El efecto de la luz en la escultura

Thelma Muratori de Wyld

Una de las diferencias entre la pintura y la escultura consiste en que la primera posee luz propia, mientras que la luz de la escultura es exterior.  La escultura posee dos luces: la que el escultor procura al trabajar los planos del volumen, con sus salientes y entrantes, y la del foco luminoso que la alumbra.  Podemos percibir conjuntamente un foco luminoso, el claroscuro de la escultura y las sombras que emiten los volúmenes más allá de la figura. Entonces, vemos que la luz es un factor de tanta importancia que cualquier cambio de su incidencia altera el concepto formal.  Una escultura puede parecer más o menos estática, de mayor o menor resalto, conforme varíe la luz que recibe.

Hay esculturas que dramatizan con los salientes gracias al diálogo o al enfrentamiento de la luz y la sombra.  También se pueden establecer delicadas transiciones, que tienen mucho de pictóricas.  En la historia se observan dos conductas: 1) El escultor ha estudiado la escultura en función del emplazamiento. 2) El escultor ha trabajado a veces sin tomar en consideración esa circunstancia.  La oposición románico-gótica ofrece una muestra.  Las esculturas románicas responden a un concepto lineal, de perfiles nítidos, sombras levísimas y superficies redondeadas y planas de rotunda luminosidad. En cambio, la escultura gótica valora el claroscuro, potencia los alientes que escapan del plano y arrojan grandes sombras. Las  esculturas del siglo XVI se encierran en recuadros y hornacinas y  ofrecen un perfil continuo.  Las esculturas barrocas se encaraman airosas a los remates de los edificios y se apoderan del espacio con el vigoroso movimiento de los amplios ropajes.

El escultor aunque trabaja en el taller,  tiene que reproducir  la luz que va a recibir la figura en el emplazamiento definitivo.  La escultura en exteriores, está expuesta a una radiación difusa que quita prominencia a perfiles, pliegues y elementos salientes.  El escultor sale al paso de esta circunstancia dotando a la obra mayores salientes.  Miguel Ángel remataba las cabezas con el cabello en voladizo sobre la frente, que reforzaba la corporeidad del volumen.

En cuanto a la escultura de interior, es evidente que se ha previsto la existencia de fuentes luminosas muy precisas.  Nadie más experto que Bernini para aprovecharlas. Bernini utilizó la luz de ventanas laterales ocultas para derramar la luz sobre esculturas provistas de grandes salientes. Una muestra  de esto es el Éxtasis de Santa Teresa,  como representación de una potente expresividad.

Por lo tanto, el objetivo esencial de una escultura es la visibilidad.  A esto tiende la escultura policromada con los distintos tonos de la carne y las telas.  Pero lo que más refuerza la visibilidad es el oro, a pesar de que  no le otorgue a la pieza un carácter trascendental al relacionarla con el mundo divino, sino como una manera de definir el diseño.  En el exterior sucede lo contrario, ya que las formas oscuras se perciben con mayor nitidez, como en las estatuas de bronce, en las cuales se puede apreciar su perfil a distancia, una característica a la que los artistas que trabajan con  bronce otorgan mucha importancia en sus creaciones.

El amor en los tiempos de revolución

Rodrigo Fernández Ordóñez

Pocas veces en la historia se tiene la suerte de poder indagar en el alma de sus forjadores. En las cartas que Bolívar le escribió a Manuela Saenz, por ejemplo, compiladas por Víctor Paz Otero y editadas por Villegas Editores (La agonía Erótica, Colombia, 2006), se asoma la humanidad, las obsesiones y debilidades del hombre que con su liderazgo dirigió la guerra que llevaría a la independencia a la mayor parte del vasto continente de América del Sur. Sin embargo, de este placer de viaje introspectivo nos privó Martha Washington cuando a la muerte de su esposo George, decidió quemar toda su correspondencia, cerrando toda posibilidad al resto de los mortales de podernos asomar a la mente y al alma del gran dirigente político y arquitecto de la independencia estadounidense. Afortunadamente más conscientes de su relevante papel histórico, los esposos Adams (John y Abigail) nos legaron una colección de más de 1,200 cartas que se intercambiaron durante sus casi cincuenta años de vida matrimonial. En esa colección de misivas se encuentran desde los sueños de juventud del ambicioso abogado John, hasta quejas de abandono de su inteligente esposa Abigail durante los años en que su marido fue enviado a Europa a consolidar la independencia de las trece colonias de Norteamérica.

Esta colección de cartas ha levantado desde siempre mucha curiosidad y ha visto múltiples ediciones (como la lujosa hecha por la prestigiosa Library of America), no sólo por provenir de uno de los próceres de la independencia estadounidense sino porque su esposa Abigail no fue solamente su esposa. Abigail Adams fue su confidente, su consejera, su asesora en determinados temas políticos y su más aguda editora. Adams sometió todos sus escritos (cosa admirable en un pensador del siglo XVIII) a los ojos escrutadores de su esposa, quien los recortaba, corregía y hasta reescribía cuando sus largas parrafadas le parecían demasiado cargadas para ser comprendidas por los hombres simples.

De esta interesante e inigualable relación se ocupa el historiador Joseph J. Ellis en su más reciente libro First Family (Alfred Knopf, New York: 2010), en el que en forma amena aborda la biografía de este matrimonio desde la perspectiva de las cartas que ambos intercambiaron, entretejiéndolas con el imponente trasfondo de la lucha de las trece colonias por independizarse de Inglaterra y una vez fundada la República, se extiende hasta la presidencia misma de Adams. Ellis ya había abordado en forma más o menos desarrollada la historia de este matrimonio en dos capítulos de su imprescindible Founding Brothers (Alfred Knopf, New York: 2000), con el que ganaría el Premio Pulitzer, pero en esta nueva obra disecciona con todo detalle la vida intelectual de la pareja Adams.

