hazañas, a costillas de nuestros más genuinos dolores, porque él también era un dolor en carne propia, en su efigie truncada, en su cabeza de cíclope, en sus lastimeros llantos nocturnos, que a mí como su hermano, tocábame vivir.

Las risas saltaron con desquite del rostro, hasta hace poco indiferente, de Maco, eran risas que decían que este judas era el idéntico reflejo de nuestro Bényamin. En principio quedé como estatua de hielo, con pies de plomo, con una carga en los hombros que no soportaba. El llanto fluyó, como un río escandaloso. Dentro de la fuente, casi ahogándose, pataleaba Bényamin. Unos turistas, con lástima que en verdad lastima, sacaron al pequeño Iscariote del agua, quien se defendía a manotazos de sus salvadores. Nadie dijo nada, el muchacho temblaba de frío en pleno verano de abril. Callados nos dispersamos. Secretamente sé que esto lo hubiera querido hacer yo, hace mucho tiempo atrás. Marcos resultó un rocadura, casi la piedra filosofal, la transmutación de las joyitas que como Bényamin, andaban a la deriva en espera de la horma de sus zapatos. Así que después de ser una garrapata entre los dedos, un blanquillo entre los más cojonudos, tuvo que abdicar a su reinado, y sufrir como un judas en pleno, llano y rotundo sábado de gloria.

 

(*) Mario Rodolfo Morales Morales es alumno del Diplomado en Lingüística Española. Preparó esta narración para ejemplificar el uso de sinónimos, antónimos, parónimos, homónimos, homófonos y otros aspectos semánticos del idioma.

 

Tu maldita llamada

Martín Fernández-Ordóñez

Te marchaste hace muchas, muchas horas y no he recibido todavía ni un mensaje de texto, mucho menos una llamada tuya.

Al despedirte me dijiste claramente, -no me lo he inventado yo- , que me hablarías al llegar al aeropuerto. Pero no lo hiciste. Fui yo quien te llamó para desearte feliz viaje y nuevamente fuiste tu quien me dijo que te comunicarías al llegar a tu destino.

Es fin de semana y es pleno invierno. Me acerco a la gran ventana de la sala y solamente veo las violentas torrentadas de agua golpeando los cristales, cubriendo de un manto gris impresionista todo el paisaje de la ciudad.

Preparo mi comida con lentitud y cada cierto tiempo reviso mi móvil para ver si tal vez ha entrado algún mensaje en lo que yo buscaba latas en la alacena, pero no hay señales tuyas. Como a toda prisa viendo la televisión y decido llevar el móvil al comedor para no estar pendiente de él. Vuelvo a la cocina pero después de diez minutos regreso por él al comedor porque ¿a quién quiero engañar? De todas formas no logro pensar en otra cosa que no sea en tí y en tu llamada.

Transcurre la tarde y mi impaciencia va creciendo con el pasar de las horas. Afuera sigue lloviendo a cántaros y me siento como gato enjaulado dentro del frío apartamento. Me recuesto en el cómodo sofá para leer, pero después de unos minutos me doy cuenta de que no consigo concentrarme. Cierro mis ojos para ver si logro quedarme dormido pero lo único que consigo es que tu imagen se haga todavía más palpable, todavía más intenso el recuerdo de tus besos antes de la despedida.

Decido hacer una larga sesión de yoga, tal vez logre distrarme y relajarme. Pero no logro evitar revisar mi móvil cada vez que hago una pausa. El impulso es más fuerte que yo. Termino el ejercicio y aunque me cuerpo se siente más relajado, mi mente se atiborra de preguntas.

El enojo aumenta.

¿Por qué no me has llamado? ¿Tanto te cuesta tomar el maldito aparato y enviar aunque sea una breve noticia de que ya llegaste? ¿Qué cosa tan importante estarás haciendo que te impide llamarme? Porque si hubiese sido yo, lo primero que habría hecho al bajarme del avión habría sido comunicarme contigo.  Qué desconsideración, seguramente no me amas como tantas veces me lo has dicho.

