Saber argumentar

Antón A. Toursinov

La diferencia entre un ser racional y uno irracional radica en la capacidad del uso de la argumentación en las situaciones comunicativas pertinentes. A menudo utilizamos las frases como “en mi opinión”, “a mi juicio”, “creo que”, “estoy seguro” y otras parecidas, con la intención de hacer saber a nuestros interlocutores las ideas que consideramos oportunas para la ocasión. Sin embargo, pocas personas se preocupan por la importancia de nuestras opiniones para la contraparte. Entonces, los seres racionales saben que una opinión es válida y potencialmente aceptable siempre y cuando está bien sustentada por los argumentos.

En el lenguaje coloquial se suele llamar “argumento” cualquier idea emitida por el destinador del mensaje. Pero, en realidad, el argumento es un razonamiento válido apoyado por una serie de razones sobre las que se construye. Lo contrario del argumento serían los errores de razonamiento (falacias, sofismas, paralogismos) o simples proposiciones sin fundamento lógico (suposiciones, especulaciones o, incluso, mentiras).

Los filósofos griegos, entre ellos Platón y Aristóteles, se preocupaban por el buen uso de la argumentación. Así, la Teoría de la Argumentación nace de la fusión entre la Retórica –el arte de convencer– que se preocupa por la forma de los argumentos; y la Lógica –estudio del razonamiento– que se dedica a su contendido. Hasta ahora los filósofos, lingüistas, lógicos y otros científicos han dedicado sus estudios a la argumentación y, gracias a ellos, podemos presentar algunas reglas generales que nos ayudan a fortalecer nuestra capacidad de convencimiento. Sigue leyendo