En esas cartas se asoma sobre todo la desarmante humanidad de Abigail, quien antes de casarse con el cerebral John le pide en una carta: “and tell me all my faults, both of omission and commission, and all the evil you either know or think of me”, a lo que su novio contestaría en tono de burla que ella era negligente jugando cartas, no sabía cantar, se sentaba con las piernas cruzadas y leía demasiado, y Abigail le contesta en tono despreocupado que muchos de esos defectos no tenían cura, sobre todo el de la lectura, proviniendo de una mujer autodidacta en gran medida y en cuanto al asunto de su forma de sentarse le contesta, contundente, aunque podemos presumir una sonrisa contenida: “a gentleman has no business to concern himself with the leggs of a lady.” Otro ejemplo de la intimidad que nos ofrecen sus cartas nos lo ofrece durante los preparativos de su boda. Narra Ellis: “In her last letter to John before the wedding, Abigail asked him to take all her belongings, which she was forwarding in a cart to their new home in Braintree. ‘And then Sir, if you please’, she concluded, ‘you may take me’”.

John, por su parte, no se queda atrás en la desarmante humanidad con se dibuja en sus cartas, a salvo en la supuesta intimidad que le ofrecía el papel: “Vanity I am sensible, is my cardinal folly, and I am in constant Danger, when in company, of being led a ignus fatuus by it without the strictest caution and watchfulness over my self”, y añade más adelante, abriendo de par en par su corazón: “to shew my own importance or superiority, by remarking the Foibles, Vices, or Inferiority of others…” John Adams, cuya pluma y lengua eran las más afiladas de la camarilla de próceres, comparables únicamente con las del intrigante de John Hamilton, buscaba tanto la gloria y el reconocimiento de sus pares que invariablemente conseguía que lo rechazaran y se burlaran de él, tal y como lo haría Benjamín Franklin cuando compartieron destino en Francia y quien escribiera: “…aunque [Adams] es un hombre honesto y vive acorde a sus ideales, a veces pareciera no estar del todo en sus cabales…” Sigue leyendo

El planteamiento historiográfico en el cine histórico

Thelma Muratori de Wyld

El cine histórico ha sido punto de referencia para muchos investigadores de la imagen animada. Han sido variados los puntos de vista que se han adoptado para aproximarse a las películas históricas, deteniéndose en los matices espectaculares.  Debido a esto, no es de  extrañar que al recordar algunas películas, el espectador tenga presente aquellas secuencias más impactantes: la carrera de cuadrigas de Ben Hur (1959) o el éxodo del pueblo judío en Los Diez Mandamientos (1956), por ejemplo.

Las compañías buscaban en todos los géneros, una continuidad cara al público, ofrecerle unos esquemas (temáticos, narrativos, plásticos) que les fueran fácilmente reconocibles y que le permitieran acceder a las películas con un conocimiento previo, de lo que iban a encontrarse en la pantalla.  De esa manera se comprende la recurrencia continua a determinados temas históricos o a ciertos personajes del pasado, que al ser fácilmente reconocibles, permiten un dominio por parte de los potenciales espectadores.

También se ha hecho hincapié en la vinculación que se producía entre este tipo de películas y determinados planteamientos políticos contemporáneos.  Aquí se puede ver la utilización ideológica de este tipo de interpretación histórica, lo que no es de extrañarse si se tiene en cuenta las necesidades de afirmación popular por las que pasaron muchos movimientos políticos y que se veían solucionadas con el uso de la imagen.

No hay que perder de vista que nos encontramos ante obras de ficción artística, trabajos que abordan un aspecto del pasado histórico, que no deben de contemplarse  como obras de investigación histórica. La confusión en la utilización de esta perspectiva es una de las causas del descrédito que ha tenido este tipo de cine entre muchos historiadores, porque han olvidado que se encontraban ante películas.

El siglo XX ha vivido algunos de los procesos más interesantes y ricos en el tipo de investigación histórica.  Por ello posee gran validez intentar vincular estas premisas científicas con la aparición de determinadas películas. Dentro de la riqueza historiográfica del siglo XX hay que fijarse en algunas posturas que son de gran interés y han tenido clara incidencia dentro del campo cinematográfico: el historicismo, la tradición romántica y la nueva Historia, puesto que todos ellos han dejado su huella en las imágenes con caracteres distintos, pero con un gran interés.

Lo que refleja el planteamiento historicista en el cine ha sido la tendencia a ver la historia a través de manifestaciones concretas, entre las que destacan de forma especial el mundo militar y los grandes personajes. Las biografías han sido otra de las grandes tendencias en el cine, que con frecuencia han caído en dos vertientes: la descontextualización y la simplificación. En la primera se ha concedido una atención tan radical a la figura a representar que se dejan de lado las claves del contexto histórico en el que se desarrolla. La segunda es  la simplificación, con el deseo de transmitir con sencillez las ideas claves del personaje, a fin que puedan ser asimiladas aún por públicos no familiarizados con la historia, y disminuyen la majestuosidad que se quería resaltar. Por otro lado, la presentación de grandes personajes se ha hecho, con mucha frecuencia, envolviendo la aproximación reconstructiva en un hálito de amores, aventuras, y de acontecimientos que siendo verosímiles se alejaban de la realidad histórica del pasado. Sigue leyendo

Una país para el Canal

Rodrigo Fernández Ordóñez

Díaz Espino, Ovidio. El País creado por Wall Street. La historia prohibida de Panamá y su Canal. Ovidio Díaz Espino. Ediciones Destino, Barcelona, España: 2004.