Entro a la ducha y me quedo bajo el agua por un largo rato, dejándome envolver por su abrazo mojado y cálido. De pronto un pensamiento terrible se me cruza por la mente: ¿Y si me hubiese vuelto dependiente emocional? ¿Cómo es posible que desde que te fuiste no sea capaz de pensar en otra cosa? Y de pronto, sin darme cuenta cómo, me va surgiendo un llanto profundo y amargo desde lo más profundo de mi pecho. Lloro por tu ausencia, por tu silencio, por el dolor que me causa tu indiferencia, por sentirme tan estúpido, infantil y dependiente, por no ser capaz de sacarte de mi mente ni tan solo por un instante.

Salgo de aquella catársis bajo la ducha un poco más sereno, pero profundamente triste. Te debiste haber comunicado hace varias horas ya y yo no tengo manera de localizarte. Pero tampoco quiero hacerlo, también yo tengo mi orgullo. No quiero que pienses, -más bien que sepas- , que estoy casi al borde de la desesperación, que estoy más pendiente de tu llamada que de mi propia respiración.

Respiración, claro como no se me había ocurrido. Preparo inmediatamente mi recinto para meditar y permanezco sentado con la vista fija hacia al exterior lluvioso por un tiempo que no se cuanto duró. Desapego, paciencia, renuncia al control, serenidad, tranquilidad… Repito en mi mente estas palabras infinidad de veces, a la vez que intento concentrarme en el aire que entra y sale por mi nariz… Al mismo tiempo que intento no mirar hacia el móvil que permanece mudo, impasible e inútil sobre la orilla de la cama.

Por fin llega la noche y ya vi dos películas porque nunca conseguí concentrarme lo suficiente para poder leer. Tengo sueño pero al mismo tiempo siento que el corazón me palpita muy rápido como si tuviese taquicardia. Me acuesto y paso una noche terrible. Me duermo por momentos pero pronto me despierto agitado, con la imagen del móvil sonando. Lo reviso una y mil veces  y sufro cada vez que noto que no me ha entrado ni un solo mensaje. Vuelvo a llorar, de rabia e impotencia. No puedo creer que no me consiga controlar.

Amanece y me doy cuenta de lo poco que logré dormir. Al verme al espejo al levantarme me asusta observar la profundidad de mis ojeras y las arrugas al rededor de mis ojos. Me veo realmente demacrado. No puedo seguir así. Me doy cuenta de que han pasado cinco días que para mí han sido idénticos, como si hubiese sido uno solo. Un largo día que ha durado cinco  vueltas completas del reloj.

Y yo sigo sin saber de tí.

Me bombardean las preguntas, las dudas, los cuestionamientos, los temores, las posibilidades. He pensado en todo lo que me se me pueda ocurrir que podría haber sucedido, pero ninguna me ha dado paz. Estoy furioso, quiero insultarte, decirte cuánto me has hecho sufrir, reprocharte por tu falta de consideración, de respeto. Y yo que te he amado tanto.

Al sexto día, alrededor del medio día, por fin suena el teléfono. Pero estoy tan agotado, tan hecho a la idea de que no volveré a saber de ti, que, dejo que el aparato siga sonando. Finalmente me levanto de mi parsimonia y leo en la pantalla que eres tu llamando desde tu móvil. Llamas una vez, dos veces, tres veces y yo siento desde los miles de kilómetros de distancia la desesperación con la que insistes. Pero yo me he vaciado de tanto llorar. De tanto esperarte ya no te espero.

Llega la noche y pierdo la cuenta de la cantidad de veces que has llamado, hasta has llenado el buzón de mensajes que no he escuchado.

De pronto me invade un impulso certero, implacable, inflexible e inesperado. Camino lentamente hacia la mesa donde mi agotado teléfono agoniza en sus ataques epilépticos cada vez que entra una nueva llamada tuya. Lo tomo cuidadosamente como si fuese un ave herida, y abriendo las ventanas de la habitación de par en par salgo hacia el balcón con el aparato en mis manos.

Continúa la tormenta pero yo me dejo empapar por la lluvia y el viento, sintiéndome cada vez más liviano y vacío. Entonces tomo mi móvil y lo lanzo con fuerza desde el balcón. Este cae sobre la grama del parque justo del otro lado de la calle, y veo desde donde estoy la lucecita de la pantalla que se sigue encendiendo con cada nueva llamada tuya.

