Saber redactar

Antón A. Toursinov

El lenguaje es la capacidad única del ser humano que nos permite comunicarnos con precisión y coherencia. La capacidad de interacción verbal entre los seres humanos ha permitido avanzar en la historia, a llegar al progreso, a avanzar en la ciencia. Sin esta capacidad es imposible el desarrollo personal, la educación, la formación intelectual.

Es sabido que no es lo mismo hablar que escribir. La escritura obedece ciertas reglas lógicas y lingüísticas que deben ayudar a llevar la información precisa a los lectores. El lenguaje escrito es en el que más solemos fallar. Por consiguiente, los errores de redacción no solo pueden llevar a los malentendidos sino a los resultados mucho más desastrosos.

En nuestro sistema de educación la correcta redacción es parte del proceso de aprendizaje. En la mayoría de las carreras universitarias los trabajos escritos (ensayos, artículos, monografías, resúmenes, síntesis y otros) son cosa habitual. Muchas veces tenemos unas ideas novedosas y frescas a presentar en los trabajos escritos, pero no lo logramos por causa de la mala o insuficiente redacción. Es por eso que hemos decidido dedicar este espacio a unos consejos básicos sobre una buena redacción que, aunque son sencillos y lógicos, no se toman en cuenta y, al final, no obtenemos los resultados esperados de nuestros trabajos escritos en la Universidad.

En primer lugar, no hay que olvidar que la comunicación –sobre todo escrita– sirve para entendernos, para comunicar nuestra ideas con la mayor precisión posible. Por ello, es necesario tomar en cuenta el consejo más básico y a la vez más importante de la redacción: presentar las ideas con palabras concisas y coherentes para así evitar  ambigüedades. Existen muchas palabras ambiguas e imprecisas en español cuyo significado puede entenderse por el contexto, sin embargo, es preferible no dejar su comprensión al criterio del lector sino expresarse con claridad. Algunas de estas palabras son: “apuntar” (escribir y señalar), “palabra” (promesa y conjunto de sonidos con significado), “contar” (narrar y calcular) y una larga lista. Lo mismo puede pasar con las frases enteras creadas sin cuidado. Un ejemplo clásico es una frase como “otra vez quiero ir a París”. El que la dice, ¿quiere otra vez porque ya ha querido antes o ya ha ido antes? Sigue leyendo

Caballitos, poesía que escuece el cuerpo

por Pep Balcárcel

Cuentan que por el siglo XIX, en México, cuando los hacendados salían a caballo para vigilar sus cultivos, llevaban consigo, además de agua un cuerno bovino lleno de licor y decían que era “para el tequila en el caballito”. El nombre caballito pasó más adelante a nombrar el pequeño vaso cilíndrico, que se utiliza para beber tequila.

Caballito es además el nombre del poemario de Paolo Guinea publicado por Editorial Cultura en 2014. Los textos, breves sentencias, aforismos de vida, comparten también características con el licor. La vida, como un trago que ingresa y escuece las entrañas, se retrata en cada una de sus páginas.

“El poeta no pelea por su vida, huye de ella”, decía Luis Cardoza y Aragón. Huir. Escapar de la cotidianidad que a veces duele, que, estática, se cuela por todo el cuerpo y no se detiene. Entonces clama Guinea en una de sus páginas: “No es ansiedad, sino éste corazón que pasó a vivir a mi mano”.

El corazón en la mano como metáfora; la imagen frágil. El poeta que llora. Escribir es en ocasiones un ejercicio de recordar. Abrir cada herida. Tener la memoria, el corazón, a la vista y notar cada una de sus fisuras. Eso hace quien se desnuda en versos. Y los poemas de este libro son precisamente eso, alguien que se enfrenta con la realidad, con todo lo que lleva dentro de sí y que, muchas veces, “es ajeno”.

Paolo Guinea abre los ojos y mira hacia dentro, hacia sí. “Hay un ápice de ti en todo esto que no es tuyo”. Un shot, un golpe. El ápice, según el DRAE, puede ser la parte más delicada de algo. Así, el poeta se cuestiona, dialoga consigo mismo, ve más allá de ese dolor. ¿Le pertenece? ¿Es aquello que lo rodea lo que duele?

“No se me fue la voz/ es que pasó un poema/ y mientras levitaba/ ambos hacíamos sumario de su eco”. Los textos, como disparos, construyen imágenes-espejos sobre la existencia misma. En la brevedad está el dolor, la esperanza; el poeta que lleva a cuestas sus recuerdos y, sin embargo, aún espera que “hierva el agua”.

Con un ritmo entre nostálgico pero de alguien que busca salvarse en la poesía, Caballitos se convierte en una pieza fundamental, en un trago del que podemos salir dañados, pero que nos hará disfrutar el recorrido.