“La historia del canal de Panamá es una larga y prolongada serie de escándalos. Escándalos en el pasado remoto, en el pasado reciente, hay algunos ahora y tememos que habrá otros en el futuro.” New York Times, editorial del 22 de marzo de 1906

El libro del panameño Díaz Espino tiene dos grandes virtudes: la primera, que aporta datos fascinantes y desconocidos de la independencia del país centroamericano y la segunda, que mantiene el interés de la lectura de la primera hasta la última página como si se tratara de un libro de suspenso político como el legendario libro de Carl Bernstein y Bob Woodward (Todos los hombres del presidente) en el que destaparon con todo detalle el escándalo de Watergate.

El secreto está en la forma en que desarrolla la historia. Lanza en las primeras páginas los resultados finales de su investigación y la teoría central, y luego, a lo largo de los siguientes doce capítulos va desmadejando a pocos la historia secreta de su país y de la construcción de la asombrosa obra de ingeniería que ostenta Panamá. En el párrafo segundo del Prefacio, lanza la primera andanada de información que promete deleites de intriga política: “¿Usted sabe que J. P. Morgan fue el tesorero de Panamá durante su primer decenio de existencia? ¿Sabe que su país fue concebido en la habitación 1.162 del hotel Waldorf Astoria?” (teoría central del libro). Y tan sólo en la página 25 nos resume de que va el libro entero: “El World escribió cómo una camarilla secreta de Wall Street, encabezada por Cromwell, había conspirado para comprar las acciones de la extinta compañía francesa que había intentado, sin éxito, construir el canal de Panamá; la camarilla convenció luego a Theodore Roosevelt de que comprara sus concesiones por 40 millones de dólares, obteniendo con ello una ganancia enorme. Cuando Colombia se negó a ratificar el tratado con Estados Unidos, la camarilla ideó y fomentó una revolución en lo que entonces era la provincia de Panamá, con la ayuda de militares estadounidenses…” (resultado de su investigación).

En las 250 páginas siguientes nos va desgranando la historia con lujo de detalles. Inicia con el triste y rotundo fracaso de los franceses de Lesseps en construir el Canal, planificado equivocadamente a nivel, y de los escándalos de la Compañía Universal del Canal y de la Nueva Compañía del Canal, creada por órdenes del propio gobierno francés para que los socios respondieran económicamente ante los inversionistas del sonado fraude. Luego sigue con la acalorada discusión que primaba en el mundo político de Washington sobre la mejor locación para la construcción de un canal interoceánico: Nicaragua o Panamá, y de las increíblemente violentas divisiones que este tema causó entre los políticos más influyentes del momento, como J. P. Morgan y Vanderbilt que apostaban por Nicaragua o el senador Hanna y Cromwell, que apostaban por Panamá, y de cómo la discusión se zanja con una estampilla postal a favor de Panamá:

“…El sello mostraba un volcán que arrojaba una nube de humo; casualmente se trataba del Momotombo. En primer plano aparecía justamente el muelle que según los informes publicados un mes antes había sido destruido por el movimiento telúrico. Pegó sus preciosos sellos en hojas de papel. En la parte superior de cada hoja decía: ‘Sellos postales de la República de Nicaragua, un testigo oficial de la actividad volcánica de Nicaragua’. Los sellos llegaron a los escritorios de los senadores el 16 de junio, apenas tres días antes de la votación…”

Sin sorpresa ante tal argucia, el resultado de la votación en el senado norteamericano se decanta a favor de Panamá.

Continúa el libro narrando las peripecias del representante Colombiano en la capital de Estados Unidos, tratando de arrancarle a la implacable Casa Blanca el mejor trato para su país a cambio de la construcción del Canal en la provincia de Panamá y que culmina con el Tratado Herrán-Hay y el desprecio del presidente Roosevelt, para quien los diplomáticos de Sudamérica eran “embajadores sudacas de países insignificantes carentes de poder”, y que las negociaciones para lograr un tratado aceptable habían sido “como sostener una ardilla en el regazo”, porque Colombia y sus guerras civiles no permitían trazar una línea estable de diplomacia.

Luego, tras el fracaso de consumar el Tratado Hay-Herrán, se sumerge en la historia secreta y fascinante del mundo de la conspiración, en el que Estados Unidos busca aliados panameños para dar un golpe a Colombia, independizando la provincia. Hay reuniones a mitad de la noche en plazas públicas, conversaciones secretas en vagones de tren o en camarotes de barcos, cenas a altas horas de la noche en mansiones con los salones a oscuras, incluso persecuciones y dinero corriendo a manos llenas para comprar voluntades.

Entre el histórico reparto, destaca el Doctor Amador, padre de la patria canalera, quien encabeza al grupo de nacionalistas que ve en la nueva política norteamericana la salida para consumar el largo sueño independentista panameño. También a medida que avanza el relato, crece en importancia la figura de un personaje complejo, extraño e intrigante: Phillip Bunau-Varilla, francés de nacimiento, que se involucra en la historia panameña dando codazos y que termina traicionando a un país entero que le confió la negociación del canal con el país del norte. Hay también abogados poderosos como Cromwell, que mueve los hilos desde un lejano piso en lo alto de un rascacielos en Nueva York, o mercenarios (como el americano H. L. Jeffries) que se ponen al servicio del mejor postor, como si de condotieros renacentistas se tratara. Sigue leyendo

Un sueño de primavera, Ramiro Ordóñez Jonama

Rodrigo Fernández Ordóñez

Decía Jorge Luis Borges que las cosas no fueron como sucedieron sino como las recordamos, y de allí la dificultad que afronta el historiador al reconstruir los hechos del pasado, que pasan irremediablemente por el filtro de la memoria de quien haya testificado los hechos. Esa condición se supera parcialmente cuando se consultan las fuentes primarias de los hechos, como lo son periódicos o revistas de la época, documentos oficiales, gacetas, panfletos, etc., aunque, a decir verdad, la subjetividad nunca se supera totalmente, aunque se trate de documentos áridos, pues siempre se está necesariamente atado a la mente de su autor.