Regreso a mi habitación y me quito toda la ropa mojada, sintiendo todavía en la piel los golpes leves de los chorros de lluvia. Me seco con una toalla fresca y pongo un disco de ópera en mi viejo equipo de sonido. Me lavo los dientes con meticulosa calma, contemplo mi rostro sereno en el reflejo del espejo e involuntariamente me contemplo con una amplia sonrisa.

Vuelvo a la habitación perfumada de invierno tropical y decido dejar las ventanas abiertas, a pesar del viento y de la fuerza con la que llueve. Me acuesto en mi cama y me meto desnudo dentro de las suaves y cálidas sábanas. Extiendo mis brazos y piernas para disfrutar de todo el espacio que tengo para mí y poco a poco, sin dominio alguno, cierro mis ojos y me quedo profundamente dormido.

El misterio de la casa de ladrillo

Martín Fernández-Ordóñez

En el yeso, en el bronce, en la madera de la que están hechas estas figuras verticales de tamaño natural, alguien se esconde y respira débilmente. El inaprensible fantasma de la vida. – Jean Frémon (Fragmento de “Louise Bourgeois, Mujer Casa”)

El día amaneció como siempre muy tranquilo en el hermoso y exclusivo vecindario. Algunos niños están ya en la calle montando bicicleta, mientras personas adultas riegan los cuidados jardines delanteros de sus casas. Es un cálido día de primavera, con un cielo limpio de nubes y sopla una agradable brisa matutina.

La propiedad más imponente de todas se encuentra al final de una de las calles. Se trata de una vieja casona de ladrillo, una de las más antiguas de la zona. Al frente cuenta también con un amplio jardín con frondosos árboles que de alguna manera esconden buena parte de la señorial fachada. Detrás de la casa, el terreno se extiende profundamente en dirección a las colinas y a pesar de su dimensión, el inmenso bosque privado está completamente rodeado por un macizo e inexpugnable muro de piedra.

Caminando alrededor del muro a cierta distancia pueden divisarse las copas de altos y viejos árboles. Su propietario es un hombrecito de mediana edad que heredó la casa de sus padres. Pero la propiedad ha pertenecido a la misma familia desde al menos tres generaciones y seguramente terminará con esta, ya que su actual dueño es viudo y nunca tuvo hijos. Tiene un nombre largo y de apellidos rimbombantes pero los vecinos lo llaman “el hombrecillo negro”, ya que es un hombre pálido, muy delgado y siempre va vestido de ese color (nunca abandonó el luto desde que murió su esposa a los pocos meses de haber contraído matrimonio). Aunque el hombrecillo negro es muy amable y educado, jamás se ha sabido que haya entablado amistad con alguno de los vecinos. Su existencia está rodeada de misterio ya que nadie sabe con certeza a qué se dedica o qué hace dentro de su fortaleza todo el día. Que se sepa, las únicas dos personas que tienen acceso a la casa son la vieja ama de llaves a la que se ve salir con paso lento y cabizbaja los fines de semana y el jardinero que también se ocupa de la limpieza de la casa.

La residencia del hombrecillo negro es una atracción silenciosa del vecindario ya que nadie la conoce por dentro. Desde su fachada las altas ventanas están cubiertas por pesadas cortinas de terciopelo verde y su muro perimetral la hace ver como un elegante monasterio de clausura.

El hombrecillo negro sale de su casa cada par de meses y solamente cuando comienza a oscurecer. Desde la ventana de alguna de las casas vecinas puede verse en esas ocasiones cómo al abrirse el portón de pesada forja, sale un auto negro de rancia elegancia conducido por él mismo. Si hay alguien en la calle que lo vea por casualidad y con curiosidad, él responde impasible inclinando suavemente la cabeza a manera de saludo.

Las ocasionales ausencias de su refugio duran varias horas. El hombrecillo negro regresa ya entrada la noche. Hace solamente una señal con las luces y al poco tiempo se abren los portones de hierro y el auto se adentra en la obscuridad como tragado por ella. Después de un buen rato y como sonando desde muy lejos, pueden escucharse constantes y secos golpes de piedra, los cuales pueden durar hasta el amanecer. Los golpes pueden escucharse a lo lejos durante semanas y hasta meses sin interrupción. Se detienen hasta que el hombrecillo negro sale nuevamente en uno de sus silenciosos paseos.

Pero nadie sabe con certeza qué es lo que hace allí dentro.