Por lo anterior, para quien haya leído el libro del historiador Ramiro Ordóñez Jonama coincidirá conmigo en que el mismo goza de dos virtudes:

a)      El tono ácido, crítico y contundente de su relato, lo que le da frescura y actualidad.

b)      La novedad de las fuentes, que se aleja del refrito y aporta extensas y riquísimas notas al pie de página que refrendan cada palabra. El libro se aleja del refrito que sobre el tema se viene produciendo por parte de los sectores interesados en perpetuar la historiografía como una serie de relatos que encajan perfectamente con un discurso equívoco según el cual las
pasiones y envidias de los hombres no influyeron en las personalidades de las grandes figuras de la época: Juan José Arévalo, Coronel Jacobo Árbenz Guzmán y el malogrado Coronel Francisco Javier Arana. Este libro recupera la humanidad de los protagonistas de la historia, nos los acercan hasta casi parecer cualquiera de nuestros vecinos y eso nos permite adquirir nuevas perspectivas para entender nuestra complicada historia reciente.

De la sinceridad de la investigación del autor puede dar fe el dato curioso que aunque provengan de dos espectros ideológicos completamente antagonistas, muchas de las conclusiones del libro de Ordóñez coinciden con las que plasmó el italiano Piero Gleijeses en su consultada, diseccionada y cuasi palabra de Dios obra Shattered Hope, que por cierto la Editorial
Universitaria de la USAC tradujo al español y publicó hace unos pocos años con gran calidad.

Por estas razones recomiendo leer Un sueño de Primavera, para recuperar el gozo de leer historia bien escrita y bien pensada, pero sobre todo, con un innegable sentido crítico, que nos obliga a cuestionarnos la veracidad del discurso oficial.

Incertidumbre

José Luis Pardo y Juan Gelman, Babelia – El País

Un nuevo orden moral aflora en tiempos de crisis mundiales e inseguridad, e invita a repensar sobre el optimismo y la felicidad. El filósofo José Luis Pardo y el poeta Juan Gelman reflexionan para Babelia sobre la dicha y el desastre, dos sentimientos antagónicos por los que nos movemos sin transición

La decepción de nuestros días ha erosionado el contrato social y los compromisos morales Saben aquel que diu…? Se levanta el telón y, en total oscuridad, se escucha una voz profunda que dice: “Soy un optimista nato. Allí donde otros ven riesgos, yo veo oportunidades”. El escenario se ilumina poco a poco, hasta que vemos al autor de la declaración: en lo alto de un pico montañoso, se dibuja la siniestra y a la vez esbelta figura de un gran buitre.

De pronto, la psicología parece haber pasado a primer plano. Los hechos, otrora punto de anclaje de una realidad incontrovertible, se han vuelto tan enigmáticos y volubles debido a la fluctuación de los valores financieros que los estados de ánimo se han convertido en una variable independiente: si alguien puede modificar el precio de una mercancía -a veces desde millones de kilómetros de distancia- únicamente con la energía mental de sus expectativas de futuro, ¿por qué no podríamos contribuir a mejorar nuestras propias posibilidades simplemente creyendo muchísimo en ellas? Es una causa basada en nada, como decía Max Stirner, pero, ¿no es en eso mismo -o sea, en nada- en lo que se basaban nuestras esperanzas de crecimiento hace sólo unos años, según hemos descubierto repentinamente en los últimos tiempos? ¿No fue una causa con el mismo fundamento -es decir, ninguno en absoluto- la que hizo grandes a Lehman Brothers y a tantos otros? ¿Por qué no podríamos volver a inflar la burbuja deshinchada de nuestro porvenir con una inyección reforzada de autoestima?

La realidad se nos resiste, sin duda, y quienes nos aseguran ahora que nos dicen la verdad desnuda sobre ella no dejan de constatar nuestra quiebra y nuestro naufragio en todos los órdenes, pero los indicadores de los que se sirven para ello no los pone la terca realidad, que como antaño gusta de ocultarse a nuestros ojos, sino aquellos mismos -los calificadores profesionales del riesgo- que nos aseguraban hasta hace poco que lo real era tan elástico como nuestros deseos y que la verdad dependía estrechamente de nuestra mirada sobre el mundo. Incluso en los peores momentos y ante las más drásticas medidas de reajuste presupuestario, la naturaleza psicológica de las políticas de austeridad parece innegable: se diría que no se toman tales medidas para restaurar la solvencia perdida o para recuperar el equilibrio contable, sino para convencer a nuestros acreedores de que podremos pagarles o para recobrar la credibilidad perdida en los mercados, sin que la cruda realidad parezca tener nada que ver con ello.