Entre los residentes del vecindario existen muchas versiones e historias sobre la vida del hombrecillo negro, sus esporádicas desapariciones, sobre sus actividades nocturnas y los lejanos golpes de piedra. No falta quien piense que el hombre enloqueció debido a la muerte de su esposa y a su soledad miserable. Otros creen que se trata simplemente de un ricachón excéntrico cuyas actividades secretas no le hacen daño a nadie. Pero más de alguno duda que se trate de un simple nostálgico, extravagante o loco. Podría tratarse de algo más serio y menos romántico.

El hombrecillo negro fue durante largos años un maestro de la discreción. Con su silenciosa amabilidad logró por mucho tiempo mantener alejados a los curiosos, aunque no faltaba que de vez en cuando algún chiquillo morboso intentara husmear a través de una ventana o del macizo portón de hierro intentando divisar alguna cosa. Pero la fachada de la casa con sus ventanas ciegas se negaba a dejar ver el más mínimo objeto o movimiento en alguna de las habitaciones. Solamente una luz un tanto mórbida iluminaba el vestíbulo de mármol que nunca se usaba.

Pero a la larga el hombrecillo negro cometió un error. Debido a que en su encierro vivía en su propio universo, se olvidó de que lo que pasara en el mundo exterior podría en algún momento resultar invasivo o hasta peligroso para su sobreprotegida intimidad. Ya no corrían los mismos tiempos y la población de la ciudad fue creciendo, mudándose algunas familias a los tranquilos suburbios que antes fueran campo. De modo que un día el gobierno de la ciudad aceptó vender parte del soberbio parque contiguo a la mansión del hombrecillo negro para que se urbanizara.

Este sería el inicio del fin. Sigue leyendo

La casa de cristal

Martín Fernández-Ordóñez

La casa de cristal, el invernadero, son lo contrario de la madriguera, un mundo protegido pero en el que todo es visible, transparente, el sueño de una situación en que la madriguera ya no fuese necesaria.  Jean Frèmon (Fragmento de “Louise Bourgeois, Mujer Casa”)

El no tiene nombre, lo olvidó en una de las esquinas de las múltiples habitaciones de la casa de cristal. Tal vez lo dejó por descuido sobre una mesa antigua, o quizás este se haya deslizado por la bolsa de su camisa mientras buscaba frenéticamente en alguno de los baúles. De haber sido así, queda poco por hacer. A través de las paredes transparentes logra divisar el intrincado corredor que distribuye las varias estancias, pero se encuentra muy cansado para recorrerlo. Se sienta en el suelo empolvado, ve hacia arriba y a través del techo transparente cree reconocer unos inmensos ojos que lo observan con terror. No soporta la espeluznante visión, se agarra la cabeza con las manos y trata de protegerse metiéndola entre las rodillas. En posición fetal.

Ahora es un niño, ha cambiado su semblante pero el lugar es el mismo. De las paredes de cristal cuelgan cuadros con figuras indefinidas, podrían ser paisajes, manchas abstractas o fotografías borradas. Ninguna de las dos primeras opciones tendría importancia alguna pero la tercera sí. ¿Y si realmente se tratara de imágenes borradas? ¿Y si éstas fueran tan sólo las sombras de momentos vividos que ya no puede recordar? ¿Significaría aquello que de sus recuerdos solamente puede conservar imágenes nubladas, indefinidas? Se pone de pie y observa una a una las obras contenidas dentro de aquellos barrocos marcos dorados. Va con desesperación de una a otra, con una ansiedad que aumenta cada vez que reconfirma, que lo único que logra distinguir en ellas son sombras de sus recuerdos. Memorias que un día estuvieron allí, momentos que podía recrear y vivir nuevamente cada vez que deseara pasearse por la inmensa galería de su pasado. Pero ahora se han ido. Se le han escapado. Lo han dejado solo.