Y es incluso así como se calcula (de acuerdo con el efecto psicológico que pueden causar en los inversores) la oportunidad de las convocatorias electorales, las iniciativas parlamentarias, las sentencias judiciales o los titulares de prensa. Llevamos muchos años oyendo que la incertidumbre era el signo mayor de nuestra época, que se jactaba de haber derribado todas las seguridades antes tenidas por inquebrantables, y que debíamos asumir gozosa y festivamente esa inseguridad en lugar de dejarnos arrastrar por el espíritu reaccionario hacia la nostalgia de las firmezas metafísicas del pasado; hemos oído que debíamos olvidarnos felizmente de cosas tales como las newtonianas y pre-cuánticas cadenas de la estabilidad laboral, de la rigidez jurídica del Estado de derecho o de los dogmas atávicos de las ciencias deterministas y mecánicas. Así que la gran decepción de nuestros días ha consistido en descubrir que los promotores de esta doctrina de la incertidumbre gloriosa, los propagandistas de la ilimitada flexibilidad de nuestras vidas, de nuestras moradas, de nuestros empleos, de nuestras familias y de nuestras propiedades, tenían una agenda oculta y un as en la manga: con toda esa defensa de la inconsistencia, de la variabilidad, no buscaban en el fondo más que una sola cosa: seguridad absoluta para sus beneficios. Pero su búsqueda ha sido tan afanosa y desmedida, tan irrestricta, que ha acabado por erosionar aquello mismo que, como ya sabía Hobbes, es la fuente principal de las seguridades humanas -incluida la del retorno de las ganancias esperadas-: el contrato social que nos hacía preferible vivir políticamente vinculados a nuestros semejantes que hacerlo en estado de guerra de todos contra todos. Ahora va a resultar muy difícil convencernos de que renunciemos a nuestros apetitos, porque ellos se han puesto por encima de cualquier otro compromiso moral y civil, incluido el que los gobiernos democráticamente elegidos tenían con sus soberanos legítimos, los ciudadanos.

Confesiones de Walter Benjamin a su amigo místico Gershom Sholem

Tulio Demicheli, ABC

La editorial Trotta vuelve a reunir las cartas de una profunda amistad en los tiempos del ascenso nazi en Alemania

Walter Benjamin y Gershom Scholem. Nada haría pensar que dos pensadores muy distintos pudieran llegar a mantener una amistad tan humanamente entrañable e intelectualmente fructífera. Walter Benjamin (1892-1940) era un marxista sui generis entre cuyas principales preocupaciones se encontraban la filosofía del lenguaje, el arte y la literatura; cuya obra es más fragmentaria que unitaria, debido a las penurias económicas que arrostró en su obligada trashumancia (Italia, Ibiza, Dinamarca, París) durante el ascenso y apogeo del nacionalsocialismo; y cuya influencia fue muy póstuma y debida, quizás, al éxito durante los años 60 y 70 de la Escuela de Fráncfort (Adorno, Horkheimer, Lukács, Marcuse, Habermas, Pollock), de la que más bien solo fue un contemporáneo afín pero excéntrico.

Por su parte, Gershom Scholem (1897-1982) fue un convencido sionista que emigra a Palestina en 1923 y que dedica su magisterio al estudio de la Cábala y… a la defensa de su gran amigo, cuya obra se truncó prematuramente cuando se suicidó en Port-Bou huyendo de la Gestapo. Si el éxito póstumo de Benjamin obedece a la apoteosis de aquella escuela, este nunca hubiera sido posible si Scholem no hubiera salvaguardado su legado intelectual como un preciadísimo tesoro, pues, aunque Horkheimer le ayudara a sostenerse económicamente, quien habrá de reivindicarlo es su mejor amigo, pese a que intelectualmente les separara un abismo real, ya que marxismo y sionismo eran agua y aceite. El cemento de su amistad era la mística.

Los lectores de lengua española ya disponían de la obra completa de Benjamin y tienen un acceso muy aceptable a la de Scholem. Tampoco su estrechísima relación les era ajena, pues en 2004 Trotta publicó «Los nombres secretos de Benjamin», Nuevas Ediciones de Bolsillo tradujo «Walter Benjamin: historia de una amistad» en 2007 (libro que Scholem dio a imprenta antes de que se encontraran sus cartas perdidas y que él mismo editó después) y ahora Trotta vuelve a poner en circulación esta nueva edición de «Walter Benjamin-Gershom Scholem. Correspondencia 1933-1940» que había publicado Taurus en 1987, libro hoy imposible de encontrar, de ahí su interés para el actual lector culto y curioso. Sigue leyendo

El gran río de los mitos

William Ospina, Babelia

En las novelas que transcurren en el Amazonas la tierra no es paisaje, sino el personaje más poderoso. A los 500 años del nacimiento de Francisco de Orellana, su descubridor, recorremos su cuenca como inspiración para escritores, pintores, músicos y cineastas

La literatura del mundo amazónico ha sido en cinco siglos un largo diálogo de mitologías. Las que concibieron en centenares de lenguas los diez millones de nativos que habitaban sus orillas a la llegada de los europeos, y las que aportaron el español y el portugués, que se consolidaban entonces y que con la aventura americana se convirtieron en grandes lenguas planetarias. Hay que leer El hablador, de Mario Vargas Llosa, o Macunaíma, de Mario de Andrade, para sentir la complejidad de los mitos indígenas y el modo libre, audaz y conmovedor como la sensibilidad mestiza los interroga y los transforma en inquietantes parábolas de la modernidad. “Una lengua”, escribió Jorge Luis Borges, “es una tradición, un modo de sentir la realidad, no un arbitrario repertorio de símbolos”. Los mayores idiomas nativos de la región son el ticuna, el shipibo-conibo, el guahibo y el warao, pero, aunque decrecientes en términos demográficos, ahí están el tupí-guaraní, el mbyá, el kaiwá, el pai tavytera, el chiripá, el omagua, el ñengatú, las lenguas boras como el muinane y el miraña, y las huitoto como el ocaina, el nipode, el meneca, el murui, el nonuya y el coixoma.