A través de la pared puede verse un jardín rodeado por un muro de altos arbustos. Tiene ganas de salir, necesita respirar aire puro para tranquilizarse y pensar con calma. Quizás ha pasado demasiado tiempo encerrado dentro de la casa, dedicándole demasiado tiempo a su ímpetu de recuperarse a sí mismo. Podría ser que en el jardín encontrara alguna pista, eso sería muy reconfortante. Decide salir de la galería de los cuadros de sombras y accidentalmente pasa frente al salón con su inmensa chimenea de mármol. ¿Es posible que el fuego todavía no se haya extinguido? ¿Pero en dónde están los muebles que daban a esta habitación su carácter de cómoda y exquisita elegancia? El suelo es de mármol blanco y está casi alfombrado de hojas secas y ramas. La puerta principal está abierta y por ella entra un viento fuerte. ¿Es que había alguien más en la casa y al salir olvidó dejar la puerta cerrada con pasador como era la costumbre?

Sin pensarlo dos veces corrió hacia el vestíbulo adornado por un viejo chandelier y amueblado por una amplia escalera curva y doble de cristal. Se dirige hacia el jardín. El jardín, ahí puede que se encuentre la chiave di volta. Camina a paso ligero alrededor de la casa y mirando hacia adentro distingue el desorden que ha provocado con su búsqueda. El jardín es un laberinto como los que se mandaban construir los reyes franceses del barroco. Se adentra entre uno de los corredores verdes y luego de un par de vueltas ya está perdido. Mientras más camina más angostos se hacen los pasillos y más tupida se hace la vegetación. Le invade una sensación de claustrofobia. Adentro de la casa de cristal sentía mucho frío y ahora, adentro de este laberinto vegetal se descubre bañado de sudor. Muerto del cansancio cae el suelo y no puede dejar de preguntarse por qué no consigue apagar la bulla de su cabeza, accionar el botón del silencio eterno y soñar en blanco. Pero sabe que tiene que seguir, siente urgencia por encontrar alguna salida del laberinto.

Se pone de pie y se sacude la tierra de sus pantalones blancos. Caminando con un poco de más calma llega hasta el que pareciera ser el centro del jardín, en el cual desembocan ocho salidas/entradas del laberinto. Se encuentra en un espacio rectangular parecido a una plaza y en el centro luce impecable una maqueta exactamente igual a su casa de cristal. Están reproducidos todos sus detalles: la puerta principal con su marco labrado, las ventanas con sus sillares neoclásicos, los techos a dos aguas, las balaustradas de las terrazas. Se acerca lentamente y desde el techo trata de ver hacia adentro. Limpia con la manga de su camisa de lino el vaho de su respiración y de pronto lo invade un escalofrío cuando reconoce en el interior a una figura pequeñita vestida de blanco, acuclillada en una esquina, que de pronto mira hacia arriba y lo observa con similar terror.

Historias entre libros: Florencia

Martín Fernández-Ordóñez

Adorada hija:

Seguramente te estarás preguntando qué significa esta carta post mortem. También, conociéndote como te conozco, se que estarás pensando por qué decidí escribirte en lugar de contarte en persona todo lo que leerás a continuación. Por este motivo, antes de que sigas leyendo, quiero pedirte mil veces perdón y que no me juzgues.

Perdón por no haber tenido el valor para revelarte mi más íntimo secreto, pero créeme si te digo que lo intenté una y mil veces. Te pido que no me juzgues por haber tenido que callar, por haberte obligado a vivir una vida llena de lagunas, de callejones sin salida, de preguntas sin respuestas. Pero verás, mi adorada Florencia, que nada de lo que hice fue intencional; espero poder transmitirte que todo fue motivado única y exclusivamente por el amor. Por último, espero de todo corazón que al terminar de leer esta carta finalmente llegues a entenderlo todo y que nunca, nunca dejes de amarme.