Innumerables son las recopilaciones que se han hecho de tradiciones, relatos, mitos y sueños indígenas, pero podemos mencionar Los piros,relatos recopilados en el Perú por el sacerdote español Ricardo Álvarez en 1960; los Mitos e historias aguarunas, recopilados por José Jordana Laguna en 1974; La verdadera biblia de los cashinahuas, cuentos recopilados por el antropólogo francés André Marcel d’Ans en 1975, que ha sido llamada “Las mil y una noches del mundo indígena amazónico”; El universo sagrado, recopilado y reelaborado por Luis Urteaga Cabrera, de Cajamarca, quien convivió diez años con los indígenas shipibos; y las recopilaciones Yaunchuck I y II que recoge la literatura oral de los jíbaros huambisa, publicadas en 1994.

En la región brasileña y venezolana, el etnógrafo alemán Koch-Gruneberg recogió las leyendas e historias de los indígenas taulipangues y arecunás, que dieron a conocer un mundo rico de imaginación y de conocimientos e inspiraron en Brasil a Mario de Andrade, en una semana inolvidable de 1928, su novela Macunaíma. Es una rapsodia que mezcla el espíritu de los romances medievales y la atmósfera de las ciudades fantásticas con el ritmo de la novela picaresca para producir una de las grandes fusiones literarias contemporáneas. Su decurso es ejemplar por los rumbos que abre para la imaginación: el héroe Macunaíma, de la tribu de los tapanhumas, vence a Cí, la reina de las amazonas, la convierte en su esposa, y se apodera de la Muiraquitá, la piedra en forma de caimán que da la felicidad. Un traficante de São Paulo, Venceslau Pietro Pietra (que es en realidad el monstruoso gigante Piaimá), roba el talismán y hace que Macunaíma y sus hermanos Maanepe y Jiqué vayan a la ciudad a buscarlo y allí lo derroten. El héroe recupera el talismán, pero al volver no encuentra ya su aldea, que ha sido devastada. Le cuenta toda su historia a un papagayo, antes de convertirse en una de las estrellas de la Osa Mayor, y el narrador confiesa al final que es aquel papagayo quien se la ha contado.

Ya el nombre del Amazonas logra ser testimonio suficiente de esa tradición de desplazamientos míticos. Que unas mujeres guerreras de Tracia o de Mitilene, que lucharon con Aquiles y con los centauros, hayan terminado dando su nombre al otro lado del mar al mayor río del planeta es indicio suficiente de cómo desde hace cinco siglos se funden nuestros símbolos, de cómo se condensan en nuevos relatos y metáforas las memorias de dos hemisferios incomunicados por treinta mil años.

La selva es un laberinto insondable, pero el río es un camino abierto, una inmensa vía de comunicación que unió desde siempre a los pueblos de la cuenca, y comunicó al mundo del Caribe con las regiones andinas. Las poblaciones y las lenguas del río llegaron del mar, y así lo narran los distintos pueblos en el mito compartido de las grandes anacondas que entraron por la desembocadura y remontaron los cauces de agua.

Esta inmensa cuenca que hoy se reparten ocho países es un gran país en sí misma, el mayor sistema de aguas dulces del planeta, y es comprensible que en el Amazonas todo sea superlativo: sus mil tributarios, su extensión, su caudal, el territorio que abarca y la selva que nutre. La cantidad de agua que mueve es una suerte de océano circulante; porque es una décima parte del mundo que contiene sin embargo la mitad de su patrimonio biológico.

Grandes hechos de la historia suelen ser inesperados y pasar casi inadvertidos. Fray Gaspar de Carvajal no se habría atrevido a compararse con los altos autores del Siglo de Oro español, pero es hoy el símbolo de la curiosidad con que la lengua española registró el descubrimiento del río más largo y caudaloso del mundo y de la selva que lo ciñe. Fray Gaspar no era un literato; sólo su afición a registrar todo lo que ocurría lo convirtió en cronista accidental de una expedición fabulosa, la de Gonzalo Pizarro en busca del País de la Canela más allá de los montes nevados de Quito. Los infinitos caneleros no existían, y en vez de un bosque rojo de una sola especie los viajeros encontraron la selva amazónica, la mayor variedad de plantas del mundo, pero en aquellos tiempos esa no era una buena noticia: necesitaban oro, metálico o vegetal, y lo necesitaban enseguida.

Orellana fue desde entonces uno de los personajes de la literatura amazónica, y su carácter ha oscilado en las letras entre el héroe abnegado y sutil, conocedor de lenguas y gran caudillo de hombres del relato de Carvajal, hasta el villano que premeditadamente traiciona a Pizarro y huye con el barco de la expedición llevándose cien mil pesos de oro, la paga de los soldados, y las piedras preciosas que habían obtenido por las montañas, en crónicas como la Historia del reino de Quito de Juan de Velasco.

Veinte años después del viaje de Orellana vino la expedición al Amazonas de Pedro de Ursúa, que dio origen al ciclo literario de Lope de Aguirre. El navarro Ursúa, quien había guerreado diez años en tierras de lo que hoy es Colombia, intentó en 1561 repetir la aventura de Orellana y buscar el país del hombre de oro, pero cometió dos errores, llevarse en su expedición a la mujer más bella del Perú, la mestiza Inés de Atienza, con sus doncellas, y reclutar, entre otros villanos, a Lope de Aguirre, quien encabezó la sublevación que dio muerte a los dos amantes, se apoderó de la expedición, hizo un viaje sanguinario, y provocó libros como La aventura equinoccialde Lope de Aguirre, de Ramón J. Sender; Lope de Aguirre, príncipe de la libertad, de Miguel Otero Silva; El camino de El Dorado, de Arturo Uslar Pietri; Los marañones de Ciro Bayo, y películas como Aguirre, la cólera de Dios, de Werner Herzog, o El Dorado, de Carlos Saura. Ursúa y Aguirre tuvieron sus cronistas: Francisco Vásquez, Pedrarias de Almesto, Toribio de Ortiguera, Custodio Hernández, Pedro de Munguía y Gonzalo de Zúñiga, quien también escribió un poema, La jornada del Marañón. Sigue leyendo

La poesía desde una trinchera

Manuel Morales, El País

Una antología reúne versos de soldados caídos en la I Guerra Mundial

Murieron jóvenes, eran idealistas, apasionados, pero perdieron la vida en los campos de batalla de Europa, entre barro, hambre, ratas y piojos. Vivieron las trincheras de la Primera Guerra Mundial para contarlo.  Compusieron poemas en los que describían el horror de un conflicto que segó nueve millones de vidas.  De la llamada Gran Guerra, Brian Gardner publicó en 1964 en Reino Unido una antología de poemas que los soldados escribieron durante el conflicto, Up the line todeath. Thewarpoets 1914-1918.  La editorial Linteo escogió a 21 de los más de 100 poetas del original y dio a luz Tengo una cita con la muerte.  Poesía de la guerra, poesía de los muertos.

“Mi abuelo tenía esta antología y fue un libro que siempre me fascinó”, explica por teléfono Ben Clark, uno de los dos responsables de la traducción y edición del libro.  Clark (Ibiza, 1984), que también es poeta, cuenta que desde hace años proyectaba junto a su amigo Borja Aguiló publicar la obra en castellano.  Su criterio para esta edición bilingüe fue escoger a “los que murieron en combate”, requisito cumplido por todos excepto dos que fallecieron de neumonía y de una sepsis provocada por una picadura de mosquito. De este último poeta, Rupert Brooke, “se recitaban sus versos en las trincheras, era muy popular”, indica Clark. En España, el ejemplo más significativo de poeta soldado y que componía versos en la Guerra Civil fue Miguel Hernández, muerto en 1942 por el tifus y la tuberculosis en una prisión alicantina.

Los intensos versos de Tengo una cita con la muerte -título tomado del inicio de un poema de Alan Seeger- se rescataron de los cadáveres, “estaban entre las ropas, escritos en cuadernos o en hojas sueltas.  A algunos les dio tiempo de enviarlos a sus casas”, agrega Clark, para quien el más significativo de aquellos bardos fue Wilfred Owen, que ya había publicado tres poemas y cuya breve obra no se conoció hasta años después de su muerte. Owen perdió la vida a una semana de que acabara el conflicto, tenía 25 años.  Una cita suya abre la antología:Sobre todo no estoy preocupado por la Poesía / me ocupo de la Guerra, y de la pena de la Guerra./ La Poesía está en la pena.

Tengo una cita con la muerte es poesía que toca a difuntos, pero no todas las composiciones tienen el mismo tono.  Los primeros versos de la guerra eran pasionales y patrióticos, henchidos de idealismo. Sus autores son jóvenes que ignoran el matadero al que se dirigen, sin apenas entrenamiento ni formación militar.  A medida que avanza la contienda las palabras se tornan sombrías, teñidas de desengaño y desilusión.  En ese cambio fue decisiva la batalla del río Somme, una carnicería al norte de Francia en la que murieron, solo el primer día, el 1 de julio de 1916, casi 20.000 británicos. Uno de ellos fue Leslie Coulson, su libro Fromanoutpost and otherpoems vendió 10.000 copias en un año, después de su muerte.  Su poema Desde el Somme finaliza así:Dentro de mi alma siento crecer una música extraña, / vastos cantos de una tragedia demasiado profunda / -demasiado profunda- / para ser pronunciada por mis pobres labios.

Los editores subrayan que el lector no encontrará “poesía escrita por elegantes señores en mansiones inglesas”, sino “voces curtidas en el horror”.  Algunos poetas cargaron contra los que cantaban la grandeza de la guerra mientras permanecían cómodamente en sus casas.  Así ocurre en Reclutamiento, de E. A. Mackinstosh, muerto con 24 años: Id y ayudad a engrosar a engrosar las listas / con los nombres de los muertos. / Id a ayudar a completar una columna / a los malditos periodistas.

Sin embargo, hay un obstáculo lógico para poder apreciar en estos versos la locura de la guerra: la traducción.  La tarea de pasar los poemas originales a esta obra”es frustrante”, como reconocen los autores, y la musicalidad con la que se compusieron (… ) (Loss and failure, pain and death) se pierde, a pesar de que la edición bilingüe lo atempere: (la pérdida y el fracaso; el dolor y la muerte).

En cuanto a los poetas, algunos tenían “cierta bibliografía”, como el galés Edward Thomas, y otros eran principiantes que apenas publicaron algo más que sus poesías de guerra, como Robert Palmer.  Los más jóvenes terminaron su vida con 20 años, el más veterano tenía 45.  Además de ingleses, en la antología hay irlandeses, un canadiense y un estadounidense.

Con la guerra siempre como paisaje, en Tengo una cita… hay escalofriantes poemas premonitorios, como el que escribió William Noel Hodgson el 1 de julio de 1916, dos días antes de caer en la batalla y que acaba así:  Por todos los placeres que voy a perderme, / Ayúdame, Señor, ayúdame a morir.