Algo de siniestro tienen las enfermedades aparte de envenenar tu cuerpo y de acelerar el proceso inevitable hacia la muerte. El estar consciente, hija mía, de que tu fin en este mundo se acerca, hace que te replantees una a una todas las cosas que has hecho en tu vida, ya que te evitas tener que imaginar las que nunca podrás vivir. Para que me entiendas un poco, es un sentimiento parecido, pero aumentado millones de veces, a lo que sientes cada fin de año cuando haces un recuento de lo bueno y lo malo de tu año que termina. La gran diferencia es que en mi caso, no se trata de un recuento para sacar conclusiones y motivaciones para hacerlo todo mejor el año que apenas comienza.
Esta carta, como bien podrás imaginar, la estoy escribiendo en plena posesión de mis facultades mentales, aprovechando un momento de plena lucidez y de un poco de la energía que comienza a abandonarme. Se que muy pronto me será imposible poder llegar a hacerlo, me tiemblan las manos de pensar en el momento en cual ya no podré moverme ni poder expresarme. Me da miedo además saber que mi cerebro se irá nublando poco a poco junto con el resto de mi cuerpo. Pero eso ahora mismo todavía no está pasando y por ello quiero aprovechar lo mejor posible del poco tiempo que me queda.
Florencia, adorada, tu has sido una hija maravillosa. No lo digo solamente por haber sido siempre una niña inmensamente cariñosa y obediente, sino también por haber sabido respetar mi espacio y mis silencios. Recuerdo perfectamente cómo, hará unos 10 años (tú tendrías 8 ó 9 añitos) me preguntaste por primera vez por qué tú no tenías papá. Hasta entonces, yo había vivido con una tensa tranquilidad, algo parecido a un hilo muy delgado tendido por los extremos, el cual sabes que puede romperse en cualquier momento.
Tú tenías todo el derecho del mundo a saber la verdad y comprendo perfectamente la decepción y quizá hasta la rabia que pudiste haber sentido cuando, con la garganta hecha un nudo, la voz quebrada y los ojos llenos de lágrimas, te respondí que la vida no siempre era justa y que en tu caso, solamente te había dado madre. Que siempre habíamos sido sólo tú y yo. Pude leer en tus ojos como la tristeza penetró tu alma como dos puñales envenenados y supe que a partir de ese momento, nuestra relación nunca más volvería a ser la misma. Y de hecho así fue. Seguiste siendo cariñosa y comprensiva, pero algo cambió en tu forma de ser conmigo y desde entonces pude leer en tus ojos, día tras día, una especie de poema al reproche.
Hijita, por más que lo intenté a lo largo de todos estos años, nunca tuve el valor de contarte nada. Cada vez que me disponía a hablar, el maldito nudo volvía a apretar mi garganta impidiéndome hablar y los ojos se me cerraban con un telón de lágrimas. Se que tú siempre lo has negado, pero yo estoy segura de que la noche en que me encontraste desmayada en medio de mi habitación, antes de que me diagnosticaran esta enfermedad incurable, se que revisaste el contenido de la caja de madera que se cayó de mis manos.
Desde que eras muy niña te hablé del “jardín de los secretos”, de ese importantísimo espacio privado en el cual nadie debería entrar, pues le pertenece a uno solamente. Tú sabías que aquella caja de madera con la tapadera decorada en “pietre dure” contenía la llave del jardín de mis secretos. Varias veces, cuando eras todavía una niña, te sorprendí sin que te dieras cuenta contemplando mi caja como si se tratara de un tesoro que se negaba a dejarse abrir por ti.
Aquella caja contenía recuerdos de mi juventud: unos pendientes de brillantes que me regaló mi abuela, unos listones de seda con los que mi madre decoró mi cabellera el día de mi primera comunión, una tacita con su porcelana de cristal y varias fotografías. Florencia mía, no te digo todo esto para que te sientas mal, seguramente yo en tu lugar habría hecho lo mismo. Se que abriste la caja porque yo sabía de memoria la forma en que cada objeto estaba colocado en su interior, como si se tratara de la estudiada museografía de mis recuerdos. Poco después del maldito incidente, comprendí por qué cada vez que llegabas al hospital durante mi larga estadía se te humedecían los ojos y parecía que estabas haciendo un gran esfuerzo por no preguntarme algo que gritaba en tu interior. Y es que hasta en eso fuiste un ángel niña mía, preferiste ahogar ese impulso porque sabías que preguntarme por tu padre me habría causado todavía más dolor.
Imagino que al ver la fotografía del joven sonriente, de frondosa cabellera rubia y grandes ojos azules, supiste inmediatamente que era él, la sombra en tu pasado: tu padre. Adivino la impresión que te ha de haber causado el contemplar aquellos enormes ojos por primera vez y descubrir que son iguales a los tuyos. Porque hija, de mí sacaste el color de piel aceitunado, el cabello rizado castaño obscuro, las orejas pequeñas y la nariz aguileña. Pero de tu padre sacaste la altura, la forma y el color de los ojos más bellos que he visto en mi vida, el sensual dibujo de los labios, la dentadura perfecta y la sonrisa resplandeciente.
Tu padre, como pudiste leer en la dedicatoria de la fotografía, se llamaba Hagen. Tenía exactamente 20 años cuando se la tomaron, la edad que tú tienes ahora mismo. Es de la época en la que nos conocimos, yo estaba presente en el estudio al lado del fotógrafo haciéndole muecas para que se riera y de esa forma saliera su mejor sonrisa.
Hagen nació en Berlín y era de origen noble, hijo de Karl Heindrick Conde de Einsidel y de la princesa veneciana Lucrezia Ricardi – Loredan. Antes de la segunda guerra mundial, los condes vivían en un palacio feudal en una ciudadela del mismo nombre que el apellido familiar, actualmente situada en la parte oriental de Alemania. Con la subida del poder Nazi, la redistribución del territorio y de los bienes privados de los aristócratas, a tus abuelos les fueron decomisadas todas sus pertenencias y sus propiedades. Solamente les quedaron algunas joyas de familia que les sirvió para escapar y un piano de cola que jamás entendí como lograron salvar. Y sí hija mía, es el mismo piano de cola que está en casa, el mismo en el cual tú has aprendido a tocar con admirable habilidad y por el cual siempre has sentido un afecto especial, casi inconsciente. Llegó a mis manos gracias a la ayuda de un fiel amigo de tu padre, quien lo compró secretamente a tu abuelo cuando éste decidió venderlo. Sigue leyendo

Todo pasa en Tirso de Molina

Martín Fernández-Ordoñez

Hoy, como cada mañana, salí muy temprano de casa rumbo al trabajo. Como finalmente el clima empezó a refrescar después de un despiadado verano, es un verdadero placer caminar y respirar el aire del otoño.

Cómo me gusta la calle Argumosa con sus frondosos árboles, calle sui generis en el centro de Madrid, donde todos los domingos se transforma completamente el panorama urbano y de barrio residencial se convierte en mercado de pulgas, punto de reunión de los alternativos, anticuario y venta de cachibaches costosos.

Atravieso la plaza del Cascorro con su poco gloriosa estatua del, en España considerado héroe, en Cuba considerado villano. Me encanta vivir en la frontera entre dos de los barrios más interesantes de Madrid, La Latina y Lavapiés.

Algunos días tomo la calle de Juanelo, estrecha y repleta de tiendas chinas de ropa, todas exactamente iguales, vendiendo repetidamente lo mismo. Son los primeros en abrir y los primeros en cerrar. En las aceras juegan los niños chinitos y desde los mostradores los vigilan sus jóvenes padres.

Otros días me gusta cortar por la calle del Duque de Alba y pasar frente a su palacio castizo abandonado, contemplar al otro lado de la calle el hermoso edificio de fachada italianizante convertido en centro comercial de tiendas chinas y antes de llegar a la plaza de Tirso de Molina, pasar frente al elegante palacete estilo francés que alberga un cine pornográfico. Pocas ciudades tienen tantos contrastes y curiosidades que Madrid, sólo hay que irlas descubriendo.

Quizás uno de los momentos que más disfruto de mis días es cuando atravieso, de ida y de regreso, la plaza Tirso de Molina. El hace muy poco centro de acogida para jonkies y delincuentes, después de su poco afortunada remodelación, al menos recuperó su función social de plaza y ha llegado a convertirse en un muy interesante punto de encuentro para la gente del barrio.

Cuando paso saludo a algunos de los sudamericanos dueños de los puestos de flores, quienes desde muy temprano están ya arreglando ramos de flores variadas y frescas. Sentados en los arriates de la plaza se reúnen siempre dos grupos principales de emigrantes: cerca de una de las entradas del metro, los africanos, quienes discuten siempre apasionadamente en idiomas musicales e indescifrables, y más cerca de la fuente, el grupo de rumanos que desde muy temprano empiezan a tomar. A la hora que yo paso por la mañana, ya están montadas las mesas y pueden verse turistas desayunando, los diligentes meseritos entrando y saliendo de las cafeterías llevando cafés y napolitanas.