Los hay también que cuentan las miserias de cada día, como Cazando piojos, del inglés Isaac Rosenberg, que murió con 28 años:  (…) por una camisa infestada de parásitos / Lanzó aquel soldado de su garganta / Juramentos / Que amedrentarían a un dios, pero no a los piojos.

Unos versos invocan a Dios, otros a la patria; muchos contienen referencias a las aves y la naturaleza, el edén perdido y añorado; los hay belicistas, los hay de hermandad con el enemigo: Cuando haya paz, entonces podremos ver de nuevo / con nuevos ojos, la verdadera forma del otro y su grandeza.

Por último, se suceden los recuerdos a los caídos en combate, como en Los muertos ansiosos, de John McCrae.  Todas estas palabras fueron esfuerzos mentales para sacudirse el miedo a morir. Clark y Aguiló consideran que uno de los grandes momentos del libro está en El vigía, de Owen, que describe cómo fue la gran guerra de trincheras:  El poco aire que permanecía apestaba, viejo, y ácido / con humo de obuses y el olor de hombres / que habían vivido allí años, y que dejaron su maldición / en aquel lugar, / si no sus cadáveres…

El diario de un piloto kamikaze japonés revela su deseo de seguir viviendo

Raquel Andrés, La Vanguardia

Akira Otsuka, del distrito Asakusa de Tokio, murió tras la colisión de su avión en Okinawa en 1945, con 22 años

Un joven piloto kamikaze de Japón confesó su deseo de vivir antes de que perdiera la vida en una misión suicida de la Segunda Guerra Mundial, según un diario donado recientemente a un museo de Tokio, donde expone sus pensamientos antes del vuelo final.

La palabra ‘kamikaze’ se refiere a los japoneses que se inmolaban con un avión por la causa imperialista. Kami (dios, en japonés) y Kaze (viento), es decir, “Viento divino”, respondía a la percepción de que el emperador Hirohito era un descendiente directo de los dioses, y por lo tanto, Japón era una patria “elegida” y superior. Perdieron la vida más de 2.000 kamikazes japoneses durante la guerra.

Según explica el diario nipón Asahi Shimbun, Akira Otsuka, del distrito Asakusa de Tokio, murió tras la colisión de su avión en Okinawa el 29 de abril de 1945.  Tenía 22 años.  El joven estaba programando entrar en la Universidad de Tohoku y se alistó como voluntario en la Marina Imperial Japonesa.

El diario, escrito en un cuaderno envejecido y amarillento con el paso de los años, se exhibe actualmente en el museo “Voces desde el océano”, que cuenta con material de estudiantes que murieron en la guerra.

“¿Es egoísta querer seguir viviendo?”

En el escrito, Otsuka subraya con frecuencia que estaba dispuesto a morir por la nación. “Me dedico todos los días al entrenamiento para hundir portaaviones y aviones enemigos”, escribió.

En una entrada del 1 de abril, sin embargo, el joven confesaba que a veces se sentía desesperado, a pesar de que en un principio había aspirado a convertirse en un piloto kamikaze.  Al día siguiente escribía: “Japón, una nación divina, definitivamente tiene que ganar.  Creo que debería ser un buen hijo de la patria y morir por la causa imperial.  Pero, ¿es egoísta querer seguir viviendo y cumplir con mis deberes hacia mis padres?”.

Makoto Kumagai, actualmente de 88 años, fue compañero de clase de Otsuka en la escuela de secundaria en Yamagata.  Recibió el diario del joven kamikaze hace unos diez años, cuando visitó a la familia de Otsuka.

Kumagai, residente en Hiratsuka (prefectura de Kanagawa), donó el diario para el museo este mes de junio para que las generaciones más jóvenes pudiesen aprender acerca de los horrores de la guerra.

“En aquellos días, no podíamos decir que queríamos vivir”, dijo Kumagai. “Otsuka probablemente escribió en el diario lo que había en su corazón, exponiendo sus sentimientos reprimidos”.

En una entrada del 4 de abril, Otsuka describió en su diario la escena donde le explicaba a su familia que había sido seleccionado para ser un piloto kamikaze.

“Mi padre se entristeció al saber que moriré”, escribió. “Su rostro se ensombreció por un momento, pero me animó a llevar a cabo mi misión, pensando en la situación del país y mi responsabilidad”. Y añadía:  “Dejé a mi familia tras grabar en lo más profundo de mi corazón el rostro de mi padre, madre, hermano y hermana”.

El diario concluyó con una entrada el 19 de abril, diez días antes de perder la vida.  Narra cuando abandonó la estación de Ueno, en Tokio, para regresar a su unidad en la prefectura de Ibaraki. “Voy a despegar hacia el cielo de Okinawa para pagar mis obligaciones con mis padres”, escribió.

¿Qué tipo de país defendieron los jóvenes?

Su antiguo compañero de clase, Kumagai, ha estado un año recopilando en un libro notas personales y registros de los estudiantes que fueron a la guerra bajo el título La Guerra del Pacífico de los estudiantes (no publicado en España). “¿Qué clase de país trataron de defender los estudiantes?”, se pregunta Kumagai.  “Quiero que los jóvenes piensen en ello”.

Todavía 66 años después de la guerra, el museo “Voces desde el océano” sigue recibiendo materiales dejados por jóvenes muertos en la guerra.  Muchos de ellos kamikazes, un cuerpo que nunca ha estado exento de polémica. En sus inicios, contó con detractores por lo costoso que resultaba entrenar a un piloto para un único ataque.  Hoy, por lo inhumano de la misión.