Poco a poco, conforme voy atravesando la plaza, me gusta pasar revisando la vitrina de la papelería donde venden todo tipo de cajas, bolsas de papel y papeles para empacar regalos. Algunos de ellos son traídos de Italia, con sus elegantes y nostálgicos diseños renacentistas. Me recuerdan a las cartolerie cercanas al Duomo de Florencia. Sigue leyendo

El país de la eterna primavera

Martín Fernández-Ordóñez

Dieter se despertó esa mañana de muy buen humor. Caroline, su esposa, se había levantado temprano para prepararle un desayuno especial (había tomado a escondidas un curso dedicado a las nuevas amas de casa donde les enseñaban, entre otras cosas, a preparar desayunos gourmet y veloces). Era el cumpleaños número 34 de su esposo y al mismo tiempo su cuarto aniversario de casados.

Se recostó en la cabecera de la amplia cama para contemplar la vista de la que podía gozar desde el ventanal de su habitación. Se deleitó con el color celeste intenso del cielo, la forma triangular casi perfecta del volcán y más cerca, las ramas de los altos árboles del jardín siendo suavemente sacudidos por el viento. El olor a café fresco lo regresó a la realidad y bajó a desayunar. Caroline había preparado hot cakes de chocolate, fresas y moras con queso cottage y leche condensada, smoothie de banano con mora y todo dispuesto en la mesa de la pérgola al aire libre, sobre un mantel de lino de Almagro, usando la vajilla de KPM que les regaló su madre para la boda. Al centro de la mesa, un arreglo con las flores silvestres del jardín. Cuando vio a su esposa cargando a Melanie esperándolo sonriente frente al banquete, no pudo aguantar la emoción de sentirse tan dichoso y las cubrió a ambas con un tierno abrazo.

Juan tuvo que levantarse esa mañana todavía más temprano que de costumbre. Una de las máquinas para hacer pan se había arruinado la noche anterior y tenía que repararla para poder sacar la producción y tener listo el pan a las 6 de la mañana. Violeta dormía profundamente. La pobre, pensó, se había acostado tardísimo preparando unos pasteles de encargo con los que se ayudaban. Él mismo se preparó un café, un par de tortillas con frijoles, crema y recalentó unos huevos con tomate que habían sobrado de la cena. Se sentó a la pequeña mesa de pino cubierta por un mantel con diseño de flores y protegido por un plástico transparente. Se sirvió el desayuno humeante en un plato de peltre.

Al terminar de desayunar y de dejar a la niña de 2 años con la niñera, los esposos subieron discretamente a la habitación e hicieron el amor apasionadamente. Luego Dieter tomó un largo baño en su jettina, se vistió con un par de prendas sport que había comprado en su último viaje a Nueva York y se alistó para comenzar un nuevo día de trabajo. Se subió a su camioneta BMW modelo X3 del año, puso el nuevo CD de U2, abrió el portón eléctrico de su garaje para 4 carros y salió de su idílico hogar tarareando las canciones. Mientras pasaba su tarjeta electrónica para que se abriera el portón del residencial, saludó muy amablemente al policía de la garita y bajó por entre los pinos y encinos de la montaña hacia la ciudad.

Lavó los trastos en la pila exterior y se lamentó de no tener agua caliente para no tener que sentir las manos congeladas a esas horas de la mañana. Ni modo, pensó, a seguir en la lucha. Entró a la otra habitación de la casa donde dormían sus cuatro hijos, bien acomodaditos en una amplia cama. Algún día, se dijo, pronto, les voy a comprar a cada uno su camita y cuando bien nos vaya voy a cambiar el techo de lámina por uno de madera.

Salió bien abrigado de su casa y caminó hacia la esquina para esperar a que pasara el primer ruletero que lo sacaría de la colonia, luego tendría que tomar una camioneta que lo acercaría a la avenida principal y luego caminar un par de cuadras o tomar un taxi, todo dependería de la rapidez con la que pudiera llegar al centro. Mientras caminaba hacia la esquina, rezó pidiéndole a Dios que no anduviera por allí ningún integrante de la mara, ya que desde hacía un par de semanas los veía rondar la colonia y tenía miedo de que volvieran a molestarlo con lo de las extorsiones. Sabía que no era el único, de hecho varios de sus vecinos habían tenido que abandonar sus casas y se habían marchado por causa del miedo. Pero Juan y su familia no tenían otro lugar a donde ir. Sigue leyendo